HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Sexta entrega

 

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Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

Dado el apasionamiento con que se llevaban en Oriente las cuestiones religiosas, y sobre todo teniendo presente el antagonismo de las dos rivales, Antioquía y Alejandría, en las cuestiones cristológicas, necesariamente tenía que producirse en Alejandría una reacción en favor del monofisitismo, como réplica al nestorianismo patrocinado en Antioquía.

I. LA DOCTRINA MONOFISITA Y SUS OPOSITORES

Como consecuencia del concilio de Éfeso de 431 y del edicto de unión de 433, Antioquía había recibido un golpe muy sensible. Alejandría pudo creer, con más o menos buena fe, que triunfaban sus ideas. Al proclamarse en Éfeso la unión personal en Cristo, creyeron ver los alejandrinos consagrada la tendencia de su escuela. Es verdad que su mejor representante, San Cirilo, había tenido que eliminar algunas expresiones que parecían indicar su creencia de que la unión personal convertía a las dos naturalezas en una sola. San Cirilo manifestó bien claramente en su controversia con Juan de Antioquía y Teodoreto de Ciro que no admitía otra unión sino la personal proclamada en Éfeso.

1. Primeras manifestaciones. Mas no todos los alejandrinos ni todos los partidarios y discípulos de San Cirilo tenían ideas tan claras sobre la unión personal en Cristo. Influidos por las tendencias de la escuela, de exagerar la unión hasta llegar a la fusión de las dos naturalezas en una, se revolvieron contra las concesiones de San Cirilo y, naturalmente, no aceptaron las decisiones de los sínodos precedentes, en que se hablaba de dos naturalezas. Para ellos, decir dos naturalezas equivalía a decir dos personas.

El mismo sucesor de San Cirilo en la sede de Alejandría, Dióscoro, era el portavoz de la nueva reacción. Esta no era, en el fondo, sino un retoño y como continuación del apolinarismo. Reducíase a estos principios fundamentales: en la unión del Verbo con la naturaleza humana, ésta quedaba como absorbida por la naturaleza divina, de modo que en la unión no quedaba sino una sola naturaleza, que era la divina. Cristo, pues, era Dios, pero no era hombre perfecto.

Naturalmente, para apoyar esta doctrina, según era entonces costumbre, acudían al testimonio de los Padres, y éste era el gran medio de que echaban mano los partidarios del monofisitismo. San Atanasio, San Gregorio Taumaturgo, el papa Julio y, sobre todo, San Cirilo no habían defendido, según ellos, otra cosa. Dióscoro, patriarca de Alejandría, era en realidad el que daba vida a todo este movimiento.

Pero el que desde un principio fue presentado como el santón de la secta fue Eutiques, célebre archimandrita o abad de un monasterio de trescientos monjes. Discípulo del santo abad Dalmacio y heredero de su prestigio, Eutiques había tomado parte en todo el desarrollo de la campaña anti-nestoriana y pasaba como el prototipo de la ortodoxia. En realidad no era gran pensador ni hombre original; pero las circunstancias lo colocaron en aquel puesto y él se creyó el hombre providencial para defender lo que él llamaba la ortodoxia, el monofisitismo.

A estos dos elementos, el patriarca Dióscoro y el archimandrita Eutiques, se juntó un tercero, el gran dignatario de la corte, el omnipotente eunuco Crisafio, que disponía en absoluto del dócil Teodosio II. Con esto ya se adivina la fuerza que rápidamente fue adquiriendo la corriente del monofisitismo. Por medio de Crisafio y de la emperatriz Eudoxia, estaba incluso la corte de su parte.

2. Defensores de la ortodoxia. Frente a esta corriente de la doctrina monofisita se alineaban elementos muy valiosos. El más sobresaliente de todos fue Teodoreto de Ciro, bien curtido en las lides teológicas. Fue el primero en salir denodadamente a la palestra en 447. Hízolo así en una obra titulada el mendigo, o bien multiforme; en ella defendía contra las nuevas doctrinas las dos naturalezas en Cristo.

