VICTORIOSOS Y CAÍDOS: LOS ÁNGELES

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

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“Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, está siempre rondando en torno vuestro, como un león rugiente, buscando a quien devorar”.

LOS ÁNGELES

Segunda entrega

– Voluntad

– Número

– Coros y Jerarquías

LA VOLUNTAD DE LOS ÁNGELES

Que en los Ángeles existe la facultad apetitiva intelectual que llamamos voluntad está fuera de toda duda, puesto que, conociendo por su inteligencia la razón universal de bien, tienen que apetecerlo forzosamente, y esta apetencia es cabalmente el acto propio de la voluntad. Por eso en todos los seres inteligentes existe también el apetito racional o voluntad.

1º) La voluntad de los Ángeles está dotada de libre albedrío. (De fe, implícitamente definida)

Esta conclusión se deduce claramente de la Sagrada Escritura, que nos habla del pecado de los ángeles malos (II Petr., 2, 4), y ha sido definida implícitamente por el Concilio IV de Letrán al proclamar que “el diablo y los demás demonios fueron creados buenos por naturaleza; pero ellos, por sí mismos, se hicieron malos” (D 428), lo cual supone necesariamente la desviación voluntaria hacia el mal.

Santo Tomás: “Hay seres que no obran con albedrío alguno, sino como empujados y movidos por otro, como es impulsada la saeta al blanco por el arquero. Otros obran en virtud de cierto impulso natural, pero no libre, como sucede a los animales irracionales; la oveja, por ejemplo, huye del lobo en virtud de cierto instinto por el cual estima que es para ella nocivo, pero este juicio en ella no es libre, sino dado por la naturaleza. Sólo el ser que tiene entendimiento puede obrar en virtud de un juicio libre, en cuanto que conoce la razón universal de bien, por la cual puede juzgar que esto o aquello es bueno (y conveniente para sí, o, por el contrario, es malo y debe rechazarlo). Por consiguiente, dondequiera que haya entendimiento, hay libre albedrío; por donde se comprende que en los Ángeles hay libre albedrío y que en ellos es más excelente que en los hombres por la mayor excelencia y penetración de su entendimiento” (I, q. 59, a. 3).

2º) Los Ángeles se aman a sí mismos con amor natural y electivo. (Completamente cierta en teología)

Santo Tomás: “Puesto que el amor tiene por objeto el bien, y el bien se halla en la substancia y en el accidente, de dos maneras se puede amar alguna cosa: como bien subsistente o como bien inherente o accidental. Una cosa se ama como bien subsistente cuando se la ama de tal modo que se quiere el bien para ella; y, por el contrario, se la ama como bien inherente o accidental cuando se desea para otro, como se ama, por ejemplo, a la ciencia no para que ella sea buena, sino para poseerla. Este segundo amor recibe el nombre de amor de concupiscencia, y el primero amor de amistad. Ahora bien, no cabe duda que, entre los seres desprovistos de conocimiento, cada cosa apetece naturalmente conseguir lo que constituye el bien para ella, como el fuego tiende naturalmente a subir. El Ángel y el hombre apetecen también naturalmente su bien y su perfección, y en esto consiste el amor natural de sí mismos. Por consiguiente, el Ángel y el hombre se aman naturalmente a sí mismos en cuanto con apetencia natural desean para sí algún bien. Pero en cuanto desean para sí mismos algún bien elegido libremente por ellos se aman con un amor electivo” (I, q. 60, a. 3).

3º) Cualquier Ángel ama necesariamente con amor natural a todos los demás Ángeles, en cuanto convienen todos en la naturaleza angélica; pero en lo que difieren entre sí no los ama necesariamente y con amor natural, sino con amor electivo, y puede incluso odiarlos. (Completamente cierta)

Santo Tomás: “Conforme hemos dicho, el Ángel y el hombre se aman naturalmente a sí mismos. Pero lo que es uno con algún ser coincide consigo mismo, y de aquí proviene que cada ser ama lo que es uno con él. Si, pues, es uno con él con unión natural, lo ama con amor natural, y si lo es con unión no natural, lo ama con amor no natural. Por esto el hombre ama a su conciudadano con amor social, y, en cambio, ama a un consanguíneo con amor natural, por cuanto es uno con él en el principio de la generación natural. Ahora bien, es indudable que aquello que es uno con algún ser en cuanto al género o a la especie, es uno con él por naturaleza. Por consiguiente, todo ser, por lo mismo que ama a su especie, ama con amor natural a lo que en especie es uno con él. Por consiguiente, se ha de decir que un Ángel ama a otro con amor natural por cuanto conviene con él en la misma naturaleza angélica. Pero en cuanto conviene con él en cualquier otra cosa y en cuanto difiere de él en algo, no le ama con amor necesario y natural, sino únicamente con amor electivo” (I, q. 60, a. 4).

