CONSERVANDO LOS RESTOS II
Quinta entrega

EL SEMIPELAGIANISMO
Después de la condenación del pelagianismo, pronunciada por los sínodos africanos, por San Agustín, San Jerónimo y, sobre todo, por el Papa, parecía vencida esta nueva herejía. Pero las doctrinas sobre la suficiencia del hombre habían echado hondas raíces en algunos espíritus, y así, produjeron una serie de manifestaciones, conocidas entonces como doctrina de los marselleses o galicanos y hoy como semipelagianismo.
1. En el África del Norte. La primera manifestación tuvo lugar en África mismo, y la ocasión fue la doctrina expuesta por San Agustín. Esta doctrina sobre el poder absoluto de Dios pareció algo dura a algunos monjes de Adrumeto de África, pues suponían falsamente que quitaba al hombre su libertad. Esto les escandalizaba de un modo especial en la carta del Santo al presbítero romano Sixto, que luego fue papa. Por esto sintetizaban su dificultad con estas palabras: «¿Para qué se nos predica y se nos manda que nos apartemos del mal y hagamos el bien, si esto no lo hacemos nosotros, sino que es Dios el que opera en nosotros el querer o hacer el bien?» Movidos, pues, por estas dificultades, los monjes de Adrumeto se dirigieron a San Agustín pidiéndole explicaciones.
Entonces respondió San Agustín ampliamente en dos tratados magistrales, que completan su doctrina sobre la gracia. Estos fueron: Sobre la gracia y la libertad humana y Sobre la corrección y la gracia. En estas obras establece el santo Doctor, en primer lugar, la existencia de la libertad, fundada en la Sagrada Escritura. Sin embargo, esta libertad no quita la intervención de Dios, necesaria para todas nuestras obras, la cual se compadece perfectamente con la libertad humana. «No existe —dice el Santo— obra ninguna de piedad si Dios no obra que nosotros queramos y si no coopera cuando nosotros queremos». Con estas explicaciones parece se aquietaron los monjes africanos. En realidad, no sabemos que retoñara en África la misma dificultad.
2. Doctrina de los marselleses. Cuando todo parecía apaciguado, surgió una nueva tempestad mucho más seria que la anterior. El centro de esta nueva oposición se hallaba en los monasterios de San Víctor de Marsella y en el de Leríns. Su promotor principal era el abad Juan Casiano, que gozaba entonces de gran prestigio en todo el Occidente. El último escrito de San Agustín, Sobre la corrección y la gracia, ofreció la ocasión.
La doctrina en él expuesta sobre la predestinación parecía a Casiano tan exagerada, por un extremo, como la de los pelagianos por el otro. «Dios —afirma— no ha podido dejar al hombre en la impotencia de querer y de obrar el bien». En realidad, sostenían los partidarios de esta nueva ideología, depende del hombre la primera elección, el primer impulso hacia el bien, el initium fidei. Dios ofrece indistintamente a todos los auxilios necesarios y suficientes para obrar el bien. El que unos se salven y otros no, esto depende exclusivamente del hombre. Sólo así se salva la libertad humana.
Con esta doctrina, que, a semejanza de la pelagiana, tanto halaga la vanidad humana, atrajo Casiano muchos partidarios. Por poco que se la examine, es un pelagianismo vergonzante, por lo cual, aunque entonces fue designada como la doctrina de los marselleses o de los galicanos, más tarde, en el siglo XVI, fue denominada semipelagianismo. Casiano y los suyos formaron escuela, que fue adquiriendo prestigio gracias al ascendiente de que gozaba el monasterio de San Víctor. Por esto se juntó bien pronto el de Leríns, no muy lejano, que se constituyó en adelante en centro poderoso de esta ideología.
3. Oposición a la doctrina semipelagiana. Frente al avance de estas doctrinas levantaron la voz principalmente dos personas: Hilario, originario del África, y Próspero, de Aquitania, ambos laicos, pero muy versados en cuestiones teológicas. Sin embargo, no atreviéndose a contradecir directamente a un hombre tan autorizado como Casiano, abad de San Víctor, se dirigieron a San Agustín, exponiéndole las nuevas corrientes de ideas y suplicándole su intervención. El Obispo de Hipona comprendió inmediatamente el parentesco de estas ideas con las ya anatematizadas del pelagianismo, y sobre todo se alarmó ante el peligro que podría significar para el Occidente si este foco de pelagianismo vergonzante adquiría consistencia, lo cual era más de temer teniendo presente el prestigio de sus promotores, los monjes de San Víctor.