El segundo adversario providencial del monofisitismo fue Eusebio de Dorilea, no menos avezado que Teodoreto a las luchas contra el error. Él había sido quien había lanzado la primera acusación del nestorianismo y había continuado después la campaña contra él hasta derrotarlo. Ahora se presentaba de nuevo al servicio de la ortodoxia. Al lado de estos dos esforzados atletas lucharon varios otros hombres ilustres, que más bien tendían al extremo opuesto o no manifestaban tan firme consistencia en sus convicciones. Tales eran el patriarca de Antioquía, Domno, e Ibas de Edesa.

A la cabeza de todos, como representante y símbolo de la ortodoxia, más bien por su autoridad y virtud que por sus conocimientos teológicos y actividad doctrinal, estaba el patriarca de Constantinopla, Flaviano. Por esto se explica que toda esta controversia aparezca a las veces como un duelo singular entre el ardoroso patriarca de Alejandría, Dióscoro, representante del monofisitismo, y el pacífico patriarca de Constantinopla, Flaviano, personificación de la doctrina ortodoxa de las dos naturalezas.

3. Primeras medidas contra la herejía. Estando así las cosas, en un sínodo regional celebrado en Constantinopla por Flaviano el año 448, Eusebio de Dorilea presentó una acusación formal contra Eutiques a causa de las nuevas doctrinas. Flaviano trató de conciliar; mas como Eusebio insistiera en su acusación, al fin el sínodo expresó claramente la doctrina de las dos naturalezas, obligando a todos a admitirla. Inmediatamente Eutiques fue invitado a presentarse para dar cuenta de su fe en esta materia. Eutiques procuró durante algún tiempo desentenderse de esta invitación y aprovechó el tiempo para levantar en su favor los ánimos de gran número de monjes.

Pero al fin no tuvo más remedio que presentarse ante el sínodo. Hízole así; mas, no fiándose de las seguridades que le daban, se hizo acompañar de los monjes más adictos a su causa y aun de algunos soldados del emperador. Negóse rotundamente a aceptar la doctrina de las dos naturalezas, aferrándose a las fórmulas de San Cirilo, que él interpretaba en sentido claramente monofisita. Por lo demás, no tuvo más que expresiones vagas e insuficientes, refugiándose para todo detrás de la autoridad de San Cirilo. Apretado respecto del modo como se efectuaba la unión de la naturaleza divina con la humanidad en que se encarnó, no supo qué responder. En otras ocasiones parece suponer Eutiques que la unión se hizo por absorción, de modo que la naturaleza divina absorbió en sí a la humana. Otros monofisitas hablaban a veces de confusión o fusión de las dos naturalezas; otros, finalmente, concebían la unión como conversión de la naturaleza humana en la divina.

Así, pues, habiéndose puesto de manifiesto la herejía de Eutiques, y esto por su propia confesión, el sínodo lanzó anatema contra él y contra todos sus partidarios.

II. Intervención de León Magno. Latrocinio de Éfeso (449)

Ni Eutiques ni los suyos dieron señal ninguna de sumisión. Lejos de eso, Eutiques, por medio de pasquines que hizo colocar por las calles de la ciudad, protestó contra el fallo del sínodo de Constantinopla. Luego apeló solemnemente al Papa León I, a quien envió informe detallado de todos los acontecimientos, mirados desde su punto de vista. Más aún: por medio de Dióscoro y de Crisafio, obtuvo fácilmente del emperador, que también él enviara por su cuenta cartas favorables al Papa. Lo mismo hicieron otros partidarios influyentes de Eutiques, interesando al Romano Pontífice en favor de la nueva doctrina y de su principal promotor. Al mismo tiempo hicieron lo posible para atraer a Flaviano.

1. Intervención de San León Magno. Al leer el papa León Magno el memorial de apelación enviado por Eutiques y las recomendaciones de la corte imperial, se dio cuenta inmediatamente de la gravedad de la situación. Sin embargo, necesitaba a todo trance ganar tiempo, con el fin de informarse objetivamente por medio de sus hombres de con-fianza. Así, pues, mientras le llegaban estos informes fidedignos de Flaviano y de Teodoreto de Ciro, con el objeto de entretener la impaciencia de Eutiques y sus amigos, envió una carta muy atenta y cariñosa al emperador, en la cual le agradecía cordialmente su interés por la unión religiosa y le anunciaba que, tan pronto como recibiera los informes que esperaba, daría su respuesta definitiva.

