EN EL COMBATE DE RESISTENCIA
LOS PAPELES DE BENJAMIN BENAVIDES
PARTE TERCERA
CAPÍTULO VIII: La «Abominación de la desolación
Fuimos esta tarde a Ostia Tiberina. Lo sacó la señora al viejo para hacerlo ver por su médico; y me recogieron a mí al mediodía. Le costó a donna Prisca no sé cuántas molestias con la prefettura y la embajada norteamericana, pero al fin salió con su intento y estaba contentísima. Está muy delgada, demacrada casi; pero tiene mejor color; el ánimo siempre plácido y gentil. Es un ángel esta señora.
El viejo también estaba contento. Toda la mañana habló con el médico, que es una eminencia, no recuerdo el nombre, un nombre medio feo; y parece que se entendieron a maravilla. Después conversaron la señora y el médico sobre la manera de ayudar al hebreo. Me dijo ella que el especialista le hizo soltar todas las drogas e inyecciones y se rio de los tres diagnósticos del doctor Posciutti. Él opinó que don Benya no es un enfermo, ni menos un maníaco, sino simplemente un hipersensitivo que está puesto en una situación superior a sus fuerzas. A mí me parece que ese diagnóstico es todavía peor que los otros; porque entonces no tiene remedio. Desa situación no podemos sacarlo nosotros.
Al llegar al Campo Verano presenciamos una escena curiosa. Tuvimos una pana de media hora y nos entramos al cementerio. Había un entierro discutiendo con el capellán. Enterraban a un obrero, y se había venido el comité comunista al cual perteneció en vida, a banderas desplegadas con la hoz y el martillo; y no podían comprender que el cura no quisiera echarle el responso, y aun quisiera impedirles la entrada en la capilla. Discutían a gritos en romanacho, y nosotros entramos a pacificar. Era una comedia. Yo me acordé de la definición que dio un día don Ángel Cisera de los “responsos»: “Responso —dijo don Ángel a un grupo de parroquianos de su pulpería— es que cuando muere uno, lo llevan a la iglesia, se reúnen los curas alrededor, y hacen “responsable” a los médicos desa muerte…” Estos obreros parecían tener una idea similar del “responso”.
Al fin llegaron a una transacción —el capellán era un buen romagnolo, y además estaba solo— y fue que las banderas e insignia se quedarían a cincuenta metros de la capilla, y entrarían solamente el cadáver, los seis amigos y la familia. “Porque éste haya sido un pobre obrero, no se le debe privar de nada de lo que se hace con los ricos; porque Jesucristo dijo que todos éramos iguales» —éste era el argumento de los amigos del muerto. ¡Vaya a leerles usted los decretos del vicariato! Para ellos, Jesucristo fue una especie de Togliatti magnificado.
El chofer nos llamó a gritos. En el auto empezó don Benya a explicar lo que habíamos interrumpido ayer, a requerimiento nuestro, y tomando pie del responso de los comunistas. Lo escribiré todo seguido, y lo que me acuerdo; pues el viejo hoy habló casi solo. Estaba eufórico, se ve que estaba contento de su nuevo médico.
—El mundo quiere unirse —dijo— y actualmente el mundo no se puede unir sino en una religión falsa. O bien las naciones se repliegan sobre sí mismas en nacionalismos hostiles —posición nacionalista que ha sido superada— o bien se reúnen nefastamente con la pega de una religión nueva, un cristianismo falsificado; el cual naturalmente odiará de muerte al auténtico. Sólo la religión puede crear vínculos supranacionales. Bien lo probaron los romanos al instituir como necesaria liga de su inmenso imperio pagano la religión obligatoria e idolátrica del Emperador: «Numen Imperatoris”. Esa religión tenía delante Juan cuando describió la Bestia; y el carácter, el nombre, el signo y el culto de la Bestia; o, en griego, de la Fiera.
La presión enorme de las masas descreídas y de los gobiernos o bien maquiavélicos o bien hostiles pesará horriblemente sobre todo lo que aún se mantiene fiel; la Iglesia cederá en su armazón externo; y los fieles “tendrán que refugiarse” volando «en el desierto” de la Fe. Sólo algunos contados, “los que han comprado”, con la renuncia a todo lo terreno, ‘‘colirio para los ojos y oro puro afinado» mantendrán inmaculada su Fe, esos contados 144.000 de la Visión Cuarta y la Doce, agrupados en torno a los Dos Testigos. Es curioso que en la Cuarta Visión todos ellos pertenecen al pueblo hebreo, con la excepción de dos tribus, Dan y Efraín; y en la Duodécima son llamados “vírgenes”. Esos son el santuario; el atrio será pisoteado por los gentiles “por un poco de tiempo”; lo cual quizás significa que no todos los demás se perderán, pues alrededor de los fidelísimos San Juan divisa en el Cielo “una multitud innumerable de todas tribus y razas y lenguas”.
