MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SANTA ROSALIA DE PALERMO
VIRGEN Y SOLITARIA (1130-1160)

Rosa y lirio, dos flores simbólicas que parecen haberse entrelazado y aun compenetrado como en mística simbiosis, para formar el nombre característico y significativo de la santa Patrona de Palermo.
Fuego y candor, amor e inocencia, belleza y aromas de rosas y lirios: júntese a ellas el perfume delicado de la escondida violeta y se habrá formado el ramillete de agradable olor que, por quererlo para Si, cortó el Señor antes del mediodía y lo puso en rutilante búcaro de honor en su palacio de la gloria.
Esa flor, llamada Rosalía, abrió sus pétalos a la luz de este mundo hacia el año 1130 en el palacio de Roger II, rey de Sicilia. Fue su padre Sinibaldo, conde de los Marsos y descendiente de Carlomagno, a quien el mismo Roger llamó a su corte y dio por esposa a una de sus más próximas parientes. Nació y creció Rosalía, por lo tanto, entre grandezas y esplendores terrenos que no cautivaron su corazón, antes fueron para ella objeto de desdén y menosprecio. A los catorce años resplandecía con todos los encantos de la belleza, de modo que el mundo presagiaba para ella el mas brillante porvenir. Pero el mundo ignoraba que aquella flor tan fresca, tan lozana, tan hermosa, la tenía Dios reservada para Sí; no sabía que Jesús la había regado con la lluvia copiosa de sus gracias y que la Virgen velaba para que sus pétalos purísimos no sufriesen menoscabo ni aun por la mirada de aquel mundo que no merecía poseerla. Una noche se le apareció la Reina del cielo para mandarle que huyese de la casa paterna.
HUYE A LA SOLEDAD
Corta, pero admirable vida, llena de encantos y dulzuras difíciles de comprender para la mayor parte de los hombres, aun de los cristianos. Ya declaró el Señor que «no todos pueden comprenderla». La tierna doncella da de mano a todas las esperanzas, triunfa sobre los sentimientos de la naturaleza por la docilidad a la gracia, y abandona decidida su hogar para seguir la voz divina que ha resonado en su alma.
A la puerta del palacio de su padre están los mensajeros de la Reina del cielo: son dos ángeles; arrogante caballero el uno, con reluciente espada al cinto; humilde peregrino el otro, con báculo, conchas y calabaza. Precédele el primero y camina tras ella el segundo, amparados en aquella misteriosa huida por las sombras de la noche.
Así, guardada por los celestiales guías, atraviesa Rosalía las silenciosas calles de Palermo; sin otro bagaje que sus instrumentos de penitencia, el crucifijo y algunos libros, sale de la ciudad sin el menor percance, se encamina a la sierra de Quisquina, distante algunas leguas de Palermo, y allí se sepulta en una gruta ignorada, escondida bajo las nieves que casi de continuo cubren la cima de la montaña. Allí no tiene la delicada virgen otras relaciones que las del cielo, ni otro alimento que el de las raíces que recoge en las cercanías de su retiro. Vive en familiar comunicación con los ángeles y en continua oración y unión con Dios, anticipándose ya a la eterna ocupación de la bienaventuranza. Los trabajos manuales que le imponía la necesidad de remediar su desnudez y atender a su subsistencia, y el grabar en la roca la inscripción que todavía se lee, fueron sus distracciones en aquella vida de ángel. La inscripción dice así:
Ego Rosalía, Sinibaldi Quisquine et Rosarum Domini filia, amore Dotnini mei Jesu Christi ini (in) hoc antro lac habitare decrevi. — Yo, Rosalía, hija de Sinibaldo, señor de Quisquina y de Rosa, por el amor de mi Señor Jesucristo, he resuelto habitar esta caverna.
Vense también en la cueva, ura concavidad que labró para recoger el agua que se filtraba por las paredes de la gruta, un altarcito y un trozo de mármol que le servía de lecho, un asiento tallado en la roca y una viña que, según la tradición, plantara la virgen solitaria.