En la respuesta a la tercera dificultad explica Santo Tomás de qué manera cabe incluso el odio entre los Ángeles malos y buenos: “Este amor natural no puede desaparecer ni siquiera en los ángeles malos, los cuales no dejan de tener amor natural a los otros Ángeles en cuanto convienen con ellos en la naturaleza angélica. Pero los odian en cuanto se distinguen unos de otros por la justicia y la injusticia (o sea, por la gracia y el pecado)”.

4º) Los Ángeles aman necesariamente a Dios con amor natural más que a sí mismos. (Doctrina tomista)

Hablamos de un amor puramente natural procedente de la simple naturaleza angélica, común a los Ángeles buenos y malos; no del amor sobrenatural procedente de la gracia y de la caridad.

Este último nadie discute que ha de ser mayor que el que el Ángel o el hombre se tienen a sí mismos, so pena de destruir la misma gracia y la caridad.

La posibilidad y el hecho de que el Ángel (bueno o malo) y cualquier otra criatura racional ame a Dios —al menos implícitamente— más que a sí mismo, con su simple amor natural, se comprende fácilmente si tenemos en cuenta que, así como el objeto de la vista es el color, y el del gusto el sabor, y el del olfato el olor, el objeto propio de la voluntad es el bien (real o aparente, pero aprehendido por el amante como verdadero bien para él).

Ahora bien, es indudable que, entre dos bienes que se le ofrecen a la voluntad, ella se inclina siempre naturalmente hacia el bien que juzga mayor o preferible en cada caso.

Por consiguiente, en el subsuelo de su determinación, acertada o equivocada, la voluntad busca siempre de una manera consciente o inconsciente, explícita o implícita, el bien mayor, nunca el menor.

Y como resulta que el bien mayor absoluto es, cabalmente, el mismo Dios (Bien infinito), se sigue que la voluntad natural del Ángel o del hombre tiende siempre a Dios en última instancia, y con su amor natural le ama y apetece más que a todos los demás bienes e incluso más que a sí mismo.

Lo que ocurre es que esta tendencia natural a Dios, inconsciente e implícita, es compatible con el desorden consciente de la voluntad apartándose de Dios al cometer el pecado.

Por eso el amor natural a Dios existe incluso en el demonio, aunque le odia con su amor electivo aferrado satánicamente al mal.

Lo cual es imposible en los Ángeles buenos y en los Bienaventurados, porque, al contemplar a Dios tal como es en sí mismo por la visión beatífica, se abrasan en un inmenso amor hacia Él, que hace del todo imposible la desviación monstruosa del pecado. (cfr. I, q. 60, a 5; q. 63, a. 1, ad. 3 y ad. 5).

5º) La voluntad del Ángel es naturalmente inmutable en sus elecciones, realizadas con pleno conocimiento y deliberación; lo cual quiere decir que, una vez realizada la elección, ya no puede arrepentirse o volverse atrás. (Doctrina tomista)

Esta conclusión está vivamente discutida entre los teólogos. La afirman decididamente Santo Tomás, Alejandro de Ales, Enrique de Gante, Capréolo, Cayetano, Báñez, Salmanticenses y tomistas en general. La niegan San Buenaventura, Escoto, Durando, Molina, Suárez y otros no tomistas.

La razón que parece decisiva en favor de la sentencia tomista es por la naturaleza del conocimiento angélico que hemos ya expuesto.

El Ángel, en efecto, entiende de una manera intuitiva, sin discurso, abarcando de un solo golpe de vista los principios y las conclusiones, el fin y los medios para alcanzarlo y, por lo mismo, aprehende el objeto de una manera inmutable. Y como la elección de la voluntad se proporciona y mide por la aprehensión del entendimiento, hay que concluir lógicamente que la voluntad del Ángel se adhiere de una manera inmutable al objeto que ha elegido con pleno conocimiento y deliberación.