En efecto, llegó la esperada información del patriarca de Constantinopla, Flaviano, y con ella se convenció León I del verdadero estado de todo el asunto. Precisamente él era el hombre que hacía falta en tan críticas circunstancias. Decidido y enérgico, como lo mostró poco después enfrentándose con los dos azotes de Dios y rayos de la guerra, el jefe de los hunos, Atila, y el caudillo de los vándalos, Genserico; mas siendo al mismo tiempo gran teólogo, dio San León la respuesta más apropiada. Compuso inmediatamente aquel documento fundamental, la célebre Epístola dogmática, en la que exponía la doctrina católica sobre las dos naturalezas en Cristo y su unión personal. Esta Epístola, tipo y modelo de los documentos dogmáticos infalibles emanados del Romano Pontífice, debía ser admitida por todos, y estaba destinada a formar la base de todas las discusiones que debían seguir después y, sobre todo, de las definiciones del concilio de Calcedonia.

También el insigne predicador San Pedro Crisólogo, a quien había acudido igualmente el heresiarca, le respondió remitiéndolo a lo que respondiera el obispo de Roma. Según esto, el 31 de mayo del año 449, San León Magno aprobaba solemnemente lo hecho por Flaviano en Constantinopla y enviaba al Oriente la Epístola dogmática, como norma de fe, para que fuera impuesta a todos. En este sentido escribió sendas cartas, llenas de atenciones, pero en tono firme y enérgico, al emperador Teodosio y al mismo Eutiques.

2. Latrocinio de Éfeso de 449. Como era de temer, ni Eutiques ni Dióscoro aceptaron la solución del Papa, contenida en la Epístola dogmática, que condenaba su ideología. A instancias, pues, de Dióscoro, ansioso únicamente de dominar en Oriente, convocó el emperador un sínodo general en Éfeso. En él debían celebrar Dióscoro y Eutiques el mayor de los triunfos. Para guardar las formas, se invitó al Papa, el cual envió como legados suyos a los obispos Julio y Renato y al diácono Hílaro. Su celebración se fijó para agosto de 449.

Lo que pasó en este sínodo fue una continua violencia desde el principio hasta el fin. La presidencia la tomó Dióscoro por imposición del emperador. A su lado estaba el fanático abad Bársumas, acompañado de gran número de monjes, que más bien parecían fuerzas de asalto. Los delegados del emperador pusiéronse desde el principio a las órdenes del presidente. En cambio, el lado opuesto, que era el del Papa, jefe de la cristiandad, y sus legados, no podía decir ni una palabra. A Teodoreto de Ciro y Eusebio de Dorilea ni siquiera se les permitió asistir. A Flaviano se le trató desde el principio, como víctima de sus iras.

El plan de los corifeos del monofisitismo era deshacer todo lo realizada por Flaviano en el sínodo de Constantinopla, o, lo que era lo mismo, lo dispuesto por el Papa. Se hallaban, pues, en franca rebelión. Por esto, ni siquiera se leyeron los escritos del Romano Pontífice, como era tradicional en esta clase de concilios. Inmediatamente se propuso a los 135 obispos reunidos la revisión de las actas del sínodo de Constantinopla, es decir, la condenación de Eutiques. Ante la amenaza de Dióscoro, Bársumas y los representantes imperiales, absolvieron inmediatamente al hereje y anatematizaron la doctrina de las dos naturalezas en Cristo, es a saber, todo el contenido de la Epístola dogmática del Papa León.

Estos hechos constituyen el primer acto del sínodo. Fue una rebelión manifiesta; mas, como no permitieron oposición ninguna, no hubo altercados ni violencias. Pero entonces se pasó al segundo, que terminó con una verdadera tragedia y con sangre de martirio. Siempre bajo la presión de Dióscoro y de los imperiales, se procedió a la solemne deposición del patriarca de Constantinopla, Flaviano, objeto particular de los celos y los odios reconcentrados de Dióscoro. Tras él, tocóles el turno a Eusebio de Dorilea, Teodoreto de Ciro, Ibas de Edesa, Domno de Antioquía, todos los que se habían señalado en la defensa de la ortodoxia. La inmensa mayoría de los asistentes firmaron sólo por la fuerza estas decisiones arbitrarias.