Entretanto, buscábanla sus afligidos familiares por toda Sicilia; la voz del pregonero prometió grandes recompensas al que descubriese su retiro, y Rosalía recibió de los ángeles el aviso de que no tardaría en ser conocido su refugio, y debía, por tanto, buscar otro más seguro. Ellos mismos guiaron a su protegida por oculta senda al monte Pellegrino, cuyas alturas escaló y en cuya cima casi inaccesible halló una gruta incómoda, de angosta abertura, de bajo techo, oscura, y en cuyo suelo apenas había lugar para descansar sin estar sobre el lodo. En aquella caverna, impropia para servir de guarida a las fieras y alimañas, pasó la solitaria los últimos años de su vida.
Alimentábase, como en Quisquina, de raíces y bellotas, pero fue aquí infinitamente más afortunada, porque los celestes guardianes que la Virgen le diera le llevaban con frecuencia la Santa Eucaristía.
SU MUERTE
DIieciseis años llevaba Rosalía en aquella vida extraterrena y aun no había alcanzado los treinta de su edad, cuando el Señor le dio a conocer que sus anhelos del cielo iban a verse plenamente cumplidos. Acostóse entonces Rosalía dentro de la gruta que iba a servirle de sepulcro, descansó la cabeza en su mano derecha, apretó con la izquierda el crucifijo contra su corazón, colocó sobre el pecho su crucecita de plata, y en esa postura se durmió en el Señor el 4 de septiembre de 1160.
Aquel cuerpo que tan maravillosamente había vivido, reservaba el Señor un sepulcro no menos maravilloso. Sobre aquellos virginales despojos fue cayendo gota a gota el agua de modo que en poco tiempo la cubrió con una envoltura calcárea encerrándola en sepulcro de alabastro. ¿Hubiera acertado su opulenta familia a dedicarle tan precioso mausoleo?
No tardó en conocerse por doquier la santidad de la virgen de Palermo,ya por medio de apariciones, ya por los repetidos milagros, y su culto se esparció con rapidez por Sicilia, por toda Italia y a través de Europa, llegando a ser su nombre popularísimo.
Todas las pesquisas hechas para hallar su cuerpo fueron inútiles. Registráronse minuciosamente las dos cavernas en que vivió la solitaria, tan célebres ya desde entonces y tan visitadas, pero la Providencia no permitió que se descubriese su secreto. El bloque alabastrino que encerraba el cuerpo de la Santa quedó enterrado en los escombros que extrajeron de la gruta infructuosamente explorada. Dios quería reservar para otros tiempos el beneficio de hallar tan preciado tesoro, y poco a poco fue por toda Sicilia la creencia de que sólo lo hallarían el día en que la ciudad de Palermo se viese en extrema necesidad.
DESCÚBRESE LA TUMBA
Así transcurrieron cinco siglos. Cierto día, un anciano que solícito y confiado andaba buscando el escondido tesoro, oyó estas palabras:
«Aun no ha llegado el tiempo; hay que esperar a que Palermo se arranque los cabellos de desesperación».
Por aquella misma época, era en 1625. durante las fiestas de Pentecostés, un tal Amodeo, vecino de Palermo, que visitaba a los ermitaños establecidos en torno a la gruta del monte Pellegrino, discurría con ellos sobre los medios de dar con el cuerpo de la Santa y deploraba la inutilidad de los trabajos llevados a cabo con tal fin, cuando se les acercó una mujer de Trapani llamada Jerónima del Gaffo, y les dijo:
«Hallábame enferma en el hospital de Palermo y a punto de expirar, cuando vi junto a mi cama una hermosísima joven que me dijo con voz suavísima: No temas, curarás si haces voto de ir en peregrinación al monte Pellegrino y de visitar mi tumba. He venido y, allí una voz misteriosa me ha dicho: Aquí está oculto mi cuerpo. Busca y te daré pruebas de mayor certeza».