Únicamente así se explica la obstinación de los demonios en el pecado, a pesar de las terribles consecuencias que tal obstinación les acarrea (cfr, I, q. 64, a. 2).

NÚMERO

Con relación al número de los Ángeles nada podemos afirmar con certeza, puesto que la Sagrada Escritura no dice nada en concreto, los Concilios silencian esta cuestión, los Santos Padres se dividen en multitud de opiniones y la razón natural nada puede determinar por su propia cuenta.

Sin embargo, se puede llegar con bastante probabilidad a las siguientes conclusiones:

1ª) El número de los Ángeles es grandísimo. (Sentencia más probable)

Los fundamentos de esta opinión son los siguientes:

a) La Sagrada Escritura, sin precisar su número exacto, habla de multitud de espíritus angélicos. Veamos algunos textos:

“Y le servían millares de millares, y le asistían millones de millones” (Dan., 7, 10).

“Al instante se juntó con el Ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios” (Lc., 2, 13-14).

“¿Crees que no puedo rogar a mi Padre, que me enviaría luego más de doce legiones de Ángeles?” (Mt., 26, 53).

“Vi y oí la voz de muchos Ángeles en rededor del trono y de los vivientes y de los ancianos; y era su número de miríadas de miríadas y de millares de millares” (Apoc., 5, 11).

b) Los Santos Padres, tanto griegos como latinos, y la casi totalidad de los teólogos creen que el número de los Ángeles es grandísimo.

c) Todos los hombres tienen su correspondiente Ángel de la Guarda, que pertenece a las jerarquías angélicas inferiores. Luego indudablemente son muchos más los Ángeles que los hombres, puesto que, además de los Custodios, existen los de las jerarquías superiores.

2ª) Probablemente el número de los Ángeles excede al de las especies de todas las cosas materiales.

Santo Tomás lo razona del siguiente modo: “La razón de esto es porque, como lo que principalmente intenta Dios al crear las cosas es la perfección del universo, cuanto más perfectas sean las cosas, con mayor prodigalidad son creadas por Dios. Pero así como, tratándose de los cuerpos, la grandeza se aprecia por la magnitud, cuando se trata de los seres incorpóreos puede apreciarse por la multitud… Por lo tanto, es razonable pensar que las substancias inmateriales exceden por su número a las materiales casi sin comparación (quasi incomparabiliter)” (I, q. 50, a. 3).

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LAS JERARQUÍAS Y COROS ANGÉLICOS

La palabra jerarquía (del griego ιερο, sagrado, y αρχή, poder) significa potestad sagrada.

Se refiere, por consiguiente, a todos aquellos que tienen mando o autoridad sagrada sobre sus subordinados.

Por extensión, un tanto abusiva, se aplica también a los que ejercen mando o autoridad política, militar, etc.

Se entiende por Órdenes o Coros Angélicos los distintos grados que pueden distinguirse dentro de las jerarquías angélicas.

La doctrina comúnmente admitida entre los teólogos católicos es la siguiente:

1º) Los Ángeles se distribuyen convenientemente en tres Jerarquías: Superior, Media e Inferior. (cfr I, q 108, a 1)

El primero en hablar de Jerarquías Angélicas fue San Dionisio Areopagita en su clásica obra De cælesti hierarchia.

Santo Tomás razona del siguiente modo:

“Han de distinguirse en los Ángeles tres Jerarquías. Hemos dicho que los Ángeles superiores conocen la verdad de modo más universal que los inferiores. Esta acepción universal del conocimiento admite tres grados en los Ángeles, puesto que pueden considerarse bajo tres aspectos las razones de las cosas sobre que son iluminados los Ángeles:

a) El primer aspecto es en cuanto que tales iluminaciones proceden del primer principio universal, que es Dios; y este modo compete a la Primera Jerarquía, que se extiende inmediatamente hasta Dios y que está situada como «en la antecámara de Dios», según la expresión de Dionisio.

b) El segundo aspecto es en cuanto que tales razones dependen de las causas universales creadas, que en alguna manera ya son múltiples; y este modo de iluminación corresponde a la Segunda Jerarquía.

c) Por último, según que estas razones son aplicadas a las cosas singulares en cuanto dependen de sus propias causas; y este modo es propio de la Ínfima Jerarquía.

