CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO IV

I.- DIGNIDAD DEL PADRE

A la sociedad conyugal, cuyas características hemos inscrito en los capítulos anteriores, sigue la paternal constituida por padres e hijos; sociedad natural, porque los hijos son prolongación natural de la vida de los padres, y porque el mismo hecho de la generación vincula los hijos a los autores de sus días en orden a su perfección. Muerto es el padre de él, dice el Eclesiástico, y como si no fuese muerto; porque dejó en pos de sí un su semejante. En vida suya lo vio, y se alegró en él; en su muerte no se contristó, ni se avergonzó delante de sus enemigos, porque dejó un defensor de la casa contra los enemigos (Eccl., 30, 4-5).

Estudiemos, cada uno de los elementos de esta sociedad y sus mutuas relaciones, empezando por el padre, jefe nato de esta sociedad.

Abordamos el tema de la paternidad con entusiasmo y pena a un tiempo; porque siendo la tesis simpática por sus admirables perspectivas, evoca en la mente el hecho de una de las más grandes ruinas sociales de nuestros días, que es la ruina moral de la paternidad.

Nadie osará negar esta ruina.

Podríamos afirmar, a priori, que la ruina del sentimiento religioso en el padre lleva consigo la del sentido de la propia dignidad; porque no puede haber grandeza en el padre, a lo menos toda la que reclaman las funciones domésticas y sociales de la paternidad, si ésta está desgajada de la paternidad de Dios.

¿Y no es verdad que muchísimos padres, si no hacen profesión de desconocer a Dios, a lo menos viven, dentro y fuera de la familia, como si para ellos no existiera Dios? La irreligión es el mal gravísimo y característico del sexo masculino de nuestra época; con él han perdido mucho el concepto y las funciones del padre de familias en el seno del hogar.

Daño enorme que, salvando los estrechos límites de la casa, se ha convertido, al multiplicarse, en daño social, ya que estamos convencidos de que la claudicación universal del principio de autoridad, que es el mal más profundo y terrible de los pueblos modernos, arranca, como de su principio, de la ruina de la paternidad en la familia.

Porque de los hogares en que no cumple el padre sus deberes salen los hijos ineducados que ignoran la ley de la disciplina y no saben lo que es este sentimiento de respeto sobre el que se asienta el orden y la fuerza de los pueblos.

La eficacia de un agente está en razón directa de su fuerza, y es tanto mayor sobre el sujeto pasivo cuanto es más inmediato a él.

Si el padre, que representa la autoridad, en el sentido más profundo y lleno, y que por espacio de años, los más dúctiles de la vida del hombre, ha estado en contacto con su hijo, no ha sabido imprimir en el alma del mismo los hábitos de obediencia, jerarquía y respeto, ¿cómo las demás autoridades podrán, a distancia y con medios menos vitales e íntimos, moldear según las exigencias sociales la vida de un ciudadano?

Mal que afecta no sólo a los gobernados, sino a los mismos que por sus funciones tienen en sus manos el poder y el ejercicio de la autoridad. Toda autoridad tiene algo de paternidad; históricamente, puede afirmarse que toda autoridad deriva de la paternidad y que no es más que un destrenzamiento de la autoridad única que residió un tiempo en manos del padre de familias. La formación de los grandes grupos sociales determinó la creación de poderes independientes del poder paternal, pero que tienen todos los caracteres de una extensión de la potestad del padre de familias.

Pero con la claudicación de la paternidad doméstica, hemos tenido que lamentar la de esta paternidad social. Ved lo que ocurre en todas las alturas desde las que se ejerce la autoridad: se han relajado los resortes del poder, y ya no se gobierna, sino que se transige con la indisciplina de abajo; se ha matado o se ha extinguido esta afección amorosa para con los súbditos, que es la que conduce a la abnegación y al sacrificio, y se administra en provecho propio o con injusticia manifiesta, hija de la desigualdad de amor, quizá del soborno o de la dádiva de unos administrados; se ha perdido la noción de la austeridad; por ello se consiente la relajación de la moral en el pueblo. No sucediera todo ello si los que ejercen la autoridad fuesen de verdad padres de los pueblos.