Al ver que Flaviano apelaba a Roma y los legados pontificios protestaban de la violación de los derechos del Papa, Dióscoro, ciego de ira, recurrió a la fuerza de los soldados imperiales. Lo que sucedió después apenas es creíble, si no tuviéramos testigos oculares de todos los hechos; mas juntamente es grotesco, vergonzoso y trágico. Pretextando Dióscoro que era víctima de un atentado personal, dio orden a los soldados, en cuyo auxilio acudieron pelotones de monjes, y entonces, entre los alaridos de unos y las injurias, insultos y contusiones de los monjes, de Bársumas y de Eutiques, fue arrastrado el patriarca Flaviano fuera del local y conducido como malhechor al destierro.

Realmente, la violencia y los malos tratos empleados con él fueron tales, que murió en el camino. Bien se puede decir que murió como verdadero mártir, víctima de su defensa de la ortodoxia contra la herejía. Según parece, se trató igualmente de detener a los legados pontificios; pero ellos lograron escabullirse. Particularmente sabemos que uno de ellos, Hílaro, escapó a duras penas y se dirigió precipitadamente a Roma, siendo así el primero que dio al Papa León I noticias fidedignas y bien circunstanciadas de todo lo ocurrido.

3. Reacción del Romano Pontífice. De esta manera terminó aquel sínodo, tristemente célebre en la Historia. Bien pronto llegaron a Roma noticias concretas y detalladas de todo lo ocurrido. El obispo Eusebio de Dorilea, Teodoreto de Ciro, el mismo Flaviano antes de sucumbir a los malos tratos de sus enconados enemigos, enviaron al Papa informes abundantes y bien circunstanciados de todas las violencias e injusticias cometidas. Todo esto confirmó y completó el relato que había dado de viva voz el legado Hílaro, quien a su vez pudo comunicar cuantos pormenores se necesitaban.

Con la misma paz y majestad con que supo detener al bárbaro Atila en su carrera de destrucción, obligándole a retroceder y dar otro rumbo a sus hordas, recibió San León Magno las noticias de aquel cúmulo de injusticias e irregularidades, y calificando de una manera plástica la conducta de Dióscoro y Eutiques dio al sínodo el calificativo que le ha quedado en definitiva en la Historia: Ephesinum, non iudicium, sed latrocinium, el latrocinio de Éfeso. Naturalmente, el Papa rechazó de plano todo lo realizado en el latrocinio. Lo único que debía admitirse como doctrina católica en el asunto discutido era lo contenido en la Epístola dogmática. Así se decidió expresamente en un sínodo celebrado al punto en Roma bajo la presidencia del Papa.

Todavía, sin embargo, quiso intentar un medio para apartar al emperador Teodosio del lado de los monofisitas. Si se obtenía esto, sería relativamente fácil dominar a los rebeldes. Con este objeto, dirigió León I cartas a Teodosio manifestándole el punto de vista ortodoxo y haciéndole ver el apasionamiento con que procedían Eutiques y Dióscoro. Escribió igualmente a Pulquería, hermana del emperador, muy piadosa y estimada de Teodosio, y que siempre se había mostrado partidaria de la inteligencia con Roma. Finalmente, León I hizo intervenir al emperador de Occidente, Valentiniano III, todo con el objeto de que influyera para convencer a Teodosio II de la injusticia cometida por Dióscoro y Eutiques. Todo fue inútil. El emperador estaba dominado por el eunuco Crisafio, y éste se hallaba por completo en manos de Dióscoro, y así en la corte se hacía lo que éste dictaba.

Por otra parte, en el patriarcado de Constantinopla habían colocado a Anatolio, hechura suya, y pretendían nada menos que su reconocimiento por el Papa. Como era natural, León I lo hizo depender de la aceptación sincera y absoluta de la Epístola dogmática.

III. Concilio cuarto ecuménico: Calcedonia (451)

Dióscoro llegó al extremo de excomulgar por sí mismo y deponer solemnemente al Papa León. Sin embargo, aun en medio de la rebelión general y no obstante la confusión que ésta esparcía en torno suyo, muchos en Oriente dirigían los ojos hacia el Occidente. Sólo del Romano Pontífice esperaban la solución.

1. Preparación del Concilio. En estas circunstancias, un cambio rápido y completo trajo consigo el triunfo de la ortodoxia. Golpe tras golpe, fueron faltándole al monofisitismo todos los apoyos que hasta ahora lo habían sostenido. No fue, pues, de maravillar que rápidamente también se derrumbaran por el suelo sus ilusiones.

