ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

“Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, está siempre rondando en torno vuestro, como un león rugiente, buscando a quien devorar”.
LOS ÁNGELES
Tercera entrega
-Gracia y gloria de los Ángeles
-Su acción sobre otros Ángeles
-Su acción sobre las cosas corporales
-Su acción sobre los hombres
LA GRACIA Y LA GLORIA DE LOS ÁNGELES
Santo Tomás estudia los temas relativos a la gracia y la gloria de los Ángeles en una cuestión dividida en nueve artículos. Consideremos algunos de esos temas.
1º) Los Ángeles no fueron creados en el estado de gloria o de bienaventuranza sobrenatural. (Cierta según la fe, es decir que, aunque esa doctrina no está expresamente definida, se deduce con toda certeza de otras verdades de fe que lo exigen o reclaman así)
El concilio IV de Letrán enseña que “el diablo se hizo malo no por naturaleza, sino por albedrío” (D 427). Pero, si hubiera sido creado en estado de gloria, no hubiera podido pecar, por la absoluta impecabilidad que produce el estado beatífico. Luego…
Santo Tomás distingue entre una bienaventuranza puramente natural, que no excede las fuerzas de la simple naturaleza, y la bienaventuranza sobrenatural, que consiste en la visión beatífica.
La primera la tuvieron los Ángeles desde el instante mismo de su creación, porque la bienaventuranza natural no la adquiere el Ángel por medio de movimientos discursivos —como sucede al hombre— sino de un modo intuitivo y connatural.
Pero la bienaventuranza sobrenatural no pertenece a la naturaleza, sino que es el fin de la naturaleza elevada por la gracia al orden sobrenatural, y el fin no se alcanza súbitamente desde el principio, sino que hay que encaminarse hacia él (I, q. 62, a. 1).
Además, es de esencia de la bienaventuranza sobrenatural su perfecta estabilidad y la confirmación en gracia. Pero los Ángeles no fueron confirmados en gracia desde su creación, puesto que muchos de ellos pecaron y se convirtieron en demonios.
Luego está fuera de toda duda que no fueron creados en el estado de gloria o de bienaventuranza sobrenatural (I, q. 62, a. 1, sed contra).
2º) Los Ángeles no pudieron disponerse a recibir la gloria con sus solas fuerzas naturales, sino que necesitaron para ello el auxilio de la divina gracia. (Cierta según la fe).
Es de fe que la gloria es un beneficio enteramente gratuito de Dios, que trasciende infinitamente las fuerzas de toda naturaleza creada o creable. Consta en multitud de pasajes de la Sagrada Escritura y ha sido expresamente definido por la Iglesia (cf. D 811, 1004, etc.). Luego es cierto, según la fe, que los Ángeles no pudieron disponerse a recibir la gloria con sus solas fuerzas naturales, sino que necesitaron para ello el auxilio de la divina gracia (cfr. I, q. 62, a. 2).
3º) Todos los Ángeles, o sea, tanto los que perseveraron en el bien como los que pecaron voluntariamente, fueron creados en estado de gracia. (Doctrina más probable y casi común).
Santo Tomás: “En la primera producción de las cosas, Dios depositó en las criaturas los gérmenes o semillas de las que, en el transcurso de los siglos, habían de producirse las demás criaturas, como vemos que ocurre en las plantas, en los animales y en el mismo hombre.
Ahora bien: la gracia santificante es con respecto a la bienaventuranza lo que la semilla o el germen es con relación a su efecto natural, por lo que dice San Juan que la gracia es simiente de Dios (I Io. 3, 9).
Luego así como desde el primer instante de la creación de las cosas existen los gérmenes y semillas de todas las demás cosas posteriores, también los Ángeles tuvieron desde el primer momento la gracia santificante, que es la semilla de la gloria a la que todos ellos estaban destinados y que, de hecho, hubieran alcanzado todos si algunos no hubieran pecado voluntariamente” (I, q. 62, a. 3).
