CONSERVANDO LOS RESTOS II
Séptima entrega

LUCHA CONTRA LA HETERODOXIA. LOS MONOTELETAS
El Oriente cristiano tuvo que enfrentarse con otro enemigo interior, y por esto mismo más peligroso. Fue la herejía del monotelismo, que no era otra cosa que una nueva forma del monofisitismo, que puso en conmoción a todo el mundo cristiano. El Concilio sexto ecuménico, celebrado en Constantinopla en 680-681, puso término a esta contienda con el triunfo de la ortodoxia, y con él igualmente se cierran las grandes cuestiones cristológicas que llenan este período.
I. EL PROBLEMA DEL MONOTELISMO
Cuando parecían terminadas las grandes cuestiones religiosas y los emperadores bizantinos se hallaban más alejados de todas ellas, la situación política y religiosa del Oriente dio de nuevo ocasión para que se formara la herejía de los monoteletas y se encendiera una nueva discordia.
1. Situación política y religiosa. A fines del siglo VI y principios del VII amenazaba al Imperio bizantino un doble peligro. Por el norte, los eslavos y ávaros, del grupo de los llamados pueblos bárbaros; por el este, los persas, entonces en el apogeo de su poder bajo el rey Cosroes II. Fuera de estos enemigos exteriores, a quienes se añadieron poco después los formidables golpes de los musulmanes, deben tenerse en cuenta los interiores, las disensiones, la anarquía y corrupción de costumbres reinante en todos los ámbitos del Imperio. Efecto de estas luchas interiores fue el reinado del usurpador Focas (602-610), época de terror y de anarquía.
En estas circunstancias levantóse el nuevo emperador Heraclio, quien logró deshacerse del usurpador, siendo él aclamado en octubre del año 610. La situación, sin embargo, no podía ser más crítica. Aprovechándose de las circunstancias, Cosroes invadió el Imperio por el este con dos ejércitos principales, uno sobre el Asia Menor y otro sobre Siria. Ante la consternación de los imperiales, fueron cayendo ciudades y regiones enteras. Damasco en 613 y Jerusalén en 614. La Ciudad Santa fue saqueada, sus santuarios arrasados. Mientras los judíos hacían causa común con los invasores, los cristianos perecían al filo de la espada. Jamás, después de la entrada de Tito el año 70, había corrido tanta sangre. La Santa Cruz venerada en la iglesia del Santo Sepulcro, construida por Constantino y su madre Santa Elena, fue arrebatada y conducida a Ctesifonte.
Mas no se detuvo en Palestina el ejército invasor de Cosroes. Persiguiendo encarnizadamente a los que huían hacia Egipto, penetró igualmente en esta región, que entregó en seguida al pillaje de sus tropas. En 618 caía la ciudad de Alejandría, emporio de la ciencia cristiana. Todo el delta fue devastado; sus iglesias y monasterios destruidos.
Tal era el espectáculo que ofrecía el vasto Imperio a los ojos del nuevo emperador Heraclio. Hombre piadoso y valiente, se sintió más bien desalentado ante aquel cúmulo de devastación y ruina. Su desaliento aumentaba todavía al observar la división existente entre sus mismos súbditos a causa de las cuestiones religiosas. Esta llegaba a tal extremo, que los monofisitas del Egipto y los nestorianos de Siria hacían causa común con los invasores persas al lado de los judíos.
2. Sergio se insinúa con el emperador. El aliento que necesitaba Heraclio se lo comunicó en aquellos críticos momentos el patriarca de Constantinopla, Sergio (610-638). Era éste sumamente fogoso y más avezado a las lides guerreras que a los quehaceres eclesiásticos. Refiere la tradición que después de haber procurado por todos los medios posibles encender el ánimo del emperador para la defensa del Imperio, con el objeto de recabar de él la última decisión, lo condujo un día a una iglesia, y allí le habló en nombre de Dios, exigiéndole el juramento de morir en defensa de su pueblo.
El cambio operado en Heraclio fue maravilloso. Inmediatamente emprendió una serie de campañas, verdadero prenuncio de lo que fueron en la Edad Media las cruzadas, que fueron coronadas por el éxito más halagüeño. Al fin y al cabo se trataba de rescatar los Santos Lugares y la verdadera Cruz, meta la más apropiada de una guerra santa. En las banderas de los ejércitos libertadores ondeaban los nombres de Cristo y de la Virgen. Todos los combatientes respiraban el más ardiente entusiasmo.
