CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO III

LA SOCIEDAD CONYUGAL

UNIDAD DEL MATRIMONIO

CUARTA ENTREGA

INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO

El matrimonio es uno e indisoluble por la ley de naturaleza y por derecho cristiano.

Mas nótese un hecho, que se refiere a la distinta posición de la Iglesia con respecto a estas dos propiedades.

Mientras la Iglesia no ha transigido jamás en la cuestión de la unidad, ha consentido, en circunstancias especiales que luego indicaremos, que se resolviese y anulase el vínculo conyugal.

Pero siempre que se ha tratado de un matrimonio legítimamente contraído entre cristianos, y en este matrimonio se ha puesto el acto natural para la procreación de los hijos, lo que hace el matrimonio consumado, la iglesia ha sido tan irreductible como en la cuestión de la unidad.

Ved, sino: si en algún caso debía transigir la Iglesia, parece debía ser cuando interviniese la razón de Estado en los matrimonios de los monarcas cristianos.

No lo hizo jamás. Nicolás I levanta su voz contra Lotario, que quería repudiar a Tietberga, para unirse a Valdrada; Urbano II y Pascual II no consintieron que Felipe I de Francia, repudiada su mujer Berta, casara con otra; Celestino III e Inocencio III se negaron a las locales veleidades de Felipe Augusto de Francia, quien después del repudio de Ingelburga, quería casar con Inés de Mercania; Clemente VII y Paulo III se resignaron a perder Inglaterra antes que sancionar el divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón; el mansísimo Pío VII, desterrado y prisionero, supo negarse a las pretensiones del omnipotente Napoleón I, de que autorizara su enlace con la hija de un emperador, repudiada su primera mujer.

¿Cómo podían los Papas, mandatarios y Vicarios de Cristo, acceder a lo que veda terminantemente el mismo Cristo? Porque es el Señor quien dijo: Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, es adúltero, como lo es la mujer que deje a su marido para juntarse a otro (Mc., X, 11-12).

La mujer, dice a su vez San Pablo, está ligada a la ley mientras el marido vive; si el marido muere, entonces queda libre de la ley del marido; de manera que no es adúltera si estuviere con otro marido (Rom., VII, 2-3).

Es el eco, a cuarenta siglos de distancia, de la palabra que dijera Adán, inspirado por Dios, al ver en su presencia a Eva: Por ello dejará el hombre padre y madre, y se juntará a su mujer.

La palabra de Jesús y de los apóstoles es categórica en este punto. Ni la infidelidad de los esposos puede romper el vínculo conyugal; cuanto menos la incompatibilidad de caracteres, la enfermedad o los fútiles pretextos alegados por la impiedad o la pasión.

Puede ello determinar una separación temporal o perpetua, según los casos, de habitación y lecho, que legitimará la misma Iglesia que autorizó el matrimonio, como pena al delincuente y para evitar graves peligros, de alma o cuerpo, de los casados; pero el lazo matrimonial no se romperá sino con la muerte de uno de los cónyuges.

Así lo entendió siempre la tradición cristiana: «Mientras vive el hombre, aunque esté cargado de toda suerte de crímenes, es el marido de la mujer con quien casó», dice San Jerónimo en su Carta a Amando. «Oíd la ley de Dios, a la que están sujetos los mismos que hacen las leyes, dice a su vez San Ambrosio: El hombre no debe separar lo que ha unido Dios».

La causa de esta indisolubilidad la señala San Agustín en una sola palabra: «El sacramento lo reclama así».

¿Cómo podría el matrimonio simbolizar la unión inefable de Cristo y su Iglesia unión espiritual, de amor perpetuo, de donación total, si estuviese en manos del hombre o en poder de la ley deshacerlo y quebrarlo?

Por otra parte, esta ley de la indisolubilidad, si puede en casos determinados ser gravísima carga para los esposos, responde a un imperativo del mismo amor humano, tal cual le exige el vínculo conyugal. El amor, dice el Sabio, es fuerte como la muerte.

Dios ha puesto una cierta equivalencia entre el valor de la vida y la fuerza de los grandes amores. El amor de religión y de patria reclaman la vida del hombre en ciertos casos: una y otra tienen sus mártires.

No ya el sacrificio de la vida por la muerte violenta, sino la duración normal de la vida, hasta la muerte, debe reclamar la fidelidad conyugal, garantida por la misma voluntad de Dios y la perdurabilidad de un sacramento, y, por lo mismo, más íntima y sagrada que la que se debe a la patria.

¡Qué! Si hasta en el orden de los amores profanos es corriente el uso de una fraseología expresiva de la persistencia del amor a través de todo vaivén de cosas y tiempos. “¡Te juro amor eterno!” “¡Mi corazón te pertenece hasta la muerte!” “¡Sólo la muerte podrá separarnos!” He aquí unas frases que son como el marchamo corriente del amor que se cree fuerte.

¿Y podría faltarle al amor conyugal la terminología y la realidad de amores menos íntimos, quizá bastardos o criminales? Es ello lo que ennoblece y eleva el lazo conyugal y la vida misma de los casados.