4º) Los Ángeles buenos merecieron la gloria o bienaventuranza sobrenatural mediante alguna buena acción realizada con la gracia santificante. (Doctrina más probable y común).
La gloria o bienaventuranza sobrenatural tiene razón de premio y de fin, a diferencia de la gracia santificante, que es un don totalmente gratuito y medio indispensable para alcanzar la vida eterna.
Luego parece lógico y natural que, poseyendo los Ángeles desde el momento de su creación la gracia santificante, merecieran con ella la gloria eterna, puesto que éste es el orden normal de la economía de la gracia.
Dios pudo, sin duda alguna, darles la gloria sin mérito alguno, como hubiera podido también crearlos directamente en el Cielo y confirmarlos en gracia; pero, puesto que no los creó así —como hemos visto en la primera conclusión— parece natural que les diera la gloria a título de premio a los que la merecieron con alguna buena acción procedente de la gracia santificante, v.gr., permaneciendo fieles a Dios y negándose a seguir a los ángeles malos en su rebeldía (I, q. 62, a. 4).
5º) Los Ángeles buenos alcanzaron la gloria o bienaventuranza sobrenatural inmediatamente después del primer acto meritorio realizado con la gracia santificante. (Doctrina más probable y común).
Santo Tomás: “El Ángel alcanzó la bienaventuranza inmediatamente después del primer acto de caridad por el que la mereció. La razón es porque la gracia perfecciona a la naturaleza según el modo de cada naturaleza, ya que toda perfección es recibida en el sujeto perfectible según su modo.
Pero, conforme hemos visto, lo propio de la naturaleza angélica es que no adquiere, su perfección natural por discurso, sino que la obtiene al momento por su propia naturaleza.
Luego por lo mismo que el Ángel, en virtud de su naturaleza, dice orden a su perfección natural, así también en virtud del mérito dice orden a la gloria, y, por tanto, consiguió la bienaventuranza inmediatamente después de haberla merecido”. (I, q. 62, a. 5).
Añade Santo Tomás que el hombre, debido a su naturaleza más imperfecta que la del Ángel, no es capaz de alcanzar al momento su última perfección, y por esto, para merecer la bienaventuranza, le ha concedido Dios un camino más largo que al Ángel.
6º) Los Ángeles bienaventurados son intrínseca y absolutamente impecables. (Cierta según la fe).
Es de fe que la visión beatífica, una vez alcanzada, no puede perderse jamás. Lo definió expresamente Benedicto XII (D 530). De aquí se deduce que los Ángeles y los bienaventurados son intrínsecamente impecables, puesto que, si pudieran pecar, podrían perder la bienaventuranza eterna, lo cual es herético (cfr. I, q. 62, a. 8).
Lo cual en nada disminuye la libertad perfectísima del Ángel, ya que puede emplearse en cosas opuestas en cuanto a hacer o no hacer muchas de ellas, pero conservando siempre el orden de todas ellas a Dios; porque, como ve claramente que Dios es la esencia misma de la bondad, cualquiera que sea la cosa elegida por él, se dirige a ella según Dios, en lo cual no puede haber pecado.
La facultad o el poder de pecar no aumenta la libertad, sino, al contrario, es un defecto y privación de la verdadera libertad, que consiste en moverse sin obstáculo alguno dentro de la línea del bien; por eso el Ángel, que no puede pecar, es mucho más libre que nosotros, que tenemos el triste poder de hacerlo (cfr. I, q. 62, a. 8 ad. 2-3).
7º) Los Ángeles buenos no pueden progresar en la bienaventuranza esencial, pero sí en la accidental. (Doctrina más probable).
Santo Tomás: “Adquirir méritos y progresar pertenece al estado de viador (que es el de los que se encaminan a la patria sin haber llegado a ella, corno los que estamos en este mundo). Pero los Ángeles no son viadores, sino comprensores, o sea han alcanzado y poseen ya la bienaventuranza. Luego no pueden merecer ni progresar en ella, al menos en lo que tiene de esencial. Al que llegó al término se le acabó el camino” (I, q. 62, a. 9).
