EN EL COMBATE DE RESISTENCIA
LA VENIDA DEL MESÍAS EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
FENÓMENO III
EL ANTICRISTO
PÁRRAFO XIV
LA MUJER SOBRE LA BESTIA
Cansado me tiene el Anticristo, y todavía no está concluido. Como este terrible misterio se debe componer de tantas piezas diferentes, no parece menos difícil considerarlas todas, que omitir algunas de las más principales después de conocidas.
La pieza que ahora vamos a observar, es por una parte tan delicada en sí misma, y por otra parte de tan difícil acceso, por otros impedimentos extrínsecos, que la operación se hace embarazosa, y poco menos que imposible. Yo la omitiera toda de buena gana, si no temiera hacer traición a la verdad.
Si el que la conoce por don de Dios no se atreve a decirla, y no la dice por respeto puramente humano, ¿le valdrá esta excusa delante de la suma verdad? Si el centinela viere venir la espada, y no sonare la bocina; y el pueblo no se guardare, y viniere la espada, y quitare la vida a alguno de ellos; éste tal en verdad en su culpa fue sorprendido; mas yo demandaré su sangre de mano del centinela.
Este temor me obliga a no omitir del todo este punto, y a decir sobre él cuatro palabras. Si estas cuatro palabras os parecieren mal, o no convenientes, en vuestra mano está el borrarlas o arrancarlas, que yo me conformaré con vuestra sentencia, con sola la condición indispensable de que en este caso tocará a vos, y no a mí, responder a Dios.
El suceso de que voy a hablar parece la última circunstancia necesaria para la perfección y complemento del misterio de iniquidad; es a saber, que la bestia de siete cabezas y diez cuernos, reciba, en fin, sobre sus espaldas a cierta mujer, que por todas sus señas y contraseñas parece una reina, y una reina grande, de quien en tiempo de San Juan se decía con verdad, que tiene señorío sobre los reyes de la tierra; la cual se representa en el Apocalipsis como una infame meretriz; y entre otros grandes delitos se le atribuye uno que parece el mayor de todos, esto es, un comercio ilícito y público con los reyes de la tierra.
Leed y considerad los capítulos XVII y XVIII, que yo no copio aquí por ser muy largos. Tampoco pienso detenerme mucho en esta observación, sino dar solamente una ligera idea, pero suficiente para muchos días de meditación.
Dos cosas principales debemos conocer aquí.
Primera: ¿Quién es esta mujer sentada sobre la bestia?
Segunda: ¿De qué tiempos se habla en la profecía, si ya pasados, respecto de nosotros, o todavía futuros?
Cuanto a lo primero, convienen todos los doctores, sin que haya alguno que lo dude, a lo menos con fundamento razonable, que la mujer de que aquí se habla, es la ciudad misma de Roma, capital en otros tiempos del mayor imperio del mundo, y capital ahora, y centro de unidad de la verdadera Iglesia cristiana.
En este primer punto como indubitable, no hay para que detenernos.
Cuanto a lo segundo hallamos solas dos opiniones en que se dividen los doctores cristianos.
La primera sostiene, que la profecía se cumplió ya toda en los siglos pasados en la Roma idólatra y pagana.
La segunda confiesa, que no se ha cumplido hasta ahora plenamente; y afirma, que se cumplirá en los tiempos del Anticristo en otra Roma, dicen, todavía futura, muy semejante a la antigua idólatra y pagana, pero muy diversa de la presente, como veremos luego.
Consideradas atentamente ambas opiniones, y el modo oscuro y embarazoso con que se explican sus autores, no es muy difícil averiguar el fin honesto que se propusieron, ni la verdadera causa de su embarazo, ni tampoco sus pías intenciones, de que no podemos dudar.
El punto es el más delicado y crítico que puede imaginarse.
Por una parte, la profecía es bastantemente terrible y admirable por todas sus circunstancias. Así los delitos de la mujer, que claramente se revelan, como el castigo que por ellos se anuncia, son innegables.
Por otra parte, el respeto, el amor, la ternura, el buen concepto y estimación con que siempre ha estado esta misma mujer, abolida la idolatría, respecto de sus hijos y súbditos, hace increíble e inverosímil, que de ella se hable, o que en ella puedan jamás verificarse tales delitos, ni tal castigo.
Pues en esta constitución tan crítica, ¿qué partido se podrá tomar?
Salvar la verdad de la profecía es necesario; pues nadie duda de su autenticidad.
Mas también parece necesario salvar el honor de la grande reina, y calmar todos sus temores.
Como ella no ignora, lo que está declarado en la Escritura de la verdad; como esto que está expreso en la Escritura de la verdad, la debe o la puede poner en grandes inquietudes, ha parecido conveniente a sus fieles vasallos librarla enteramente de este cuidado.
Por tanto, le han dicho unos por un lado, que no hay que temer, porque la terrible profecía ya se verificó plenamente muchos siglos ha en la Roma idólatra o pagana, contra quien hablaba.
Otros, no pudiendo entrar en esta idea, que repugna al texto y al contexto, le han dicho no obstante, por otro lado, que no hay mucho que temer; pues aunque la profecía se endereza visiblemente a otros tiempos todavía futuros; mas no se verificará en la Roma presente, en la Roma cristiana, en la Roma cabeza de la Iglesia de Cristo, sino en otra Roma infinitamente diversa, en otra Roma, compuesta entonces de idólatras e infieles, los cuales se habrán hecho dueños de Roma, echando fuera al Sumo Sacerdote, y junto con él a toda su corte, y a todos los cristianos. En esta Roma así considerada se verificarán (concluyen llenos de confianza) los delitos y el castigo anunciado en esta profecía.
Examinemos brevemente estas dos opiniones, o estas dos consolatorias, confrontándolas con el texto de la profecía.
Primera opinión
Ésta pretende, que la profecía tiene por objeto la antigua Roma idólatra e inicua, y que en ella se verificó plenamente muchos años ha.
Esta Roma, dicen, fue la grande Babilonia, la reina del orbe, la meretriz sobre la bestia, la que se ensalzó y glorificó sobre las otras ciudades, la que corrompió la tierra con su prostitución, la que derramó tanta sangre inocente que quedó como ebria, de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús.