¡Qué grandes serían éstos, si estuviesen constituidos por hombres disciplinados y respetuosos con toda autoridad, empezando por la suprema autoridad de Dios, de quien viene toda paternidad! He aquí la sociedad ideal, donde todo fuera paz y bienestar. Ello sería el día en que la paternidad recobrara todos sus honores en el seno de la familia; el día en que las familias fueran perfectas por haber sido moldeadas según la forma de la paternidad bien ejercida.

Veríamos entonces una sociedad perfecta, proyección pública de la perfección de todas las familias que la formaran. Aquel día, por la subordinación universal de los de abajo y el espíritu de paternidad de los de arriba, se llegaría a la constitución de esta sociedad, que es el ideal del Evangelio, en que todos formaríamos la gran familia humana alrededor del universal Padre de familias: Padre Nuestro que estás en los cielos

Para entrever este ideal, y estimular a todos a realizar de él cuanto podamos, trataré de la Dignidad, Derechos y Deberes del padre en la familia.

Y al desarrollar estos conceptos, lo haremos situándonos en el punto de vista específico de la paternidad, fijándonos sólo en lo que a él compete como cónyuge y padre a la vez, dejando para otros capítulos lo que a ambos esposos compete en orden a la formación de la familia.

DIGNIDAD DEL PADRE

Entre los nombres que entrañan los máximos poderes y responsabilidades, ninguno iguala al nombre de padre.

Grande es un rey, que tiene en sus manos el régimen de millones de súbditos; lo es el conquistador que, con la fuerza de su genio y el poder de su espada, ha ensanchado los límites de su patria; lo es el sabio, que ha podido arrancar sus secretos a la esfinge de la naturaleza.

Pero más grande que todos ellos es el padre, por el poder físico que Dios le dio de crear una nueva vida, por los tesoros de afección específica que escondió en su pecho, por la trascendencia incalculable de su acción en el mundo moral.

Y para que empecéis a admitir conmigo la grandeza de la paternidad, mirad como todo el mundo, los cielos y la tierra, están llenos de ella. Subid a los cielos y bajad a los abismos, y en todas partes hallaréis al padre.

Padre universal y eterno es Dios, de quien viene toda paternidad, como dice el Apóstol, que desde toda la eternidad produce el acto generador de su Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, y a quien saludarnos en la oración cotidiana: Padre Nuestro.

Padre es Cristo Jesús, saludado por Isaías como Padre de la raza futura, que nos engendró a todos a la vida espiritual de hijos de Dios.

Padre universal fue Adán, a quien Dios hizo padre el mismo día de su creación, al conferirle el poder y el mandato de la paternidad, y del cual salió todo hombre (Hebr., 2, 11).

Padres sois vosotros, todos los que habéis recibido de Dios la participación del poder grande y tremendo de la paternidad.

Y como si no le bastara esta grandeza a la paternidad en el sentido estricto de la palabra, mirad cómo la voz de padre llega dondequiera haya un poder creador, de orden físico o moral.

Al Vicario de Cristo le llamamos Padre Santo; llámase Padre al sacerdote y al religioso; patriarcas, a aquellos hombres del viejo Testamento que vieron los hijos de sus hijos hasta la tercera y cuarta generación; los beneméritos de la nación son los padres de la patria; los que amparan al menesteroso son los padres de los pobres. Hasta al diablo, creador del mal y de la mentira, le llama padre el mismo Jesús: vosotros, dice a los fariseos, sois hijos del padre diablo (Jn., 8, 44); como si quisiera el señor significar con ello la grandeza y terribilidad del nombre y oficio de padre.

Pero, sobre todo, es el mismo Jesús quien nos descubre toda la grandeza de ternura, de providencia, de generosidad, de inteligencia amorosa que se encierra en la palabra padre. Porque no ha habido jamás hijo en el mundo que haya hablado de su padre con mayor efusión, gratitud, confianza y amor que Jesús cuando habla del suyo, el Padre eterno. Sería interesantísimo un estudio del texto evangélico en este punto.