Una primera campaña aseguró el Asia Menor, amenazando a Cosroes por la espalda y obligándole a retirar gran parte de sus huestes en Siria. Como entretanto los ávaros y búlgaros devastaban los países balcánicos, se dirigió luego contra ellos, logrando infligirles una sangrienta derrota. Finalmente se lanzó con toda la furia de sus ejércitos victoriosos contra el corazón de Persia. Sobre las ruinas de la antigua Nínive, la actual Mosul, se entabló el combate definitivo, que terminó en 627 con la victoria más completa de las tropas cristianas. Mientras una revolución intestina derribaba al derrotado Cosroes, su hijo y sucesor, Sheroé, compraba en 628 la paz con el emperador Heraclio.
La vuelta a Constantinopla y la entrada en la capital del Imperio fue uno de los más grandiosos triunfos que registra la Historia. El emperador Heraclio fue saludado solemnemente en la basílica de Santa Sofía por el patriarca Sergio. Inmediatamente se dirigió con la emperatriz Martina a Jerusalén, donde restituyó con los debidos honores la santa Cruz, que había sido rescatada.
3. El monotelismo del patriarca Sergio. Pero quedaba en pie la cuestión religiosa. A pesar de todos los esfuerzos, sin duda bien intencionados, del emperador Justiniano I y de los mismos Papas para atraérselos por medio de toda clase de concesiones y por llegar a una verdadera unión, los monofisitas continuaban formando núcleos muy numerosos en Egipto, Chipre y diversas regiones del Asia Menor, y en todas partes mantenían el descontento contra la autoridad imperial. La condenación de los tres capítulos, hecha definitiva en el quinto concilio ecuménico de 553, y que tantos disturbios ocasionó en Occidente, no trajo la paz y unión deseadas.
Esto no obstante, se volvió al sistema de las concesiones y compromisos. Frente a los bárbaros del Norte, a los persas del Oriente y a los nuevos adversarios que surgían por el sur, los árabes, fanatizados por Mahoma, era necesaria la unión de todas las fuerzas del Imperio. En estas circunstancias, el patriarca Sergio volvió a tomar la idea de Justiniano de unificar todas las tendencias religiosas; esta vez debía hacerse sobre una nueva base. Tratábase de una concepción intermedia, en la que podían convenir tanto los católicos más ortodoxos como los monofisitas más pertinaces. A esto lo denominaba él, fórmula de conciliación.
Esta doctrina se reducía a lo siguiente: a consecuencia de la unión personal, existe en Cristo una sola energía, una manera de obrar única, una sola voluntad. A esta concepción se la designó con el nombre de monotelismo. De esta manera creía Sergio, más o menos de buena fe, que conseguiría calmar las pasiones, apaciguar los ánimos y obtener la unión deseada; pues, por una parte, se daba satisfacción a los católicos, con la admisión de las dos naturalezas, conforme al concilio de Calcedonia; y por otra, satisfacía a los monofisitas, pues esta energía y voluntad única era, al fin y al cabo, el símbolo de una unidad perfecta en Cristo, que es lo que ellos defendían.
Con esta idea se presentó Sergio al emperador Heraclio, a quien no fue difícil ganar para la nueva doctrina. Como él necesitaba a todo trance la unión interior para poder hacer frente a los enemigos de fuera, aceptó con entusiasmo el plan del patriarca, que se la presentaba como la panacea de la unión deseada. De hecho, comenzaron inmediatamente, tanto el emperador como el patriarca de Constantinopla, a poner en juego todos los resortes del Imperio para hacer aceptar a todos la nueva doctrina. Fue el principio de la gran lucha en torno al monotelismo, que fue llevada con el mayor apasionamiento y duró casi todo el siglo VII.
En ella podemos distinguir claramente tres etapas. La primera, desde 625 a 638, durante el pontificado del papa Honorio, significa el planteamiento de la cuestión y primer triunfo del monotelismo. La segunda, desde 640 a 668, es el período de violencias por parte de los emperadores contra los Papas y otros defensores de la ortodoxia, que confirma el triunfo de los monoteletas. La tercera etapa, desde 668 a 681, trae, finalmente, primero la paz y luego el triunfo definitivo de la verdadera doctrina católica, con la condenación del monotelismo en el Concilio sexto ecuménico, de 680-681.
