TRIDUO EN HONOR A LA NATIVIDAD DE LA BIENAVENTURADA SIEMPRE VIRGEN MARÍA

 

LA ARMADURA DE DIOS

NATIVIDAD DE LA BIENAVENTURADA SIEMPRE VIRGEN MARÍA, NUESTRA SANTA MADRE.

Fiesta 8 de septiembre

 

DÍA SEGUNDO

ORACIÓN INICIAL.

¡Oh María santísima! elegida y destinada ab eterno por la augustísima Trinidad para Madre del unigénito Hijo del Padre, anunciada por los Profetas, esperada de los Patriarcas, y deseada de todas las gentes; sagrario y templo vivo del Espíritu Santo, sol sin mancha, porque fuisteis concebida sin pecado original, Señora del cielo y de la tierra, Reina de los Ángeles; nosotros humildemente postrados os veneramos, y nos alegramos de la solemne conmemoración anual de vuestro felicísimo Nacimiento; y de lo más íntimo de nuestro corazón os suplicamos que os dignéis benigna venir a nacer espiritualmente en nuestras almas, para que cautivadas estas por vuestra amabilidad y dulzura, vivan siempre unidas a vuestro dulcísimo y amabilísimo Corazón.

CONSIDERACIÓN.

San Joaquín y Santa Ana habían vivido veinte años casados, sin tener hijos, porque era Ana estéril; y por esta causa andaban muy tristes y afligidos. Más Dios nuestro Señor con gran providencia ordenó que Ana fuese estéril, para que el nacimiento de su Hija santísima fuese milagrosa, y no se atribuyese a la naturaleza, sino a la gracia. Y como dice san Juan Damasceno, para que por este milagro se allanase el camino para el milagro mayor de todos los milagros, que es venir Dios al mundo y encarnar en las entrañas de María; y para que se entendiese que la que nacía, no era obra de deleite sensual, sino de la gracia divina: y que el Señor algunas veces cierra la puerta para abrir la mayor maravilla para que con el nuevo milagro se conozca mejor, y se estime más la grandeza de la que nace. También quiso Dios que fuese estéril Ana, y ella y Joaquín viejos; para que la Virgen que nacía, fuese hija de oraciones, de deseos y lágrimas, a la manera que lo fue Samuel, hijo de la otra Ana, que con suspiros, ayunos y llantos le parió. Así estos santos casados suplicaban continuamente a Dios con grande instancia que les diese fruto de bendición; prometiéndole de consagrar a su divina Majestad el hijo, o hija que les diese; y con la oración juntaban el ayuno la limosna. Perseveraron tanto, y con tan grane confianza y buenas obras, que el Señor les envió un ángel (que Pantaleón dice que fue san Gabriel), y él les reveló que el Señor había oído sus plegarias y oraciones, y que tendrían una hija que la llamarían María, y sería Madre del Mesías y Salvador del mundo. Y fue muy conveniente que el ángel trajese del cielo esta buena nueva, y anunciase la que había de alegrar al cielo y la tierra; pues los nacimientos de Isaac, de Sansón, y de san Juan Bautista habían sido anunciados a sus padres por ángeles. Con este favor de Dios quedaron consoladísimos Joaquín y Ana, y le dieron muchas gracias por tan señalada merced: y Ana concibió a la Virgen santísima a los 8 días de diciembre, en que la santa Iglesia celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción: y cumplidos los nueve meses, la dio a luz el 8 de septiembre en Nazaret, en una casa que tenían sus padres en el campo, entre los balidos de las ovejas y alegres cantares de los pastores, como lo afirma Damasceno: y nueve días después, que fue a los 17 del mismo mes (según la costumbre de los hebreos), le fue puesto el nombre de María, que en la lengua hebrea, o siríaca, quiere decir «señora, alumbrada, y alumbradora, y estrella del mar», porque ella es la que por haber parido al Rey y Señor del mundo, es verdaderamente Señora de todas las cosas criadas; no de una parte de él, ni de una provincia, o nación, ni solamente del cielo, o de la tierra, o del infierno, sino de todo el universo entero, y de cada parte de él: porque todas las criaturas que reconocen por su Criador y Hacedor a Dios, reconocen a María por Madre del mismo Dios, y se sujetan a su imperio, y con una profundísima humildad y acatamiento la reverencian y veneran: es asimismo alumbrada de aquella Luz que nunca se oscurece, y vestida de aquel Sol que ella cubrió con la nube de su purísima carne; y teniendo en sí este Sol divino, alumbra nuestro hemisferio, y el del cielo, a los hombres y a los ángeles, y resplandece con inmensa claridad: y por eso también es estrella del mar, y norte de todos los que navegamos por este océano, y siglo tempestuoso; para que mirándola a ella, e invocándola, no perezcamos en medio de las furiosas ondas y horribles tormentas que continuamente nos combaten hasta llegar (mediante esta estrella) al puerto deseado de nuestra bienaventuranza.