Yo hago las cosas que agradan al Padre, dice el Señor.

La doctrina que os enseño no es mía, sino que es del Padre que me envió.

Cuando orareis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos.

Mirad las avecillas del cielo: no siembran, ni cosechan ni hilan; y el Padre celestial las apacienta y –viste.

Cuando tenía ya ante sus ojos la silueta de la cruz, en que debía morir el día siguiente, repite e invoca con frecuencia el nombre de su divino Padre; jamás se dijo en la tierra el nombre de padre con mayor sublimidad y ternura de la que lo dijo Jesús en el sermón de la última Cena: Padre santo, le decía, santifícalos, conságralos. Padre santo, consérvalos en mi nombre, ya que me los diste. Padre, que todos sean una cosa, como tú y yo somos una misma cosa.

Aquella misma noche, en el huerto de Getsemaní, le decía Jesús al Padre, en el horror de su desolación: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz. Y clavado en Cruz, todavía pronunciaba con amor indecible el nombre de su padre: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. — Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…

Ya lo veis: dondequiera que, en las cosas divinas o humanas, se concentran los poderes fuertes y dilatados, las profundas influencias, las dulces y recias afecciones, allí hallaréis el nombre de padre que las representa y sostiene.

El padre es como el origen fontal de la humana vida; la madre es más bien el receptáculo sagrado que la fomenta. El padre aporta la semilla viva; la madre es la tierra que la fecunda y convierte en tallo vivaz. La generación, obra solidaria del padre y de la madre, se atribuye, como principio activo, al padre: Adán engendró… Estas son las generaciones de Noé…, nos dice la Biblia.

Transmisor de la paternidad de Dios, lo es también de la autoridad. La paternidad importa, por su mismo hecho, prelación y jerarquía.

Sea que miremos a la sociedad conyugal sola, en cuanto está ordenada a la propagación de la especie; o que la veamos acoplada a los hijos, formando la sociedad paternal, o que atendamos al régimen doméstico, el padre es el aristos, el primer poder en la familia, y por lo mismo, la primera autoridad, porque de su parte está la actividad generadora, la razón para el régimen y gobierno y la fuerza y el ingenio para el mantenimiento de los asociados.

Cuando Dios creó a Adán, no quiso hacer sólo de él el padre de todos los hombres según su vida física, sino que con esta paternidad le colmó de toda autoridad, de magisterio, de sacerdote, de imperio.

Sin el pecado, Adán hubiese sido a la vez Rey, Pontífice y Maestro de toda la humanidad. Por esto, aun siendo la madre Eva la primera que pecó, no contrajo la responsabilidad capital de Adán, porque era éste, como padre, la cabeza física, moral y jurídica de toda la humanidad.

Por la grandeza de esta responsabilidad puede medirse la magnitud de los poderes de la paternidad. Aun después de la caída, los padres, que han derivado de Adán la paternidad, conservan restos gloriosísimos de aquella primitiva potestad.

Ved otra razón de la excelsitud de la paternidad. Os decía que uno de los motivos de la grandeza de la familia es ser el elemento conservador de los caracteres específicos de un pueblo o raza. Añado que en esta obra de maleación del alma de los pueblos tiene el poder del padre la máxima eficacia, hasta et punto de que la colectividad de los padres representa la forma o modo de ser de todo un pueblo.

Todos los factores de una civilización están en manos del padre de familias: la inteligencia, la fuerza, el espíritu de empresa, la autoridad. Es el padre quien acopla las actividades de la familia y les imprime el sello de su propia actividad. Él es, en todas las naciones civilizadas, quien tiene el derecho de elección de domicilio, que importa el hecho del entronque con una raza o pueblo determinados. Él dirige la actividad de toda la familia, obligándola a una trayectoria adecuada a la manera de ser y a los fines de la sociedad en que vive.

Elemento activo de la formación de los pueblos, el padre es receptáculo y transmisor, a un tiempo, del caudal de tradiciones que les dan su fisonomía específica y señalan su ruta espiritual a través de la historia. Lo es por su autoridad, por su inteligencia, por su misión en la familia y en la sociedad.

