SAN PROTO Y SAN JACINTO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN PROTO Y SAN JACINTO MÁRTIRES

 

09septiembre11a

 

Entre los ilustres Mártires de Jesucristo que testificaron con su sangre las inefables verdades de nuestra fe a fines, del siglo III, son dignos de eterna memoria san Proto y Jacinto, eunucos de la insigne virgen romana santa Eugenia, que poco antes recibió la misma corona del martirio.

El emperador Publio Valeriano, hombre amable por su natural temperamento, en los principios de su reinado había dado muchas pruebas de humanidad y beneficencia en favor de los Cristianos, a quienes significó en no pocas ocasiones su inclinación y afecto; pero excitado de las bárbaras persuasiones del arquisinagogo de los magos de Egipto, o de las sugestiones de Marcieno, uno de sus mas famosos generales, enemigo capital del nombre cristiano, mudó de parecer en términos, que suscitó una de las mas terribles persecuciones que padeció la Iglesia, tan sangrienta, que san Dionisio de Alejandría la llama por excelencia, persecución del Antecristo; dejándose ver Roma principalmente un teatro cruel donde se representaba la horrorosa tragedia de inocentes víctimas que se sacrificaban cada día al furor de aquel impío tirano. Es verdad que Dios vengó la injuria hecha a su santo nombre, haciendo caer a Valeriano en manos del rey de Persia, que le hizo prisionero en Mesopotamia, tratándole indignamente como a un vil esclavo, sirviéndose de sus espaldas como de estribo para montar a caballo, y muerto después a puñaladas, mandó colgar su pellejo en uno de los templos de sus dioses para que sirviese de eterno monumento de la venganza de los romanos.

No por este suceso, con que castigó visiblemente el cielo la tiranía de aquel bárbaro, mejoraron de fortuna los Cristianos, ni se interrumpieron los excesos del furor con que eran sacrificados. Publio Licinio Galiano, hijo de aquel infeliz Príncipe a quien había asociado en el imperio, continuó el sistema de su padre, e hizo ejecutar execrables tiranías, con los Confesores de Jesucristo, dándoles a sufrir los mas terribles, suplicios sobre cuantos hasta entonces había imaginado la ferocidad de los primeros perseguidores. Entre los muchos que experimentaron los efectos de su barbarie, fueron Proto y Jacinto, acreditando la valentía de su generoso espíritu en los fuertes combates con aquel impío.

La complicación de las actas de estos dos célebres Mártires con las de otros cómplices de sus triunfos nos impiden saber con exactitud todas las circunstancias del bárbaro juicio con que fueron condenados a padecer por su constancia en la fe de Jesucristo; pero muchos monumentos de una respetable antigüedad que ha conservado el estudio piadoso de la Iglesia, nos dan idea de la fortaleza con que sufrieron tormentos superiores a las facultades de la naturaleza humana.

Por los mismos sabemos que sostenidos los Santos con la divina gracia, ostentaron la mayor serenidad en las cuestiones del prefecto de Roma, que los juzgó como a traidores del estado, y desobedientes a los edictos imperiales. Oyéronse con admiración las convincentes respuestas que dieron a un escrupuloso interrogatorio, por las que unos jóvenes sin literatura desarmaron a la filosofía pagana demostrando la vanidad de las deidades del gentilismo, y la necedad de las supersticiones que adoptaba la idolatría. La invicta fortaleza del los razonamientos conque recíprocamente se alentaban a sostener la fe, y a llevar alegremente el furor de los verdugos, irritaron de tal suerte al acalorado Prefecto, que desesperado de poder reducirlos por cuantos medios crueles inventó su tiranía, por último recurso, mandó decapitarlos a fines del siglo III.

Ninguna duda de las que pueden ocurrir en las actas de estos insignes Mártires puede alterar su antiquísima memoria. Desde el siglo IV era célebre su culto en Roma en el 11 de septiembre.

Dícese que sus cuerpos estuvieron en un cementerio, sito sobre el antiguo camino de Sel: a él. han dado, su nombre los mismos Santos, el que también ha tenido el de San Hermes; el cual ha sido de los mas célebres de Roma por el número de Mártires que fueron en él depositados.

El papa Dámaso hizo separar la tierra que la sucesión de los tiempos, había amontonado sobre las venerables reliquias, y descubrió enteramente su túmulo para que los fieles le tributasen la veneración debida. Pocos años después, un sacerdote llamado Teodoro, hizo construir una iglesia en honor de los Santos, que en lo sucesivo fue adornada y enriquecida por el papa Simaco donde continuó su culto con mas celebridad que en los tiempos antecedentes.

Año cristiano
P. Juan Croisset

 

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