
ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
El 1º de noviembre de 1950, el Papa Pío XII, por medio de la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, definió como Dogma de Fe que la Santísima Virgen María fue asunta en Cuerpo y Alma a la gloria celeste.
Esta verdad dogmática fue catalogada por el Sumo Pontífice como:
– una verdad fundada en la Sagrada Escritura,
– profundamente arraigada en el alma de los fieles,
– confirmada por el culto eclesiástico desde tiempos remotísimos,
– sumamente en consonancia con otras verdades reveladas,
– espléndidamente ilustrada y explicada por el estudio de la ciencia y sabiduría de los teólogos.
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Consideremos, pues, los fundamentos sobre los que descansa este dogma.
Los Padres del Concilio Vaticano, para confirmar su postulado en pro de la definición dogmática de la Asunción de María, expusieron lo siguiente en este hermosísimo texto:
«Como, según la doctrina apostólica, el triunfo que Cristo reportó de Satanás, la antigua serpiente, consta, como de partes integrantes, de la triple victoria sobre el pecado y sus frutos, la concupiscencia y la muerte; y como en el Génesis se presenta a la Madre de Dios singularmente asociada a su Hijo en este triunfo; asistidos por el unánime sufragio de los Santos Padres, no dudamos de que en el citado oráculo se figura a la misma Virgen ilustrada por aquella triple victoria, y, por tanto, que, igualmente que del pecado por su concepción inmaculada y de la concupiscencia por su maternidad virginal, así también se la anuncia en él como singularmente vencedora de la enemiga muerte por su anticipada resurrección, a semejanza de su Hijo.»
No nos extrañe, pues, que el Sumo Pontífice presentase con estas palabras las razones teológicas en pro de la Asunción:
«De tal modo, la augusta Madre de Dios, estuvo arcanamente unida a Jesucristo desde toda eternidad con un mismo decreto de predestinación, Inmaculada en su Concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del Divino Redentor, que alcanzó un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, y obtuvo finalmente, como suprema corona de sus privilegios ser elevada en alma y cuerpo a la gloria sobrenatural del Cielo».
Son, pues, cuatro las razones: la Maternidad divina, la Inmaculada Concepción, la Virginidad sin mancha, el ser Socia del Redentor en el triunfo sobre el pecado y sus consecuencias.
Consideremos estas razones en el orden que aparecen en la Bula, junto con otras.
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En primer lugar aparecen la Inmaculada Concepción y la Inmunidad de María de todo pecado.
La Bula papal Munificentissimus señala como principal fundamento escriturario «la plenísima victoria sobre el pecado y la muerte preanunciada por el Protoevangelio».
En otras palabras, ese texto del Génesis proclama la glorificación corporal o Asunción de María Santísima.
En efecto, la descomposición del cuerpo es consecuencia del pecado original; y como María Santísima careció de todo pecado, entonces Ella estaba libre de la ley universal de la corrupción, pudiendo entonces entrar prontamente en la gloria del Cielo, no sólo en Alma, sino también en Cuerpo.
María es la nueva Eva, opuesta a la primera y asociada a Cristo en la obra de la redención. Esta oposición de María con Eva en el orden de la caída y su unión con Cristo en la obra de la reparación muestran suficientemente que María, aunque de la raza prevaricadora, fue puesta fuera del orden de la caída mediante su Concepción Inmaculada.
A este orden de ruina pertenecen el pecado y la muerte, lo mismo que la permanencia en la muerte o resurrección diferida de los justos, que en el presente orden es, lo mismo que la muerte, pena del pecado original.
Luego, la Santísima Virgen escapó de la permanencia en la muerte por su gloriosa Asunción a los Cielos.
El binomio Eva-Adán fue vencido en el terreno del pecado-muerte.
En este mismo campo de batalla se entabla el combate, es decir destrucción del pecado-muerte.
El paralelismo del Génesis unifica a la Mujer-María con su Linaje-Cristo en la enemistad, en la lucha, en los avatares del combate, en las mordeduras del calcañal, en todo cuanto en esta guerra sucede; y no sólo en las lides, sino también en el plenísimo triunfo, significado por el aplastamiento de la cabeza serpentina.
María y Jesús, en compacto bloque y en estrechísima convergencia de ideales y de esfuerzos, combaten un mismo y único conflicto contra la serpiente infernal.
La lucha se desarrolla entorno no sólo al pecado, sino también de la muerte corporal.
Por razón de esta íntima coalición, la victoria de cualquiera de los miembros del bloque supone y en sí lleva el triunfo del otro miembro; y el botín de la victoria y los trofeos obtenidos por uno, constituye la medida de los del otro.
Ahora bien, Cristo, «el caudillo de la vida, después de morir reina vivo», es decir, después de mordido en su calcañal, aplasta la cabeza de la serpiente y obtiene, mediante su Resurrección, plenísima victoria sobre la rigidez y sobre la corrupción cadavérica, es más, sobre la muerte misma.
Por lo tanto, la participación mínima que en los trofeos de este aplastante triunfo corresponde a María, en su carácter de aliada de Cristo, la que como mínimo asigna a la Mujer el Génesis, es la que San Pablo promulga como íntima en esa victoria: «El revestirse de incorruptibilidad… de inmortalidad»; es la glorificación de su cuerpo virginal y materno.
Los cristianos vencen al pecado y a la muerte; pero como su victoria es parcial y no plena, ya que antes han morado en sus posesiones y han sido dominados por él, han de aguardar a que la masa humana muerta esté completa, a fin de que se levante victoriosa sobre la muerte.
María fue previamente separada de la masa pecadora, colocada extramuros del pecado, domiciliada en territorio exento e inmune por completo de la sentencia de muerte, puesta en la morada de Cristo, que es resurrección y vida, en la morada que reclama la plenitud de vida.