Ésta, en fin, es la que recibió el merecido castigo cuando los bárbaros la saquearon, la incendiaron, y la destruyeron casi del todo.
Veis aquí verificada la profecía doce siglos ha; por consiguiente nada queda que temer en adelante: todo debe correr tranquilamente hasta el fin del mundo.
Esta opinión tiene sin duda su apariencia, o su poco de brillante, mirada desde cierta distancia; mas si se compara con el texto, se conoce al punto la suma improporción. Se echa menos en ella la explicación de muchísimas cosas particulares que se omiten del todo, y otras que no se omiten, apenas se tocan por la superficie.
Entre otras grandes dificultades que padece, yo sólo propongo dos principales: una que pertenece a los delitos de la mujer, otra al castigo que se le anuncia.
Primera dificultad
El mayor delito de que la mujer viene acusada, es la fornicación; y para cerrar la puerta a todo equívoco o efugio, se nombran claramente los cómplices de esta fornicación metafórica: esto es, los reyes de la tierra; y así los reyes con la meretriz, como ella con los reyes, vivieron en delicias.
Se pregunta ahora: ¿cómo pudo verificarse este delito en la antigua Roma? Según todas las noticias que nos da la historia, tan lejos estuvo la antigua Roma de esta infamia, que antes por el contrario, siempre miró a todos los reyes de la tierra con un soberano desprecio; ni hubo alguno en todo el mundo conocido a quien no humillase y pusiese debajo de sus pies. Muchas veces se vieron éstos entrar cargados de cadenas por la puerta triunfal, y salir por otra puerta a ser degollados o encarcelados; otras muchas veces se veían entrar temblando por las puertas de Roma llamados a juicio como reos. ¿Con qué propiedad, pues, ni con qué apariencia de verdad se puede acusar a la antigua Roma de una fornicación metafórica con los reyes de la tierra?
A esta dificultad que salta a los ojos, y no es posible disimular, responden lo primero: que la palabra fornicación en frase de la Escritura, no significa otra cosa que la idolatría, como es frecuentísimo en Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, etc.; y como la antigua Roma, viéndose señora del mundo, obligaba a los reyes de la tierra a que adorasen sus falsos dioses o ellos los adoraban por lisonjearla y complacerla, por eso se dice que fornicaba con los reyes, entendiendo por esta expresión figurada la idolatría.
Esta primera respuesta parece no sólo oscura sino claramente sofística. Aunque fuese cierto que la antigua Roma obligaba a los reyes de la tierra a que adorasen sus falsas divinidades (lo cual es tan falso, que antes ella adoraba todas las falsas divinidades de las naciones que conquistaba), no por eso se podrá decir que fornicaba con los reyes.
Débil fundamento, porque lo más que podrá decirse en este caso es, que así Roma como los reyes fornicaban con los ídolos a quienes adoraban; pues esta adoración a los ídolos es lo que llaman los profetas fornicación; y esto no siempre, sino cuando hablan de la idolatría de Israel y de Jerusalén.
Mas no es esto lo que leemos en nuestra profecía: con quien fornicaron (dice) los reyes de la tierra, y vivieron en deleites.
Habla aquí manifiestamente de un comercio criminal, no entre Roma y los ídolos; pues este suceso no era tan propio y peculiar de solo Roma, que no incurriesen en él todas las otras ciudades de las gentes, desde la más pequeña a la más grande; ni tampoco entre los reyes de la tierra y los ídolos de Roma, pues siendo estos reyes idólatras de profesión, el mismo mal era adorar los ídolos de Roma, que los ídolos propios de sus países.
Habla, pues, nuestra profecía clara y expresamente de un comercio ilícito con nombre de fornicación, no entre Roma y sus ídolos, ni entre los reyes y los ídolos de Roma, sino entre Roma misma y los reyes de la tierra. Ésta es una cosa infinitamente diversa, y ésta es la que se debe explicar con propiedad y verdad; lo demás es visiblemente huir la dificultad saliendo muy fuera de la cuestión.
Poco satisfechos de esta primera respuesta (mas sin confesarlo, pues en realidad ésta es la principal en ambas opiniones), añaden otra como accesoria y menos principal: es a saber, que en la antigua Roma, cuando era señora del mundo, se vieron venir a ella muchos reyes llamados a juicio, y aunque los delitos de éstos eran verdaderos y realmente gravísimos, se vieron no obstante salir libres, y aun declarados y honrados como inocentes y justos, por haber corrompido a sus jueces con grandes liberalidades; tanto que Yugurta, tirano de Numidia, al salir de Roma le dijo estas palabras: ¡Oh Roma, no falta para que te vendas, sino que haya quien te compre!
Mas esta respuesta accesoria, o esta explicación del texto sagrado, ¿quién no ve que es la más fría, y la más impropia que se ha dado jamás?
Según ella difícilmente se habrá hallado, ni se hallará en toda la tierra alguna corte que no merezca por la misma razón el nombre de meretriz y fornicaria con sus propios reos; pues el componer éstos todas sus quiebras con el dinero, no es fenómeno tan raro que sólo se haya visto en la antigua Roma.
Segunda dificultad
La segunda dificultad de esta opinión, se funda en el castigo que se anuncia a la meretriz, el cual si se atiende a la profecía, parece cierto que hasta ahora no se ha verificado.
Las expresiones de que usa San Juan son todas vivísimas, y todas suenan a exterminio pleno y eterno. Reparad en éstas: …un ángel fuerte alzó una piedra como una grande piedra de molino, y la echó en la mar, diciendo: con tanto ímpetu será echada Babilonia aquella grande ciudad, y ya no será hallada jamás.
Si esta expresión os parece poco clara, proseguid leyendo las que se siguen hasta el fin de este capítulo XVIII, y parte del siguiente: Ni jamás en ti se oirá voz de tañedores de cítara, ni de músicos, ni de tañedores de flauta, y trompeta, no se oirá en ti más… y voz de esposo ni de esposa no será oída más en ti.
O todo esto es una exageración llena de impropiedad y falsedad, o todavía no se ha verificado; por consiguiente se verificará a su tiempo, como está escrito, sin faltar un ápice.
Fuera de esto, debe repararse en todo el contexto de la profecía desde el capítulo XVI.
