Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y aconteció que yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y entrando en una aldea, salieron a Él diez hombres leprosos, que se pararon de lejos. Y alzaron la voz diciendo: Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros. Y cuando los vio, dijo: Id y mostraos a los sacerdotes. Y aconteció, que mientras iban quedaron limpios. Y uno de ellos cuando vio que había quedado limpio volvió glorificando a Dios a grandes voces. Y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Y respondió Jesús, y dijo: ¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve dónde están? ¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo.

La Dominica pasada la Santa Iglesia nos proponía en la Liturgia al piadoso samaritano como dechado de caridad para con nuestros prójimos; hoy nos muestra, en la persona de otro samaritano, el reconocimiento de la divinidad del Salvador y el agradecimiento que le debemos por las innumerables mercedes que de Él hemos recibido.

Consideremos primeramente el beneficio de Jesús.

Iba el Maestro desde Galilea a Jerusalén para, según todas las probabilidades, celebrar su última Pascua en la ciudad deicida.

Al llegar a la frontera de Samaria, en vez de seguir adelante y atravesar esta región, torció hacia el este y, por entre los confines de Galilea y de Samaria, se dirigió a la Perea, para luego subir por Jericó a Jerusalén.

Mientras caminaba junto a las fronteras de Samaria, al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, nueve de ellos eran judíos, el otro samaritano.

A pesar de las rivalidades y odios entre judíos y samaritanos, la desgracia común reunió a estos infelices. Juntos, pues, salieron al encuentro de Jesús.

Ya este sólo hecho es altamente significativo.

¿Por qué?

Puesto que, al encontrarse con otros hombres, los leprosos se veían forzados a dar voces, diciendo: Impuro, impuro. Como quien dice: Si no queréis contaminaros, si no queréis contraer esta horrible enfermedad, apartaos de nosotros.

Mas he aquí que, al ver a Jesús, no gritan: Impuro, impuro, como a los demás, sino que, de muy distinta manera, exclaman suplicantes: Jesús, Maestro, compadécete de nosotros.

Se mantienen, por respeto, a cierta distancia; pero, en lugar de significar a Jesús que se aleje de ellos, al contrario, le piden que se les acerque, y que, como suele hacer con otros leprosos, así ahora a ellos les sane de su lepra.

La vista de aquellas repugnantes úlceras, y más aún la confianza de aquellos desgraciados, conmovió profundamente el Corazón del Salvador.

A impulsos, pues, de su la misericordia infinita, determina Jesús restituir a los leprosos su entera salud.

Pero antes quiso exigirles una condición, digna de Él y nada onerosa para ellos: la fe.

Y por eso les dice: Id y mostraos a los sacerdotes, conforme a la observancia de las prescripciones legales.

Este mandato era una promesa tácita, pero inequívoca, de su salud; porque los leprosos no se presentaban a los sacerdotes antes, sino después de curados.

Por lo tanto, el remitirlos a los sacerdotes, para que comprobasen su curación, era lo mismo que prometerles que en el camino recobrarían la salud.

Los leprosos, dando fe a lo que Jesús les decía y prometía, se dispusieron a cumplir lo que les ordenaba, y emprenden su camino.

Y fue así que, mientras iban a Jerusalén, se vieron de repente limpios de su horrible enfermedad.

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Nosotros, lo mismo que aquellos leprosos, tenemos horror a presentarnos delante de los hombres y descubrirles la lepra de nuestro corazón. Y no sin razón; pues ordinariamente no hallamos en los hombres más que indiferencia y desvío, si ya no desdén, para nuestra desgracia.

No actúa así Jesús. Con que haya de nuestra parte humildad y confianza, cuanto más desgraciados, cuanto más repugnantes, tanto más interesaremos en favor nuestro la misericordia de su piadosísimo Corazón. No huyamos de Jesús, que el Señor no se desviará de nosotros.

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Haciendo, pues, los leprosos su camino, he aquí que repentinamente se hallan sanos.