II. PRIMERA FASE DEL MONOTELISMO: 625-638
En general se puede decir que la tentativa de unión representada por el monotelismo no satisfacía por completo a ninguno de los dos extremos. Los católicos ortodoxos no podían admitir una doctrina que envolvía el monofisitismo condenado en Calcedonia, o más bien, era el mismo monofisitismo bajo otro aspecto. Mas, por su parte, los monofisitas tampoco se daban por satisfechos, pues aspiraban a una condenación explícita del Concilio de Calcedonia y profesión clara de una única naturaleza en Cristo. Sin embargo, no puede dudarse de que ellos eran los favorecidos, y de hecho fueron algunos monofisitas más caracterizados los que se pusieron bien pronto al servicio de la nueva doctrina, así como precisamente del campo católico surgieron sus más decididos adversarios.
1. Primeras conquistas del monotelismo. Ya por los años 619 y 620 emprendió Sergio su campaña de atracción. Sus primeras tentativas con Sergio de Antinoe, obispo copto, Teodoro de Farán, jefe de los monofisitas del Sinaí, y con Jorge Arsas, cabecilla de los paulinistas de Egipto, y con algunos otros, fueron un fracaso. Mas no se arredró con esto, ni siquiera cuando el año 622 se negó abiertamente a secundar sus planes Pablo de Borgna, jefe de los acéfalos de Chipre. Con su carácter intrépido y guerreador, se entregó con más denuedo a la lucha, en la que por este tiempo buscaba el apoyo decidido del emperador Heraclio. A partir de 623 aparece también éste como gran propugnador dela ideología monoteleta, que utiliza como arma política de combate.
Una conquista sumamente valiosa para la causa monoteleta se realizó entre los años 626 y 630. Fue Ciro de Fasis, metropolitano de la provincia de Lasica.
A esta conquista siguieron otras de no menor importancia. Tales fueron la de Teodoro de Farán en Arabia y la de Atanasio de Antioquía en la Siria. Más aún: al quedar vacante en 631 la sede de Alejandría, el patriarca de Constantinopla obtuvo del emperador el nombramiento de Ciro de Fasis para este importante puesto. De este modo, las sedes más influyentes de Oriente, Constantinopla, Antioquía y Alejandría, estaban en manos de los monoteletas. Uno de los primeros actos de Ciro de Alejandría fue un convenio con los monofisitas teodosianos, los cuales se pasaron en bloque al monotelismo. Sergio de Constantinopla podía darse por satisfecho. La Armenia, Siria y Egipto se unían íntimamente con la metrópoli bizantina. El emperador Heraclio seguía imponiendo en todos los territorios la nueva ideología como base de la unión religiosa.
2. Oposición de parte de los católicos. Si es verdad que entre los monofisitas encontró fácil acogida, no lo es menos que entre los católicos tropezó con la más decidida oposición. Esta partió de los elementos monásticos, más avezados al estudio reposado y profundo. Por esto la primera voz que se levantó contra la nueva herejía fue de un monje de Palestina apellidado Antíoco, quien llamó la atención sobre las peligrosas ideas del patriarca Atanasio de Antioquía, a quien designaba como anticristo y renovador de las herejías de Apolinar y Eutiques.
Pero la verdadera voz de alerta salió de Egipto, donde con la actividad del nuevo patriarca iba tomando cada día más empuje el monergetismo o monotelismo. Desde luego, eran muchísimos los que no estaban conformes con Ciro. Pero los hombres providenciales y que en estas circunstancias no dudaron en descubrir con toda claridad el peligro de la nueva herejía fueron los dos monjes Sofronio y Máximo, procedentes de Palestina, que se hallaban a la sazón en Alejandría. Máximo mismo nos refiere con palabra cálida y sencilla los principios de tan apasionada contienda, de la que él mismo fue víctima.