Después de haber hablado de la última plaga, o de las siete phialas, que derramaron siete ángeles sobre la tierra, porque en ellas es consumada la ira de Dios, prosigue inmediatamente diciendo: y Babilonia la grande vino en memoria delante de Dios, para darle el cáliz del vino de la indignación de su ira.
Y luego sigue refiriendo largamente los delitos, y el castigo de esta Babilonia, en los dos capítulos siguientes, con la circunstancia notable que advierte el mismo San Juan, esto es, que uno de los siete ángeles que acababan de derramar las phialas fue el que mostró los misterios de dicha Babilonia: Y vino uno de los siete ángeles, que tenían las siete copas, y me habló, diciendo: Ven acá, y te mostraré la condenación de la grande ramera, etc.
En lo cual se ve, que así como las phialas son unas señales terribles, que deben suceder hacia los últimos tiempos, así lo es el castigo de dicha meretriz.
A todo esto debemos añadir otra reflexión bien importante. Si, como pretenden los autores de esta opinión, la profecía se enderezaba toda a la antigua Roma, idólatra e inicua; si a ésta se le da el nombre de fornicaria y meretriz por su idolatría; si a ésta se le anuncia el castigo terrible de que tanto se habla, y con expresiones tan vivas y ruidosas, se pregunta, ¿cuándo se verificó este castigo?
Responden (ni hay otra respuesta que dar, ni otro tiempo a que recurrir) que se verificó el castigo de la meretriz cuando Alarico con su ejército terrible la tomó, la saqueó, la incendió y la destruyó casi del todo.
Óptimamente.
Mas, lo primero, es cosa cierta, que los males que hizo en Roma el ejército de Alarico, no fueron tantos como los que hicieron los antiguos Galos; ni como los que padeció en tiempo de las guerras civiles; ni como los que padeció en tiempo de Nerón, según lo aseguran autores contemporáneos, como dicen Fleuri, y Milles, etc.; y sobre todo, no fueron tantos como todos los que aquí anuncia claramente la profecía, que habla de la ruina total, y exterminio eterno: ya no será hallado jamás… luz de antorcha no lucirá jamás en ti… voz de esposo ni de esposa no será oída más en ti, etc.
Lo segundo: en tiempo de Alarico, esto es, en el quinto siglo de la era cristiana, ¿qué Roma saqueó este príncipe bárbaro? ¿Qué Roma destruyó, e incendió casi del todo? ¿Acaso a Roma idólatra, a Roma inicua, a Roma fornicaria y meretriz por su idolatría?
Cierto que no, porque en este tiempo ya no había tal Roma. La Roma única que había en este tiempo, y que persevera hasta hoy, era toda cristiana; ya había arrojado de sí todos los ídolos; por consiguiente ya no merecía el nombre de fornicaria y meretriz, ya adoraba al verdadero Dios, y a su único Hijo Jesucristo, ya estaba llena de iglesias o templos en que se celebraban los divinos oficios, pues dice la historia, que Alarico mandó a sus soldados que no tocasen los edificios públicos, ni los templos; ya en fin, era Roma una mujer cristiana, penitente y santa.
Siendo esto así, ¿os parece ahora creíble, que en esta mujer ya cristiana, penitente y santa se verificase el castigo terrible, anunciado contra la inicua meretriz?
¿Os parece creíble que los delitos de Roma, idólatra e inicua, los viniese a pagar Roma cristiana, penitente y santa?
¿Os parece creíble que esta Roma cristiana, penitente y santa, sea condenada como una gran meretriz, sólo porque en otros tiempos había sido idólatra?
Consideradlo bien, y ved si lo podéis comprender, que yo confieso mi insuficiencia. Aunque esta opinión no tuviese otro embarazo que éste, ¿no bastaría éste solo para desecharla del todo?
Leed no obstante todo el capítulo XVIII y parte del XIX, y hallaréis otros embarazos iguales o mayores, en cuya observación yo no pienso detenerme un instante más.
Segunda opinión
Considerando las graves dificultades que padece la primera opinión, ciertamente inacordables con la profecía, han juzgado casi todos los doctores, que no se habla en ella de la antigua Roma, sino de otra Roma todavía futura; confesando ingenuamente, que en ella se verificarán así todos los delitos, como el terrible castigo que se le anuncia.
¿Cuándo sucederá todo esto? Sucederá, dicen con gran razón, en los tiempos del Anticristo, como se infiere, y convence evidentemente de todo el texto.
Para componer ahora esta ingenua confesión con el honor y consuelo de la ciudad sacerdotal y regia, que es lo que en ambas opiniones se tira a salvar a toda costa, ha parecido conveniente, o por mejor decir necesario, hacer primero algunas suposiciones, sin las cuales se podría temer con bueno y óptimo fundamento, que la composición fuese no sólo difícil, sino imposible.
Ved aquí las suposiciones, o las bases fundamentales sobre que estriba en la realidad todo este edificio.
Primera: el imperio romano debe durar hasta el fin del mundo.
Segunda: este imperio, que ahora y muchos siglos ha está tan disminuido que apenas se ve una reliquia o una centella, volverá hacia los últimos tiempos a su antigua grandeza, lustre y esplendor.
Tercera: las cabezas de este imperio serán en aquellos últimos tiempos, no solamente infieles e inicuas, sino también idólatras de profesión.
Cuarta: se harán dueños de Roma sin gran dificultad; pondrán en ella de nuevo la corte del nuevo imperio romano; por consiguiente volverá Roma a toda aquella grandeza, riquezas, lujo, majestad y gloria que tuvo en los pasados siglos; verbigracia en tiempo de Augusto.
Quinta: desterrarán de Roma estos impíos emperadores al sumo sacerdote de los cristianos, y junto con él a todo su clero secular y regular, y también a todos los cristianos que no quisieren dejar de serlo, con lo cual, libre Roma de este gran embarazo, establecerá de nuevo el culto de los ídolos, y volverá a ser tan idólatra como antes.
Hechas todas estas suposiciones, que como tales no necesitan de prueba, es ya facilísimo concluir todo lo que se pretende, y pretender todo cuanto se quiera; es fácil, digo, concluir, que aunque la profecía habla ciertamente contra Roma futura, revelando sus delitos también futuros, y anunciándole su condigno castigo, mas no habla de modo alguno contra Roma cristiana; pues ésta, así como es incapaz de tales delitos, así lo es de tales amenazas, y de tal castigo.
