CONTEMPLATIVOS EN ACCIÓN
Queridos hijos míos: ¡cuánto siento dejaros
en un mundo tan lleno de miserias humanas
y hostil a la promesa de la inefable gloria,
soberbio y orgulloso de su abismal desgracia!
Quedáis como sumisos corderos entre lobos
y para defenderos, el tiempo no me alcanza;
pero tenéis a Cristo, cuya misericordia
responde a vuestros clavos con sus profundas llagas.
Plagada está la Tierra de pérfidas doctrinas,
la fe que nos sostiene padece represalias
y quienes nos debieran de encaminar al cielo
hoy son demoledores de templos y de almas.
Mas no miréis al frente; alzad vuestra cabeza
que vuestro auxilio viene de las altas montañas
a donde el enemigo no llega con su vista
ni puede remontarse con sus tullidas alas.
Plantadle cara a todas las abominaciones,
cuidad sin negligencia vuestras preciosas lámparas;
velad y sed custodios de nuestra santa herencia:
el dogma, el magisterio, la Verdad revelada.
Por algo compartimos este punto en la historia
y padecemos tantas congojas entre tanta
perfidia, idolatría y estulticia inauditas,
–hoy espurias virtudes de una plebe canalla–.
Hubiera yo querido para vosotros, tiempos
de paz y de sosiego, de plenitud cristiana
pero nos ha tocado ponernos la armadura
de Dios y hacerle frente al mal que nos asalta.
Como vosotros, hijos, tenéis la unción del Santo
guardad con todo celo la tradición amada
y proseguid andando las sendas de los justos
guiados por el faro de la divina gracia.
El hombre se ha propuesto ser Dios y enajenado
por huecas utopías se entrega y se consagra
a mórbidas pasiones, carnales desenfrenos,
ideales abyectos e infernales alianzas.
¡Salid de en medio de ellos y no toquéis lo inmundo!
El mal que no se impugna se amasa y se idolatra.
Orad por vuestros muchos y crueles enemigos
que habrán de disputaros el campo de batalla.
Sabemos que perdiendo ganamos, si por Cristo
caemos. Si el combate destruye nuestra espada
es porque Dios nos quiere privar aun del escudo
para que nuestra sangre fecunde sus cruzadas.
Hoy, llenos de cadenas que llaman libertades,
los pueblos se amotinan, forjan empresas vanas
e indóciles al cielo se dan culto a sí mismos
disputándole a Cristo su realeza sagrada.
Pero vosotros hijos, aún conserváis el credo,
pertenecéis al cuerpo de Cristo y os separa
del vil un universo de amor y de justicia
y una promesa llena de bienaventuranzas.
Me siento consolado si el ser perseverantes
en la fe fortalece vuestras puntas de lanza
y combatís por ella con toda vuestra furia
las plagas de langostas que ensombrecen el alba.
Quedad con Dios. Que Cristo renueve vuestras fuerzas
y que Su Santa Madre os guarde de esas almas
que viven provocando la ira de los cielos
en tanto que se cumple su cita con las llamas.

