ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

“Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, está siempre rondando en torno vuestro, como un león rugiente, buscando a quien devorar”.
LOS ÁNGELES
Quinta entrega
– Los Ángeles custodios
– Ángeles y demonios en la vida de Nuestro Señor
LOS ÁNGELES CUSTODIOS
Misión de los Ángeles en general
1º) Los Ángeles son enviados por Dios en ministerio sobre los hombres. (Doctrina cierta según la fe).
Consta expresamente en multitud de pasajes de la Sagrada Escritura:
“He aquí que yo enviaré mi Ángel que vaya delante de ti y te guarde” (Ex. 23, 20).
“Es hora ya de que vuelva a Aquel que me envió” (Tob. 12, 20).
“Mi Dios envió su Ángel, que cerró la boca de los leones” (Dan. 6, 22).
“Fue enviado por Dios el Ángel Gabriel” (Lc. 1, 26).
“Enviará el Hijo del hombre a sus Ángeles…” (Mt. 13, 41).
Santo Tomás: “Se dice ser enviado aquel que de algún modo procede de otro para comenzar a estar donde antes no estaba o estaba de otro modo…
Mas la virtud del Ángel, que es agente particular (y no universal, como Dios), no se extiende a todo el universo, sino que de tal manera se extiende a un ser, que no se extiende a otros; y, por lo tanto, de tal modo está en un lugar, que no está en otros.
Ahora bien, la criatura corporal es administrada por los Ángeles.
Luego siempre que es necesario que se haga algo por el Ángel cerca de alguna criatura corpórea, de nuevo aplica el Ángel a tal cuerpo su virtud y, consiguientemente, de nuevo comienza a estar allí.
Y como todo esto se verifica por un mandato divino, hay que concluir, según el concepto que acabamos de dar de misión, que el Ángel es enviado por Dios” (I, q. 112, a. 1).
Los Ángeles, al ser enviados, no pierden nada de su dignidad con el cambio de lugar, ni interrumpen un solo instante la contemplación de la divina hermosura, en la que consiste su felicidad y bienaventuranza, puesto que “dos acciones de las cuales la una es regla y razón de la otra, lejos de impedirse mutuamente, se ayudan la una a la otra” (I, q. 112, a. 1, ad. 2 y 3).
2º) No todos los Ángeles son enviados en ministerio, sino únicamente los de categorías inferiores. (Doctrina más probable).
La razón, de simple congruencia, que señala Santo Tomás es porque parece exigirlo así el orden angélico, teniendo en cuenta, sobre todo, que “nada hay tan grande en los ministerios divinos que no pueda ser ejecutado por los órdenes angélicos inferiores”, puesto que la naturaleza angélica es, de suyo, la más perfecta de todas las naturalezas creadas. (I, q. 112, a. 2).
Por eso fue enviado un simple Arcángel (San Gabriel) para anunciar a la Virgen María la Encarnación del Verbo, no obstante ser éste el más elevado de todos los ministerios divinos.
LOS ÁNGELES CUSTODIOS
1º) Algunos Ángeles son destinados por Dios para guarda y custodia de los hombres. (Completamente cierta según la fe).
La Iglesia no ha definido expresamente esta doctrina, pero se deduce con toda seguridad y certeza de los datos que nos proporciona la Sagrada Escritura. Se trata, pues, de una conclusión completamente cierta según la fe.
“He aquí que enviaré mi Ángel que vaya delante de ti y te guarde” (Ex. 23, 20).
“Te encomendaré a sus Ángeles para que te guarden en todos tus caminos, y ellos te llevarán en sus manos para que no tropieces en las piedras” (Ps. 90, 11-12).
“Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeñuelos, porque en verdad os digo que sus Ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre celestial” (Mt. 18, 10).
“¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salud?” (Hebr. 1, 14).
Como es sabido, el día 2 de octubre se celebra en toda la Iglesia la fiesta de los Santos Ángeles Custodios.
He aquí algunos argumentos muy claros y sencillos:
Como quiera que Dios instituyó el orden en el mundo de suerte que los seres inferiores sean gobernados por los superiores (v.gr., el hombre gobierna y domina a los animales), es muy razonable y conveniente que los hombres sean ayudados por los Ángeles. (I, q. 113, a. 1).
Es muy razonable y natural que los Ángeles, que están ya en la patria bienaventurada, ayuden a los hombres en su camino hacia ella, puesto que habrán de ser sus eternos compañeros ante Dios.