Con esta ingeniosidad se salva la verdad de la profecía, se salva el honor de la grande reina, y ella queda consolada, quieta, segura, sin que haya cosa alguna que pueda perturbar su paz, o alterar su reposo; pues la indignación tan ponderada del esposo, no es, ni puede ser contra ella, sino solamente contra sus enemigos.
Estos enemigos, o esta nueva Roma así considerada (prosigue la explicación) cometerá sin duda nuevos y mayores delitos que la antigua Roma; volverá a ser fornicaria, meretriz y prostituta, esto es, idólatra (porque en ambas opiniones se explica del mismo modo la fornicación metafórica con los reyes de la tierra, sin querer hacerse cargo de que los reyes y los ídolos son dos cosas infinitamente diversas), volverá a ser soberbia, orgullosa, injusta y cruel; volverá a derramar sangre de cristianos, y a embriagarse con ella; y otros nuevos delitos junto con los de la antigua Roma, llenarán en fin, todas las medidas, y atraerán contra esta ciudad, entonces infiel, todo el peso de la ira e indignación de un Dios omnipotente.
Os parecerá que ya no hay necesidad de más suposiciones, creyendo buenamente, que las que quedan hechas deben bastar para conseguir el intento principal.
No obstante quedan todavía algunos cabos sueltos, que es necesario atar; y para atarlos bien, se necesitan todavía otras suposiciones, pues es cosa probada, que la suposición es el medio más fácil y seguro para allanar toda dificultad por grande que sea.
Ved ahora el modo fácil y llano con que sucederá en esta opinión el gran castigo de Roma ya idólatra y meretriz, de que habla la profecía.
Aquellos diez reyes, que según suponen los mismos autores, han de ser vencidos por su Anticristo, y sujetos a su dominación, quedando muertos en el campo como arriba dijimos; estos diez reyes, antes de su infortunio (mas estando ya en enemistad y en guerra formal con el Anticristo), sabiendo que Roma, idólatra e inicua, favorece las pretensiones del Anticristo su enemigo, se indignarán terriblemente contra ella, y la aborrecerán, como dice el texto.
En consecuencia de este odio se coligarán entre sí, y unidas sus fuerzas ejecutarán por voluntad de Dios todo lo que anuncia la profecía: éstos aborrecerán a la ramera, y la reducirán a desolación, y la dejarán desnuda, y comerán sus carnes, y a ella la quemarán con fuego.
A poco tiempo después de esta ejecución, estos mismos diez reyes serán vencidos por el Anticristo y sujetos a su dominación, menos tres que habrán quedado no sólo vencidos, sino muertos; con lo cual, así estos diez reinos, como el mismo imperio romano, también vencido por el Anticristo, no obstante que un momento antes se supone aliado y amigo, y por serlo perdió su capital, todo esto, digo, quedará agregado al imperio de oriente o Jerusalén, quedando con esto vencidos todos los obstáculos, y abiertas todas las puertas para la monarquía universal de este vilísimo judío.
El padre Alápide se aparta un poco de la opinión común, pues dice, que la destrucción de Roma sucederá por orden expresa del mismo Anticristo, el cual enviará para esto los diez reyes, después de vencidos y sujetados a su imperio; mas así esto como aquello estriba sobre un mismo fundamento.
A esto se reduce lo que hallamos en los doctores de la segunda opinión, sobre el misterio grande de la ciudad meretriz y su castigo.
Ahora bien, y toda esta agradable historia o todas estas suposiciones, ¿sobre qué fundamento estriban, sobre qué profecía, sobre qué razón, sobre qué congruencia o verosimilitud?
¿Con qué fundamento se asegura, que el imperio romano volverá a ser lo que fue, que Roma, nueva corte del imperio romano, volverá a la grandeza, majestad y gloria que tuvo antiguamente?
¿Que las cabezas de este imperio residentes en Roma serán étnicos o idólatras? ¿Que desterrarán de Roma la religión cristiana e introducirán de nuevo el culto de los ídolos: que Roma ya idólatra se unirá con el Anticristo, rey de los judíos, y favorecerá sus pretensiones; que diez reyes, en fin, o por odio del Anticristo antes de ser vencidos, o de mandato suyo después de vencidos, harán en Roma aquella terrible ejecución?
¿No es esto, propiamente hablando, fabricar en el aire grandes edificios? ¿No podrá pensar alguno sin temeridad, que todos estos modos de discurrir son una pura contemplación y lisonja, con apariencia de piedad?
Diréis, acaso, lo primero, que todo esto se hace prudentemente por no dar ocasión a los herejes y libertinos a hablar más despropósitos de los que suelen contra la Iglesia romana; mas esto mismo es darles mayor ocasión, y convidarlos a que hablen con menos sinrazón, poniéndoles en las manos nuevas armas, y provocándolos a que las jueguen con más suceso.
La Iglesia Romana, fundada sobre piedra sólida, no necesita de lisonja, o de puntales falsos y débiles en sí para mantener su dignidad, su primacía sobre todas las Iglesias del orbe, y sus verdaderos derechos, a los cuales no se opone de modo alguno la profecía de que hablamos.
Acaso diréis lo segundo, que este modo de discurrir de la mayor parte de los doctores sobre esta profecía, es también prudentísimo por otro aspecto: pues también se endereza a no contristar fuera de tiempo y de propósito, a la soberana o madre común, mas por esto mismo debía decirse con humildad y reverencia, la pura verdad.
Lo que parece prudencia, y se llama con este nombre, muchas veces merece más el nombre de imprudencia, y aun de verdadera traición y tiranía. Por esto mismo, digo, debían sus verdaderos hijos y fieles súbditos, procurar contristar a la soberana madre común en este punto, y debían alegrarse de verla contristada, si por ventura viesen alguna señal de contristación: no porque os contristasteis, sino porque os contristasteis a penitencia como decía San Pablo a los de Corinto. Esta contristación, que es según Dios, no puede causar sino grandes y verdaderos bienes; porque la tristeza que es según Dios, (prosigue el Apóstol) engendra penitencia estable para salud; mas la tristeza del siglo engendra muerte.