El primer golpe fue la caída en desgracia del eunuco Crisafio y la retirada de la emperatriz Eudoxia. Sin estos apoyos tan eficaces e incondicionales, el favor de la corte quedaba vacilante y sin consistencia. Como si esto fuera poco, el año 450 muere el emperador de una caída de caballo. Para colmo de desgracias para Dióscoro y Eutiques, le sucede como emperatriz su hermana Pulquería, que siempre había simpatizado con la ortodoxia. Más aún: ésta se casa inmediatamente con el general Marciano, bien conocido por sus sentimientos pacifistas, a quien asocia para el régimen del Imperio.

El resultado fue rapidísimo. Sin perder un solo día, fueron llamados todos los obispos desterrados; con extraordinaria solemnidad fueron conducidos a Constantinopla los restos de Flaviano. Los nuevos emperadores escriben al punto al Romano Pontífice, dándole cuenta de sus buenos sentimientos y sometiéndose en todo a su obediencia. Como expresión suprema de sus buenos deseos, proponen la celebración de un concilio ecuménico, que debía poner término a las disensiones existentes.

No era el Papa de este parecer; pues, por una parte, creía suficientemente definidas las cuestiones doctrinales en su Epístola dogmática y, por otra, le parecía peligroso remover aquellas discusiones. En atención a los emperadores, reconoció al patriarca Anatolio, previa la admisión por éste de la Epístola dogmática. Finalmente, convencido el Papa de la buena disposición de todos, accedió a la celebración del Concilio, para el cual nombró como legados suyos a los obispos Lucenio y Pascasio y a los presbíteros Basilio y Bonifacio. Más aún: como convenía proceder con toda rapidez, proveyó inmediatamente a sus representantes de toda clase de instrucciones y los hizo partir para el Oriente.

2. Concilio cuarto ecuménico: Calcedonia (451). También en Oriente se procedió con toda rapidez. Hiciéronse todos los preparativos para la reunión del gran Concilio, en el que tanto los partidarios del monofisitismo, como los defensores de la ortodoxia, mostraban grandísimo interés. Sin embargo, se tuvo que prescindir de Nicea, donde primeramente había sido convocado, y se reunió en Calcedonia en octubre de 451. Unos 600 fueron los prelados que llegaron a juntarse, lo cual es ya un indicio clarísimo del máximo interés que en todos había suscitado. Entre ellos solamente dos eran occidentales, además de los legados pontificios. La presidencia, según era ya costumbre, la ocupaba, al lado de los representantes del Papa, el patriarca de Constantinopla, Anatolio.

El favor imperial estaba decididamente ahora de parte de la ortodoxia. Esto lo notó muy bien Dióscoro al presentarse acompañado de 17 prelados egipcios. En medio de la desesperación que esta realidad le produjo, intentó un golpe de fuerza, proponiendo osadamente la condenación del Papa León Pero el golpe le falló por completo. Por el contrario, el primer acto del concilio fue juzgar la conducta de Dióscoro en el latrocinio de Éfeso.

Eusebio de Dorilea, diestro ya en las lides dogmáticas, resumió ahora la causa de Dióscoro. El relato resultó la más vibrante acusación. A estas inculpaciones se añadieron todavía las que presentó Teodoreto de Ciro, que empeoraron notablemente su causa. De nada sirvió a Dióscoro y a sus partidarios el desahogarse de nuevo en injurias y llamar a boca llena nestorianos a sus opositores. El concilio, en su primera sesión, propuso la deposición de Dióscoro y todos los que le permanecieran adictos.

3. Desarrollo ulterior del concilio. Terminado este primer trabajo previo, pero necesario, en la sesión segunda se procedió con toda paz y sosiego a la parte doctrinal. Se comenzó con la lectura del símbolo de Nicea, con la añadidura del Constantinopolitano primero; siguió luego el examen de dos cartas de San Cirilo y, sobre todo, la Epístola dogmática del Papa León I. Al terminar la lectura de este último documento, todos los Padres reunidos, puestos en pie, prorrumpieron en aquella célebre exclamación: «Esta es la fe de los apóstoles. Así lo creemos todos. Pedro ha hablado por la boca de León». La Epístola dogmática fue reconocida como documento de fe.