Si los demonios tientan a los hombres, es muy razonable que los Ángeles buenos les guarden y ayuden a vencer esas sugestiones malignas.
Los Ángeles sirvieron a Cristo (Mt. 4, 11) y le confortaron en su agonía de Getsemaní (Lc. 22, 43). Parece natural que hagan lo mismo con todos sus redimidos.
2º) Todos y cada uno de los hombres, bautizados o no, tienen su correspondiente Ángel de la guarda. (Doctrina probabilísima y común).
Santo Tomás: “El hombre se encuentra en la vida presente como en un camino por el que ha de marchar hacia su patria. En este camino le amenazan muchos peligros, tanto interiores como exteriores, según aquello del salmo: En la senda por donde voy me han escondido una trampa (Ps. 141, 4). Y por eso, así como a los que van por caminos inseguros se les da guardia, así también a cada uno de los hombres, mientras camina por este mundo, se le da un Ángel que le guarde. Pero, cuando haya llegado al término de este camino, ya no tendrá Ángel Custodio, sino que tendrá en el Cielo un Ángel que con él reine o en el infierno un demonio que le torture” (I, q. 113, a. 4).
Al contestar a la objeción de que es inútil que se depute un Ángel Custodio a los que Dios sabe que se han de condenar (v.gr, el Anticristo), escribe Santo Tomás: “Así como los réprobos y los fieles, e incluso el Anticristo, no están privados del auxilio interior de la razón natural, así tampoco están privados del auxilio exterior concedido por Dios a toda la naturaleza humana mediante la custodia angélica. Y aunque este auxilio, de hecho, no les sirva para conseguir mediante sus buenas obras la vida eterna, les sirve, no obstante, para apartarse de ciertos males con que podrían perjudicarse a sí mismos y a otros; porque incluso los mismos demonios son reprimidos por los Ángeles buenos para que no hagan todo el daño que ellos quisieran, e igualmente no será permitido al Anticristo hacer tanto daño como pretenderá” (I, q. 113, a. 4, ad. 3).
Hay que añadir que a cada hombre custodiado corresponde un Ángel Custodio distinto, de suerte que ningún Ángel se encarga de custodiar a dos o más hombres. Aunque, por el contrario, es posible y muy probable que un mismo hombre tenga dos o más Ángeles custodios, a saber, uno como persona particular y otro u otros por el cargo especialísimo que desempeña en la Iglesia (v.gr., Sumo Pontífice) o en la sociedad civil (v.gr., jefe del Estado) (I, q. 113, a. 2, c. y ad. 1).
En cuanto a que si al terminar la custodia sobre un determinado hombre (por haber llegado éste al Cielo o al infierno) vuelve Dios o no a encargar a un mismo Ángel que custodie a otro hombre, nada cierto se puede afirmar. Santo Tomás parece opinar que cada Ángel custodia a un solo hombre, sin que vuelva a encargarse nunca de la custodia de ningún otro (I, q. 108, a. 7, ad. 3; q. 113, a. 4); y eso parece ser lo más probable si tenemos en cuenta lo que hemos dicho antes acerca de nuestro propio Ángel correinante con nosotros en el Cielo. Eso parece desprenderse también del número inmenso de Ángeles existentes, incomparablemente mayor que el de los hombres.
3º) La guarda de los Ángeles custodios comienza para cada hombre en el momento de su nacimiento y se prolongará hasta que llegue a su destino final. (Doctrina más probable y común).
Santo Tomás dice que los beneficios conferidos al hombre en cuanto es cristiano comienzan desde el momento del bautismo, como el poder recibir la Eucaristía y otros semejantes; pero los que Dios le otorga en atención a su naturaleza racional se le confieren desde el momento en que al nacer recibe la naturaleza. Ahora bien, el beneficio del Ángel Custodio pertenece a esta segunda clase, y, por tanto, desde el momento mismo de su nacimiento tiene el hombre asignado su Ángel Custodio (I, q. 113, a. 5).
Mientras el niño está todavía en el seno de su madre, el Ángel de la Guarda de ésta cuida de los dos (I, q. 113, a. 5, ad. 3).
La guarda y compañía del Ángel custodio se prolonga hasta que el alma custodiada llega a su destino eterno, o sea al Cielo o al infierno. En el Purgatorio continúa todavía, según la opinión más probable, no ciertamente para proteger o custodiar al alma (ya no lo necesita), sino para consolarla y animarla. La misión del Ángel de la Guarda en el Purgatorio sería la de iluminarla acerca de los grandes misterios de Dios, de los goces del Paraíso, del amor que le tienen Jesús y María, etc., y anunciarle su próxima liberación.