Cualquier siervo, cualquier vasallo, cualquiera hijo hará siempre un verdadero obsequio y servicio a su señor, a su soberano, a su padre o madre, en contristarlos de este modo; y cualquier señor o soberano, o padre o madre, que no hayan perdido el sentido común, deberán estimar más esta contristación, que todas las seguridades vanas, fundadas únicamente en suposiciones arbitrarias, y conocidamente inverosímiles e increíbles.
Con la noticia anticipada del peligro, podrán fácilmente ponerse a cubierto, y evitar el perecer en él, mas si por no contristarlos, se les hace creer, que no hay tal peligro, la ruina será inevitable, y tanto mayor cuanto menos se tema.
Es bien fácil de notar, a quien quiera dar algún lugar a la reflexión, la conducta extraña y singular con que se procede en este asunto, ciertamente gravísimo quiero decir, la gran liberalidad y suma profusión con que se suponen, como ciertas, muchas cosas que no constan de la revelación; por otra parte, la suma economía y escasez con que se retienen otras muchísimas cosas, en que la misma revelación se explica tanto.
Nadie nos dice, por ejemplo, qué significa en realidad sentarse la mujer de que hablamos sobre una bestia bermeja, llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas, y diez cuernos; y no obstante el misterio parece tan grande, tan nuevo, tan extraño, tan increíble, naturalmente hablando, que el mismo San Juan confiesa de sí, que al ver a la mujer en aquel estado tan infeliz, y tan ajeno de su dignidad, se admiró con una grande admiración: Y cuando la vi (dice), quedé maravillado de grande admiración.
Si, como se pretende, estar sentada la mujer sobre la bestia, no significa otra cosa, que la supuesta alianza y amistad entre Roma idólatra y el Anticristo, parece que el amado discípulo no tuvo razón para tan grande admiración. ¿Qué maravilla es que una ciudad idólatra e inicua favorezca y ayude a un enemigo de Cristo?
Nadie nos dice lo que significa en realidad, y propiedad, la embriaguez de la mujer, que a San Juan se hizo tan notable: vi (son sus palabras) aquella mujer embriagada de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús.
Solamente nos acuerdan por toda explicación, que en Roma se derramó antiguamente mucha sangre de Cristianos, y suponen que será lo mismo cuando vuelva a ser idólatra, y se una en amistad con el Anticristo.
Mas ¿esto basta para llamarla ebria? Lo que produce la ebriedad, y la ebriedad misma, ¿son acaso dos cosas inseparables? ¿No puede concebirse muy bien la una sin la otra?
Cierto que si no hay aquí otro misterio, la palabra ebria parece la cosa más impropia del mundo. Yo no puedo creer, ni tengo por creíble, que la profecía solamente hable de lo material de Roma, o de sus piedras y tierra que recibieron la sangre de los mártires; pues la ebriedad no puede competer a una cosa inanimada, aunque esté llena de lo que causa la ebriedad.
¿Quién ha llamado jamás ebria de vino a una ciudad, solo porque tiene mucho dentro de sus muros? Mas se podrá llamar propiamente ebria de vino, si sus habitadores hacen de este vino un uso inmoderado y excesivo, de modo que produzca en ellos aquel efecto que se llama embriaguez; esto es, que los desvanezca, que los turbe, que les impida el uso recto de su razón.
Lo mismo, pues, decimos a proporción de la ebriedad de la sangre de los santos, que reparó San Juan en la mujer.
Esta ebriedad metafórica no puede consistir precisamente en que haya dentro de Roma mucha sangre de santos, sino en que sus habitadores hagan de esta sangre un uso inmoderado y excesivo; en que esta sangre se les suba a la cabeza y los desvanezca, los desconcierte, los turbe; en que esta sangre los llene de presunción, de nimia confianza, de vana seguridad: y por buena consecuencia los llene de insipiencia, de temeridad, o también de soñolencia y descuido, que son los efectos propísimos de la ebriedad.
La misma profecía explica estos efectos, y esta vana seguridad de la mujer, la cual embriagada de la sangre de los santos, y al mismo tiempo sumergida en gloria y delicias, decía dentro de sí: Yo estoy sentada reina, y no soy viuda, y no veré llanto. Y por esta misma seguridad vanísima (prosigue la profecía), vendrá sobre ella todo lo que está escrito: por esto en un día vendrán sus plagas, muerte, y llanto, y hambre, y será quemada con fuego, porque es fuerte el Dios que la juzgará.
En este sentido, que parece único, estuvo ebria en otros tiempos Jerusalén la cual era entonces nada menos que lo que es ahora Roma, la ciudad santa, y la corte o centro de la verdadera Iglesia de Dios. Estuvo ebria, digo, no solamente de la sangre de sus profetas y justos, que ella misma había derramado, como si esta sangre la debiese poner en seguro, e impedir el condigno castigo, que merecía por sus delitos.
Así la reprende Dios por sus Profetas de esta confianza inordenada, y sumamente perjudicial, que la hacía descuidar tanto de sí misma, y multiplicar los pecados sin temor alguno, diciéndoles: ¿Pues qué, puede el Señor aplacarse con millares de carneros, o con muchos millares de gruesos machos de cabrío?… ¿Por ventura comeré carnes de toros? ¿o beberé sangre de machos de cabrío?
Y por lo que toca a la confianza inordenada y vana de la sangre de sus profetas y justos, el mismo Mesías se explicó bien claramente, cuando les dijo: ¡ay de vosotros, que edificáis y adornáis con gran cuidado y devoción los monumentos o sepulcros de los profetas y justos, y no os acordáis que vuestros padres los persiguieron y mataron, y no consideráis que vosotros sois dignos hijos de tales padres, muy semejantes a ellos en la iniquidad! ¡Ay de vosotros… que edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos! Y decís: si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus compañeros en la sangre de los profetas… llenad vosotros la medida de vuestros padres.
Es claro que el Señor no condena aquí la piedad de los que edificaban y adornaban los monumentos de los profetas y justos, sino su nimia confianza en estas cosas, como si con ellas quedasen ya en plena libertad para ser inicuos impunemente. Así, concluye el mismo Señor diciéndoles, que no obstante esta sangre y estos monumentos de tantos profetas y justos, vendrán infaliblemente sobre ellos todas las cosas que están profetizadas. En verdad digo, que todas estas cosas vendrán sobre esta generación.