A continuación, en las sesiones tercera y cuarta, se procedió a un examen detallado de la conducta de Dióscoro. Al final de este proceso fue depuesto y despojado de todos sus derechos eclesiásticos. Contra los compañeros de crímenes fueron los Padres del concilio más bien indulgentes. Casi todos fueron acogidos de nuevo en el seno de la Iglesia Católica, previa siempre la aceptación de la Epístola dogmática y la condenación de Eutiques. El mismo emperador se interpuso en favor suyo.

En la sesión quinta, finalmente, se propuso una fórmula de fe. El Concilio no lo conceptuó en un principio necesario, pues bastaba lo hecho, sobre todo la Epístola dogmática. Pero, a petición particularmente del emperador, se presentó una de Anatolio; mas como no satisficiera, se propuso luego otra, que fue proclamada por el Concilio. En ella se resumía de un modo especial la doctrina católica contra el nestorianismo y monofisitismo.

La sesión sexta revistió una solemnidad muy especial. Se hallaba presidida por los emperadores Pulquería y Marciano. Leído, pues, el símbolo de fe, el emperador dirigió a la asamblea un elocuente discurso, que quería ser eco del que en ocasión semejante pronunció el emperador Constantino Magno. Marciano insistió de un modo especial en su deseo vehemente de que cesaran todas las disensiones y discusiones doctrinales. Los Padres creían ya terminado el Concilio; pero el emperador quería a todo trance se discutieran algunas cuestiones personales y disciplinares.

Por esto en ulteriores sesiones se discutieron las causas de Ibas de Edesa y Teodoreto de Ciro, los cuales fueron declarados completamente inocentes. Redactáronse algunos cánones importantes y, finalmente, en la sesión decimoquinta fueron promulgados 28 de ellos. Este acto tuvo consecuencias desagradables. Porque, habiendo ya partido los legados pontificios, aprovechándose de su ausencia, se incluyó el canon 28, en el que se equiparaba a las sedes de Roma y Constantinopla. Por esto, cuando los representantes del Papa, camino de Roma, tuvieron noticias de ello, protestaron solemnemente contra el canon 28. San León Magno solamente aprobó las conclusiones doctrinales.

La ortodoxia y la autoridad de Roma quedaron triunfantes. Los emperadores, por su parte, dieron inmediatamente cumplimiento a lo dispuesto en el Concilio. Eutiques y Dióscoro fueron desterrados. El año 452 aparecieron en el Imperio bizantino diversos edictos contra los partidarios del monofisitismo, condenado en Calcedonia.

V. El monofisitismo después del Concilio de Calcedonia.

Con las decisiones del Concilio de Calcedonia y las medidas rigurosas tomadas por los emperadores no quedó todo terminado. Al contrario, las contiendas que se suscitaron después adquirieron gran extensión e intensidad, dando origen a nuevas complicaciones.

1. Luchas por las sedes principales. La primera batalla la dieron los monofisitas con gran denuedo, con el ansia de apoderarse de las sedes más importantes de Oriente. Y, efectivamente, tales fueron las mañas que emplearon, que al poco tiempo lograron, tras enconadas contiendas, obtener las sedes de Jerusalén, Alejandría y Antioquía.

En Jerusalén llegaron a desarrollarse verdaderas batallas campales entre los ejércitos de monjes partidarios del monje alejandrino Teodoro y las mismas tropas imperiales. Los monofisitas no se arredraron ante nada, hasta que lograron colocar en la sede patriarcal de Jerusalén a Teodoro.

Por lo que a Alejandría se refiere, habiendo sido depuesto y desterrado Dióscoro, fue elevado Proterio. No satisfizo esto a los monofisitas, muy poderosos en Egipto, que consideraban como su feudo principal. Por esto emprendieron la batalla con la mayor decisión; hicieron desaparecer al patriarca legítimo por medio de un verdadero asesinato y colocaron en la sede al fanático monofisita Timoteo Ailuros (el Gato). No parece fuera él indigno de los que con tales medios lo habían elevado a aquel puesto. Así consta que uno de sus primeros actos fue excomulgar a todos los partidarios del Concilio de Calcedonia y al mismo Papa.