Esos pocos “no podrán comprar ni vender”, ni circular, ni dirigirse a las masas por medio de los grandes vehículos publicitarios, caídos en manos del poder político; y, después, del Anticristo: por eso serán pocos. Las situaciones de heroísmo, sobre todo de heroísmo sobrehumano, son para pocos; y si esos días no fuesen abreviados, no quedaría ni uno. Pero la Iglesia no está por hacer, ya está hecha; hoy está construida, inmensa catedral de piedra y barro, con una luz adentro. No desaparecerá como si fuese de humo: quedarán los muros, quedarán al menos los escombros, y en los altares dorados y honrados con huesos de mártires se sentará un día el Hijo de Perdición, el Injusto, cuya operación será en todo poder de Satanás, para perdición de los que no se asieron a la verdad mas consintieron con la iniquidad.
Un mundo nuevo lleno de maravillas técnicas que no darán la dicha a los hombres se construirá con la argamasa de la omnímoda mentira, el fraude religioso y la opresión y el engaño del pobre. Los dueños dese mundo podrán hacer llover fuego del cielo y hacer hablar a la imagen de la Bestia. En medio de una algarabía de voces, de propagandas y de tangos, el papa dice actualmente por radio desde el Vaticano, a un mundo enteramente desatento y aturdido, viejas verdades que suenan a retórica. Pero la radio y la televisión serán dentro de poco del dominio exclusivo del Príncipe deste mundo; y “aquel inicuo” que de él recibirá poder para hacer prodigios mendaces podrá hablar un día y por televisión ser visto hablando por las multitudes reunidas en plazas y templos, a todo un universo aterrado y exaltado, «que estará delante de él como una oveja delante del lobo» —dice el libro del Zend-Avesta: el lobo vestido de piel de oveja.
La Iglesia creó la Cristiandad Europea, sobre la base del Orden Romano. La Fe irradió poco a poco en torno suyo y fue penetrando sus dentornos: la familia, la sociedad, el trabajo, la cultura, las costumbres, las leyes, la política. Hoy día todo eso está cuarteado y contaminado, cuando no netamente apostático, como en Rusia; un día será “pisoteado por los gentiles” del nuevo paganismo. Ese es el atrio del Templo. Quedará el santuario, es decir, la Fe pura y oscura, dolorosa y oprimida; el recinto medido por el profeta con la «caña en forma de vara», que es la esperanza doliente en el Segundo Advenimiento, la caña que dieron al Ecce Homo y la vara de hierro que le dio su Padre para quebrantar a todas las gentes.
—Así pues desaparecerá la Cristiandad…
—Así la Iglesia quedará intacta… —dijimos nosotros.
—No desaparecerá la Cristiandad: será profanada.
Ni quedará intacta la Iglesia visible: dentro de ella habrá santuario y atrio. Habrá fieles, clero, religiosos, doctores, profetas que serán pisoteados, que cederán a la presión, que tomarán la marca de la Bestia. ¿No han leído ustedes en la biografía del general de Sonis de aquel obispo francés que se hizo masón para llegar a ser obispo y que después sedujo a una hija del general de Sonis?
La Cristiandad será aprovechada: los escombros del derecho público europeo, los materiales de la tradición cultural, los mecanismos e instrumentos políticos y jurídicos serán aprovechados en la continuación de la nueva Babel: la gran confederación mundial impía. ¿Cómo, si no, podría levantarse en tan poco tiempo? ¿No recuerdan ustedes que Havellok Ellis recomienda que se conserve, por su valor estético, documental y cultural “la Misa cantada en Barcelona? ¡El responso de los comunistas!
Esto más o menos fue lo que discurseó el hebreo en el automóvil. En Ostia comimos tallarines al succo, huevos fritos y castañas con pan gris de algarroba en un mesón y después vimos la pequeña ciudad, el ferrocarril papal, el templo de Neptuno, el anfiteatro —es decir lo que queda— y el mar. Hacía un calor húmedo y aplastante. Al fin nos sentamos en el viejo teatro griego, a la sombra de un muro, y el viejo desapareció, diciendo que quería “hacer ejercicio”. ¡Con este sol! Lo que quería era pillar una insolación, para damos trabajo a nosotros. Recuerdo que la señora me dijo:
—Esa estatua allí prueba la inmortalidad del alma…
Había un torso griego delante de nosotros, sin cabeza y con manos y piernas rotas, lavado por la lluvia y dorados los perfiles por el rabioso astro.