En el Cielo cesará propiamente la custodia, pero nuestro Ángel seguirá eternamente relacionado con nosotros en calidad de Ángel correinante.
4º) Los Ángeles de la Guarda no experimentan ninguna tristeza por los males físicos o morales que puedan afectar a sus custodiados, ni siquiera por su definitiva condenación eterna. (Completamente cierta).
Aparte de que la pena o tristeza es incompatible con la perfecta felicidad de que gozan los Ángeles bienaventurados, Santo Tomás lo razona del siguiente modo: “Los Ángeles no sufren ni por los pecados ni por las penas de los hombres. Como dice San Agustín, la tristeza y el dolor no son sino de aquello que sucede contra la propia voluntad. Pero nada sucede en el mundo contra la voluntad de los Ángeles ni de los demás bienaventurados, porque su voluntad está enteramente conforme al orden de la justicia divina; y nada se hace en el mundo sino aquello que es hecho o permitido por la justicia divina. Por eso, hablando en absoluto, nada acontece en el mundo contra la voluntad de los bienaventurados…
Es cierto, sin duda alguna, que los Ángeles no quieren los pecados ni las penas de los hombres mirando esto en absoluto y en abstracto; pero quieren, no obstante, que se guarde en esto el orden de la justicia divina, según el cual algunos sufren castigos y se les tolera el pecar” (I, q. 113, a. 7).
Santo Tomás hace las siguientes precisiones:
1ª) Así en la penitencia de los hombres como en el pecado de los mismos queda siempre una razón de gozo para los Ángeles, a saber: el cumplimiento de los designios divinos (I, q. 113, a. 7, ad. 3).
2ª) Los Ángeles son llamados a juicio por los pecados de los hombres, no como reos —pues ninguna culpa tienen ellos de los pecados de sus custodiados— sino como testigos, para convencer a los hombres de su propia culpa y dejadez (I, q. 113, a. 7, ad. 4).
3ª) No sufren los Ángeles de la guarda por los males físicos que afectan a sus custodiados (enfermedades, dolores, persecuciones, etcétera), porque saben que “todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. 8, 28).
Ni siquiera por los pecados, que Dios permite para sacar mayores bienes (por el arrepentimiento y la penitencia posterior).
Tampoco sufren, finalmente, por la condenación eterna de sus protegidos, como tampoco sufrirán los bienaventurados al ver en el infierno a alguno de sus familiares o allegados (Suppl, q. 94, a. 2).
La razón es porque ellos no tienen ninguna culpa de la condenación de aquellas almas —hicieron todo lo que pudieron para evitarla, con sus inspiraciones y buenos consejos, apartándolos de las ocasiones de pecado, defendiéndolos de mil peligros, etc.— y sólo a la rebeldía y protervia de los pecadores se debe su eterna perdición, Y una vez confirmados en el mal y habida cuenta de su definitiva obstinación en el pecado, los Ángeles quieren que se guarde el orden de la divina justicia, que les castiga inexorablemente, y, por lo mismo, ninguna pena o tristeza sienten por su eterna condenación.
5º) Cada una de las naciones, provincias, pueblos, iglesias, órdenes religiosas, etc., tienen su correspondiente Ángel de la Guarda. (Doctrina común entre los teólogos).
Es doctrina universalmente aceptada que hay ciertos Ángeles tutelares colectivos, o sea que ejercen su custodia sobre una determinada colectividad más o menos grande (I, q. 113, a. 3, c. y ad. 2).
Se funda esta creencia en ciertas expresiones de la Sagrada Escritura, v.gr., las relativas a los Ángeles de Persia, de Grecia y de Israel (cfr. Dan. 10, 13-21).
La misma Iglesia parece aludir a esta creencia en la liturgia de Completas, donde hay una oración especial pidiendo la protección “de los Santos Ángeles que habitan en este lugar.”
Se cree que el Arcángel San Miguel es el Ángel Custodio de la Iglesia católica, por su particular excelencia y poder.
6º) Los Ángeles de la Guarda derraman sobre sus custodiados innumerables beneficios de orden espiritual y corporal. (Doctrina cierta y común).