Efectivamente, cuando el monje Sofronio conoció los anatematismos que formaban la base de unión con los monofisitas teodosianos, «prorrumpió en gritos lastimeros —dice San Máximo—, derramó abundantes lágrimas, cayó de hinojos sobre el pavimento delante del patriarca y le suplicó, lleno de lágrimas, que no leyera desde el púlpito aquel edicto, que renovaba la herejía de Apolinar». El resultado fue nulo. Entonces Sofronio, que era hombre enérgico, se decidió a apelar a Constantinopla. Dirigióse, pues, a la capital bizantina y, sin tener noticia todavía de que precisamente su patriarca Sergio era el alma de aquel movimiento de unión sobre la base del monotelismo, le denunció con vivos colores y con la mayor vehemencia el peligro que amenazaba al Oriente con la nueva ideología, que no era otra cosa que el monofisitismo condenado en Calcedonia. Sergio procuró disimular su consternación, pues veía claramente que su juego estaba descubierto. Sin embargo, hizo todos los esfuerzos posibles para parar el golpe.
Mas, como era natural, Sofronio no se avino a esta intimación. Con más decisión que nunca empezó a trabajar para contrarrestar el peligro de esta herejía, que había levantado cabeza. La Providencia puso en sus manos nuevas armas para poderlo hacer con más eficacia; pues apenas vuelto a Palestina, por muerte del patriarca de Jerusalén, fue Sofronio elegido como sucesor suyo en esta sede. Su nueva autoridad lo investía de un poder especial y le imponía la obligación de velar por la pureza de la fe. Inmediatamente celebró un sínodo en Jerusalén el mismo año 634, en el que se propugnaron los principios contrarios al decreto de unión de Ciro y se defendió expresamente la doctrina de las dos operaciones en Cristo. Lo mismo repetía Sofronio en una amplia carta sinodal que entonces redactó, en la cual se recalcaban los puntos fundamentales: unidad de persona, dualidad de naturaleza y, por consiguiente, dualidad de operaciones, ya que por las operaciones se distinguen las naturalezas.
3. Sergio se dirige al papa Honorio. Mientras Sofronio desarrollaba esta actividad, Sergio se decidió a cambiar de táctica. Descubierto su juego, era necesario adelantarse a Sofronio, previniendo al Papa en favor propio y ganándolo para su causa. Así, pues, dirigió al papa Honorio una carta, en la que procuró emplear toda su arte para obtener el resultado apetecido Para ello presenta con la mayor viveza estas dos ideas: primera, que, gracias a sus esfuerzos y a los de Ciro de Alejandría, casi todo el Oriente ha llegado a la más perfecta unión. A esta pintura añade todavía otra inexactitud mayor, al afirmar que todos los unificados daban muestra de su ortodoxia recitando en la liturgia los nombres de San León y de Calcedonia. Esto era una falsedad, pues en el documento de unión se omitían expresamente los dos nombres.
Frente a este cuadro idílico de paz y unión, realizada por obra suya y de Ciro, presenta Sergio a Sofronio en la segunda parte de su carta como espíritu inquieto, empeñado fanáticamente en turbar la paz general. Por esto aconseja al Papa que se le imponga silencio y que no se hable más de una ni de dos energías, que son expresiones nuevas que sólo sirven para engendrar confusión y desunir voluntades. Por lo que al fondo de la cuestión se refiere, habla únicamente de la imposibilidad de que existan en Cristo dos voluntades, dando a entender que ésta es la consecuencia de la doctrina defendida por Sofronio. Es, pues, necesario imponerle silencio, pues, en último término, es pura cuestión de palabras.
4. Intervención del papa Honorio. En estos momentos comenzó a intervenir en el asunto el Papa Honorio, y su intervención ha tenido gran resonancia a través de la historia de la Iglesia. Es lo que se denomina cuestión del Papa Honorio, que tiene su complemento en lo que sobre este asunto decidió el Concilio sexto ecuménico, de 680-681, que se verá después.
De hecho, Honorio (625-638) cayó en el lazo de Sergio, llegando, por la exposición que éste le hacía, a la convicción de que en todo este asunto unos y otros trataban de introducir discusiones inútiles y que toda la cuestión era de palabras. Su conducta fue muy diversa de la que observaron San Celestino en 429 frente a Nestorio y San León Magno en 448 frente a Eutiques. Honorio incurrió en el defecto de obrar con demasiada precipitación antes de examinar la relación de Sofronio, con lo cual se prestó demasiado fácilmente al juego de Sergio.
Así, pues, aceptando como verídica la exposición hecha por éste y tomando como suya la táctica del silencio, escribió entonces Honorio su primera carta a Sergio. En ella prohíbe hablar de una o dos energías o voluntades, que son cuestiones nuevas, de las cuales nada determinaron ni los sínodos ni los cánones de la Iglesia.
