Ayer contemplábamos el triunfo de la Santa Cruz. Volvamos la mirada hoy junto a ella y junto a María traspasada de amargura.
María estaba en pie junto a la Cruz en que Jesús pendía, y una espada de dolor traspasó su alma, según lo predicho por Simeón. María ve a su dulce Hijo desolado y en medio de mortales angustias, y recoge su último suspiro.
La compasión que su maternal corazón siente junto a la Cruz, le ha merecido la palma del martirio, sin la muerte.
María nos engendró a la vida sobrenatural en el Calvario.
Somos hijos de su dolor. Pues no nos olvidemos de los gemidos de Nuestra Madre, antes procuremos ser fervientes devotos suyos y meditar a menudo sus Siete Dolores, que la acompañaron toda su vida, acibarando sus castísimos gozos.