No es fácil imaginar la alegría, mezclada de sorpresa, que sintieron; con qué júbilo expresarían a porfía lo que en sí mismos experimentaban y lo que veían en los otros.

Mas, pasadas estas primeras expansiones, en medio de la alegría y el reconocimiento de todos, pronto surgió entre ellos la duda, la discrepancia y la disensión…

Sanados, como habían sido tan maravillosamente, ¿qué debían hacer?

¿Continuar su camino a Jerusalén para presentarse a los sacerdotes?

¿Volver antes a Jesús?

¿Seguimos la letra de la Ley, que mata…, o vamos hacia el que debe ser el Mesías prometido?

¿Nos quedamos en la Antigua Alianza…, o abrazamos la Nueva Ley que se está proclamando?

A la duda siguió la discrepancia; y a la discrepancia siguió la escisión: los nueve judíos siguieron su camino a Jerusalén, hacia la Ley, hacia Moisés…; el samaritano quiso antes regresar a Jesús, al Legislador de un Nuevo y Eterno Testamento…

Ver la Epístola de este Domingo…

Y volvió —dice el Evangelista— engrandeciendo con grandes voces a Dios, y en llegando a Jesús, cayó sobre su rostro ante los pies de Él, dándole gracias.

¿Quién obró mejor, los nueve judíos, ateniéndose al cumplimiento material de la legalidad; o bien el samaritano, dando el primer lugar en su corazón a la glorificación de Dios en espíritu y en verdad y al agradecimiento debido a su divino bienhechor?

La respuesta del Salvador dio la razón al samaritano.

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Por todos los indicios, parece ser que la curación de los leprosos se efectuó poco después de emprendido el camino, cuando, por lo tanto, estaban aún cerca de Jesús. Por lo menos, estaban todavía muy lejos de Jerusalén; y, consiguientemente, podían muy bien haber regresado a dar las gracias a Jesús, sin contravenir en lo más mínimo ni la prescripción de la Ley, ni el mandato del mismo Jesús.

Con razón, pues, mostró Jesús extrañeza por la falta de los nueve judíos, y preguntó al samaritano: ¿Por ventura no fueron sanados los diez? Pues los otros nueve ¿dónde están?

Pues…, están con la Ley, con Moisés, con la religión corrompida por los escribas y fariseos…

Nada respondió el samaritano al reclamo y lamentación de Jesús; pues nada podía alegar en favor de sus compañeros; ni, por otra parte, era necesario culpar a los que con su mismo proceder se declaraban censurados.

Por esto el Salvador, sin aguardar respuesta, exclamó: No se ha hallado quien volviese y diese gloria a Dios, sino este extranjero.

Y volviéndose al samaritano, postrado aún a sus pies, le dijo amorosamente: Levántate, vete en paz; porque tu fe te ha salvado.

La fe que mostraste a mi palabra te ha curado de la lepra del cuerpo…; y la fe mayor, con la que has vuelto para glorificar a Dios y darle las gracias, te ha librado de la lepra más repugnante…, la del espíritu…; esta fe te ha hecho reconocer en mí al hijo de David, al Mesías prometido… tu fe te ha salvado…

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No desperdiciemos la hermosa lección de fe y de gratitud que nos da este samaritano para con nuestro divino Salvador.

Pero levantemos nuestro espíritu a considerar la verdad de orden superior que brilla en todo este hecho.

Una misma calamidad juntó en uno a judíos y gentiles; unos y otros desfigurados y corrompidos por la lepra del pecado…

Unos y otros también se hallaron frente al Salvador, que venía a librarlos de su lepra…

¿Qué hicieron ellos?

Los judíos buscaron su remedio en su Ley, esto es, en las observancias mecánicas de una legalidad mal entendida; y entre su Ley y el Salvador, desecharon al Salvador y divinizaron su Ley. Por eso perecieron.

En cambio, la gentilidad, reconociendo su propia impotencia, puso toda su fe y esperanza en Jesús, Hijo de Dios. Por eso alcanzó la salud y la vida eterna.