“Sin embargo, el gozo de los Ángeles puede aumentar a causa de la suerte de los que se salvan por intervención de su ministerio, según aquello del Evangelio: «Hay alegría en los Ángeles del Señor por un pecador que haga penitencia» (Lc. 15,10). Mas este gozo pertenece al premio accidental, que puede aumentar hasta el día del juicio… ” (I, q. 62, a. 9, ad. 3).
ACCIÓN DE LOS ÁNGELES SOBRE LOS OTROS ÁNGELES
Siendo los Ángeles espíritus puros y no habiendo en ellos, por tanto, otra cosa que entendimiento y voluntad, la actividad de unos Ángeles sobre otros habrá de referirse forzosamente a una de esas dos potencias espirituales o a las dos a la vez.
Por eso, al tratar de precisar la actividad que un Ángel puede ejercer sobre otro, los teólogos hablan de la iluminación, moción y locución de los Ángeles entre sí.
1º) Los Ángeles superiores iluminan intelectualmente a los inferiores. (Doctrina más probable y común).
En el sentido en que la tomamos aquí, la palabra iluminar significa la manifestación de una verdad desconocida por vía de magisterio.
Está claro que los Ángeles inferiores no pueden iluminar ni ejercer magisterio alguno sobre los superiores, porque su inteligencia y su conocimiento son inferiores y nada nuevo podrían comunicarles que no sepan los superiores de modo más excelente.
En cambio, es lógico y natural que los superiores iluminen a los inferiores, y esto lo realizan de dos maneras:
a) fortaleciendo su capacidad intelectiva por la simple conversión hacia él de su virtud intelectiva superior,
b) proponiéndole por partes y pormenorizando la verdad que el Ángel superior contempla en una síntesis más universal, con el fin de hacerla comprensible al Ángel inferior, a semejanza de lo que hacen los maestros con relación a sus discípulos (I, q. 106, a. 1 y 3).
Objeto de la iluminación angélica son las verdades ignoradas por los Ángeles inferiores en el triple orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria.
Los Ángeles superiores, por su mayor cercanía a Dios, son iluminados por Él más profundamente acerca de las razones divinas que rigen esos tres órdenes, y estas luces especiales son las que comunican a los Ángeles inferiores en virtud de la caridad en que se abrasan.
En el orden natural, esas luces especiales pueden referirse al conocimiento de los futuros contingentes y de los pensamientos ocultos de los corazones (cuando Dios se los revela a los Ángeles superiores); en el de la gracia, a los medios más oportunos para ejercer su ministerio sobre los hombres conduciéndolos a la salvación eterna; y en el de la gloria, al conocimiento cada vez más profundo del porqué de las obras divinas (I, q. 106, a. 1, ad. 1-2; a. 4).
2º) Ningún Ángel puede mover necesaria y eficazmente la voluntad de otro, aunque pueda inclinarla más o menos ofreciéndole un objeto apetecible. (Doctrina cierta en teología).
Es evidente que ningún Ángel puede mover necesaria y eficazmente (o sea obligándola a querer) la voluntad de ningún otro Ángel o de cualquier otra criatura racional.
La razón, profundísima, es porque la inclinación natural de una cosa solamente puede cambiarla eficazmente el autor de esa misma inclinación natural, como es obvio.
Pero el acto de la voluntad procede siempre, forzosamente, de su inclinación natural hacia el bien, que es su objeto propio.
Por consiguiente, sólo Dios, que dio a la voluntad esa inclinación natural, puede moverla o cambiarla eficazmente; y esto es lo que hace, efectivamente, bajo el influjo de la gracia actual eficaz, que inclina infaliblemente la voluntad del hombre del lado que Dios quiera (cfr. Prov. 21, 1), sin comprometer, no obstante, en lo más mínimo la libertad de la criatura, que procede y es causada por el mismo Dios juntamente con su propia moción eficaz.