SALUTACIONES A LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA.

Con nueve distintas salutaciones contemplaremos los nueve meses que nuestra Santa Madre estuvo encerrada en el seno materno.

I. Os saludamos, oh descendiente de la Real prosapia de David, que salisteis con grande honor a luz de las entrañas de santa Ana, vuestra afortunadísima madre. Avemaría.

II. Os saludamos, oh Niña celestial, paloma candidísima de pureza, que a despecho del infernal dragón fuisteis concebida sin pecado original. Avemaría.

III. Os saludamos, oh Aurora brillantísisima, que como precursora del Sol de justicia, trajisteis la primera luz al mundo. Avemaría.

IV. Os saludamos, oh Elegida, que, cual sol sin mancha alguna, despuntasteis en la noche más tenebrosa del pecado. Avemaría.

V. Os saludamos, oh bellísima Luna, que iluminasteis al mundo envuelto en las más densas tinieblas del gentilismo. Avemaría.

VI. Os saludamos como a esforzada amazona, que sola, a manera de un numeroso ejército, pusisteis en fuga a todo el infierno. Avemaría.

VII. Os saludamos, oh hermosa alma de María, a quien Dios poseyó desde la eternidad. Avemaría.

VIII. Os saludamos, oh amada Niña, y veneramos vuestro santísimo cuerpecito, los sagrados pañales en que fuisteis envuelta, y la sagrada cuna en que estuvisteis acostada, y bendecimos el punto y momento en que nacisteis. Avemaría.

IX. Os saludamos finalmente, oh amada Niña, como adornada de todas las virtudes en grado inmensamente más elevado que los otros Santos, y que, hecha digna Madre del Salvador, y habiendo concebido por virtud del Espíritu Santo, paristeis al Verbo encarnado. Avemaría.

ORACIÓN FINAL.

¡Oh graciosísima Niña! que con vuestro feliz nacimiento habéis consolado al mundo, alegrado al cielo y aterrado al infierno; habéis dado ayuda a los caídos, consuelo a los tristes, salud a los enfermos y alegría a todos; os suplicamos con los más fervorosos afectos que renazcáis espiritualmente con vuestro santo amor en nuestras almas; renovad nuestro espíritu para que os sirvamos, encended de nuevo nuestro corazón para que os amemos; y haced florecer en nosotros aquellas virtudes con las que podamos hacernos siempre más agradables a vuestros benignísimos ojos. ¡Oh María! Sed para nosotros Madre, haciéndonos experimentar los saludables efectos de vuestro suavísimo Nombre; sírvanos la invocación de este Nombre de alivio en los trabajos, de esperanza en los peligros, de escudo en las tentaciones, de aliento en la muerte. Sea el Nombre de María como la miel en la boca, la melodía en el oído, y el júbilo en el corazón. Así sea.