La carta fue comunicada a un tiempo mismo a Sergio y a Sofronio, los dos más directamente interesados en la discusión. El efecto se puede fácilmente comprender. Mientras Sergio se mostraba envalentonado por el triunfo y aprovechaba la carta del Romano Pontífice como nuevo instrumento de combate, Sofronio se sintió profundamente preocupado. Mas no se quedó inactivo. Convencido, por una parte, de que el Papa estaba mal informado sobre la doctrina realmente defendida por Sergio y Ciro, contraria al dogma católico; y por otra de que Honorio defendía en su carta la verdadera doctrina ortodoxa, quiso dirigirse él personalmente a Roma; mas, siéndole imposible, envió a un presbítero llamado Esteban, hombre de toda su confianza, conjurándole antes con toda solemnidad para que expusiera al Romano Pontífice con toda objetividad el verdadero estado de las cosas.
Honorio recibió esta embajada, mas no se dejó convencer por el relato del legado de Sofronio. Persistiendo, pues, en su primera disposición, reiteró la orden de silencio y de que no se usaran las expresiones de una o dos energías, y, para que nadie tuviera dudas sobre su voluntad, la formuló en una segunda carta, de la que sólo se conservan fragmentos. En ellos aparece de nuevo la posición de Honorio: su convicción de que el debate de los orientales era cuestión de palabras y la afirmación repetida de la verdadera doctrina católica.
5. Cuestión del papa Honorio. Basándose en estas dos cartas de Honorio, se ha presentado la actuación de este Papa como una dificultad gravísima contra la infalibilidad pontificia. Como en su conducta impuso silencio a los defensores de la ortodoxia y dio, al menos aparentemente, la razón a Sergio y a sus partidarios, se supone que erró dogmáticamente, por lo cual no se puede decir que el Papa sea infalible. Este argumento lo han esgrimido y lo siguen esgrimiendo hasta nuestros días todos los enemigos del Pontificado, y es bien conocido que, cuando se discutió en el Concilio Vaticano I el dogma de la infalibilidad pontificia, la cuestión del Papa Honorio fue una de las más agitadas y de las que proporcionaron armas constantemente a los impugnadores de la definición de este dogma.
Ahora bien, ¿qué solución cabe dar a este problema? Algunos apologistas han querido resolverlo negando a estas cartas el carácter de documentos dogmáticos o ex cathedra. Según esta solución, como la infalibilidad pontificia sólo se extiende a los documentos emanados ex cathedra, no pueden estas cartas ofrecer dificultad ninguna al dogma. Aunque contuvieran algún error, éste sería muy de lamentar en un Papa, pero sería puramente error personal, un error privado, sin consecuencias para la infalibilidad pontificia.
Pero esta solución no puede admitirse. La razón que suele darse para quitar el carácter ex cathedra a estas cartas es que van dirigidas sólo a Sergio o que no contienen anatema ninguno y dan solamente normas prácticas de conducta, como es el silencio impuesto sobre aquellas discusiones. Este argumento resulta en verdad inconsistente, y, si bien se advierte, echaría abajo una buena parte del magisterio eclesiástico pontificio primitivo. Para que se pueda decir que el Papa habla ex cathedra no es necesario que emplee un tipo especial de documentos, ya se llamen bulas, ya encíclicas, privilegios o decretos, en los que con toda solemnidad defina alguna verdad revelada. Lo importante es que hable como Papa y maestro de la verdad, determinando con autoridad suprema algún punto referente al depósito de la fe. Aunque esta enseñanza la publique en forma de carta, breve o rescripto, no deja de tener el carácter de documento ex cathedra.
Si no se admite este principio, deberíamos decir que la Epístola dogmática de San León a Flaviano, por ejemplo, no tiene carácter dogmático. Evidentemente, detrás de Flaviano, a quien se dirige la carta, veía San León a toda la Iglesia, como detrás de San Cirilo veía el papa Ceferino a todos los fieles, y, en nuestro caso, el Papa Honorio, al dirigirse a Sergio y Sofronio, enseñaba a toda la Iglesia. Por lo demás, no se trataba en nuestro caso únicamente de cuestiones prácticas o disciplinares, sino que se debatía un punto dogmático de importancia fundamental en la doctrina cristológica. Así lo entendían de hecho todos los que intervinieron en la discusión.