Por consiguiente no tiene que aguardar a que la masa pecadora esté completa.
Efectivamente, María, carente en absoluto de todo pecado y de toda mancha, que venció plenamente al pecado, venció también totalmente las consecuencias de la culpa.
Y lo mínimo que esta victoria exige es la inmunidad preservativa del sepulcro, la exención de la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro y de la de esperar hasta el fin del mundo la redención de su cuerpo.
En síntesis: la Inmaculada Concepción de María dice una plenísima Redención, preservativa y anticipada, de su Alma y, por consiguiente una santificación original total, inconmensurable, abismal; dice también una plenísima Redención, preservativa y anticipada, de su Cuerpo y, por consiguiente, una ausencia total, inconmensurable y abismal de toda corrupción y corruptibilidad de muerte.
A la Redención triunfante del pecado o culpa corresponde la Inmaculada Concepción.
A la Redención triunfante de la pena corresponde la Asunción a los Cielos en Alma y Cuerpo.
De este modo, la Inmaculada Concepción y la Asunción constituyen los dos componentes, los dos triunfos, las dos palmas de una misma y única plenísima victoria.
¡Qué armonía entre todos los actos de la vida de María Santísima, y singularmente entre su entrada y su salida de este mundo visible!
Entra por la puerta del privilegio de la inmunidad del pecado, en virtud de la anticipada aplicación de la Redención; y sale por la puerta de otro gran privilegio, el de la glorificación anticipada de su Cuerpo, por los méritos de la misma Redención.
¡Cómo se completa el misterio de la Concepción Inmaculada con el misterio de la Asunción gloriosa!
Uno y otro son misterios de preservación.
En el primero la Sangre del Hijo, antes de ser derramada, envuelve al Alma de la Madre para que no la toque el aliento emponzoñado del pecado.
En el segundo la Sangre ya derramada en sacrificio y glorificada, baña y penetra el Cuerpo puro y el Alma inmaculada de la Madre, y les presta sus mismas dotes de gloria: la impasibilidad, la claridad, la agilidad y la sutileza.
En la Concepción, los méritos previstos del Redentor impiden la entrada de toda mancha en el Alma de su Madre, pero no del dolor y sufrimiento en su cuerpo.
En la Asunción, los méritos ya adquiridos por el Hijo Redentor se vuelcan sobre el Alma de la Madre, y hacen de Ella la Redimida perfecta, la totalmente redimida, en Alma y Cuerpo.
Por eso dice hermosamente San Bernardo: En María, la vida de la gracia ha comenzado por una inmaculada concepción y se ha terminado por una asunción y por un coronamiento de gloria. Un triunfo de la gracia para comenzar, un triunfo para terminar.
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El segundo fundamento que encontramos en la Bula papal es la Maternidad Divina de María Santísima.
Como el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo se había formado del Cuerpo de María, era muy conveniente que el Cuerpo de Nuestra Señora participase de la misma gloria del Cuerpo de su Hijo.
Ella concibió a Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuidó, le estrechó contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús permitiese que el Cuerpo que le dio vida llegase a la corrupción.
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Viene luego el fundamento Litúrgico, pero entendido en su correcto orden:
Como la liturgia no crea la fe, sino que la supone, y de ella derivan, como los frutos del árbol, las prácticas del culto, los Santos Padres y los grandes doctores, en las homilías y en los discursos dirigidos al pueblo con ocasión de esta fiesta, no recibieron de la Liturgia como de primera fuente la doctrina, sino que hablaron de ésta como de cosa conocida y admitida por los fieles; la aclararon mejor; la precisaron y profundizaron su sentido y objeto, declarando especialmente lo que con frecuencia los libros litúrgicos habían sólo fugazmente indicado; es decir, que el objeto de la fiesta no era solamente la incorrupción del Cuerpo de la bienaventurada Virgen María, sino también su triunfo sobre la muerte y su celestial glorificación a semejanza de su Unigénito.
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La Virginidad perpetua de María proporciona otra base al dogma.
En efecto, como su Cuerpo fue preservado en integridad virginal (tabernáculo viviente exclusivo para el Verbo encarnado), era conveniente que no sufriera la corrupción.
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Siguen los argumentos teológicos, que vienen también a sustentar la verdad de fe. Pío XII cita una larga lista de autores.
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Finalmente, un último fundamento, y como ramillete de todos los otros, lo encuentra Pío XII en la participación de María Santísima en la obra redentora de Cristo.
Por dicha asociación, después de consumado el curso de su vida sobre la tierra, recibió el fruto pleno de la Redención, que es la glorificación del Alma y del Cuerpo.
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La Asunción es la victoria de Dios confirmada en María y asegurada para nosotros.
La Asunción es una señal y promesa de la gloria que espera a los elegidos, cuando sus cuerpos sean reunidos con sus almas y resuciten.
La Oración Colecta relaciona la Inmaculada Concepción y la Maternidad Divina de María con su Asunción corporal.
Los tres misterios, como hemos visto, están íntimamente unidos y se iluminan mutuamente y nos hacen comprender la unidad profunda de la vida de amor y de pureza que nunca dejó de crecer en la Virgen Santísima.
La oración se termina pidiendo para nosotros el fruto especial del misterio: una vida interior orientada hacia el Cielo y coronada por la esperanza gozosa de volver a encontrar un día a Nuestra Gloriosa Madre:
Omnipotente y sempiterno Dios, que has llevado en cuerpo y alma, a la gloria celestial, a la Inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo; haz, te rogamos, que siempre atentos a los bienes de arriba, merezcamos ser asociados a su gloria.