Esto se aclarará plenamente cuando tratemos en particular de cada uno de los Órdenes o Coros angélicos”.

La Primera Jerarquía ve en Dios mismo las razones de las cosas.

La Segunda Jerarquía ve las razones de las cosas en las causas segundas.

La Tercera Jerarquía ve las razones de las cosas según la determinación a efectos especiales.

Pertenece a la Primera Jerarquía la consideración del fin; a la Segunda la disposición universal de las cosas que se han de hacer; a la Tercera la aplicación de la disposición al efecto, es decir, la ejecución de la obra.

2º) Existen nueve Órdenes o Coros Angélicos, que reciben los nombres de Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles.

San Dionisio Areopagita estableció la teoría completa sobre la Jerarquía Celestial. Con gran ingenio y agudeza mental imaginó una organización del mundo angélico armoniosamente coordinada según una escala descendente, que va desde los Serafines hasta los simples Ángeles.

Según él, todos los espíritus angélicos son de la misma naturaleza y no difieren más que por el lugar que ocupan. Pero este lugar les ha sido designado por Dios en razón del orden sagrado de que han sido revestidos, de la ciencia que poseen y de la acción que ejercen (De cæleste hierarchia. III, 1: MG. 3, 164)

La finalidad de la Jerarquía Angélica no es otra que la mayor semejanza y unión con Dios posible. Por lo mismo, cada Orden o Coro Angélico debe, según su capacidad, imitar a Dios, hacerse su colaborador y poner de manifiesto en sí mismo la eficacia de la acción divina.

En cuanto a la pureza, la iluminación y la perfección recibida de Dios, cada Orden o Coro se aprovecha en primer lugar personalmente, y después las comunica al Orden o Coro inferior, y éste al siguiente, y así sucesivamente hasta llegar al último.

San Dionisio divide los nueve Coros en las tres Jerarquías superpuestas, distribuyendo tres Coros Angélicos en cada una de ellas en la siguiente forma:

Primera Jerarquía. Es la más cercana a Dios, la más inherente y la más unida al Ser divino. La componen los siguientes coros:

Los Serafines, espíritus incandescentes de fuego y amor, con el que inflaman a los demás.

Los Querubines, llenos de ciencia divina, que reflejan y con la que iluminan a los demás.

Los Tronos, cuyo nombre designa un estado eminente.

Segunda Jerarquía. Ocupa un lugar intermedio y sirve de enlace entre la Primera, que está en contacto con Dios, y la Tercera, en contacto con las criaturas humanas. Está formada por los siguientes coros:

Las Dominaciones, espíritus libres de toda opresión que, sin el menor temor servil, permanecen solícitos ante Dios, están continuamente a su servicio y dominan a los espíritus angélicos inferiores.

Las Virtudes, dotadas de una fuerte e invencible virilidad, que manifiestan en todos sus actos deiformes, impiden cualquier disminución de la luz divina infusa y prestan a los Ángeles inferiores la fortaleza que necesitan.

Las Potestades, que, incapaces de abusar tiránicamente de su poder y siempre invenciblemente dirigidos hacia las cosas de Dios, prestan a los demás Ángeles un concurso bienhechor.

Tercera Jerarquía. Es la más alejada de Dios y la más próxima al hombre, sobre el que ejercen de continuo su benéfica influencia. Está compuesta por los siguientes coros:

Los Principados, que dirigen las obras ministeriales que han de ejecutarse por orden de Dios.

Los Arcángeles, encargados de anunciar a los hombres las cosas más importantes y trascendentales.

Los Ángeles, que anuncian las cosas de menor importancia.

Estas tres Jerarquías están unidas las unas a las otras por un punto de contacto entre el último Coro de cada una de ellas y el primero de la siguiente, y, dentro de cada una, el Coro intermedio sirve de enlace entre el Primero y el Tercero, como el eslabón de una cadena.

Cada uno de estos Coros, según su situación jerárquica, posee eminentemente, aparte de sus perfecciones propias, las perfecciones de los Coros inferiores, y éstos, sin poder alcanzar la perfección de los Coros superiores, procuran imitarlos lo mejor que pueden.

El Primer Coro de la Primera Jerarquía está en contacto inmediato con Dios, y el Tercero de la Tercera está en contacto inmediato con el hombre.