—Fíjese —dijo Donna Prisca—; hay algo en el hombre que está por encima del espacio y del tiempo; y ese algo ¿cómo podría morir? ¡Yo entiendo esa estatua! ¡Yo comprendo lo que el escultor quería decir!
—Entonces, dígamelo a mí, porque a mí no me dice nada. Está bien dicho, desde luego —le dije—. Pero no lo entiendo.
—No se puede decir con palabras, sino con mármol —sonrió ella—; y ese desconocido me lo dice a través de dos mil años; y desde Tebas o Atenas. Ha hecho un simple cuerpo humano, lleno de arrogancia y de sumisión a la vez; y con él ha dicho para siempre mil cosas acerca de la Grecia y acerca de su propia visión del mundo y acerca de sí mismo.
—Quisiera saberlas —dije yo— para hacer un artículo. Pero desde el momento que usted, señora, se las reserva… Bah, son cosas que usted ha leído es los manuales, y ahora le parece que las ve en la estatua; y como usted también ha esculpido, o dibujado al menos, a lo mejor son cosas que usted quería decir. Lo que cree ver en la estatua, está en sus ojos.
Y después para no desabrirla, le hice un cumplimiento acerca de sus ojos. ¡Cómo son las mujeres! Cayó el viejo con la melena y la barba húmeda, todo arrebatado del sol, descalzo. Se había ido a nadar en el mar, y nos contó, con su habitual exageración, que “casi se había ahogado”.
La señora le rogó que explicara lo que había omitido ayer, ahora que no estaba Mungué para interrumpir.
Se sentó en el caliente escalón de piedra. Tenía uno de sus cuadernos, no sé de dónde los sacaba.
—No habrá una “Nueva Cristiandad“ —dijo exabrupto—: ni la de Solovieff y sus discípulos Berdiaeff y Rozanof, ni la de Maritain, ni la de Pemán, ni la del padre Lombardi y don Sturro. Esas son ilusiones vanas de un mundo que teme morir. El Imperio Romano es el último de las grandes imperios, después del cual seguirá el del Anticristo. Entender de otro modo a Daniel y a San Juan es imposible. Una tradición patrística que remonta a los Apóstoles y es quizá apostólica, como opina Cornelio Alápide, los ha leído así unánimemente. No habrá un Imperio universal después del Romano, sino solo imperialismos como el inglés.
La Ramera sobre la Bestia es el Imperio Romano idolátrico, restaurado al fin de los siglos por el poder del mal. El buen Cornelio Alápide dice audazmente: «Digo que Babilonia, aquí y en el capítulo siguiente, Roma es: no la cristiana que hay ahora, sino la infiel y pagana que fue en tiempo de San Juan y la que de nuevo será en el tiempo del Anticristo”. Y después construye con ingenuidad los sucesos futuros: el Anticristo derrotará a tres grandes reyes y todos los demás se le someterán; el Anticristo hará destruir a Roma por los reyes vecinos a ella, vasallos suyos; establecerá su sede en Jerusalén y hará perseguir a los últimos fieles y al último pontífice, que, conservando el título de obispo de Roma, quizá esté escondido y fugitivo en otra parte, en Jerusalén misma.
Pero quizá —¡y Dios lo quiera!— la segunda Roma, la Roma esjatológica del antitypo, no sea geográfica sino solo metafóricamente la Roma de Italia actual. Nada impide que sea una gran ciudad imperialista, capital del capitalismo y meca de la religión adulterada, espejo aumentado de la Roma neroniana. Porque, eso sí, en San Juan está claro que esa Babilonia de que él maldice es la religiosidad pervertida. ¿Y por qué no puede ser la Europa, entera?