Lo único que el Ángel puede hacer con relación a la voluntad de otro Ángel o criatura racional es presentarle un objeto apetecible, ordenado a la bondad de Dios, a modo de excitante para despertar en ella el amor de ese bien.
Pero como sólo el Bien infinito contemplado en sí mismo (visión beatífica) arrastra necesariamente la voluntad, cualquiera que sea ese otro bien que el Ángel puede presentar a otro Ángel, jamás podrá arrastrarle necesariamente, sino únicamente por vía de persuasión ineficaz, que dejará al Ángel inferior en plena libertad de aceptarlo o rechazarlo (I, q. 106, a. 2).
De estos principios se sigue que, por muy grandes que sean las sugestiones y tentaciones diabólicas, jamás podrán arrastrar nuestra voluntad al pecado, si nosotros no queremos ceder voluntariamente a ellas.
La voluntad del hombre, como la del Ángel, es una fortaleza inexpugnable en la que sólo Dios puede penetrar (mediante la gracia actual eficaz), o aquel a quien el hombre quiere abrirle voluntariamente la puerta.
3º) Los Ángeles hablan entre sí con un lenguaje puramente intelectual. (Doctrina cierta en teología.)
Ya se comprende que empleamos aquí la palabra hablar en sentido analógico, o sea en cuanto significa comunicación de las propias ideas a otra persona de cualquier modo que esto se realice.
La Sagrada Escritura alude varias veces a este lenguaje de los Ángeles:
“Los unos (serafines) gritaban a los otros y se respondían: ¡Santo, Santo, Santo, Yahvé Sabaot!” (Is. 6, 3).
“Si, hablando lenguas de hombres y de Ángeles, no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe” (I Cor. 13, 1).
“El Arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo…, dijo: Que el Señor te reprima” (Judas 9).
Santo Tomás dice que un Ángel habla o se comunica con otro dirigiendo u ordenando voluntariamente sus propios pensamientos a la inteligencia del otro. (I, q. 107, a. 1).
De este principio se derivan lógicamente las siguientes consecuencias:
1ª) Los Ángeles inferiores pueden hablar incluso con los superiores, aunque no pueden iluminarlos. Una cosa es iluminar (dar a conocer verdades ignoradas) y otra muy distinta hablar (simple manifestación del propio pensamiento a otra persona, superior o inferior) (I, q. 108, a. 2).
2ª) Por la misma razón, pueden los Ángeles hablar con Dios, no porque Dios necesite que se le manifieste lo que el Ángel piensa (pues penetra perfectamente la inteligencia de todos ellos), sino para consultar el Ángel la divina voluntad sobre las cosas que se han de hacer o para admirar la excelencia divina, que nunca llegará a comprender (I, q. 108, a. 3).
3ª) La distancia local no influye para nada en el lenguaje de los Ángeles, pues la inteligencia prescinde en absoluto de la extensión y del espacio (I, q. 108, a. 4).
4ª) La conversación que un Ángel mantiene con otro no es percibida por todos los demás, sino únicamente por aquel o aquellos a quienes el Ángel locutor quiera ordenar o dirigir sus locuciones (I, q. 108, a. 5).

ACCIÓN DE LOS ÁNGELES SOBRE LAS COSAS CORPORALES
Que los Ángeles buenos o malos ejercen su benéfica o maléfica influencia incluso sobre las cosas corporales es tradición universalísima y común a todas las religiones, lo cual hace presumir que esa creencia se debe al influjo de alguna primitiva revelación.
Santo Tomás admite esta influencia, y la razona diciendo que, así como los Ángeles inferiores, que tienen formas menos universales, son regidos por los superiores, así todas las cosas corporales son regidas por los Ángeles. (I, q. 110, a. 1).