Cada uno de los Coros Angélicos está formado por una multitud innumerable de Ángeles.

Santo Tomás advierte expresamente que, si conociéramos perfectamente los ministerios de los Ángeles y las peculiaridades de cada uno, sabríamos perfectamente que, en realidad, cada Ángel tiene su propio ministerio y su propio orden en las cosas, y se distinguen entre sí en mayor grado que cada una de las estrellas del firmamento (I, q. 108, a, 3).

Santo Tomás distingue entre Ángeles enviados y Ángeles asistentes, fundándose en el siguiente texto del profeta Daniel: “Y le servían millares de millares, y le asistían millones de millones” (Dan. 7, 10).

Todos los Ángeles ven, ciertamente, la esencia divina, y, en este sentido, todos son asistentes. Pero los Coros superiores la contemplan con más claridad y perciben en ella muchos secretos divinos, sobre los cuales ilustran a los inferiores, con el fin de que éstos puedan, a su vez, iluminar a los hombres al ser enviados por Dios ministerialmente. Por eso se llaman Ángeles enviados los que realizan alguna misión al exterior, o sea relacionada con los hombres o las cosas corporales, y está formada por los cinco coros inferiores, a saber: Ángeles, Arcángeles, Principados, Potestades y Virtudes.

Los tres Coros superiores, a saber Serafines, Querubines y Tronos, se llaman Ángeles asistentes, porque asisten siempre ante el trono de Dios y le sirven únicamente a Él (I, q. 112, a. 3-4).

Y en cuanto a las Dominaciones se incluyen entre los Ángeles que administran, no porque ejecuten algún ministerio, sino porque disponen y ordenan lo que se ha de hacer por otros (I, q. 112, a. 4, ad. 1).

San Luís Gonzaga tiene un hermoso tratadito sobre los Ángeles, que resume perfectamente lo que llevamos dicho:

Pasa ahora a considerar, alma mía, la excelencia de esos Cortesanos Celestiales, de esos Príncipes del Paraíso, porque, si bien nuestro intelecto no puede comprenderla ni captarla plenamente por medio de esa débil luz que, por su ministerio, se nos comunica en cuanto a las cosas que sabemos aquí abajo, nos es dado, empero, pasar revista en lo posible y para honra de los mismos Ángeles, a la dignidad y gloria que el Señor les ha otorgado.

Tres cosas pueden dar lustre a la corte o al ejército de un gran príncipe:

Primero, la nobleza de sus miembros.

Segundo, su número.

Tercero, la ordenación mantenida entre sus componentes.

Estos tres elementos resplandecen espléndidamente en los Espíritus Angélicos.

La nobleza de sus miembros

Si consideras en primer lugar su naturaleza, verás que ellos son las más perfectas obras que hayan modelado las manos de aquel gran Artista que es Dios. Son de substancia espiritual, incorruptibles en su esencia y más perfectos que toda otra criatura; su entendimiento es tal, que no caen en error ni ignorancia en lo que atañe a las cosas de la naturaleza; y, junto con esa luz mayor que poseen en su inteligencia, poseen también una voluntad más firme, más perfecta, de modo y manera que las pasiones no pueden jamás dominarlos.

Además, si pasas a considerar el estado de gracia en que ahora se encuentran, verás que han alcanzado su gloria y eterna felicidad sin haber pecado jamás. Por añadidura, en su propia substancia están vestidos con la túnica de la Divina Gracia, que los hace hermosos y amables a los ojos del Señor. Su inteligencia hállase dotada con la clara luz la gloria, por la cual ven a su Creador cara a cara; y ataviada su voluntad con la veste de la caridad, merced a la cual, amando a Dios con el amor de amigos, son a un tiempo hijos y amigos del mismo Dios.

Ahora, alma mía, contempla la belleza de esos ciudadanos celestiales, quienes, como otras tantas Estrellas matutinas y brillantísimos Soles, resplandecen en la Ciudad de Dios, y cuál se reflejan en ellos las divinas perfecciones: el infinito poder, la eterna sapiencia, la bondad infinita y el ardiente amor del Creador. ¡Oh, cuán hermosos, cuán puros, cuán amables, esos benditos Espíritus! ¡Cuán celosos por la gloria de su Señor y anhelantes por nuestra salvación! Y, por consiguiente, ¡cuán dignos de nuestro especialísimo amor y reverencia!