Nadie nos dice en suma lo que significa en realidad y propiedad la fornicación de la mujer con los reyes de la tierra.
¡Oh, qué punto tan delicado! Y, no obstante, este punto tan delicado, esta fornicación metafórica debía explicarse en primer lugar, como que es el delito principal y la raíz de todos los otros delitos, de que la mujer es acusada.
Por este delito se le da el nombre de fornicaria, meretriz y prostituta; y por este delito se le anuncia un castigo tan público y ruidoso.
En este punto tan sustancial de la profecía es clarísimo el equívoco o sofisma con que se huye de la dificultad, sin duda por suma delicadeza, dejando encubierta la verdad.
La fornicación en frase de la Escritura (nos dicen todos, como que van muy de prisa, y no pueden detenerse en estas menudencias) no es otra cosa que la idolatría. De esta idolatría con nombre de fornicación reprenden frecuentemente los Profetas a Jerusalén, y por ella la llaman meretriz, fornicaria y prostituta: conque el acusar de fornicación a Roma futura, concluyen seguramente, no es otra cosa que darle en cara con su antigua idolatría, y anunciarle para otros tiempos otra nueva, y por una y otra el mismo castigo.
Mas ¿será creíble, digo yo, será posible, que los que así discurren, aunque vayan de prisa, no vean ellos mismos la suma diferencia entre una y otra acusación?
¿Será posible que siquiera no reparen en la diferencia de cómplices, que tan claramente se nombran en los Profetas y en el Apocalipsis?
La fornicación de Jerusalén, dicen los Profetas, era con los reyes de palo y de piedra.
La fornicación de Roma, dice el Apocalipsis, será con los reyes de la tierra: adulteró con la piedra y con el leño (en frase de Jeremías.) (El Apocalipsis hablando de la mujer, dice): Con quien fornicaron los reyes de la tierra.
¿Es lo mismo dioses o ídolos de palo y de piedra, que reyes de la tierra?
La fornicación de Jerusalén no es ciertamente otra cosa que la idolatría.
Y la fornicación de Roma ¿cuál será? Será, si así quiere llamarse, alguna otra especie de idolatría; mas no terminada en dioses falsos de palo y de piedra, sino en reyes de la tierra vivos y verdaderos; pues estos son los cómplices, clara y expresamente nombrados.
¿A qué viene, pues, aquí la idolatría? ¿E idolatría en frase de la Escritura, y en el sentido en que la entiende todo el mundo?
¿No es éste un equívoco y sofisma claro y manifiesto?
¿No es del mismo modo manifiesto y claro el motivo que tienen los doctores para no explicarse en este punto?
¿Y no es así mismo claro y palpable el daño gravísimo, y las pésimas consecuencias que pueden venir de aquí?
Mientras la reina no viere dentro de sí ídolo alguno, le parecerá que está segurísima, que nada hay que temer, que todo camina óptimamente, porque así se lo dicen sus doctores con óptima intención, y dirá confiadamente en su corazón: Yo estoy sentada reina, y no soy viuda, y no veré llanto: pues la idolatría antigua de Roma es un delito ya muy pasado, y suficientemente purgado.
Consolada con estas reflexiones, parece muy posible y muy fácil, que se descuide en algún tiempo, y que resfriada la caridad, dé lugar a pensamientos indignos de su dignidad, sin hacer mucho escrúpulo en cometer aquellos mismos excesos de que el texto habla; no teniendo por fornicación, lo que no es en realidad. ¡Oh qué consecuencia!
La idolatría de Jerusalén, que fue la principal causa de su ruina en tiempo de Nabuco, es ciertísimo que la llaman fornicación los Profetas de Dios: mas, ¿por qué razón le dan este nombre? ¿Acaso precisamente porque adoraba los ídolos?
Parece que no, porque los mismos Profetas, hablando muchas veces de la idolatría de otras ciudades de las gentes, jamás le dan el nombre de fornicación. Solamente en el profeta Naúm, III, 4, se halla esta palabra hablando de Nínive, a quien llama ramera bella y agraciada; mas por todo el contexto se conoce claramente, que las fornicaciones de esta meretriz no se toman aquí por el culto de los ídolos, sino en otro sentido muy diverso, esto es, por los atractivos, las gracias, los artificios, el dolo y engaño con que Nínive se hacía mirar y admirar de otras naciones circunvecinas, con que las atraía a sí, les daba la ley, las sujetaba a su dominación, y las trataba después con suma crueldad.
A todo esto llama el profeta las fornicaciones de Nínive: por las muchas fornicaciones de la ramera, bella y agraciada, y que tiene hechizos, que vendió las gentes con sus fornicaciones….
Mas la idolatría de Jerusalén, y de todo Israel, tenía una circunstancia gravísima que la hacía mudar de especie; y por esta circunstancia merecía el nombre de fornicación o de adulterio, que de ambos nombres usan indiferentemente los Profetas.
Un autor gravísimo pretende defender a Roma por otro camino bien singular. Dice, que la profecía no puede hablar de Roma cristiana, y lo prueba con esta única razón: si la profecía hablara de Roma cristiana, no la llamara meretriz, ni prostituta, ni fornicaría, sino solamente adúltera, que es el nombre que merece una mujer casada infiel. Así como, añade (y esto es lo más digno de reparo), así como, cuando los Profetas hablan de la idolatría de Jerusalén, que era mujer casada no menos que Roma, le dan el nombre de adulterio, y a ella el de adúltera.
Este sabio, digno por tantos títulos de toda veneración, parece que aquí no consideró bien lo que avanzaba. Es cierto que a la idolatría de Jerusalén, esposa de Dios, le dan los Profetas algunas veces el nombre de adulterio, y a ella de adúltera; mas también es ciertísimo, que si una vez le dan este nombre, veinte veces le dan el nombre de fornicación, y a ella de fornicaría.