He aquí algunos de esos innumerables beneficios:
a) Nos libran y defienden constantemente de multitud de males y peligros, así del alma como del cuerpo.
b) Contienen a los demonios para que no nos hagan todo el daño que ellos quisieran, sino únicamente el que Dios les permite para nuestro mayor bien.
c) Excitan con frecuencia en nuestras almas pensamientos santos y consejos saludables.
d) Ofrecen a Dios nuestras oraciones e imploran el auxilio divino sobre nosotros.
e)Iluminan nuestro entendimiento, no infundiéndole nuevas especies, sino proponiéndole las verdades de modo más fácil a través de la imaginación y de los sentidos internos, en los que pueden actuar directamente.
f) Nos asisten de una manera particularísima a la hora de la muerte, que es cuando más los necesitamos.
g) Nos consuelan en el Purgatorio y nos acompañarán eternamente en el Cielo como Ángeles correinantes.
Podemos considerar los maravillosos efectos que produce la intervención de los Ángeles en el orden espiritual.
Pueden reducirse a las tres funciones jerárquicas mencionadas por San Dionisio: purificar, iluminar, perfeccionar.
La Primera de las Jerarquías celestiales la ejerce sobre la Segunda; la Segunda sobre la Tercera; y la última sobre los hombres. En circunstancias extraordinarias, se da también la asistencia de los Espíritus de la Jerarquía Superior.
Así pues, en primer lugar y ante todo, los Ángeles nos purifican de cualquier error y pecado; nos ayudan a salir de la vía del vicio por medio de los ejercicios de la vida purgativa.
A continuación, nos iluminan respecto de la verdad de los misterios de la fe, y nos instruyen sobre la práctica de las virtudes.
Nos enseñan lo que ignoramos y nos hacen amar nuestros deberes, haciéndonos avanzar en la vía iluminativa.
A veces nos inspiran ir a visitar a maestros capaces de enseñarnos; y, al mismo tiempo, advierten a esos maestros para que nos reciban y nos instruyan con caridad.
Por último, los Ángeles nos ayudan a perfeccionarnos en todas las virtudes, especialmente en los ejercicios que nos unen con Dios, como son la oración, la meditación y la contemplación.
San Juan nos dice que Ellos presentan nuestras oraciones a Dios como un perfume de olor agradable, y que unen sus deseos a los nuestros para que recibamos las gracias solicitadas.
Debemos considerar también que los Santos Ángeles nos proporcionan beneficios temporales y materiales que pueden contribuir a nuestra salvación.
Ellos están atentos a la conservación de nuestra vida, nuestra salud, nuestro honor; nos procuran alimentos, vestimenta, vivienda, etc. de acuerdo con las disposiciones de la Providencia divina.
Vienen también en nuestra ayuda en las enfermedades, en nuestras aflicciones y peligros. Ya sea nos libran completamente de esos males, ya simplemente los suavizan, nos consuelan, nos animan para enfrentarlos bien.
Por último, interceden por nosotros ante Dios.
Todo esto lo realizan con increíble diligencia y afecto, lo cual debe excitar nuestra gratitud y mover nuestro corazón a ofrecerles un verdadero culto de dulía, como hace la Iglesia en su liturgia.
Comentando las palabras del salmo 90 “Mandó a sus Ángeles que te guarden en todos tus caminos”, escribe San Bernardo: “¡Cuánta reverencia deben infundirte estas palabras, cuánta devoción deben inspirarte, cuánta confianza deben darte! La reverencia, por su presencia; la devoción, por su benevolencia; la confianza, por su custodia.
Anda siempre con toda circunspección, como quien tiene presentes a los Ángeles en todos sus caminos. En cualquier parte, en cualquier lugar, aun en el más oculto, ten reverencia al Ángel de tu guarda. Ni ¿cómo te atreverías a hacer en su presencia lo que no harías estando yo delante? ¿Dudas acaso de que esté presente porque no le ves…?
Si consultas a la fe, ella te prueba que no te falta la presencia del Ángel…
Están presentes para tu bien; no sólo están contigo, sino que están para tu defensa.
Están presentes para protegerte, están presentes para provecho tuyo.
¿Qué volverás al Señor por todos los bienes que te ha hecho, pues a Él sólo debe referirse el honor y la gloria? ¿Por qué a Él solo? Porque Él es quien lo mandó, y todo don precioso no es de otro que de Él”. (Serm. 12 n.16).

LOS ÁNGELES Y LOS DEMONIOS EN LA VIDA DE NSJC
Anuncio del Precursor
Lc. 1, 11-19: Se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El Ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.» Zacarías dijo al Ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad.» El Ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva.»