Por todas estas razones, Agustín, ya de avanzada edad, escribió durante los años 428 y 429 sus obras básicas Sobre el don de la perseverancia y De la predestinación de los santos. En ellas presenta abiertamente su opinión, según la cual la predestinación depende únicamente del beneplácito de Dios.
Naturalmente, esto no satisfizo a los monjes de Marsella, y así, tanto Casiano como sus discípulos, continuaron aferrados a sus opiniones. Sin embargo, por el respeto que sentían todos hacia San Agustín, no quisieron, mientras él vivió, oponérsele directamente. Mas no tuvieron que esperar mucho tiempo. Muerto el Santo el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos, volvieron los marselleses a la carga, haciendo mayor propaganda de su ideología. Para concretar más la doctrina que ellos impugnaban, resumieron tendenciosamente en 15 puntos la de San Agustín, exagerando algunos extremos de la misma. Sobre todo insistieron en el punto en que siempre habían insistido y que tantas veces les había rebatido San Agustín: que la doctrina de éste no era compatible con la libertad, y que solamente admitiendo que el hombre con sus propias fuerzas puede determinarse hacia el bien, es decir, puede poner el initium fidei, se salva la libertad del hombre y la verdadera voluntad de Dios de que se salven todos los hombres.
Entretanto, Próspero e Hilario, los adalides de la causa católica, no se arredraron ante esta intensificación de la campaña semipelagiana. Sintiéndose sinceramente defensores de la ortodoxia, después de la muerte de San Agustín, intensificaron su actividad contra la doctrina de los marselleses. Próspero compuso una epístola titulada Sobre la gracia y el libre albedrío, y aun un poema, De los ingratos. Pero su calidad de laicos restaba autoridad a sus palabras, por lo cual se dirigieron a Roma, al papa Celestino, en demanda de remedio.
Como los tiros de los marselleses iban dirigidos contra San Agustín, no fue difícil mover al Papa a que tomase su defensa. Así, pues, en un escrito dirigido a los obispos de las Galias exponía la verdadera doctrina católica, ensalzando particularmente a San Agustín, si bien no se defienden todas sus opiniones. Naturalmente, con esto no se dieron por vencidos los marselleses, y así continuó la campaña más vehemente todavía por ambas partes. Al lado de Casiano pusiéronse, entre otros, los presbíteros Gennadio de Marsella, Fausto de Riez y Vicente de Leríns.
Vicente de Leríns fue indudablemente quien más se distinguió al lado de Casiano. Su primer trabajo fue el titulado Objeciones, que eran las que él oponía a los ortodoxos. Contra este tratado escribió Próspero de Aquitania una obra magistral: Respuestas de San Agustín a los capítulos de las objeciones vicentinas. Entonces fue cuando Vicente de Leríns compuso su célebre Conmonitorio, en donde se propone el famoso argumento de que ante la autoridad de un maestro, por muy estimado que sea, debe ser preferida la tradición cristiana general e inmutable. Esta se condensa en aquella frase: «quod ubique, quod semper, quod ab omnibus». Naturalmente, la dificultad estaba en la discusión particular que aquí se debatía, en determinar quién representaba la verdadera tradición.
A este propósito es bueno observar que llama extraordinariamente la atención la buena fe con que Casiano y sus discípulos defendieron aquellas ideas semipelagianas. No hay duda que, por lo demás, eran buenos teólogos y defendieron decididamente la causa católica con un criterio excelente. Pero en este punto se ofuscaron, siguiendo rumbos sumamente peligrosos. Por otra parte, San Agustín y sus continuadores supieron defender la verdadera doctrina y trabajaron incansablemente por descubrir los errores contrarios, hasta conseguir fueran solemnemente condenados.
4. Suerte final del semipelagianismo. Con esto se formaron dos tendencias o partidos, que combatieron denodadamente durante todo el siglo por sus respectivas ideas. Muerto el abad Casiano en 432, sus discípulos continuaron defendiendo sus ideas; pero al poco tiempo se marcó la tendencia a desfigurar la doctrina de San Agustín. En este sentido es célebre el tratado anónimo con el título Praedestinatus, que atribuye al santo Obispo de Hipona la doctrina de la más estricta predestinación doble. Por tanto, que Dios predestina a ciertos hombres a su condenación eterna, y, en consecuencia, no reciben gracia ninguna y se condenan sin remedio.