Algo semejante sucedió en Antioquía. El terrible abad Bársumas, que tan señalados servicios había prestado a la causa monofisita y con sus monjes soldados había sido la causa principal de la muerte de Flaviano, declaró desde un principio la guerra al Concilio de Calcedonia. Toda esta fuerza se puso al servicio del fanático monofisita Pedro Fullón, y, tras violentas luchas y después de derramar mucha sangre, logró elevarlo a la sede de Antioquía. Como cuestión curiosa, este Pedro Fullón hizo añadir al trisagio, ya entonces en uso en Oriente, la frase «qui pro nobis crucifixus est», aplicada a Dios en general o al Padre. Es la célebre cuestión que los griegos denominaron Theopaschita.

Como se ve, en realidad los monofisitas podían cantar victoria en todo el Oriente. Habían perdido la batalla de Calcedonia, pero se rehicieron a la muerte de Pulquería y lograron obtener luego otras victorias. Sin embargo, su triunfo fue poco duradero, y la suerte de la herejía fue pasando por muchas alternativas.

2. Imperio bizantino. León I (457-474). Como todo el desarrollo ulterior de la Iglesia oriental está íntimamente entrelazado con la actuación de los emperadores bizantinos de este período, de un modo parecido a lo que sucedió en el Imperio romano cristianizado después de Constantino, presentaremos ahora los hechos religiosos más insignes en cada uno de los reinados siguientes.

Es un hecho bien conocido que mientras el Imperio occidental era lentamente destruido a los golpes violentísimos de los pueblos invasores, y el año 476 desapareció definitivamente el último de sus representantes, Rómulo Augústulo, el Imperio oriental se iba robusteciendo más y más y llegaba en tiempo de Justiniano I (527-565) al apogeo de su esplendor. Las características más salientes del Imperio bizantino, como se le llamó ordinariamente desde entonces, y que con diversas oscilaciones de grandeza se mantuvo todavía diez siglos, fueron: en primer lugar, la fastuosidad y exuberancia, típicamente orientales, que hallaron su expresión más clara en el ceremonial de la corte y en la ornamentación abigarrada del arte bizantino. En segundo lugar, el absolutismo de los emperadores, que se manifestaba no sólo en las cuestiones políticas, sino en las religiosas. El basileus creía poseer de Dios todos los poderes y se sentía obligado a intervenir en toda clase de asuntos.

León I contribuyó poderosamente a robustecer esta posición del Imperio bizantino. En las cuestiones religiosas, aunque no tan celoso como Pulquería y Marciano, más bien favoreció la causa ortodoxa. Por esto, no les duró mucho a los monofisitas el placer de su victoria en la ocupación de las sedes patriarcales. No mucho después de instalarse en Alejandría Timoteo Ailuros, apoyado por su diácono Pedro Mongo, al ver que se multiplicaban los disturbios, León I lo expulsó de Egipto, utilizando para ello la fuerza armada. Ailuros tuvo que ir al Quersoneso. Su lugar lo ocupó Timoteo Solofaciolo, fiel al concilio de Calcedonia y al Papa.

Algo parecido sucedió en Antioquía. Apenas Pedro Fullón se hubo apoderado de esta sede, fue de nuevo arrojado de ella por el emperador León y repuesto el ortodoxo y legítimo patriarca Martirio.

Así, pues, contra todos los esfuerzos de los monofisitas, hacia el año 470 volvía a triunfar en todas partes la ortodoxia del Papa, representada por Calcedonia y sostenida por León I.

3. Zenón (474-491). El emperador Zenón I mantuvo el mismo estado de cosas durante la primera parte de su reinado. Pero el año 475, al apoderarse violentamente del trono el usurpador Basilisco (475-477), quiso éste apoyarse en el monofisitismo, con lo cual se realizó una reacción anticalcedonense. El primer paso fue, naturalmente, la vuelta a sus sedes de los desterrados Ailuros y Fullón. Ambos entraron en sus respectivas diócesis de Alejandría y Antioquía con aire de triunfadores.