Ni Amodeo ni los ermitaños dieron gran crédito a las manifestaciones de aquella mujer; pero, por complacerla, decidieron seguirla a la gruta para ver el lugar que, según decía, le había sido indicado. Resolviéronse a intentar nuevas exploraciones y fijaron para iniciar los trabajos, el 29 de mayo. En ese mismo día llegaba a Trapani un navío procedente de África e infestado por la peste. Extendióse el azote rápidamente por toda Sicilia sin que sirviesen a contenerlo cuantos medios puso en juego el virrey, Filiberto de Saboya, y la ciudad de Palermo vióse castigada espantosamente. Su arzobispo,
el cardenal Juan Doria, que se hallaba en los baños de Términi, acudió presuroso a compartir los peligros de su amado rebaño.
Adelantaban entretanto, aunque lentamente, las excavaciones que se hacían en la gruta del monte Pellegrino, y sólo a los dos meses, es decir, el 15 de julio descubrieron por fin una piedra de alabastro de seis palmos de larga por dos de ancha, que al removerla se hendió por mitad y con gran sorpresa de los presentes dejó al descubierto huesos de un esqueleto humano de los que se desprendía un perfume delicioso.
Al instante llegó a Palermo la noticia de tan feliz hallazgo. El mismo día acudieron a la gruta los comisionados del Arzobispo y del Senado para comprobar la verdad de los hechos. Renació en el pueblo la confianza y todos decían: «Por intercesión de Santa Rosalía nos salvará el Señor».
Pero no cesaba la plaga. En los meses de julio, agosto y septiembre hubo una mortandad atroz. Llegó el 4 de septiembre, fiesta de la Santa. El Arzobispo y el Senado pusieron la ciudad bajo la protección de la Virgen Inmaculada y de Santa Rosalía. Inmediatamente comenzó a decrecer la fuerza del mal, que sólo debía desaparecer por completo el día en que la comisión de teólogos, médicos y sabios reconociera solemnemente la autenticidad de los preciosos restos. El examen se prolongó hasta el mes de febrero del siguiente año y la peste no desaparecía.
RECONOCIMIENTO DE LAS RELIQUIAS
Con esa prudente lentitud que la iglesia emplea siempre en las cosas referentes a la fe, esperaba el cardenal Doria que las decisiones de la Comisión quedasen confirmadas por alguna manifestación de lo Alto. El hecho siguiente dio la seguridad que el prelado deseaba.
Un apestado de Trapani, apellidado Bonelli, pidió que le asistiera en su última hora un sacerdote llamado Pedro del Mónaco. Después de la confesión, el moribundo le habló así: «No hace mucho tiempo, el domingo de Carnaval, tuve el dolor de perder a mi esposa, arrebatada por la peste en breves horas.
Sentí una pena profunda y para distraerme de ella resolví entregarme a la caza. Con ese fin me dirigí al monte Pellegrino. Al llegar al punto denominado Scala, vi ante mí a una joven con hábito de eremita.
«—¿A dónde vas? —me preguntó-
—Voy de caza —respondí temblando-
—Ven conmigo —añadió— y te rnostraré mi celda de ermitaña.
Trepé tras ella por el monte y me mostró la gruta.
—He aquí —me dijo— el lugar donde descansa mi cuerpo. ¿No me conoces?
—añadió con dulzura.
—No, señora.
—Pues soy Rosalía.
Sólo mi turbación fue causa de que la reconociese hasta entonces. Me arrojé a sus plantas y me atreví a decirle:
—¡Oh Santa Rosalía! ¿Cómo dejáis perecer a vuestro desgraciado país? ¡Morimos a millares y yo mismo he perdido a mi esposa!
