Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Día de Navidad

Sermones-Ceriani

MISA DEL DÍA

Hemos visto que hay varias maneras de celebrar la Navidad… Como la celebró la Virgen Santísima… La Navidad de Dios Padre… La de los pastores… Y hemos anunciado una tercera Navidad: la del alma de Cristo.

Todo lo demás: la estrella, los pastores, el Pesebre, las alas de los Ángeles, la Virgen Santísima…, todo sólo sirve de marco a la imagen navideña. Todo ello no es sino la irradiación de ese «splendor gloriæ«, del esplendor de la gloria que se manifestó en medio de nosotros.

Debemos codiciar la imagen misma, y no su marco. Abramos, pues, los ojos y hundamos nuestra mirada en esta alma para ver su Navidad.

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El alma de Cristo resplandece con múltiples gracias; y tres de ellas son especialmente grandes.

La primera: el alma de Cristo ve al mismo Dios.

Si contemplamos el alma de Cristo, nos deslumbra a manera de sol resplandeciente el conocimiento altísimo que esa alma posee.

Todos quieren ver a Dios…

Y el Señor habló a Adán en sueños, a los Profetas en visiones, a las almas buenas en inspiraciones…; se mostró a ellos, mas todo ello no es aún la visión del ser.

En una sola alma vemos la irradiación de Dios, que es lumen Christi.

La Noche de Navidad es la llegada a nosotros del alma que ilumina, como con un nuevo y resplandeciente sol, la noche cerrada de nuestros conocimientos: ese sol es la visión de Dios.

He ahí la noche navideña de Nuestro Señor Jesucristo, que cantamos en la antífona del Magnificat: O oriens, splendor lucis æternæ et sol justitiæ, veni et illumina sedentes in tenebris et in umbra mortis. ¡Ven, oh luz verdadera, ven!

En aquella noche santa vino a nosotros el alma que ve el rostro de Dios.

En el alma de Cristo brilló aquel rayo que Moisés no quiso ver, porque temía morir, aquel rayo que Isaías entrevió tan sólo en medio de la niebla que llenaba el templo.

Fulguró en la tierra la visio Dei, la visión, la intuición de Dios; el Santo Niño de Belén, en medio de la doble noche, noche del mundo y noche de la gruta, vio al mismo Dios.

Es la primer alma glorificada. Es la primer alma llena de luz, el verdadero «oriens«, el verdadero sol que se levanta; en ella aparece el sol de la gloria eterna.

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La segunda gracia sin par es la completa impecabilidad.

Podríamos llamarla pureza, transparencia, merced a la cual no hay en el alma crepúsculo, sombra alguna.

¡Qué blancura brilla allí donde no pudo penetrar la imperfección, donde no pudo asomarse la más leve mancha, donde todo es fulgor y resplandor!

Esta alma está destinada únicamente a lo más sublime, a lo más perfecto. Esta alma goza de la impecabilidad, de la virtud de Dios; se alegra del bien, abomina el mal; le es imposible pecar.

Se ha edificado el templo verdadero de Dios; porque ha surgido la tierra inmaculada, un trozo del paraíso antiguo, donde puede andar Dios, donde puede sentirse en casa.

La Virgen Santísima es completamente hermosa, pero no por sí misma, sino merced a la gracia de Dios; mientras que el alma de Nuestro Señor Jesucristo es la portadora real de la justicia original.

Con pureza incomparable del corazón, con espiritualidad resplandeciente entra en la sagrada Navidad el alma de Nuestro Señor Jesucristo; no respira más que pureza.

Nos hace comprender qué es lo que busca y lo que quiere Dios. La Virgen Santísima, de rodillas junto al pesebre, ya indica que Él no quiere nada más en este mundo que el corazón puro.

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La tercera gracia es la santidad incomparable e inaccesible.

No hay santidad que pueda compararse con la de Cristo, porque ningún Santo fue de Dios en el grado en que lo fue el alma de Jesús. Ningún alma arde como la suya en amor divino.

Por esto coronó Dios el alma de Cristo con todas las gracias, con todos los dones del Espíritu Santo.

Ella ha de ser el alma-guía en todo cuanto sea perfección, virtud, heroísmo.

Ningún alma es tan profunda y radicalmente santa; porque si es santo el altar por el sacrificio y santo el relicario por la reliquia, ¡cuán santa será el alma de Cristo por la divinidad que en ella habita!

Si el alma humana es santa por la gracia que mora en ella, ¡cuán santa será el alma de Cristo por la divinidad que le está hipostáticamente unida!

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Y en esta alma reina un triple amor de Jesús: para con Dios Padre, para con su Madre Santísima y para con nosotros.

Al nacer Jesús, su alma exultaba ya con vida sobrenatural desde su concepción. Y su primer acto fue una llamarada inmensa de amor a Dios.

Él es el que ama más dulcemente, más heroicamente, con más abnegación a Dios.

El segundo acto de amor fue para con su Madre. Ella es la predilecta, el centro de la predestinación de todas las ternuras y de todas las diligencias. Y porque Él la ama, le llena el alma de gracia, y de vida y alegría el corazón.

En el momento del parto el alma de María se ve inundada de consuelos, deseos y sentimientos de adhesión.

Ya se le veía la plétora de vida que le llenaba mientras llevaba a Jesús debajo del corazón… ¡Con qué prisa se dirige a los montes de Judea!… ¡Cómo entona el Magnificat!… ¡Qué sentimientos enardecen su pecho ahora, y cómo ama, cuando el Dios desamparado extiende hacia Ella sus brazos!

Finalmente, el tercer acto de amor ha sido para con nosotros.

Nos ama en verdad. Abandonó el Cielo y bajó a la tierra, porque nos ama. Y con el ardor de su amor nos hace conscientes de nuestro propio valer, de nuestras esperanzas…

Os amo, nos dice, como linaje de Dios, como hermanos y herederos míos. Os amo. Despertaos, aliento en vuestros rostros la llama de mi amor.

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Si bien esta solemnidad es ante todo la fiesta de Cristo, celebrémosla también nosotros.

Celebrémosla con los sentimientos del divino Redentor.

No miremos tan sólo las lágrimas del Niño, sino fijemos la vista en el fondo de sus ojos, para descubrir allí los fulgores de la visión de Dios.

Andemos por los caminos que con sus pisadas nos abrió el divino Redentor, y estemos convencidos de que no hubo aún una noche en que rompiese a fulgurar una luz tal como la luz de Navidad.

Ha aparecido Aquel en quien se reflejan la gloria, la santidad y la hermosura de Dios; si le miramos con humildad, con el alma rebosante de fe, descubriremos y veremos «la gloria cual el Unigénito debía de recibir del Padre, lleno de gracia y de verdad