Al concretar el modo y la extensión de esta acción de los Ángeles sobre las cosas corporales establece Santo Tomás las siguientes precisiones:
1ª) Las cosas corporales no obedecen sin más al arbitrio o simple voluntad de los Ángeles buenos, ni mucho menos al de los malos. Los Ángeles no tienen poder alguno creador, ni pueden transformar substancialmente, con sólo el imperio de su voluntad, unos seres materiales en otros; pero pueden utilizar las causas naturales para producir rápidamente sus efectos propios (v.gr., hacer germinar las plantas en poquísimo tiempo) y producir con ello efectos sorprendentes y aparentemente milagrosos. El poder de crear y de suplir por entero las causas propias de tales efectos es propio y exclusivo de Dios (I, q. 110, a. 2; a. 4 ad. 3).
2ª) Tampoco pueden obrar por cuenta propia verdaderos y propios milagros, aunque sí como instrumentos de Dios, como ocurre con los mismos hombres. La razón es porque el verdadero milagro trasciende, por propia definición, las fuerzas de toda naturaleza creada o creable, ya que supone una alteración de las leyes de la naturaleza, que sólo puede realizarla el mismo Dios como autor de esa naturaleza, o alguien en su nombre y con el divino poder. (I, q. 110, a. 4).
3ª) Los Ángeles buenos o malos pueden mover localmente las cosas corporales trasladándolas de un lugar a otro. Hay varios ejemplos en la Sagrada Escritura: v.gr., el diablo trasladó a Cristo al pináculo del templo y a un monte muy alto (Mt. 4, 5 y 8); un Ángel arrebató a San Felipe de la presencia del eunuco bautizado (Act. 8, 39), etc. No hay inconveniente alguno en ello, ya que esto no es un verdadero milagro ni trasciende las fuerzas naturales del Ángel (I, q. 110, a. 3).
ACCIÓN DE LOS ÁNGELES SOBRE LOS HOMBRES
Veremos ahora lo que pueden hacer los Ángeles buenos o malos sobre los hombres en general. Luego consideraremos la cuestión de los Ángeles Custodios del hombre.
1º) Los Ángeles buenos pueden iluminar intelectualmente a los hombres. (Doctrina cierta y común.)
Lo insinúa claramente la Sagrada Escritura en multitud de textos y lo razona Santo Tomás diciendo que pertenece al orden de la divina Providencia que los seres inferiores estén sometidos a la acción de los superiores; y, siendo los hombres inferiores a los Ángeles, son iluminados por éstos, así como los Ángeles superiores iluminan a los inferiores (I, q. 111, a. 1).
De ordinario, esta iluminación la hace el Ángel a través de imaginación (ya que no puede penetrar directamente en el entendimiento) proponiéndole al hombre las verdades inteligibles bajo semejanzas de cosas sensibles.
A veces, el que la recibe percibe esta iluminación como procedente del Ángel, como les ocurrió al patriarca Abrahán (Gén. 22, 11) y a San José (Mt. 2, 13); pero de ordinario se recibe la iluminación sin advertir su procedencia angélica.
¡Cuántas veces le sorprenderán al hombre ráfagas de luz divina sobre las cosas que ha de creer y obrar, sin advertir que le vienen de su Ángel custodio! (I, q. 111, a. 1 ad. 1 y 3).
2º) Los Ángeles buenos o malos no pueden obrar directamente sobre la voluntad de los hombres, obligándola a querer o no querer alguna cosa; pero pueden influir en ella indirectamente, por vía de persuasión intelectual o excitando las pasiones corporales. (Doctrina cierta y común).
Santo Tomás: “La voluntad del hombre puede ser movida de dos modos:
a) Desde dentro de ella misma; y de este modo, como el movimiento de la voluntad no es otra cosa que la inclinación de la misma hacia el objeto querido, sólo Dios es capaz de moverla intrínsecamente, por ser Él quien da a la naturaleza intelectual la virtud de tal inclinación; pues así como la inclinación natural no procede sino de Dios, que da la naturaleza, así la inclinación voluntaria no viene más que de Dios, que es causa de la voluntad.
b) Desde fuera de ella; y esto lo puede hacer el Ángel tan sólo por el bien aprehendido por el entendimiento.
