TRIDUO EN HONOR A LA NATIVIDAD DE LA BIENAVENTURADA SIEMPRE VIRGEN MARÍA

 

LA ARMADURA DE DIOS

NATIVIDAD DE LA BIENAVENTURADA SIEMPRE VIRGEN MARÍA, NUESTRA SANTA MADRE.

Fiesta 8 de septiembre

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DIA PRIMERO

ORACIÓN INICIAL.

¡Oh María santísima! elegida y destinada ab eterno por la augustísima Trinidad para Madre del unigénito Hijo del Padre, anunciada por los Profetas, esperada de los Patriarcas, y deseada de todas las gentes; sagrario y templo vivo del Espíritu Santo, sol sin mancha, porque fuisteis concebida sin pecado original, Señora del cielo y de la tierra, Reina de los Ángeles; nosotros humildemente postrados os veneramos, y nos alegramos de la solemne conmemoración anual de vuestro felicísimo Nacimiento; y de lo más íntimo de nuestro corazón os suplicamos que os dignéis benigna venir a nacer espiritualmente en nuestras almas, para que cautivadas estas por vuestra amabilidad y dulzura, vivan siempre unidas a vuestro dulcísimo y amabilísimo Corazón.

CONSIDERACIÓN.

Del nacimiento de la gloriosísima Virgen y Madre de Dios, María Señora nuestra, dice la santa Iglesia en una antífona, hablando con ella, estas palabras: «Vuestra natividad, oh Virgen y Madre de Dios, ha traído gozo y alegría al mundo universo; porque de vos ha nacido el Sol de justicia Cristo nuestro Dios: el cual, deshaciendo la maldición (debajo de la cual estábamos comprendidos), echó su copiosa bendición sobre nosotros; y venciendo y matando la muerte, nos dio vida sempiterna y perdurable”. Por cierto que con gran razón, guiada del Espíritu Santo, dice la Iglesia, que el nacimiento de la Virgen ha acarreado al mundo singular alegría y regocijo: porque si el ángel san Gabriel dijo a Zacarías, que muchos se gozarían y tendrían placer en la natividad de su hijo san Juan Bautista , y la celebraron, porque era hijo de oraciones, y nacía de padres viejos, y de madre estéril, y había de ser precursor del Mesías, y aparejarle el camino; ¿cuántos más motivos y títulos tiene todo el mundo para dar saltos de placer, el día que nació esta Virgen benditísima, en cuyas purísimas entrañas se había de encerrar Dios nuestro Redentor, y vestirse de su carne, y unir la naturaleza divina con la humana, y darle, con su bendición, vida y salud eterna?

Todo el universo estaba vestido de tinieblas, de culpa e ignorancia, y cubierto de una noche tenebrosa y oscura; más cuando apuntó y comenzó a verse la luz de esta Alba divina, todo se bañó de regocijo y alegría, entendiendo que se acercaba el día, y venía el Sol que le había de esclarecer y librarle de todos los males y miserias que padecía. La santísima Trinidad tuvo singular contento: el Padre, por haber nacido su dulce esposa: el Hijo, porque había de ser su Madre; y el Espíritu santo porque era su templo, y porque por virtud suya había de concebir al Hijo del Altísimo en su sagrado vientre. Pues ¿qué diré de todos aquellos celestiales y bienaventurados espíritus? ¿Qué fiesta creemos que hicieron en el cielo el día que vieron nacida en la tierra, a la que había de ser su Reina y Señora por medio de su benditísimo Hijo? ¿Qué de los santos patriarcas, sus primogenitores, cuando vieron cumplidos sus largos y ansiosos deseos, y que por medio de esta niña había de ser tan ilustrado y encumbrado su linaje? ¿Qué de los profetas, que tantas veces la anunciaron, y debajo de tantas sombras y misteriosas figuras la dibujaron y pintaron? Todo el linaje humano se debe alegrar con el nacimiento de esta Señora, por la honra que le vino de tenerla por parienta, y por gloria, ornamento y corona suya; y particularmente los pecadores, por tener tal abogada e intercesora. Pero los que más parte hoy tienen en esta fiesta son los padres de esta niña, a quienes Dios hizo tan señalada merced, y por medio de ellos dio tanta alegría a todo el mundo. El padre de la Virgen fue Joaquin, de Nazareth; su madre Ana, de la ciudad de Belén; y los dos eran de la tribu de Judá, y del linaje de David. Eran ricos y nobles, y de sangre ilustrísima; porque descendían de muchos reyes, de valerosos capitanes, de grandes y sabios jueces y gobernadores del pueblo de Israel: y lo que más importa, de santísimos sacerdotes, y patriarcas, y amigos de Dios, que le habían servido con singular amor y reverencia. A más de esto; eran personas muy temerosas de Dios, y guardaban con gran cuidado su santa ley, en ayunos, oraciones y limosnas; porque tal convenía que fuese el árbol, que había de producir tal fruto.