Léase, por ejemplo, todo el capítulo XVI de Ezequiel, en que se habla sobre esto de propósito. En este solo capítulo se halla 18 veces la palabra fornicación, y sólo una vez la palabra adulterio; y otra vez, cuando la amenaza que la juzgará con juicio de adúlteras.
Si se lee en los otros Profetas, se hallará ciertamente lo mismo. Casi siempre llaman a la idolatría fornicación, y rarísima vez la llaman adulterio.
De modo, que la palabra adúltera o adulterio, hablando de la idolatría de Jerusalén, apenas se halla diez veces en todos los Profetas juntos: y la palabra fornicación, fornicaria, meretriz, prostituta, y otras semejantes a éstas, se hallan más de cien veces; lo cual es tan obvio y tan fácil de observar a cualquiera, que se me hace duro el detenerme más en esto.
Parece sumamente inverosímil que Roma misma se contente jamás con esta especie de defensa.
Esta circunstancia gravísima era la dignidad misma de la ciudad.
Jerusalén era la capital, la corte y el asiento de la religión. Era el centro de unidad de la iglesia del verdadero Dios, y como tal esposa de Dios mismo, que este nombre le dan las Escrituras mismas. Era, pues, Jerusalén mujer casada, tenía marido propio y legítimo a quien toda se debía, de quien había recibido lo que era, y de quien únicamente debía esperar lo que faltaba.
No obstante este vínculo sagrado, y estas obligaciones indispensables, Jerusalén se resfrió con el tiempo en el amor del esposo: se olvidó de lo que era, y empezó a dar lugar a pensamientos y deseos muy ajenos de su dignidad. Resfriada en la caridad, y perdido por consiguiente el gusto de Dios que en ella se funda, no tardó en mirar con envidia la gloria vana y aparente de las otras naciones, deseando ya ser como ellas, y diciendo dentro de su corazón, lo que el mismo esposo, que escudriña el corazón, le repite por Ezequiel, capítulo XX, seremos como las gentes, y como los pueblos de la tierra, para adorar los leños y las piedras.
Como las otras naciones pensaban y se gloriaban de tener en sus ídolos aquel vislumbre de felicidad, pensó también Jerusalén, ya tibia y relajada, que le sería fácil tener parte en aquella felicidad vana, que envidiaba por medio de los ídolos.
Así, empezó a mirarlos con otros ojos: con ojos, digo, lascivos y de concupiscencia, haciendo, sin duda, una gran violencia a su entendimiento, para poder creer que los ídolos eran alguna cosa real; pues no podía ignorar, que el ídolo es nada en el mundo, y que no hay otro Dios, sino solo uno.
En esta creencia forzada, de que los ídolos eran algo, empezó a hincarles la rodilla, empezó a acariciarlos y a obsequiarlos, a esperar en ellos, a pedirles de aquellos bienes que ya tenía falsamente por tales: empezó, en fin, a temerlos, ya por temor, ya por interés; dos razones fortísimas para una mujer de bajos pensamientos; entabló con ellos aquel comercio abominable que tanto la deshonró, y que fue la causa de todos sus trabajos.
Ahora, señor mío, respondedme con sinceridad: si hubiese otra Jerusalén, otra esposa del verdadero Dios, asunta a esta dignidad en lugar de aquella; otra Ester elegida graciosamente en lugar de la infeliz Vasti; otra dilecta y mucho más que la primera; si esta nueva Jerusalén, si esta nueva dilecta llegase con el tiempo a resfriarse en la caridad, a descuidarse en sus verdaderas obligaciones, a envilecer su dignidad; si fuese notada y acusada formalmente de un comercio ilícito, no ya con dioses de palo y de piedra como la primera esposa, sino con los reyes de la tierra; si el mismo esposo por alguno de sus Profetas le diese a éste tal comercio el nombre de fornicación: ¿qué otra cosa pudiera ni debiera entenderse en este caso, sino aquello mismo en sustancia, mudados solamente los cómplices, que dicen los Profetas, explicando la fornicación de la primera Jerusalén?
Si esto no se entendiera, o no quisiera entenderse, ¿no mereceríamos que nos repitiese el Señor aquellas mismas palabras que dijo a sus discípulos: ¿aun también vosotros sois sin entendimientos?
La fornicación de la primera esposa era con ídolos: era con dioses vilísimos de palo y de piedra: ¿y en qué consistía esta fornicación? Consistía en tenerlos por algo, siendo nada en realidad; consistía en preferirlos o igualarlos al legítimo esposo; consistía en pedirles, en esperar en ellos, en temerlos, en…
Pues aplicad la semejanza, y aplicadla según lo que sabéis: no queráis cerrar los ojos voluntariamente, no queráis haceros desentendidos, y esconder y desfigurar una verdad de tan graves consecuencias.
Lejos está por ahora la piísima y prudentísima madre de indignarse contra quien le dice, con suma reverencia y con íntimo afecto, la pura verdad. Esto sería indignarse contra Dios mismo.
Mucho menos deberá indignarse, si considera que aquí no se habla de modo alguno de Roma presente, sino solamente de Roma futura, que es puntualmente de la que habla la profecía.
No tenemos razón alguna para temer que la cátedra de la verdad sea capaz de pronunciar aquella estulticia, que decía Jerusalén a sus profetas: habladnos cosas que nos gusten, ved para nosotros cosas falsas: ni mucho menos de dar aquella sentencia inicua que dieron los sacerdotes y profetas contra Jeremías (de quienes él se queja por estas palabras): Y hablaron los sacerdotes y los profetas a los príncipes, y a todo el pueblo, diciendo: sentencia de muerte tiene este hombre, porque ha profetizado contra esta ciudad, como lo habéis oído con vuestras orejas.
¡Oh cuántos males, más que ordinariamente pudieran haberse evitado, y pudieran evitarse en adelante, si los que conocen una verdad no la ocultasen o desfigurasen por una contemplación, o respeto, o piedad conocidamente mal entendida; y si a lo menos no se empeñasen tanto contra la verdad!
No ignoramos que muchos de aquellos que llama el Evangelio hijos de la iniquidad, por odio de la Iglesia romana, a quien habían negado la debida obediencia, han abusado monstruosa e imprudentemente de este lugar de la Escritura Santa. Pero ¿qué cosa hay, por verdadera y por santa que sea, de que no se pueda abusar?