Eso salta fuera —dijo el viejo en cocoliche— del texto y de los lugares paralelos. El principal destos es el de la Segunda Bestia, una fiera que surge de la tierra como la otra surgió del mar, es decir, de la Iglesia en contraposición al mundo; la cual aunque habla como dragón «tiene dos cuernos semejantes al Cordero”. Esta Bestia es la que «actúa” y reduce a la práctica, es decir, ritualiza todo el poder de la otra, dice el Profeta. Ella es la propaganda sacerdotal: ella organiza la adoración idolátrica, impone la adoración del ícono nefando, controla las sanciones de lista negra para los que no se someten y suscita la gran persecución sangrienta. Esta bestia es pues evidentemente un movimiento religioso, una herejía parecida al Cristianismo, la última herejía, la más nefanda y sutil de todas, la adoración del Hombre; encarnada ella quizá en un genio religioso, una especie de inmenso Lutero, Focio o Mahoma. Quizá sea un antipapa y los dos cuernos signifiquen la mitra episcopal. No lo sabemos.
Pero la perícopa de la Prostituta Empurpurada es todavía más convincente, a mi juicio. San Juan dice ante su vista que «se asombra con asombro grande”, cosa que nunca dice en todo su libro, pletórico de visiones asombrosas y aun monstruosas; como por ejemplo la de un tercio de la tierra destruido o el ejército de los doscientos millones. Y ese asombro asombroso del Profeta, es subrayado todavía por dos asombros más: en la frente de la Perdida está escrita la palabra misterio y el Ángel le dice luego: “Yo te diré el arcano de la mujer y la bestia». ¿Qué es lo que hay en esa Reina Inmunda para asombrarse tanto?
Si no hay más que la Roma Étnica y la persecución de Nerón, como sostiene Mungué, d’aprés Bossuet, Ramsay, Renan y tantos otros, no hay asombro posible; eso estaba delante de Juan como un hecho cotidiano y de todos sus oyentes y lectores. El mismo culto idolátrico del Emperador, religión obligatoria del Imperio y lazo de unión social de sus multiformes profesos —que aduce Ramsay—, no justifica la palabra misterio ni la palabra arcano, ni el asombro grande.
Ese culto era lógico. El pesado sofista Gibbons, en su Historia de la caída del Imperio Romano pugna por probar que las diez persecuciones, cuyas proporciones reduce cuanto puede, no eran diabólicas e inhumanas; sino algo legal y natural, dado que los cristianos disolvían el vínculo social del Imperio, y toda sociedad tiene el derecho a defenderse. Sólo consigue probar que eran lógicas; es decir, que no eran incomprensibles ni misteriosas. Lógicas; aunque diabólicas, desde luego.
El diablo y la maldad humana estaban detrás de esa lógica. Pero lo que es realmente monstruoso es la realización última de esa maldad humana, su segunda hipóstasis, cuando la Mala Hembra estará realmente “ebria de la sangre de los santos y fornicará con los reyes de la tierra”.
Fornicar en el lenguaje profético significa invariablemente idolatrar. “Fornicar con los ídolos» es en Isaías, en Jeremías y en Zacarías poner a un ídolo en lugar de Dios, el esposo de Israel. «Fornicar con los reyes de la tierra” es poner a los poderes políticos en lugar del Dios vivo y trascendente. Pero la Roma Étnica no idolatraba a los reyes de la tierra; al contrario, los sojuzgaba y aplastaba.
«Estar ebrio” es estar alegre, petulante y glorioso. La sangre no embriaga, la sangre repugna. El gozo de la muchedumbre pagana en el Coliseo y su “¡cristianos a las fieras!» no eran sino, testigo Tertuliano, un afecto maligno, sombrío y silencioso, un sadismo triste que no puede llamarse propiamente borrachera.
“Emborracharse con la sangre de los santos” describe bien el afecto farisaico de sacar gloria de los sacrificios cumplidos por los verdaderos fieles; ese afecto que maldijo Nuestro Señor diciendo: “¡Ay de vosotros, que edificáis tumbas suntuosas a los antiguos profetas, y si hubieseis vivido en su tiempo, les hubieseis dado muerte, como lo hicieron vuestros padres” —y como estáis a punto de hacer conmigo, que soy el Profeta Sumo, por Moisés prometido! Llenarse la boca con las glorias de los mártires y los santos sin imitarlos en nada, y haciéndolas señuelo para explotar al prójimo en provecho propio…. Eso sí que es asombroso y es lo último, es “la abominación de la desolación».
«La abominación de la desolación” es un hebraísmo que significa como si dijéramos nosotros la peor inmundicia, la última basura. Los israelitas usaron de esa palabra para designar el sacrilegio máximo: a los ídolos puestos en el templo de Dios. Y esa “inmundicia de su fornicación” dice San Juan —el cual no se arredra ante las palabras más fuertes— se la bebe Babilonia Magna en un cáliz de oro. Y ella es la sangre de los santos y los mártires de Jesús.