Porque si un amor caduco, una serie de amores caducos, tal vez pudiesen mejor satisfacer los bajos instintos de la vida, pero el amor perdurable, fundado en motivos espirituales, sublima y aquilata todas las afecciones y acciones de la vida, que tienen así un objetivo para siempre definido, y que se entonan según el altísimo diapasón de un amor único, santo, que sólo hinca en la carne y en el tiempo para remontarse a todo lo que es espíritu y eternidad.

Porque el amor conyugal llega a ser el símbolo del amor espiritual y eterno que en Dios se profesarán eternamente los desposados.

Tiene, además, la naturaleza humana sus exigencias: y en el contrato conyugal la indisolubilidad brota naturalmente de la misma naturaleza del vínculo causado por el contrato.

¿No decíamos que la sociedad conyugal es una sociedad de amistad, que esta amistad llega a tal que lleva al hombre y a la mujer a donarse, así, a donarse uno a otro, como quien hace al amigo el rico presente de sí mismo, y esto bajo la santidad del juramento?

Si la leal amistad no se rompe, si los juramentos no se violan, si las donaciones no se retractan, si, tratando del matrimonio cristiano, los sacramentos no se anulan: ¿cómo el esposo y la esposa podrían decirse: «No seamos ya más amigos; conculquemos nuestros pactos, despreciemos el sacramento, restituyámonos cada uno de nosotros a nosotros mismos?»

Y si la sociedad conyugal está sobre todas las sociedades humanas por lo que a la fuerza del vínculo atañe; si es más fuerte que la sociedad civil, cuyos elementos une sólo la necesidad de la vida y del progreso colectivos; si es más fuerte que la sociedad paternal, porque padres e hijos están unidos por relación de amor y de sangre, pero que no importa ni la donación ni la intimidad del amor conyugal, ¿cómo, siendo indisoluble la sociedad civil, siendo irrompible el lazo que ata los padres a los hijos, podría declararse tan deleznable la sociedad conyugal que un acto de la libertad pudiese anularía?

Los mismos hijos claman por la indisolubilidad del matrimonio de quienes los engendraron, y claman con esta voz potente de la naturaleza que jamás deja de oírse cuando con lealtad la escuchamos.

Mira, la hormiga, perezoso, dice el Sabio, y considera su proceder, y aprende la sabiduría (Prov., VI, 6). Mirad las avecillas del cielo, os diré con Santo Tomás, y ellas os enseñarán a ser más humanos que los mismos hombres; ellas no dejan a sus polluelos hasta que saben picotear, y hallar el sustento, y han aprendido a defenderse de sus enemigos.

¡Y quisiera el hombre poder romper el vínculo conyuga, y abandonar el nido, y dejar a sus hijos en el desamparo material y moral! Los padres, dice el mismo Angélico, han allegado al patrimonio de sus bienes y cuando no, el de sus virtudes: ¿quiénes serán sus herederos sino sus hijos? y ¿por qué los hijos han de ver aventado el patrimonio de sus padres por una separación contra la que reclama el instinto de conservación y de tradición? (Contra Gentiles, III, 123; Supplem., q. 67, a. 2).

Por fin el carácter social del matrimonio reclama su indisolubilidad. Porque, si el fin primordial de la sociedad conyugal es la procreación de hijos para la sociedad y la Iglesia, ¿quién garantiza la procreación en la hipótesis de la separabilidad? Ya no estará esta función capital sujeta a la ley de naturaleza, sino al capricho de los cónyuges.

La historia confirma esta presunción: la natalidad decrece bruscamente con la relajación legal del vínculo conyugal. Ni vale contra ello el fenómeno de la densidad de nacimientos en algunas razas que practican más o menos la unión libre; en ellas se explica la natalidad por la sujeción ominosa de la mujer al marido, mejor, de la hembra al macho. No creemos que los partidarios de la separabilidad quieran poner a los europeos al nivel de los zulús.

Dése a la mujer el mismo derecho a la separación que al hombre —y esto no se lo niegan los partidarios del matrimonio libre— y se verá si nuestro dogma de la indisolubilidad es la mejor garantía de la multiplicación de los pueblos.

Pero la indisolubilidad es dogma de nuestra fe, y nuestro pueblo es creyente.

Sin insistir más, demos rápida ojeada a los deberes que surgen naturalmente de la indisolubilidad del lazo conyugal.

Es el primero la colaboración, afectuosa y asidua.

Lo pide el contrato, en virtud del cual se entregaron los esposos uno a otro; lo exige el vínculo, que lo es de pensamiento y de amor, vínculo que une dos vidas bajo un mismo yugo; lo reclaman los altos fines del matrimonio, que no pueden llenarse si no se despliega al unísono la actividad de los esposos.