Los malos hijos, en lo que han dicho de Roma sobre esta profecía, han dicho injurias, calumnias e invectivas; han mezclado con infinitas fábulas una u otra verdad poco bien entendidas; han avanzado cosas que no es posible que ellos mismos creyesen.
Mas todo esto, ¿qué hace ni qué puede hacer al asunto presente?
Porque algunos han oscurecido algunas verdades, mezclándolas violentamente con fábulas y errores, ¿por eso no deberá ya trabajarse en sacar en limpio estas mismas verdades? ¿Por eso no se podrá ya separar lo precioso de lo vil? ¿Por eso deberemos negarlo todo, pasándonos enteramente al extremo contrario? ¿Por eso no podremos ya tomar un partido medio, que nos aleje igualmente del error funesto y la lisonja perjudicial? ¿Mayormente cuando estos insensatos aplicaban a la Roma presente con calumnias, lo que sólo se puede entender con verdad de la Roma futura?
Lo que decimos de los delitos de la mujer, decimos consiguientemente de su castigo.
Roma, no idólatra, sino cristiana; no cabeza de un imperio romano, solo imaginario, sino cabeza del cristianismo, y centro de unidad de la verdadera Iglesia de Dios vivo, puede muy bien sin dejar de serlo incurrir alguna vez, y hacerse rea delante de Dios mismo, del crimen de fornicación con los reyes de la tierra, y de todas sus resultas.
En esto no se ve repugnancia alguna, por más que muevan la cabeza sus defensores.
Y la misma Roma en este mismo aspecto, puede recibir sobre sí el horrendo castigo de que habla la profecía.
No es menester para esto que sea tomada de los étnicos; no es menester para esto, que vuelva a ser corte del mismo imperio romano, salido del sepulcro con nuevos y mayores bríos; no es menester para esto que los nuevos emperadores destierren de Roma la religión cristiana e introduzcan de nuevo la idolatría.
Todas estas ideas extrañas, todas estas suposiciones imaginarias, son en realidad unas vanas consolatorias, que no pueden ser sino de sumo perjuicio para Roma, si se fía en ellas.
El gran trabajo es (y trabajo digno de llanto inconsolable) que la profecía se cumplirá, según parece, por esto mismo, quiero decir, porque nuestra buena madre se fiará más de lo que debiera de palabras consolatorias, no queriendo advertir que nacen solamente del respeto y amor de sus fieles súbditos, los cuales han mirado, y miran como un punto de piedad y aun de religión, el beatificarla a todas horas, y de todos modos.
¡Oh si nos fuese posible decirle al oído, de modo que aprovechase, aquellas palabras que decía Dios a su antigua esposa, hablo solamente en este punto particular: Pueblo mío, los que te llaman bienaventurado, esos mismos te engañan, y malean el camino de tus pasos.
No señora, no madre nuestra: no caeréis otra vez en el delito de idolatría. No es esta ciertamente la fornicación, que aquí se os anuncia; no os debe dar esto cuidado alguno, está muy lejos de vos, no menos que del texto y contexto de toda la terrible profecía.
Vuestra fe no faltará, y en esto os dicen la verdad todos vuestros doctores; pero mirad, señora, que sin faltar vuestra fe, puede muy bien faltar algún día vuestra fidelidad; sin faltar vuestra fe, puede muy bien verificarse en vos algún día otra especie de fornicación tan metafórica como la fornicación de los ídolos de la primera esposa de Dios, mas no menos abominable en sus divinos ojos, ni menos peligrosa para vos, ni menos funesta para vuestros fieles hijos, ni tampoco menos digna de castigo, y de un castigo tanto mayor cuanto son mayores vuestras obligaciones, y mayor el honor y grandeza verdadera a que os ha sublimado vuestro esposo, el cual habiéndose ido a una tierra distante para recibir allí un reino, y después volverse, os confió y encomendó tanto el gobierno de su casa, y el verdadero bien de su gran familia.
Si en esto os descuidáis algún día, por atender a vos misma, y cuidar de otra grandeza, que ciertamente no os compete, podéis temer, señora, con gran razón, que caiga sobre vos infaliblemente todo el peso de la profecía; mas tu por la fe estás en pie: pues no te engrías por eso, mas antes teme. Porque si Dios no perdonó a los ramos naturales, ni menos te perdonará a ti; escribía San Pablo a los Romanos.
Cuando el Mesías se dejó ver en Jerusalén, es cosa cierta, que no halló en toda ella ídolo alguno. Este delito abominable de la antigua Jerusalén estaba ya corregido, enmendado y purgado suficientemente. Demás de esto, el culto externo, o el ejercicio externo de la religión estaba corriente: el sacrificio continuo, la oración a sus tiempos, los ayunos prescriptos, las fiestas solemnes, el sábado, etc. todo se observaba escrupulosamente; tanto, que algunas observaciones pasaban al extremo de nimiedad; había en ella muchos justos, de que hacen mención los Evangelios; toda la ciudad en suma, era y se llamaba con propiedad la santa ciudad, pues este nombre le da el Santo Evangelio aun después de la muerte del Mesías; con todo eso, Jerusalén estaba entonces en tan mal estado en los ojos de Dios, que el Mesías mismo lloró sobre ella, y no solamente la halló digna de sus lágrimas, sino también de aquel terrible anatema que fulminó contra ella en forma de profecía (diciéndole): vendrán días contra ti, en que tus enemigos te cercarán de trincheras, y te pondrán cerco, y le estrecharán por todas partes. Y te derribarán en tierra, y a tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra…
Esta profecía del hijo de Dios se verificó plenamente pocos años después, ni fue necesario para su perfecto cumplimiento que la ciudad volviese a la antigua idolatría, ni que fuese tomada por algunos príncipes étnicos, que desterrasen de ella la verdadera religión, y substituyesen el culto de los ídolos.
Nada de esto fue necesario. Jerusalén fue castigada, no por idólatra, sino por inicua: no por sus antiguos delitos, sino por aquellos mismos que el Señor la había reprendido máximamente en su sacerdocio, los cuales se pueden ver en los evangelios que bien claros están.
La semejanza, pues, corre libremente por todas partes sin embarazo alguno, y la explicación por sí misma se manifiesta.