De donde se sigue que en cuanto es posible ser causa de que algo se conciba por el entendimiento como bueno para ser apetecido por la voluntad, en tanto se puede mover de este modo la voluntad.
Pero así sólo Dios es capaz de mover eficazmente la voluntad; el Ángel y el hombre sólo pueden moverla por persuasión.
Queda otro modo exterior por el que puede la voluntad del hombre ser movida, que es por la pasión del apetito sensitivo; así se inclina la voluntad, por ejemplo, cuando quiere algo a impulsos de la concupiscencia o de la ira.
Y también de este modo puede el Ángel mover la voluntad, en cuanto puede excitar tales pasiones; sin que pueda llegar nunca, sin embargo, a rendirla así por fuerza, puesto que la voluntad permanece siempre libre para consentir o para resistir a la pasión (I, q. 111, a. 2),
3º) Los Ángeles buenos o malos pueden actuar sobre la imaginación del hombre y sobre los demás sentidos internos y externos. (Doctrina cierta y común).
Los Ángeles, en efecto, son capaces de excitar con su poder natural la imaginación del hombre. Para ello basta sencillamente con que conmuevan o alteren ciertos humores corporales, cuyo movimiento afecta inmediatamente a la imaginación. Pues así como esto acontece a veces por la conmoción natural de esos humores y otras veces por la voluntad del hombre, que imagina voluntariamente lo que antes había sentido, así también puede acontecer esto por influjo de los Ángeles buenos o malos, ya sea durante el sueño, ya en estado de vigilia (I, q. 111, a. 3).
Esto mismo puede aplicarse a los demás sentidos internos: al sentido común, la memoria y la facultad estimativa o instinto.
En cuanto a los sentidos externos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) pueden los Ángeles buenos o malos excitarlos de dos maneras:
a) poniéndolos delante sus objetos sensibles propios, ya sea tomándolos de la naturaleza o formándolos ellos mismos como cuando se aparecen en forma corporal;
b) excitando los centros nerviosos que ponen en contacto esos sentidos externos con el cerebro y produciendo con ello la misma sensación que hubieran producido en ellos los objetos externos correspondientes. (I, q. 111, a. 4).
En virtud de los principios establecidos en estas tres últimas conclusiones, he aquí algunas de las cosas que permitiéndolo Dios pueden hacer naturalmente los Ángeles buenos o malos:
a) En la vida vegetativa: favorecer o impedir la generación, la nutrición, las enfermedades, etc.; pero no resucitar a un verdadero muerto, ni hacer ninguna otra cosa que rebase las fuerzas de la naturaleza angélica (a no ser milagrosamente, en cuanto instrumentos de Dios).
b) En la vida sensitiva: pueden producir movimientos carnales, sensaciones, dolores, ira, etc.; pueden impresionar los sentidos externos (visiones, olores, tactos, etc.) y los internos, sobre todo la imaginación (alucinaciones) y la memoria sensitiva.
Toda imagen tiene su fuente en una sensación.
Sólo una imagen adquirida sensiblemente puede ser evocada en la imaginación gracias a una acción sobre el organismo.
De allí la importancia de la mortificación de los sentidos.
c) En la vida racional: no pueden obrar directamente sobre la inteligencia, pero sí reforzar su acción por imágenes o esclareciendo las poseídas. Pueden mover indirectamente el entendimiento a través de la imaginación y solicitar por vía de persuasión a la voluntad, presentándole objetos apetecibles, etc. Pero de ninguna manera pueden arrastrar por la violencia al entendimiento ni a la voluntad, que permanecen siempre libres de toda acción directa, a excepción de la de Dios.
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