—Hay que someterse a la voluntad de Dios, y este azote convertirá a muchos. Demasiado han estado discutiendo en lo referente a mi cuerpo. Si lo llevan en procesión por la ciudad, la plaga cesará. Te recomiendo que vayas a ver al cardenal o le envíes a un fiel mensajero. En cuanto a ti, confiésate y comulga, pues como prueba de que lo que te digo es verdad, enfermarás de la peste y a los cuatro días morirás. Tu confesor quedará encargado de manifestar lo que te he dicho>>
No pudo abandonar don Pedro del Monaco a los moribundos que imploraban su asistencia, y por lo tanto envió a uno de sus compañeros llamado Vicente Setaiolo a cumplir el encargo de la Santa ante el cardenal Doria, quien recibió la noticia con el más vivo interés. Envió ipso facto a dos sacerdotes para que se entrevistasen con Bonelli, que aun vivía y que confirmó el relato. Decidióse entonces el cardenal a tomar una determinación oficial, y el 28 de febrero de 1625, después de exponer las reliquias de la Santa a la pública veneración, mandó llevarlas en procesión por las calles de la ciudad de Palermo. En cuanto se cumplió aquella orden, comenzó la rápida desaparición de la peste.
CULTO Y MILAGROS
No hubo recurso de que no echasen mano los agradecidos habitantes de Palermo para demostrar a la santa bienhechora su amor y devoción. Ofrecieron un relicario de plata para guardar sus reliquias, construyéronle una magnífica iglesia, hicieron de sus dos grutas lugares de peregrinación y ocultaron la roca santificada por sus virtudes bajo un sinnúmero de exvotos pregoneros a la vez de la protección y valimiento de la una y del agradecimiento y confianza de los otros. Tanto se extendió su culto, que, traspasando las fronteras de Sicilia, llegó a los últimos confines de Europa.
En 1628, Ana de Austria pidió y obtuvo una reliquia insigne. En la misma fecha, Clemente de Bonzi, obispo de Beziers. recibió la mandíbula inferior, y en cuanto entró la reliquia en la ciudad , cesó la peste. Lo mismo sucedió en otras ciudades. El rey de España , Felipe IV, que lo era también de Sicilia con el nombre de Felipe III , recibió de su pueblo siciliano algunos huesos de la Santa. El archiduque don Juan de Austria fue especialísimamente protegido por Santa Rosalía durante el sitio de Barcelona, de la que se habían apoderado los franceses. La ciudad de Amberes, en Bélgica, se vio libre de la peste gracias a la protección de la misma Santa, y hasta Polonia conoció el valimiento que ante Dios tiene.
CURACIÓN DEL HERMANO FRANCISCO DE CASTILLA
La curación del Hermano Francisco de Castilla, novicio de la Compañía de Jesús, en 1653, extendió el culto de Santa Rosalía a las Indias Orientales. Reducido al último extremo por una enfermedad al corazón, de tal modo que después de administrarle los últimos sacramentos había dispuesto ya el superior lo necesario para su entierro; recibió en el momento en que parecía iba a expirar, la visita de Santa Rosalía y otros santos personajes, y aquélla le dijo:
«Francisco, estabas a punto de morir, pero yo he obtenido para ti la curación, si así lo quieres:, servirá para la gloria de Dios. Pero has de hacer un voto en la forma que yo te indicaré».
Y dócilmente repitió Francisco las palabras que iba oyendo:
«Hago voto de ser devoto vuestro y extender vuestras alabanzas y vuestra gloria por todo el mundo».
«Irás a pie a mi gruta —continuó la Santa— y comulgarás en ella.
—Pero —replicó el novicio—, ¿qué prueba daré de la verdad de esta aparición para que me crean? —Cuando agonizabas —díjole la Santa—, el padre Grimoldi te ha administrado la Extremaunción, y algunos de los asistentes te tomaron el pulso y dijeron que no había para ti esperanza de vida. Ahora ya estás curado».
Y después de permitirle besar los pies, desapareció de la vista del novicio, que se puso a gritar: «¡Estoy curado!» Y, levantándose en el acto, contó lo que acababa de ver y oír.