Si el Honor (al decir de los filósofos) es el respeto debido al hombre por alguna alta cualidad que él poseen en sí —y eso entre los humanos, que, por su naturaleza misma son todos iguales—, si el hombre puede destacarse entre sus semejantes y merecer estima y honor por motivo de alguno de esos dones, ¿no es más que justo, acaso, que nosotros, criaturas tan bajas en comparación con los Espíritus Celestes, honremos a estos últimos y los reverenciemos; pues cada uno de ellos, hasta el menor, por todas las dotes y excelencias mencionadas antes, es infinitamente superior a la humanidad?

Además, si los Santos Ángeles, seres tan dotados por la naturaleza y por la gracia, tan por encima de toda otra criatura, se humillan y honran al hombre, porque Dios le ama y le honra, cosa razonable es que nosotros, pobres gusanillos, reverenciemos con todo honor y devoción a aquellos a quienes Dios honra y ensalza tan altamente en su Cielo. Porque ellos son los hijos dilectos que ven siempre la faz del Padre; son aquellos lirios blancos entre los cuales se complace, y aquellas montañas llenas de perfumes fragantes por las cuales vaga y encuentra sus delicias el Esposo (Mateo, XVIII, Cant. 2, 8).

Su número

Después de la dignidad y excelencia de esta corte celestial, considera, alma mía, el número de sus cortesanos.

Es tan grande, que supera no sólo al de todos los hombres que actualmente viven, sino también al de los que han sido y serán hasta el día del Juicio.

La multitud de esos benditos espíritus sólo es comparable a las arenas del mar o a las estrellas, de las que el Sabio dice que no pueden ser contadas. Y, según afirma el Areopagita, el número de los Ángeles supera al de todos los objetos materiales que pudieran reunirse en este mundo.

“Millia millium —exclama el profeta— ministrabant ei, et decies millies centena millia assistebant ei (Ecl. I; Dion. Areop. De Cæl. Hierarch. 9; Dan. 7). Miles de miles sirven al Señor, y diez mil veces cien mil le asisten.

Aquí, las Escrituras señalan, de acuerdo con la costumbre, un número definido en lugar del indefinido, y el mayor número que los hombres conocían, para que comprendamos que dicho número puede ser calculado por Dios solo; y lo que en Dios es numerable, entre los hombres es innumerable e infinito.

¿Acaso no leemos en Job: Numquid est numerus militum eius? (Job. 15). ¿Pueden tener número sus huestes?

También el Rey Profeta dice, hablando del número de los Ángeles: La carroza de Dios va escoltada de millares y millares que hacen fiesta.

En medio de ellos está el Señor, como en el Sinaí, en su Santuario (Salmo 67).

Leemos en el Apocalipsis (7), que Juan vio una muchedumbre de Santos que estaban en presencia de Dios, de todos los pueblos, lenguas y naciones, que de ningún modo o manera pueden contarse. Si el número de los elegidos —que, después de todo, nosotros sabemos ser la parte más pequeña del género humano— es tan grande que no puede ser contado, ¿cómo podemos imaginar cuál será el de los Ángeles, diez veces mayor que el de los hombres?

Nada más razonable que los cortesanos del Celestial Monarca sean infinitos, porque dice el Sabio: In multitudine populi dignitas regis, et paucitate plebis ignomina principis (Prov. 14). En la muchedumbre de pueblo está la gloria de un rey; la escasez de gente es deshonor del príncipe.

Por lo tanto, siendo Dios el más alto Príncipe, Rey de Reyes y Señor de Señores, justo es que Él tenga una familia tan considerable y una tan numerosísima corte en aquel espacioso Reino, en aquel inconmensurable Palacio del Cielo (I Tim. 6; Apoc. 17).

¡Oh, qué consolación y goce resultará, alma mía, de la contemplación de un sinnúmero de seres hermosísimos, tan dignos por su naturaleza, tan nobles por la gracia, tan bienaventurados en la gloria! ¡Oh, si tu feliz destino fuese el de ser merecedor de contarte en las filas de aquellos escuadrones celestes, en la compañía de tan grandes príncipes e hijos de Dios, que son también tus hermanos!

