
Considera lo primero, como corría el octavo día después del Nacimiento, en que se circuncidaban los niños Hebreos, conforme a la ley que Dios dio a Abraham, con que se perdonaba el pecado original, y se hacían del Pueblo escogido y consagrado a Dios.
Debía Cristo, según ello, ser ejemplo de esta ley, pues no tenía pecado original, y era Hombre y juntamente Dios, y en conformidad de esto, no debían la Virgen y San José tener pensamiento de circuncidarle.
Sin embargo inspiró en todo caso el mismo Señor a su Madre y a San José; que le sujetasen a esta ley, aunque penosa y dura.
¡Oh Señor!, ¿no bastan los trabajos tolerados en vuestro nacimiento, en medio de tan grande pobreza y con tanta incomodidad, sino que queréis probar también en vuestras tiernas carnes el cuchillo y el dolor? ¿Tan ansioso estáis ya por padecer y por dar la sangre? ¿Quién no se espantará, Jesús mío de una tan grande puntualidad, y de una obediencia tan precisa, con no estar obligado a ella? ¿No es este un gran testimonio del deseo que tenéis de hacernos bien? ¡Qué buen ejemplo me dais!, de que por cualquier dificultad, sea la que fuere, no retroceda yo de la observancia de lo que es de mi obligación, pues siendo Vos exento y libre de esta ley, os sujetáis espontáneamente, y con tanto gusto a ella.
Alma mía, al pensar en esto, ¿no te deberías cubrir toda de confusión? ¿Cuántas veces, por huir cualquier incomodidad, te dispensas por autoridad propia de lo que estás obligado a obrar? ¿Y esto es imitar a tu Salvador? Excita en ti el deseo de seguir a este Divino Niño, y de hacer todo aquello que es voluntad de Dios, aunque te sea penoso, y no se te mande expresamente, te baste conocer que das gusto a Dios, pues que Cristo por dar gusto al Padre Eterno se sujetó a la Circuncisión.
Considera lo segundo, como habiendo la Virgen y San José (inspirados así del Señor) conocido que la voluntad de Dios era se circuncidase el Niño, se resolvieron a hacerlo.
Mira en este acto la fortaleza de la Virgen. Era Madre que amaba ternísimamente a su Hijo; conocía que sentiría grande dolor, así por la ternura de la edad, como por la delicadeza de la complexión y mucho más por la plenitud del conocimiento que tenía, diferente en esto de los otros niños, que no preveían, no conocían lo que habían de padecer.
Y de aquí es que por todas estas razones se compadecía extremadamente de su Hijo la Santísima Virgen; pero en todo caso no se deja vencer ni del afecto, ni del sentimiento de compasión, aunque haya de padecer el Hijo; prefiere la voluntad de Dios a todo otro sentimiento, y con fortaleza grande, ella misma o San José, ejecutan; y con bañárseles los ojos de lágrimas, no desisten, sino cumplen la voluntad de Dios.
¡Oh qué grande ejemplo se me da de vencer toda ternura, cuando se trata de obedecer a Dios!, aunque se vea que el prójimo ha de recibir disgusto, y por consiguiente se sienta el habérsele de dar.
La verdadera caridad, con ser paciente y compasiva, hace vencer por amor de Dios, y por darle el gusto, todo otro sentimiento humano. Retiene el aguijón, para punzar, como lo requiere así la voluntad de Dios.
¿Cuál, pues, sería, oh Madre Santísima, vuestro sentimiento en esta ocasión? Sin duda derramabais de vuestros ojos amargas lágrimas, mientras que vuestro Hijo vertía su propia Sangre; aquel cuchillo hería también vuestra tierna carne y llagaba vuestro Corazón; pero en todo caso, vencido cualquier otro afecto, atendíais solamente a cumplir el beneplácito de Dios.
¡Oh si os supiese imitar!, y hollar generosamente todo otro sentimiento humano, cuando la Ley de Dios requiere lo contrario, y pudiese decir con el Apóstol que para lo que es de vuestro agrado no me detiene la carne ni la sangre.
Considera lo tercero, el dolor grandísimo que sintió el Santo Niño con este nuevo martirio, que era en sí tan grande, que tal vez morían los niños en su rigor; pero mucho más, porque la complexión de Cristo era delicadísima, y por consiguiente más sensitiva; fuera de que su Majestad Divina por el pleno y perfecto conocimiento aprendía el dolor que había de sentir.
¡Oh buen Señor mío!, cuán presto empezáis a hacer penitencia por mis pecados. Comenzasteis a llorarlos en vuestro nacimiento, y al octavo día los empezáis a lavar con vuestra Sangre. ¡Oh cuánto más os irá costando cada día mi salvación! Ahora derramáis pocas gotas, pero son prendas de los ríos que vertéis de vuestro cuerpo. ¡Oh cuánto os empiezan a costar las almas!
Bien puedo yo decir que sois mi Esposo sino hasta derramar la sangre: Sponsus sanguinum tu mihi es; pero no puedo yo ya decir que os correspondo, porque siéndoos deudor de vuestra Sangre, yo no sé daros ni aun una sola lágrima sincera de compunción.
Confúndete en ti mismo, por no haber aprendido con este ejemplo a mortificar tus sentidos y pasiones, y a cortar en ti lo superfluo y terreno. Ruega a Jesús, que te conceda gracia por la Sangre que derrama en el primer día del año a que das principio, y desde este punto conságrale todas las acciones de tus manos, todas las palabras de tu lengua, todos los movimientos de tu corazón, entendiendo en renunciar a todos aquellos gustos, placeres y contentos que son contrarios al gusto y voluntad de Cristo.