6. Solución de la cuestión del papa Honorio. Descartada, pues, esta solución y partiendo de la base de que las dos cartas de Honorio son documentos doctrinales y, en tales condiciones, que deben ser consideradas como declaraciones ex cathedra, debemos afirmar que no contienen error ninguno dogmático. Por consiguiente, no ofrecen dificultad ninguna contra la infalibilidad pontificia. Lo único que debemos conceder es que el Papa Honorio no estuvo acertado en el modo como resolvió el asunto, al imponer silencio a las dos partes. Fue un error de táctica de graves consecuencias para la Iglesia, pero no un error doctrinal, que es lo único que comprometería la infalibilidad.
Efectivamente, la expresión «unde et unam voluntatem fatemur Domini nostri Iesu Christi» y otras semejantes que se emplean, si se estudia bien el contexto, se refieren a la unidad moral de las dos voluntades de Cristo, no a la unidad física, que es lo que defendían los monoteletas. Ciertamente era una expresión que engendraba confusión; pero el sentido que tenía en la mente de Honorio era plenamente ortodoxo: unidad moral. Por esto habla de un único operante, de dos naturalezas unidas en un solo Cristo; dos naturalezas que obran lo que les es propio sin confusión ni separación, pero en unidad moral perfecta. Todo esto, que es doctrina expresada por Honorio en sus cartas, no es otra cosa que el dogma ortodoxo católico. El que Sergio y sus secuaces interpretaran en favor suyo la expresión de única voluntad en Cristo, como si Honorio defendiera una sola voluntad física, no debe inducirnos a error. También en otro tiempo los adversarios de San Cirilo, los nestorianos, interpretaban algunas expresiones de sus anatematismos como si fuera partidario del monofisitismo, y, en realidad, sus palabras daban pie para esta sospecha, pero, si se atiende al conjunto de su doctrina, aparece claramente que no con-tienen ningún error.
No de otra manera opinaban sobre el sentir del Papa Honorio los prohombres de la causa católica que intervinieron en estas discusiones. Todos ellos lo presentaban como autoridad en favor de sus ideas contra los monoteletas, sin temor de que nadie los contradijera. Así, el más insigne de todos, San Máximo Confesor, afirmaba que, en las conocidas cartas, Honorio solamente había querido «explicar que jamás de ninguna manera la naturaleza humana, concebida virginalmente, fue de hecho arrastrada por la voluntad de la carne»; es decir, que únicamente quiere salvar la unidad moral de las dos voluntades. Precisamente esta argumentación era la que más fuerza daba a San Máximo en sus encarnizadas luchas contra los monoteletas, como se verá después. Por otra parte, él, contemporáneo de los acontecimientos, podía estar muy bien enterado del verdadero sentido de las palabras del Papa Honorio, tanto más cuanto que nadie le contradijo de hecho en todo este razonamiento.
A la misma conclusión llegaríamos si consideramos la manera como más tarde se condenó al Papa Honorio. En todas las fórmulas de condenación y anatema contra él no se le atribuía ningún error dogmático ni se afirmaba que hubiera defendido ninguna herejía, sino únicamente que había sido negligente en el desempeño de su oficio y que no había sido bastante enérgico, fomentando con su descuido la herejía.
En cambio, no puede librarse el Papa Honorio de una conducta desacertada y verdaderamente dañina a la causa católica. Se dejó prender demasiado fácilmente en las redes de Sergio, como en otro tiempo el papa Zósimo en las de Pelagio y Celestio. Creyó con demasiada facilidad en las falacias de este hombre astuto, por lo cual tomó aquella medida desacertada de imponer silencio a los defensores de la verdadera causa. Este sistema no podía favorecer más que al error, el cual podía de este modo extenderse sin que nadie se le opusiera, y esto por obra del que debía haberle cortado los pasos.
No mucho después, en octubre de 638, moría el Papa Honorio, sin haber podido experimentar las luchas encarnizadas a que dio origen aquella nueva doctrina y aquella controversia que él había calificado como juego de palabras. Casi al mismo tiempo moría también Sofronio de Jerusalén. Pero tras él suscitaba la Providencia algunos valientes defensores de la ortodoxia entre los futuros Romanos Pontífices y otros elementos valiosos de la Iglesia. La contienda iba a tomar en los siguientes decenios proporciones gigantescas.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