Tan sublimes y amabilísimos espíritus no sienten rubor al tener por hermanos a los hombres, porque su Señor mismo no sólo no desdeñó ser llamado Hombre, sino que, tomando nuestra carne, quiso hacerse realmente hermano nuestro (Hebr. 2).

¡Oh, cuán jubilosamente, sumando la tuya a las voces angélicas, alabarías y bendecirías a tu Señor, si tan grande beneficio te otorgase!

La ordenación mantenida

Considera, además, el maravilloso ordenamiento en que la Divina Providencia ha dispuesto y colocado a esos gloriosos Espíritus, tanto en relación con su Creador, como entre ellos mismos y en relación con las demás criaturas de este mundo.

Primero, si contemplas a los Ángeles en sus mutuas relaciones, no encontrarás en su vasto número confusión alguna, antes bien, un sublime orden y una portentosa correspondencia, proporcionada a sus diversos grados de conocimiento, de acuerdo con lo que Dios les revela de sus divinos secretos y usa de su ministerio en favor de los hombres.

Entrando, pues, a particularizar, todas esas legiones de Espíritus benditos hállanse divididas en tres Jerarquías: Superior, Media e Inferior; y cada una de esas Jerarquías se subdivide igualmente en tres Coros de Ángeles: Superior, Medio e Inferior.

Contiene la Primera a Serafines, Querubines y Tronos.

Por esos nombres podrás comprender fácilmente los oficios que desempeñan con tanto ardor; y es en realidad propio de Dios dar nombres a sus criaturas conforme a los oficios que les encomienda.

Por lo tanto, contempla, alma mía, al Primer Coro, el de los Serafines, que, de acuerdo con su nombre y en su calidad de chambelanes secretos y privados, están colmados y encendidos de amor, y hasta diríamos que se han convertido en hogueras espirituales, ardiendo siempre en divina caridad; y no sólo están ellos encendidos; comunican también su fuego y luz a los Ángeles que les son inferiores.

Contempla ahora a los Querubines así llamados por su plenitud de conocimiento y por la luz mayor de la inteligencia que poseen por encima de otros espíritus menores, pues conocen a Dios con más grande clarividencia y conocen más hondamente lo que en Él se encierra.

Son, pues, cual consejeros del Rey celestial, colmados de conocimiento y sabiduría, que ellos transmiten en igual forma a los Ángeles inferiores a ellos.

Contempla luego a los Tronos, que, cual secretarios íntimos y particulares de Dios, han sido engalanados con este nombre porque semejan sitiales regios, y tronos en los que, en cierto modo, la Divina Majestad toma asiento y reposa; a cualquier parte donde vaya, ellos le llevan consigo como en una Sede Pontificia.

Alma mía, desciende ahora a la Segunda Jerarquía.

Esta contiene otros tres Coros de Ángeles: las Dominaciones, las Virtudes y los Poderes, que están destinados especialmente al gobierno general de este bajo mundo.

Contempla en primer término a las Dominaciones, que representan el Dominio del Supremo Príncipe y, cual Virreyes, gobiernan a otros espíritus inferiores a ellos y los dirigen en su servicio divino para el gobierno del universo.

Y considera ahora a las Virtudes, que, con su poder y virtud, representan imperfectamente al Señor de todas las Virtudes, realizan las más duras tareas, y producen en servicio de Dios maravillosos efectos en las criaturas.

En tercer lugar, contempla a los Poderes, que, semejantes a jueces, representan la autoridad y poder del Juez Universal, y tienen por oficio doblegar los poderes del aire, apartando de los hombres todo lo que pueda molestarlos y trabarlos, a fin de que les sea dado lograr mejor su salvación.

Y para concluir, pon tu atención en la Tercera y última Jerarquía, que contiene en su seno los Coros de los Principados, Arcángeles y Ángeles, y que ha sido encargada, por Dios de transmitir directamente sus divinos mandatos a las criaturas.

Considera, alma mía el primero y más alto de esos Coros, el de los Principados, así llamados porque, como representantes del Príncipe Supremo, fueron colocados por Él para gobernar las diversas Provincias y los múltiples Reinos de este mundo.

[Gobiernan las sociedades: La Iglesia, las Diócesis, las Parroquias, las Órdenes Religiosas, las Casas Religiosas, las Naciones, las Provincias, las Ciudades, las Instituciones, las Familias]

Además, como superiores que son, reciben sus órdenes directamente de Dios y las comunican a los otros Ángeles, prestándoles su ayuda para la ejecución de éstas.