Anunciación a María Santísima
Lc. 1, 26-38: Al sexto mes fue enviado por Dios el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El Ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al Ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el Ángel dejándola se fue.
Dudas de San José y Anunciación
Mt. 1, 19-24: Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.» Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.
Anuncio a los Pastores
Lc. 2, 9-14: Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El Ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y de pronto se juntó con el Ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.»
La huída y el regreso de Egipto
Mt. 2, 13: Después que los Magos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.»
Mt. 2, 19-20: Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.»
La tentación en el desierto
Mt. 4, 1-11; Mc. 1, 12-13; Lc. 4, 1-13: Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.
Los Ángeles le sirven en el desierto
Mt. 4, 11: Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos Ángeles y le servían.
Varios endemoniados curados
Mc. 1, 21-28; Lc. 4, 33-37: Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.» Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él.» Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: «¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen.» Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.
Mt. 8, 16; Mc. 1, 32; Lc. 4, 41: A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo Él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: «Tú eres el Hijo de Dios.» Pero Él, los conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que Él era el Mesías.
Mt. 12, 22-23; Lc. 11, 14: Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Y le curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. Y toda la gente atónita decía: «¿No será éste el Hijo de David?» Mas los fariseos, al oírlo, dijeron: «Este no expulsa los demonios más que por Beelzebul, Príncipe de los demonios.»
Mt. 8, 28-34; Mc. 5, 1-20; Lc. 8, 26-39: Arribaron a la región de los gerasenos, que está frente a Galilea. Al saltar a tierra, vino de la ciudad a su encuentro un hombre, poseído por los demonios, y que hacía mucho tiempo que no llevaba vestido, ni moraba en una casa, sino en los sepulcros. Al ver a Jesús, cayó ante él, gritando con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te suplico que no me atormentes.» Es que él había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre; pues en muchas ocasiones se apoderaba de él, le sujetaban con cadenas y grillos para custodiarle, pero rompiendo las ligaduras era empujado por el demonio al desierto. Jesús le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?» Él contestó: «Legión»; porque habían entrado en él muchos demonios. Y le suplicaban que no les mandara irse al abismo. Había allí una gran piara de puercos que pacían en el monte; y le suplicaron que les permitiera entrar en ellos; y se lo permitió. Salieron los demonios de aquel hombre y entraron en los puercos; y la piara se arrojó al lago de lo alto del precipicio, y se ahogó.
Mt. 9, 32-34: Salían ellos cuando le presentaron un mudo endemoniado. Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo. Y la gente, admirada, decía: «Jamás se vio cosa igual en Israel.» Pero los fariseos decían: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.»
Mt. 15, 21-28; Mc. 7, 24-30: Y partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, en seguida, habiendo oído hablar de él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Él le decía: «Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» Pero ella le respondió: «Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños.» El, entonces, le dijo: «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija.» Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido.
Mt. 17, 14-21; Mc. 9, 14-29; Lc. 9, 37-43: Cuando llegaron donde la gente, se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle.» Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!» Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento. Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible. En cuanto a esta ralea, no se va sino con oración y ayuno»
El Ángel consolador en Getsemaní
Lc. 22, 43: Entonces, se le apareció un Ángel venido del cielo que le confortaba.
Renuncia a las legiones de Ángeles
Mt. 26, 52-53: Dícele entonces Jesús: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de Ángeles? »
Presencia de los Ángeles en la Resurrección
Mt. 28, 2-7; Mc. 16, 5-7; Lc. 24, 3-8: De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis.” Ya os lo he dicho.»
Lc. 24, 22-23: El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de Ángeles, que decían que él vivía.
Jo. 20, 11-13: Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos Ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?»
Los Ángeles en la Ascensión a los Cielos
Hechos, 1, 9-11: Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo.»
Los Ángeles en el fin del mundo
Mt. 16, 27; Mc. 8, 38; Lc. 9, 26: Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus Ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
Mt. 24, 30-31; Mc. 13, 26-27: Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. El enviará a sus Ángeles con sonora trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo de los cielos hasta el otro.
Mt. 13, 38- 42: El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los Ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus Ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Mt. 13, 47-50: También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los Ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Mt. 25, 31-33: Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus Ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.
Lc. 12, 8-9: Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los Ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los Ángeles de Dios.
Otras alusiones a los Ángeles
Mt. 18, 10: Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus Ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos.
Lc. 15, 10: Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los Ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
Jo. 5, 4-5: El Ángel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, quedaba curado de cualquier mal que tuviera.
Lc. 16, 22: Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los Ángeles al seno de Abraham.
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