Las genealogías de las familias se computan por líneas de padres. Cierto que la madre es un elemento que está en el mismo nivel del padre en el orden de la generación; pero es elemento hasta cierto punto adventicio a las familias, absorbido e incorporado a ellas por la línea de los padres. Así lo vemos en el Evangelio. Ello da mayor constancia y fijeza, más fuerza y caudal al elemento tradicional representado por el padre.

Dios mismo, en el antiguo Testamento, consagra este poder del padre en orden a la tradición de su pueblo. El padre es quien recibe la revelación de Dios en los tiempos patriarcales. Ya el padre Adán había recibido la plenitud de las divinas comunicaciones que debía transmitir a toda generación. La redención eterna, término de las esperanzas de Israel y objetivo de toda su historia, se verifica por Jesús, según lo había dicho Dios a nuestros padres, dice la Virgen María, a Abraham y su descendencia por los siglos… (Lc., 1, 55).

Cuanto más se acercan las familias al tipo bíblico patriarcal, sostenidas por el eje recio de una misma sangre paterna durante varias generaciones, tanto más reciben íntegro y puro el depósito de la tradición, y más se resisten a la fusión espiritual con familias de otros pueblos o razas.

Por un fenómeno inverso, que se observa singularmente en las grandes ciudades modernas, cosmopolitas, formadas por familias de aluvión, se pierde el sentido de tradición homogénea, característica de las razas bien definidas, por la pulverización de la paternidad, arrancada de sus viejos troncos por los azares de la vida moderna.

¡Dichosos los pueblos en que la constitución de la familia es tal, que da a la paternidad el máximo de su duración y exige para ella el más profundo respeto!

Decimos el máximo de su duración, porque puede la paternidad lograr una especie de perennidad cuando arraiga en una casa o predio juntamente con la propiedad y se propagan ambas y perpetúan por la línea de los primogénitos. Entonces, dejando aquí de lado los peligros domésticos y sociales que puedan de ello derivar —por una legislación viciosa o incompleta, o por costumbres reprobables—, se forma una cadena que va del abuelo al nieto, quizás del bisabuelo al biznieto, pasando por el abuelo y el padre, en que a la solidaridad de sangre corresponde la de costumbres, ambiente, recuerdos, pequeñas prácticas, ideas y sentimientos que quedan como cristalizados en un hogar, metidos, como pepita de oro en su ganga, en la misma tierra donde la familia arraigó.

Es ello lo que da fuerza a las razas, lo que mantiene inextinguible al amor a la religión y a la patria. Es el polo opuesto del comunismo, destructor de los pueblos. Es lo que mantiene incólumes las grandes ideas y las santas prácticas que son el sostén de las construcciones sociales perdurables. De todo ello es natural soporte la paternidad.

El nombre de padre lleva aún consigo otros títulos de dignidad. Dios, como le ha asociado al poder de producir la vida humana en el mundo, así le ha hecho partícipe de su honor y de sus supremos derechos sobre los hijos.

Primero, de su honor. Creía Filón, maestro judío, que las primeras palabras del cuarto mandamiento de la ley de Dios: Honrarás a tu padre… eran las últimas de la primera tabla, donde se consignan los preceptos relativos al honor debido a Dios. Dios hubiese así equiparado, sino igualado, el honor de los padres a su propio honor. Cualquiera que sea el valor de esta opinión, en muchas páginas de la Biblia hallamos una especie de paralelismo entre el honor que Dios quiere para sí y el que manda tributar a los padres. Léanse estos textos:

Oíd, hijos, los preceptos del padre, y ponedlos en práctica para que seáis salvos.

Quien honra a su padre se verá colmado de gozo en sus hijos, y Dios prestará oídos a su plegaria.

Quien honra a su padre, vivirá vida larga.

El hombre que teme al Señor respeta a su padre y a su madre, y les está sometido como a señores de su vida.

Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque es cosa justa… (Eccli., 2, 7-8; Efes., 4, 1, etc.).