Siguen luego los Arcángeles y los Ángeles, quienes, de acuerdo con sus nombres, son cual legados y mensajeros enviados por Dios a este mundo por diversas razones; y además Él les ha confiado la vigilancia de los lugares y de las personas.

[La Divina Providencia no se contenta con dar a cada uno un Ángel Guardián, sino que Ella da Ángeles a las personas constituidas en dignidad para que ejecuten los designios de Dios de un modo más eficaz: así el Papa, los Obispos, los Prelados, los Reyes, los Príncipes, etc.

En interés del hombre, Dios encargó también a los Ángeles la conservación de las criaturas: mar, ríos, montañas, selvas, iglesias, sagrarios, etc.]

No existe mayor diferencia entre estos dos Coros, salvo que los Arcángeles están encargados de las cosas y empresas mayores, y los Ángeles de las menores.

Todo esto es lo poco que podemos comprender de la divina arquitectura y ordenación de la Casa de Dios.

Si los ojos de nuestro entendimiento pudieran ahondar más aún, y considerar más especialmente la naturaleza y oficio de cada Ángel, encontrarían que así como cada cual tiene un cargo y deber específico en la Jerusalén Celeste, así también el orden armonioso en que se mueven esos divinos seres comunica una hermosura inconmensurable a las felices Legiones Angélicas de la Corte del Rey Celestial.

Hemos visto hasta ahora que:

1º) Los Ángeles se distribuyen convenientemente en tres Jerarquías: Superior, Media e Inferior.

2º) Existen nueve Órdenes o Coros Angélicos, que reciben los nombres de Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles.

3º) Los Bienaventurados en el Cielo serán colocados entre los Coros de los Ángeles, e incluso pueden rebasarlos.

Santo Tomás afirma que el último de los Ángeles es superior por naturaleza al más encumbrado de los hombres, y, en este sentido, el menor Ángel de la Jerarquía Celestial puede purificar, iluminar y perfeccionar a un hombre de modo más excelente con que puede hacerlo en este mundo la misma jerarquía eclesiástica.

Sin embargo, los Bienaventurados en el Cielo pueden remontarse por encima de las mismas Jerarquías Angélicas, como en el caso de la Santísima Virgen María, o intercalarse en los diversos Órdenes o Coros Angélicos según el grado de méritos sobrenaturales contraídos en este mundo.

Santo Tomás: “Los Órdenes Angélicos se distinguen tanto según la condición de la naturaleza como según los dones de la gracia. Si, pues, se consideran estos órdenes sólo en cuanto a los grados de naturaleza, es evidente que los hombres no pueden de ningún modo pasar a los Órdenes de los Ángeles, porque permanecerá siempre la distinción de naturalezas. Fijándose algunos en esta distinción, afirmaron que de ningún modo pueden los hombres elevarse a ser igualados con los Ángeles. Lo cual es erróneo, porque contradice a la promesa de Cristo, quien dice que los hijos de la resurrección serán iguales a los Ángeles en el cielo (cf. Lc. 20, 36). Tratándose, en efecto, del orden angélico, lo que se refiere a la simple naturaleza es algo puramente material; lo que constituye aquel orden de una manera completiva y perfecta son los dones de la gracia, que dependen de la liberalidad de Dios y no de la naturaleza. Pueden, por tanto, los hombres merecer, mediante los dones de la gracia, tanta gloria que vengan a igualarse con los Ángeles en cualesquiera de los grados angélicos. Y esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que los hombres bienaventurados son elevados a los Órdenes o Coros de los Ángeles” (I, q. 108, a. 8).

El cardenal Cayetano aclara que no todos los hombres serán elevados a los Coros de los Ángeles, sino que algunos ascenderán sobre los mismos Ángeles, como la Santísima Virgen María; otros se mezclarán con ellos, como los Apóstoles y los grandes Santos; y otros, en fin, quedarán bajo todos los Ángeles, como puede racionalmente creerse de los niños que vuelan al cielo inmediatamente después del Bautismo (o sea, sin haber contraído todavía ningún mérito personal) y de otros muchos que no alcanzaron en este mundo el grado de gracia de los Ángeles inferiores.

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