Nosotros hemos de poner toda nuestra esperanza en el Divino Salvador.

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Un contraste nos ofrece, pues, este Evangelio.

Por una parte, un cuadro de luz: Cristo que salva, que purifica y que perdona; Jesús que va anunciando la verdad, va derramando beneficios.

Por otro lado, un cuadro triste de diez hombres llagados que le suplican que los cure de la horrible lepra que corroía sus cuerpos… Imagen viva de esta sociedad llagada, que debe buscar el remedio supremo en el Médico divino que cura todas las llagas.

La sociedad moderna padece angustias de muerte. De todas partes surge un clamor incesante.

Los pueblos gimen y buscan quién los libre de sus males. Corroído su organismo político, su organismo social por la honda crisis, por los conflictos de toda especie, por el desorden, la anarquía, busca la sociedad quién la cure de estos males.

Que vengan los políticos, los sociólogos, que exhiben programas de salvación, siempre ineficaces, siempre utópicos, siempre insuficientes.

El mal avanza, todo está trastornado, todo hierve en frenéticas agitaciones.

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Peor aún… La misma sociedad, que gozó de los beneficios de Dios, de los bienes del Evangelio, se muestra ingrata contra Jesucristo y con su Iglesia.

No sólo no agradece los beneficios, sino que se sirve de ellos para ofender al bienhechor divino.

Y todos los bienes de que goza el hombre, los considera que son frutos de su esfuerzo, de su industria, de su genio.

Esta civilización pregona que el respeto, la fraternidad, la justicia, la conmiseración por los dolores, son conquistas del progreso; olvidando que todas esas virtudes y beneficios son frutos del Evangelio que, sobre un mundo de oprobios, de tiranías, de egoísmos, levantó el soberbio edificio del cristianismo.

Y muchos de sus actuales enemigos fueron al principio sus hijos, formados en el regazo de la Iglesia…

Arrio, Nestorio, Lutero, Voltaire…, llevan en su frente el estigma vil de Judas, que personifica la ingratitud.

Ingratos son también los que se dejan seducir por ellos, los que insultan y blasfeman contra lo más sagrado y santo.

Pero mientras quede uno solo, aunque sea un pobre samaritano, que tenga corazón generoso para agradecer y labios para formular ese agradecimiento, quedará estigmatizada la conducta de aquellos nueve ingratos.

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Y si buscamos la causa profunda de los males que afectan a la sociedad, la encontramos en que nuestra época moderna y post-moderna ha perdido todo ideal sobrenatural, y profesa que el hombre no tiene otro fin que vivir gozando sobre la tierra.

Sin fe, sin esperanza, el hombre quiere saciar acá todos sus anhelos…

De esta negación de los ideales del espíritu surge la lucha entre los hombres, lucha por disfrutar de la vida y obtener la mejor parte en el banquete de la riqueza.

La paz, el sosiego, el disfrute común de los beneficios, las dulzuras del hogar, la obediencia a la autoridad, todo cae por el suelo.

Se desencadena la anarquía, el desorden; la autoridad es reemplazada por la demagogia politiquera; el derecho por el hecho…, y toda organización se desmorona.

Y la razón radica en que no se puede fundar el orden social sobre conflictos permanentes, sobre atentados y luchas constantes entre unos y otros.

Pero vienen los pseudosabios con sus sistemas; hablan de la moral natural o independiente, de la dignidad, de la honradez…; y quieren, con buenas palabras, curar los hondos males sociales.

La moral, independiente de Dios y dependiente del hombre…, ha consumado las mayores iniquidades; se violaron todas las leyes morales y todos los principios de justicia; la honradez y dignidad sin un tribunal ante quien deba comparecer y que le intime la justicia, son ficciones, como es ficción el derecho independiente, que se traduce en la práctica por guerras, tiranías y usurpaciones.

Nunca se ha hablado tanto de paz, de armonía, de justicia y derecho como en nuestra época…, y nunca hemos presenciado más injusticias, más conflictos internacionales y más desórdenes sociales.