De hecho, defendió esta doctrina un tal Lúcido, por lo cual Fausto de Riez obtuvo su condenación en un sínodo de Arlés de 475. Pero entonces el mismo Fausto escribió su célebre tratado Sobre la gracia de Dios y el libre albedrío del hombre, donde ciertamente habla con respeto de San Agustín, pero defiende más crudamente que Casiano en sus Colaciones los errores marselleses o semipelagianos. Según él, a nosotros nos pertenece el querer, a Dios el completar.
Sobre todo impugnaron sus ideas acerca de la gracia los monjes escitas de Constantinopla. Movido por ellos, Fulgencio de Ruspe (f 533), obispo africano desterrado de Constantinopla, compuso una obra voluminosa contra Fausto (hoy día desaparecida), y, vuelto del destierro, otra, Sobre la predestinación y la gracia de Dios, donde defiende, en nombre de los obispos ortodoxos, la doctrina de San Agustín y la proclama frente a los marselleses, a quienes designa como «hermanos errantes».
Del mismo modo defendieron la causa ortodoxa en las Galias el obispo San Avito de Vienne (490-523) y sobre todo Cesáreo de Arlés (501-542), autor de la célebre obra, dirigida contra Fausto de Riez, Sobre la gracia y el libre albedrío.
En esta forma siguieron las cosas hasta muy entrado el siglo VI. Pero entonces el nuevo adalid de la causa católica, Cesáreo de Arlés, consiguió se reuniera en 529 un sínodo en Orange (Arausicanum II), y en él se condenaron en 25 cánones las doctrinas pelagianas y semipelagianas. Con la aprobación de parte de Bonifacio II recibieron estos cánones la autoridad conciliar.
Nestorianismo
San Cirilo de Alejandría. Concilio de Éfeso (431), tercero ecuménico
Al mismo tiempo tomaban en Oriente un nuevo giro mucho más peligroso las luchas cristológicas. Recuérdese lo que dijimos en otro lugar sobre el principio de la herejía de los apolinaristas. Apolinar, que para explicar la unión mutilaba la naturaleza humana de Cristo, fue condenado en el concilio ecuménico de Constantinopla de 381. Según lo definido en este concilio, la naturaleza humana de Cristo es completa.
I. La herejía nestoriana
Mas de aquí arranca el principio del nestorianismo, que no es otra cosa sino una reacción contra la doctrina de Apolinar.
1. Doctrina de las dos personas. La escuela de Antioquía tomó tan a pechos la defensa de la naturaleza completa de Cristo, que, yendo al extremo opuesto, comenzó a proponer la teoría de que tanto la naturaleza humana como la divina eran tan completas, que formaban dos supósitos independientes, dos personas, unidas de una manera accidental. Así, pues, Cristo es Dios y hombre, pero formando un compuesto de dos personas distintas.
Los primeros que comenzaron a proponer esta doctrina fueron Diodoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia en el seno de la escuela de Antioquía, de la que eran miembros ilustres. En toda su concepción no hay duda que el punto más vulnerable es la manera de realizarse la unión de las dos naturalezas. En sus lucubraciones, la presentan como una habitación de la divinidad en la naturaleza humana como en un templo. Otras veces hablan de una íntima superposición, como de un vestido íntimamente ceñido a la persona. La unión que resulta la denominaban auvácpeia, es decir, conjunción, o unión puramente extrínseca y accidental. Por esto, cuando hablan de unidad en Cristo, no entienden una unidad personal, sino simplemente unidad accidental y extrínseca.
2. Primera manifestación de la herejía. Nestorio. Sin embargo, durante algún tiempo, esta ideología no traspasó los límites privados de la escuela ni trascendió para nada al público cristiano. Nestorio fue quien comenzó a darle publicidad, y al fin le dio también su nombre, por lo cual nestorianismo es sinónimo de doctrina sobre las dos personas en Cristo.
Nestorio había abrazado la vida monástica, y como monje alcanzó en Antioquía gran renombre de ardiente predicador. Por esto se llegó a designarlo como «un segundo Crisóstomo», por la ardorosa elocuencia que desbordaba de sus labios. Elegido patriarca de Constantinopla el año 428, redobló desde entonces su celo en la instrucción del pueblo y en la lucha contra las diversas herejías. En toda su actuación se presentaba siempre como hombre profundamente religioso, reformador del pueblo y aun del clero, y con su vida ascética y el fuego de su palabra enardecía y fascinaba a los que le escuchaban.