Mirad a Cristo y su Iglesia, cuya unión es el tipo de la unión matrimonial. Jamás cesa Cristo de trabajar con la Iglesia; nunca cesa la Iglesia de trabajar con Cristo para el bien de sus hijos. Jesucristo vive en el Cielo rogando siempre por su Esposa y sus hijos; Él ha dejado su Vicario en la tierra, que gobierna la gran casa del gran Padre de familias; la gracia de Cristo no cesa de correr por el mundo, dando la fecundidad gloriosa a su Esposa. En cambio, la Iglesia no deja de enseñar, de gobernar, de administrar la gracia del Señor; canta las divinas alabanzas, ofrece sacrificios, defiende a sus hijos contra las asechanzas del mal; envía mensajeros a todo confín de la tierra para hacer nuevos prosélitos. Así, de la colaboración mutua resulta esta gloriosa sociedad que no ha tenido semejante en la serie de los siglos.

Tal debe ser el ideal de los esposos cristianos. Unidos, fundidos, casi diría, en el crisol de un mismo amor, persiguiendo idénticos fines, deben hacer, con el mismo esfuerzo y el mismo compás, la ruta de su vida; como estos remeros, que surcan rápidos el mar con sus canoas, que tienen todo el secreto de la fuerza de su empuje en la uniformidad del ritmo, en la compenetración de sus miradas, de sus movimientos, de sus intenciones.

La inseparabilidad reclama la tolerancia mutua, única garantía de la paz conyugal. ¿Qué cosa más dura y dolorosa para dos seres humanos que haber sacrificado su libertad, haber aportado cada cual al matrimonio, no una dote más o menos pingüe, sino todo su ser, para toda la vida; y luego, por naderías de la vida cotidiana, por puntos de amor propio, por pueriles terquedades, obligarse a perpetuas desazones y peleas, viviendo en continuo forcejeo bajo el pesado yugo que no romperá más que la muerte?

Ella importa la compenetración de los esposos en lodo lo que ataña a la vida y grandeza de la familia, especialmente a la obra capital de la formación de los hijos. Porque Dios ha constituido la familia en tal forma y de tal manera ha hecho el alma y hasta el organismo del padre y de la madre, que ambos deben completarse mutuamente para constituir un todo de máxima eficacia.

Cada período de la vida de familia, cada época de la edad de los hijos reclama una labor especial de cada uno de los cónyuges. Una compenetración indisoluble, como el mismo matrimonio, dará a la vida conyugal de ambos esposos el máximo rendimiento. Porque es inútil que duplique el padre sus esfuerzos para suplir a la madre, como en vano querrá ésta hacer los oficios del padre.

Dios los ha hecho desiguales y ha dividido entre ambos las aptitudes para el régimen de la casa y la educación de los hijos, como los ha hecho desiguales en la función generadora. Uno de los grandes males del divorcio es obrar esta vivisección en los esposos, que se traduce en daño gravísimo de los hijos; por lo mismo, esta fecunda compenetración deberá ser uno de los deberes que emanen de la indisolubilidad.

A todo ello debe acompañar el sacrificio. Ya no me refiero a los duros sacrificios que derivan de las funciones primarias de la familia; sino al sacrificio del propio pensar y querer en la vida conyugal.

Dios nos hace tales, que la personalidad de cada uno de nosotros siempre ofrece un ángulo, una faceta, que no encaja completamente con la personalidad del prójimo, cualquiera que sea. Hasta en esos casos y en estos temperamentos en que parece verificarse el adagio vulgar: «Dios los ha hecho el uno para el otro», llega un momento de resistencia a la fusión; no sólo de resistencia, sino tal vez de repulsión.

¡Abismos del alma humana, del corazón humano, quizás del egoísmo humano, que producen los roces inevitables en las relaciones sociales, en el seno de las amistades más íntimas, en el coto de los matrimonios más bien concertados!

¡Para siempre!, se dijeron un día los esposos al pie de los altares. Y quizás el sol que alumbró aquel día no había traspuesto aún el horizonte, cuando uno y otro habían descubierto en el cónyuge estas facetas, estas angulosidades que son presagio de futuro malestar.

Pasarán los días, se complicarán las situaciones de la vida, y quizás llegarán a verse distancias enormes, abismos infranqueables que separan los temperamentos, la educación, las intenciones, las almas en fin, de los esposos.

Para estos casos, frecuentísimos en la vida conyugal, deben los esposos tener inagotables reservas de abnegación y espíritu de sacrificio.

El sacrificio, del silencio, tan costoso a todos, cuando se vayan acumulando las nubes de la tormenta, que hará estallar una palabra inoportuna.

Sacrificio del propio juicio, aun con detrimento de intereses de menor cuantía, cuando ello haya de matar asperezas y aunar espíritus.

Sacrificio de un deseo honesto, de un viaje, de una visita, de una compra, cuando ello haya de engendrar un instante de malestar en el otro cónyuge.

¡Para siempre! ¡Ah! Yo creo que si los esposos pusiesen con frecuencia ante sus ojos la perspectiva de una vida de inútiles debates, de desavenencias estériles, jamás ninguno de ellos echaría la primera piedra en el tranquilo estanque del bien vivir conyugal, y no se agrandarían cada vez más con el tiempo, como las ondas que conmueven las aguas del lago, las molestias que turban la paz de los matrimonios.