SALUTACIONES A LA NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA.

Con nueve distintas salutaciones contemplaremos los nueve meses que nuestra Santa Madre estuvo encerrada en el seno materno.

I. Os saludamos, oh descendiente de la Real prosapia de David, que salisteis con grande honor a luz de las entrañas de santa Ana, vuestra afortunadísima madre. Avemaría.

II. Os saludamos, oh Niña celestial, paloma candidísima de pureza, que a despecho del infernal dragón fuisteis concebida sin pecado original. Avemaría.

III. Os saludamos, oh Aurora brillantísisima, que como precursora del Sol de justicia, trajisteis la primera luz al mundo. Avemaría.

IV. Os saludamos, oh Elegida, que, cual sol sin mancha alguna, despuntasteis en la noche más tenebrosa del pecado. Avemaría.

V. Os saludamos, oh bellísima Luna, que iluminasteis al mundo envuelto en las más densas tinieblas del gentilismo. Avemaría.

VI. Os saludamos como a esforzada amazona, que sola, a manera de un numeroso ejército, pusisteis en fuga a todo el infierno. Avemaría.

VII. Os saludamos, oh hermosa alma de María, a quien Dios poseyó desde la eternidad. Avemaría.

VIII. Os saludamos, oh amada Niña, y veneramos vuestro santísimo cuerpecito, los sagrados pañales en que fuisteis envuelta, y la sagrada cuna en que estuvisteis acostada, y bendecimos el punto y momento en que nacisteis. Avemaría.

IX. Os saludamos finalmente, oh amada Niña, como adornada de todas las virtudes en grado inmensamente más elevado que los otros Santos, y que, hecha digna Madre del Salvador, y habiendo concebido por virtud del Espíritu Santo, paristeis al Verbo encarnado. Avemaría.

ORACIÓN FINAL.

¡Oh graciosísima Niña! que con vuestro feliz nacimiento habéis consolado al mundo, alegrado al cielo y aterrado al infierno; habéis dado ayuda a los caídos, consuelo a los tristes, salud a los enfermos y alegría a todos; os suplicamos con los más fervorosos afectos que renazcáis espiritualmente con vuestro santo amor en nuestras almas; renovad nuestro espíritu para que os sirvamos, encended de nuevo nuestro corazón para que os amemos; y haced florecer en nosotros aquellas virtudes con las que podamos hacernos siempre más agradables a vuestros benignísimos ojos. ¡Oh María! Sed para nosotros Madre, haciéndonos experimentar los saludables efectos de vuestro suavísimo Nombre; sírvanos la invocación de este Nombre de alivio en los trabajos, de esperanza en los peligros, de escudo en las tentaciones, de aliento en la muerte. Sea el Nombre de María como la miel en la boca, la melodía en el oído, y el júbilo en el corazón. Así sea.