La contienda propiamente tal tuvo principio cuando un presbítero de la confianza de Nestorio expuso en público sermón la idea de que la Santísima Virgen María no era verdadera madre de Dios. El pueblo, que amaba y veneraba a María precisamente bajo este título, fundamento de toda su grandeza, protestó tumultuariamente delante del patriarca Nestorio. Este, pues, tuvo que dar explicaciones, las cuales venían a resumirse así: la Virgen María es madre de la naturaleza humana de Cristo. Por tanto, la podemos llamar madre de Cristo; mas de ninguna manera pudo haber engendrado a la naturaleza divina, eterna e igual al Padre, por lo cual no es Θεοτόκος, Madre de Dios. La Virgen, pues, había dado a luz al hombre en el que habitó el Verbo, el Hijo de Dios.
No hay duda que con esto la cuestión quedaba planteada con toda su crudeza, y aun se tocaban sus desastrosas consecuencias prácticas. Según esto, la humanidad de Cristo, que fue la que sufrió los dolores de la pasión, no pudo redimir al mundo con una redención superabundante e infinita, pues era limitada. La redención, pues, quedaba con esto destruida. No se podía decir que el Verbo se había hecho carne, ni aplicarle otras muchas expresiones del Evangelio; pues por mucho que quiera ponderarse la unión moral de las dos personas, divina y humana, en Cristo, no se conseguirá que las acciones de la persona humana se atribuyan con toda propiedad a la persona divina. La Virgen María, conforme a esta doctrina, es madre de la persona humana de Cristo y nada más.
II. OPOSICIÓN ORTODOXA. SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA
1. Primeros impugnadores. Respuesta de Nestorio. El presbítero Eusebio, futuro obispo de Dorilea, que tanto debía distinguirse en las diversas contiendas cristológicas, fue el primero en abrir la campaña contra esta herejía. Siguióle su amigo Proclo, que también sobresalió siempre en la defensa de la ortodoxia. Igualmente salieron otros escritores ortodoxos en defensa de la verdad, con todo lo cual comenzaron a alarmarse los antioquenos.
La respuesta de Nestorio fue muy característica de todo su sistema, y es conveniente tenerla muy presente en este lugar, ya que modernamente algunos críticos, aun del campo católico, parecen complacerse en ponderar su mansedumbre y buena fe. Una nota, ciertamente, lo caracteriza y ha dado pie a estas suposiciones: un aire de superioridad frente a todos sus impugnadores, que no le dejaba siquiera atender a sus razones. Esto fue sumamente fatal en todo el decurso de la discusión, pues ni siquiera ante las decisiones del Papa y del concilio supo Nestorio doblegarse.
Por esto, ya en este primer estadío de la controversia, dando por supuesto que cierto número de monjes que se oponían a sus ideas eran perturbadores del orden público, acudió al brazo secular, procuró conquistar en favor suyo la autoridad pública, hizo prender y tratar duramente a dichos monjes y prosiguió enérgicamente la campaña en favor de sus ideas. Queriendo convencer de ellas, incluso al Romano Pontífice, el año 429 escribió al papa Celestino I (422-432), mandándole, entre otras cosas, una amplia colección de sus homilías. Al recibir el Papa toda esta información, a pesar de que él, como buen teólogo que era, vio bien claro el peligro de la nueva herejía, sin embargo envió los escritos al célebre Casiano, abad del monasterio de San Víctor de Marsella, suplicándole diera sobre ello su dictamen.
2. Interposición de San Cirilo de Alejandría. Mientras llegaba el dictamen de Casiano, recibiéronse en Roma otras noticias importantes. Estas venían de Cirilo, patriarca de Alejandría, quien con su carácter intrépido y su clara inteligencia estaba destinado a dirigir toda esta controversia frente a Nestorio. Sin embargo, al lado de la decisión y vehemencia con que peleó toda su vida por la causa católica, supo emplear también, sobre todo en los últimos años de su vida, la suavidad y blandura cristianas. Con esto podemos afirmar que San Cirilo de Alejandría es uno de los teólogos más eminentes de la escuela alejandrina, el teólogo de la Encarnación. Así, se nos han transmitido de él escritos trascendentales no sólo en el campo dogmático y polémico, sino en la exégesis bíblica y en la defensa de la maternidad divina de María.
Como patriarca de Alejandría, Cirilo se enteró bien pronto de las nuevas doctrinas de Nestorio, que comenzaban a introducirse entre los monjes de Egipto, y desde el primer momento se decidió a proceder con energía. Tal vez contribuyera a la energía con que Cirilo comenzó y siguió la campaña contra Nestorio cierta tensión y competencia entre las dos sedes de Constantinopla y Alejandría y entre las dos escuelas rivales, antioquena y alejandrina. Pero no hay duda que en el fondo le movió siempre el deseo de defender la ortodoxia católica.