Éstos y otros pasajes de la Escritura revelan que Dios ha hecho su honor solidario del de los padres. Es la suprema paternidad que, al comunicar una participación de sus poderes al padre, ha decretado se le tributen los debidos honores, recibiéndolos Dios como propios a través de la humana paternidad.

En segundo lugar, el padre es partícipe de los supremos derechos de Dios sobre los hijos. Dios ha asociado al padre a su derecho de bendición sobre ellos. Sólo Dios puede bendecir, dice con razón Dupanloup, o los que ejercen un ministerio sagrado en nombre de Dios. No bendicen los reyes, ni los magistrados, sino sólo los padres y los sacerdotes. Es la bendición algo profundamente amoroso y fecundo, como el mismo acto inicial de la paternidad y es una de sus más excelsas funciones. Por esto, en la religión verdadera, en Israel como en Iglesia, especialmente en los tiempos de fe, los hijos, que saben han recibido la vida del padre, buscan con afán su bendición, a la que vinculó Dios los bienes de esta misma vida.

Recuérdese la interesantísima historia de los gemelos Esaú y Jacob: la providencial estratagema de la madre de este último para arrancar del anciano Isaac la bendición suprema, a la que iban vinculadas todas las glorias y esperanzas de una raza, y los aullidos de dolor del primogénito, Esaú al verse suplantado por el hermano menor. En la maternal astucia de Rebeca, que quiere se pronuncien sobre su hijo predilecto las palabras sagradas de la bendición paternal, y en el afán con que busca Esaú en el monte la pieza de caza que ofrecer al padre ciego, a cambio de la bendición misma, aparece la convicción de que Dios, con la paternidad, ha depositado en el seno del padre la fuerza para atraer sobre los hijos las bendiciones del cielo.

Entre nosotros, cristianos, la bendición paterna no tiene el mismo profundo sentido que la bendición patriarcal en el pueblo de Dios. Era ésta una acción sacerdotal por la que Dios, fiel a sus promesas de bendición de aquella raza, transmitía de padres a hijos todo el caudal de sus misericordias para con ella. Ahora nos bendice el sacerdote en el nombre de Jesús, bendito del Padre, sobre el que vino la plenitud de la bendición con la plenitud de la divinidad.

Pero Dios no ha disminuido la dignidad del padre en la nueva ley. ¿Quién osaría decir que la bendición paternal, en la ley de gracia, haya perdido su poder?, dice Dupanloup. Yo no lo creo así; yo creo que la vida, que la conservación de las razas y la prosperidad de las familias pueden hallar aún en ella la misma divina seguridad que en la bendición de los viejos patriarcas; a más de que, según el espíritu y el carácter de la gracia evangélica, yo creo que de esta bendición de los padres cristianos sale, más abundante que otros tiempos, una gracia sobrenatural para producir, acrecentar y perpetuar en las familias cristianas no solamente la vida, sino, lo que es más precioso aún, el bien vivir y el tesoro hereditario de las virtudes domésticas y de las esperanzas celestiales.

Ojalá reviviese la vieja costumbre de bendecir los padres a los hijos, sobre todo en los momentos solemnes de la vida de éstos, y en el trance solemnísimo, para el padre y los hijos, de dejar aquél el mundo para legar a éstos el tesoro de las tradiciones domésticas.

Pero ¡pobres padres los de hoy! ¿Cómo bendecirán a sus hijos, si les falta a muchos de ellos hasta el sentido de Dios? ¿De dónde sacarán el amor y el poder fecundo y la gracia de Dios que haga buenos a sus hijos, si tienen pensamiento y corazón vacíos de Dios, si quizás son enemigos de Dios?

Busquen otra vez en Dios los padres indiferentes o extraviados el sentido de su dignidad, y con él deriven del seno del Padre de las misericordias para sus hijos las bendiciones que les hagan prósperos, en el tiempo y en la eternidad; porque está escrito que la bendición del padre sostiene las casas de los hijos (Eccli., 3, 11).

Ello será romo el complemento y la gracia de su paternidad. La misma acción de bendecir iluminará la conciencia del padre con la clara idea de su poder.