Me dijo hace poco un sacerdote español: “En mi tierra los que ahora más se llenan la boca con «nuestros gloriosos mártires y nuestra gloriosa cruzada», para apoyar en ella sus ventajas personales, son los que primero huyeron o más astutos se escondieron, a fin de no ser mártires”. A éstos, si ello es verdad, la sangre de los mártires se les ha vuelto gloria y provecho; y discursean acerca de ella con petulancia de borrachos. Pues bien, guardando proporciones, es lo que sin duda significó Juan con su asombro grande delante de la Gran Corrompida. Su corrupción no aparece a la vista, como un tumor o un cáncer. Está vestida de escarlata, raso blanco y oro, está resplandeciente de gemas. Por eso su corrupción se llama Misterio y Arcano.
Calló el viejo y le temblaron las manos. Nosotros estábamos consternados. Si esto es así, realmente el mundo que está por venir es muy difícil, ¿y cómo haremos para manejarnos en él? La señora se cubrió el rostro con las manos.
Et viejo volvió a hablar y su voz era bronca y trémula.
—Pero para eso se nos ha dado la profecía —dijo—, para nuestro consuelo. Si no la tuviéramos, la tribulación seria inaguantable y la confusion inextricable. Pero en la Escritura, ha dicho el Crisóstomo, están marcados los males futuros para que cuando vengan no nos aplasten. En el litro de las visiones de Santa Brígida, vio la santa al apóstol Juan diciendo a Cristo: «Tu, Domine inspirasti mihi —leyó el viejo— misteria ejus et ego scripsi ad consolationem futurorum, ne fideles tui propter futuros casus everterentur”. Es lo mismo que dijo el Crisóstomo, solamente que la santa sueca lo vio en forma plástica.
—Usted nos aterra —dijo dona Priscila.
—No aterraría si no estuviese yo aterrado —respondió el viejo—. Pero para mí las profecías apocalípticas no son terror, sino fuerza. Lo que me aterra no es el Apocalypsis.
La serie de desgracias que me han perseguido implacablemente hasta reducirme a este estado de pura miseria, sin la gracia de Dios, me hubiesen hecho perder la esperanza, y caer en la tentación terrible del calvinismo, de que hay hombres predestinados infaliblemente por Dios a la perdición. Pero la fe me sostiene; ella me persuade que mi destino es quizá ser un testigo de las angustias de la época, de las cadenas de mis hermanos, del desorden del mundo, de los dolores de la inteligencia oprimida, de la caótica subversión que acecha hoy poderosa, hasta el último instante, debajo de los pequeños y de los grandes amores del corazón humano.
Se rio incongruentemente después desta tirada, que leyó en su cuaderno, y se ató pulcramente las sandalias sobre sus pies limpísimos. Estaba enteramente tranquilo y feliz el viejo. Si tuviese muchos días como el de hoy estoy seguro que se curaba sin muchos médicos. Tiene razón el médico nuevo, que este hombre no es enfermo, sino que «lo enferman”: no es un enfermo sino un enfermado; está puesto absurdamente y sin esperanza en una situación que va a contrapelo de sus gustos, sus hábitos, sus inclinaciones y sus sentimientos. De ahí los insomnios y los ataques de congoja.
Eso es peor todavía que estar enfermo, porque esa situación es absolutamente imposible de cambiar por cualquier lado se la mire. La señora trabaja enteramente en vano, me lo temo mucho. Sin embargo, sólo el saber que la señora trabaja, ha cambiado al viejo.
Cuando llegábamos a San Francesco venia Mariányels muy siseñora de la escuela con Lola, la sirvienta. La señora paró el auto y la levantó. Era patético el hambre que se le veía de acariciarla y la timidez de hacerlo, por timidez de enferma. Al fin le saltaron las lágrimas. Yo me puse a bromear acerca del peligro de ahogarse del hebreo y de la inmortalidad del alma de la estatua. Llegamos tarde al camp, estaba cerrado el cancel, y nos llevamos un reto serio del teniente. Yo pido a Dios que no me dé jamás la obligación de hacer sufrir a la gente inútilmente. El viejo se volvió a saludamos, y dijo oscuramente:
— Ánimo, señora, usted será liberada antes que yo.
La señora me preguntó en el camino si le había oído hablar a Benya de suicidio. De suicidio no, pero pedir a Dios la muerte a gritos, éso, cada dos por tres. El medico quería saber éso, según ella.