Así, pues, comenzó descubriendo públicamente la nueva herejía, pero sin citar nombre ninguno. Mas, viendo que todo era inútil, se decidió él también a acudir a Roma en demanda de socorro. Para ello envió a su diácono Posidonio, bien documentado con toda clase de testimonios, informaciones y aun tratados teológicos.
3. Primera actuación del papa Celestino I. De esta manera el papa Celestino I quedó bien informado de la verdadera situación. De ambas partes le habían llegado memoriales y documentos informativos. Entretanto, había llegado igualmente a sus manos el dictamen del abad Casiano sobre los escritos y la doctrina de Nestorio, dictamen enteramente desfavorable al mismo. Por esto llegó fácilmente al conocimiento y comprensión de la extrema gravedad de aquel asunto.
La mejor prueba de esta comprensión de Celestino I es, que inmediatamente tomó una serie de medidas enérgicas en orden a dar una solución rápida a la cuestión que se debatía. Así, ya en el verano de 430 reunió un sínodo en Roma, en el cual hizo proclamar la tradición ortodoxa contra las innovaciones de Nestorio. Mas no se contentó con esto. Como el mal estaba en Oriente, quiso poner también allí remedios eficaces. Para ello escribió inmediatamente dos célebres cartas. La primera, a San Cirilo de Alejandría, en la que lo nombraba delegado suyo en toda esta cuestión, facultándole para comunicar a Nestorio y a sus partidarios los puntos de la doctrina ortodoxa que él debía subscribir, en conformidad absoluta con las decisiones del sínodo de Roma que acababa de celebrarse. La otra carta era para el mismo Nestorio. En ella el Papa le ordenaba que se sometiera en todo a la decisión del patriarca de Alejandría, nombrado juez de aquella controversia.
4. Anatematismos de San Cirilo. Entonces fue cuando inició San Cirilo su intervención directa y oficial, por así decirlo, en este asunto. Con la autoridad y mandato del Papa, reunió San Cirilo el mismo año de 430 un sínodo en Alejandría en el que se compusieron bajo su inspiración los célebres 12 Anatematismos, que por eso mismo se designan como de San Cirilo. Estos Anatematismos, como resumen de la doctrina católica opuesta a sus errores, fueron enviados inmediatamente a Nestorio, con la orden expresa de que los subscribiera.
Humanamente hablando, era lo menos a propósito para inclinar a Nestorio a la sumisión. La humillación para él no podía ser mayor. Acostumbrado a imponer en todo su voluntad, ahora se veía de repente ante una intimación clara y precisa de aceptar aquella serie de proposiciones contrarias a su propia ideología. Ya prevenido contra la escuela de Alejandría y contra San Cirilo, encontraba Nestorio varias expresiones en los Anatematismos, que en la mente de San Cirilo tenían un sentido ortodoxo, pero se prestaban a falsas interpretaciones, conformes con la tendencia de los alejandrinos, que luego condujo al monofisitismo. San Cirilo en los Anatematismos habla de unión física de las dos naturalezas y emplea la expresión una naturaleza del Verbo de Dios hecho carne. Sin duda, estos modos de hablar pueden dar pie a una interpretación monofisita. Aprovechándose, pues, Nestorio de este asidero, respondió inmediatamente con sus 12 Antianatematismos, en los cuales refutaba la supuesta herejía de San Cirilo. Por tanto, no sólo no se sometía, sino que volvía la acusación contra el juez nombrado por el Papa.
Entonces también comenzaron a intervenir dos personajes que desempeñaron luego un papel muy importante: el patriarca Juan de Antioquía, quien al principio trató de inducir a Nestorio a que se sometiera, pero que después se puso más bien de su parte. Asimismo Teodoreto de Ciro, amigo personal de Nestorio, el cual estaba molesto por las expresiones de San Cirilo de sabor monofisita, y durante mucho tiempo estaba convencido de que aquél defendía una sola naturaleza en Cristo. En esta suposición, escribió Teodoreto un trabajo contra los Anatematismos y desarrolló luego una grande actividad en defensa de la ortodoxia. Ya se verá más adelante cómo se deshizo, finalmente, el confusionismo en que se habían colocado Juan de Antioquía y Teodoreto de Ciro, quienes en todo procedieron de la mejor buena fe.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