El Hermano Francisco se reintegró a los ejercicios del noviciado, y tres días después, conforme a la orden recibida y a pesar de los intensos calores de agosto, subió a pie hasta la gruta de su bienhechora. Ese milagro tuvo gran resonancia en toda Italia. Acuñáronse medallas para perpetuar su recuerdo, y la relación del mismo, traducida a todas las lenguas europeas, fomentó enormemente la universal devoción a la Santa.
El Elector de Baviera envió un propio a Roma para que averiguase la exactitud del prodigio, ya reconocido por el arzobispo de Palermo tras de minucioso y maduro examen. Ordenado para entonces de sacerdote, el padre Francisco de Castilla se hallaba precisamente en Roma, adonde había llegado en demanda de la bendición del Sumo Pontífice, Alejandro VII, antes de embarcarse para las Indias Orientales, y certificó, con juramento, la verdad de las circunstancias de su curación milagrosa. Al pasar por Lisboa, llamóle el rey de Portugal, porque tenía vivos deseos de verle y oír de sus labios el relato del prodigio. Escuchóle conmovido, y tal confianza sintió en el poder de Santa Rosalía, que la eligió por patrona de su reino.
Embarcóse el padre Francisco de bastilla en Lisboa, en abril de 1666, en el mismo buque donde viajaba el virrey de las Indias y conde de San Vicente, don Juan de Nuño, que tuvo especial interés en llevarlo en su compañía por el gran afecto y veneración que le profesaba. Larga y difícil fue la travesía, porque al llegar al cabo de Buena Esperanza, se vieron envueltos en espantosa tempestad y, pasado ese peligro, les sobrevino otro no menos terrible, el de la peste. Uno de los primeros atacados fue el virrey, que no quiso ser asistido más que por su fiel amigo el padre Castilla. Como el paciente empeoraba y no había a parecer esperanzas de remedio, preparólo el sacerdote para el último trance y le administró el santo Viático. Pero al mismo tiempo le exhortó a que hiciese con confianza un voto a Santa Rosalía, si recobraba la salud. Acogió gustoso Juan de Nuño la propuesta y prometió a la Santa construir una iglesia en Goa y fundar en ella una misa a perpetuidad si obtenía la salud. Apenas formuló el voto, se sintió curado. Pero al mismo tiempo, y como el padre Castilla hubiese ofrendado su vida por la de su amigo y aceptado el Señor su sacrificio, se vio atacado por la peste y entregó su alma a Dios cuatro días después.
Juan de Nuño se apresuró a cumplir su promesa en cuanto desembarcó, y no tardó en verse a las puertas de la ciudad de Goa la magnífica iglesia levantada a expensas de tan agradecido como piadoso virrey.
En el Martirologio romano quedó inscrita la fiesta el 4 de septiembre; pero la invención de sus reliquias, inscrita también en el Martirologio, el 15 de julio, suele celebrarse en Palermo con grandes luminarias y regocijos.
Esa fiesta de la invención de las reliquias reviste en Palermo caracteres apoteótiticos por el entusiasmo desbordante, la esplendidez de las iluminaciones y la duración de los festejos, que suele ser de cinco días. El primero de ellos, las reliquias de la Santa se conducen procesionalmente, y entre vítores y aclamaciones, por las principales calles de la ciudad. La voz solemne del cañón y los alegres disparos de los cohetes forman concierto con las aclamaciones de sus entusiastas paisanos.
Suelen acondicionar al efecto un carro gigantesco tirado por cuatro mulas, en el que se acomodan los músicos y cuya elevada cúspide alcanza a los tejados de los más altos edificios. Esa procesión se repite los cinco días.
El tercer centenario de la invención de las reliquias de Santa Rosalía, se celebró en Palermo con inusitado esplendor, del 2 al 7 de septiembre de 1924. y con un Congreso Eucarístico, el VIII nacional italiano.
Pío XI. a petición del cardenal Lualdi. arzobispo de Palermo, decretó que la fiesta de Santa Rosalía fuese de precepto para la ciudad de Palermo.
EL SANTO DE CADA DíA
POR EDELVIVES
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