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San Pío X, cuya fiesta conmemoramos este domingo, lo ha resumido muy bien en su primera Carta Encíclica:

“¿Quién ignora, efectivamente, que la sociedad actual, más que en épocas anteriores, está afligida por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muerte?

Comprendéis cuál es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido a la muerte que esto, según lo dicho por el Profeta: Pues he aquí que quienes se alejan de ti, perecerán. Este funesto ataque que ahora en todo el mundo se promueve y se fomenta contra Dios; puesto que verdaderamente contra su Autor se han amotinado las gentes y traman las naciones planes vanos; parece que de todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: Apártate de nosotros.

Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público ni en privado: aún más, se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios.

Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol.

En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre.

Por el contrario –esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol–, el hombre mismo, con temeridad extrema, ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que –aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene–, tras el rechazo de Su majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios.

Efectivamente, nadie en su sano juicio puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador.

Sin embargo, la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo.

La vuelta de todas las naciones del mundo a la majestad y el imperio de Dios, nunca se producirá, sean cuales fueren nuestros esfuerzos, si no es por Jesús el Cristo. Pues advierte el Apóstol: Nadie puede poner otro fundamento, fuera del que está ya puesto, que es Cristo Jesús.

Evidentemente es el mismo a quien el Padre santificó y envió al mundo; el esplendor del Padre y la imagen de su sustancia, Dios verdadero y verdadero hombre; sin el cual nadie podría conocer a Dios como se debe; pues nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelárselo

De lo cual se concluye que instaurar todas las cosas en Cristo y hacer que los hombres vuelvan a someterse a Dios es la misma cosa. Así, pues, es ahí a donde conviene dirigir nuestros cuidados para someter al género humano al poder de Cristo.”

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En vano el hombre quiere levantar el edificio del porvenir sin la piedra angular, que es Cristo.

La anarquía que reina, las llagas sociales son frutos del materialismo, de la ausencia del espíritu cristiano, de la falta de valores morales que son el fundamento de la grandeza de los pueblos.

Y esta sociedad no se curará de sus llagas sino cuando levante su voz como los leprosos del Evangelio y clame: Jesu, præceptor, miserere nostri.

Él es la única esperanza, el único remedio, el único faro que brilla en medio de la tempestad…

El Evangelio nos ofrece su doctrina, que tiene luces para todos los problemas, remedio para todas las llagas.

Esta doctrina penetra en las raíces mismas del hombre y de la sociedad, calma las pasiones, ahoga los instintos rebeldes, enseña la paz, predica la fraternidad, manda la justicia, dicta la obediencia, armoniza las clases, restablece el derecho y nos da como fruto el orden y la paz.

Basta recordar algunos puntos para darse cuenta de la enorme influencia social de la doctrina del Evangelio:

1º) Con sus dogmas, consejos y preceptos fue la base más sólida del edificio social que descansó sobre cuatro pilares graníticos: religión, autoridad, propiedad, y familia.

2º) El Evangelio nos enseñó el justo aprecio que debemos hacer de los bienes de la tierra y predicó la abnegación, enalteció la justicia, ensalzó y recomendó la caridad que es la plenitud de la ley.

3º) El Evangelio proscribió las grandes injusticias sociales.

4º) A las tres concupiscencias humanas: soberbia, sensualidad, avaricia, origen del malestar individual y social, opuso tres virtudes: humildad, castidad y pobreza.

5º) Restauró la verdadera noción de libertad, de igualdad y fraternidad entre los hombres.

6º) Restauró al hombre interior, purificó los corazones, condenó la avaricia y el amor desordenado a las riquezas, condenó la lujuria y los vicios y nos dio normas hermosas de concordia y de amor con los prójimos.

El Evangelio tiene, pues, todos los medios para curar las llagas de esta sociedad que debe postrarse a los pies de Jesucristo y exclamar como los leprosos del Evangelio: Jesu, præceptor miserere nostri…

Entonces…, y sólo entonces podrá escuchar nuevamente la consoladora palabra divina: Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo