
MISA DE LA AURORA
Por la gracia de Dios podemos celebrar nuevamente la Fiesta de Navidad.
Hay varias maneras de celebrarla. Todas son profundas, íntimas, dulces.
¿Cuál escogeremos?
¿Acaso la manera como la celebró la Virgen Santísima?
Lo hemos contemplado anoche. Todos barruntamos qué inefable e incomprensible felicidad, qué dulzura debió de llenar el Corazón de la Virgen Santísima en la noche santa. Todos presentimos qué caudalosa corriente de sentimientos encontrados debió pasar por su alma cuando estaba arrodillada ante el pesebre del Señor.
Nos deleitamos con la vista de la Virgen, la única que vela, la única cuya lámpara no se apagó nunca, cuyo Corazón está en llamas e ilumina los caminos nocturnos del gran Peregrino que baja del Cielo a la tierra en plena noche.
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Hay otra Navidad: la Navidad de Dios Padre.
Porque en el Cielo se celebra una fiesta peculiar de Navidad. Lo pregona la estrella, que tiene un camino providencial en el universo. En medio de la noche nos alienta a confiar, nos dice que el Dios grande e infinito no se ha olvidado de nosotros.
La estrella nos trae esperanza; nos dice que también nosotros tenemos una estrella; que no hemos de hundirnos en la noche, como quien ha perdido el camino; que no debemos desesperar en el pecado, que Dios se preocupa de nosotros, y envía un trozo de cielo a la tierra; trozo de cielo que baja en alas blandas, fulgurantes, y resuena con voces que entonan el cántico tan extraño para nosotros: «gloria a Dios», «paz a los hombres».
La paz no tiene todavía su hogar acá abajo, está desterrada del mundo; mas los labios angélicos ya la evangelizan, ya anuncian la Buena Nueva de que llegará el día en que tendrá aquí su casa.
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Hay una tercera Navidad: la del alma de Cristo.
Esta consideración la dejamos, Dios mediante, para la Misa del Día.
Y contemplamos ahora la noche de los pastores…
Estaban velando en aquellos contornos unos pastores, cuando de improviso un Ángel del Señor apareció junto a ellos, y les dijo: No tenéis que temer, pues vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para lodo el pueblo. Y es que hoy ha nacido en la ciudad de David el Salvador.
Natus est vobis… Ha nacido para vosotros.
Para nosotros… Sus virtudes, sus gracias, sus méritos son nuestros; regocijémonos, pues, ya que somos ricos. Sus instituciones, sus Sacramentos y sus Santos son nuestros; regocijémonos, pues, porque somos poderosos.
Y Él mismo… Él mismo es nuestro. De modo que somos no solamente ricos, no solamente poderosos, sino también divinos.
¡Oh, Señor Nuestro! Haz que podamos asimilarnos esta Buena Nueva, sus tesoros fabulosos y su fuerza celestial; porque no cabe en nosotros el pensamiento de que el Señor ha nacido para nosotros…
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Y os sirva de señal que hallaréis al Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.
Esta es la señal, que debe iluminarnos…
Lo que necesitamos es un niño manso, una vida santa, modesta. Debemos liberarnos de las meras exterioridades, desarmar nuestros pensamientos de grandeza.
Al punto mismo se dejó ver con el Ángel un ejército numeroso de la milicia celestial.
Los Ángeles rinden homenaje a Jesús; parece que con ellos se posa en las campiñas de Belén un trozo del Cielo, un campamento de Dios, cuyo cántico es el «Gloria in excelsis«, el himno de su patria.
Vinieron de las alturas; allá gozan de la gloria de Dios, y aun acá abajo siguen cantándola.
Hay que venir de las alturas para cantar la gloria del Señor; hemos de estar en las alturas para que nuestro corazón, nuestra alma, todo nuestro ser sea un cántico de gloria entonado a Dios.
Hallaréis al Niño, pequeño, inocente, la inocencia se asoma a sus ojos.
Envuelto en pañales. Poco pide al mundo… Y sin embargo fue Él quien lo creó; mas lo creó como obra maestra de su alma.
Reclinado en el pesebre. Escogió lo humilde y modesto, para que le sirviera de fondo sobre el cual resaltase la delicada silueta de una vida humana realmente noble.
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¿Por qué llama a los pastores?
El coro de los Ángeles en el cielo y el de los pastores en la tierra cantaron el primer oficio de Navidad.
Dos coros: uno sublime y otro sencillo.
Así se muestra en ese momento también nuestro Dios; brilla el rostro de su infinita majestad, pero está cubierto con el disfraz de Niño.
Nosotros encontramos a Dios con la fe que busca lo infinito en la sencillez; ¡qué sencillez más llena de dicha, qué sencillez más profunda!
Llama a los pastores porque éstos no llevan en su alma el triste peso de la vida mundanal…; no son hombres quebrantados, agotados, cuyo corazón y cuyo ánimo están envenenados por la lucha y las preocupaciones de la vida económica. No son almas marchitas, inficionadas de tedio, almas cansadas y amargadas de vivir; almas para las cuales la fe, la religión es, a lo más, bálsamo y consuelo…
¡Dios nos libre de buscar solamente bálsamo y consuelo!
Quejarse de continuo es ambiente de hospital.
La religión no es un sentimiento enfermizo, sino un servicio entusiasta que se rinde a nuestro Señor y Dios.
No hemos de ser nosotros unos convalecientes inactivos, que no ven en el Señor más que al enfermero.
Por Él y para Él vivimos y morimos. Nuestro servicio es una vida robusta. Por tanto lancémonos con fuerza juvenil, con grandes aspiraciones, con desprendimiento.
Llama a los pastores, porque no son afeminados. En medio de la lluvia, del viento, de la noche invernal están velando junto a sus rebaños.
El Pastor de las almas siente una simpatía especial por los que están velando en la noche.
La comodidad y el refinamiento no son el nido del alma.
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Los pastores se decían unos a otros: Vamos hasta Belén, y veamos este suceso prodigioso que acaba de suceder, y que el Señor nos ha manifestado.
Los pastores se animan mutuamente: vamos, vamos.
Su corazón está excitado, y es su corazón el que habla. No pueden resistir el gozoso anhelo.
Nuestra alma siente constantes impulsos. También la vida tiene sus acicates; el entusiasmo de la juventud, el sentimiento del deber en la edad madura; pero sobre todo es el amor divino el que tiene fuego y un deseo que arrebata el Cielo.
Los pastores obedecen al mensaje celestial. Los Ángeles no los enviaron, mas sí los invitaron; y no con palabras, sino con el espíritu.
También Dios llama así muchas veces. No manda, pero invita.
Pidamos al Señor: ¡Oh, Señor mío!, haz que yo tenga sentido, que sienta lo que quieres de mí. Mi corazón está dispuesto a cumplir todos tus deseos.
Lograr la complacencia del Infinito… Suscitar el eco de su alegría… ¡Qué alegría! ¡Qué gloria!
El salmista dice que Dios hace brillar su rostro sobre nosotros cuando obramos rectamente. Sintámoslo y alegrémonos de ello.
En cuanto los pastores se ponen en camino, los arrastra irresistiblemente el fervor. La pasión del alma amante es el fervor. Es silencioso, pero fuerte, como el curso de un río caudaloso; no tiene olas inquietas, no es ruidoso, pero no hay poder capaz de detenerlo.
Y Dios los premió: Y fueron a prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño recostado en el pesebre.
Y al verle, hicieron conocer lo que les había sido dicho acerca de este Niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de las cosas que les referían los pastores.
Y los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto según les había sido anunciado.
Una vez que hayamos imitado a los pastores, imitemos a la Virgen Madre, que retenía todas estas palabras, ponderándolas en su Corazón.