Mas no todo quedó ahí. A instigación particularmente de Ailuros, Basilisco publicó entonces un célebre documento circular, designado en la Historia con el nombre de encíclica. Debía ser admitido por todo el episcopado, y su finalidad era unificar todo el Imperio. En él se rechazaba la Epístola dogmática de San León Magno y las decisiones de Calcedonia, declarando como fundamentales el concilio de Éfeso de 431 y el latrocinio de 449. Sin embargo, con el objeto de alucinar a algunos recalcitrantes, se incluía una condenación de los errores de Eutiques. Casi todo el episcopado se rindió a esta exigencia del tirano. Unos quinientos obispos firmaron este documento claramente heterodoxo. Por negarse a aceptarlo, el patriarca Anastasio de Jerusalén fue desterrado y puesto en su lugar el monofisita Geroncio. También se negó a firmar Acacio, patriarca de Constantinopla, y, sin embargo, pudo mantenerse en su sede.

4. Cisma de Acacio (484-519). Pero este triunfo de la herejía fue de cortísima duración. Efectivamente, derrotado definitivamente el usurpador Basilisco por el legítimo emperador Zenón en 477, volvió éste inmediatamente las cosas a su estado primitivo, y así, el año 480, las cuatro sedes patriarcales, Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén, estaban en manos de católicos. Todo el episcopado aceptó fácilmente el Concilio de Calcedonia como antes lo habían condenado.

Mas, por desgracia, no duró mucho esta paz, más aparente que real. El principal causante de los nuevos disturbios religiosos fue el patriarca de Constantinopla, Acacio, apoyado por el patriarca de Alejandría, Pedro Mongo. Hombre astuto e intrigante, deseoso de obtener a todo trance un dominio universal en Oriente, sin ser propiamente monofisita, ni menos aún ortodoxo, propuso Acacio al emperador Zenón que se publicara un documento de unificación, el llamado Henoticón. Era uno de esos conatos medios, que, dando la razón a todos, no satisfacen a nadie, y así, en vez de unión, suelen traer disensiones y cismas. Así sucedió en el caso presente. Por un lado, el Henoticón condenaba a Nestorio y Eutiques; mas, por otro, no quería admitir otros concilios fuera de los de Nicea y primero de Constantinopla. Esto significaba el abandono de Calcedonia, que trajo el cisma llamado de Acacio.

El efecto inmediato fue la renovación de la guerra religiosa en Oriente. De parte del Henoticón se pusieron su autor principal, Acacio de Constantinopla y el monofisita Pedro Mongo, sostenido como patriarca de Alejandría por Acacio y Zenón, contra el legítimo patriarca, Juan Talaia. Contra el mismo se declararon multitud de obispos en Oriente y, sobre todo, el nuevo Romano Pontífice, Félix II (483-492). Este, en efecto, que ya había protestado contra la intrusión de Pedro Mongo en Alejandría, tan pronto como tuvo noticia del Henoticón, reunió el año 484 un sínodo en Roma, y, después de examinar detenidamente la situación de Oriente, lanzó excomunión y depuso solemnemente a Acacio y Pedro Mongo. Esta sentencia fue al punto comunicada al emperador y al mismo Acacio por medio de escritos especiales del Papa, llevados a Constantinopla por el legado Tutus. El cisma de Acacio se había consumado (484-519). Al morir él en 489, el cisma continuaba sin probabilidades de solución. El monofisitismo fue el único que sacó provecho de él.

5. Anastasio I (491-518). Bajo este emperador, simpatizante con los monofisitas, si bien irreprochable en sus costumbres, siguió el mismo estado de cosas, con sensible ventaja del monofisitismo. Ni los patriarcas de Constantinopla que siguieron a Acacio ni los papas que siguieron a Félix II hicieron esfuerzos dignos de mención para resolver el cisma. En cambio, dentro del campo monofisita comenzaron a marcarse diversas tendencias o sectas, entre las cuales adquirió gran prestigio la dirigida por Severo (monofisitismo severiano), desde 512 patriarca de Antioquía, de un tipo moderado.

Al comenzar el reinado de Justino I (518-527), se inició inmediatamente un cambio en favor de la ortodoxia y de Calcedonia. En este ambiente fue relativamente fácil al Papa Hormisdas (514-523) obtener la aceptación de una fórmula, con lo cual terminaba de hecho el cisma de Acacio. Así sucedía en 519. Con el apoyo del emperador, ya de setenta años, pero sostenido por su sobrino y sucesor el gran Justiniano I, fue relativamente fácil imponer a los obispos orientales esta solución.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo