MEDITACIÓN DEL NACIMIENTO DE CRISTO EN BELÉN

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Fue María Santísima con san José su esposo desde Nazareth a Belén para empadronarse, según el edicto del emperador César Augusto.

Considera como habiéndose publicado el edicto del emperador César Augusto, para que todas las cabezas de las familias se empadronasen en la ciudad que les tocaba; habiendo de ir san José a la ciudad de Belén, hizo María Santísima este viaje en compañía de su Santo Esposo; no obstante, que su pobreza era grande y el frío en lo más riguroso del invierno.

Considera la pronta obediencia de la Reina de los Cielos al mandato del rey de la tierra; y aprende con su ejemplo a no repugnar a los mandatos de tus superiores, por inconvenientes que se interpongan.

No te desdeñes de acompañar en espíritu y servir a estos santos peregrinos, con toda la atención y cuidado de tu alma; y no te parezca puerilidad (dice el seráfico doctor San Buenaventura) el sujetarte, ya a hablar a la Virgen, ya al Santo José, y preguntarles: ¿cómo les va del trabajo del camino?, y ofrecerte para cuanto pudiere ser de su alivio; porque grandes siervos de Dios han sacado grandes frutos de esta consideración.

Pídeles te admitan en su compañía, y oirás la plática y conversación más divina que jamás se oyó en el mundo.

Habiendo llegado a Belén, no pudieron hallar posada entre los parientes y conocidos.

Considera como al cabo de los cinco días de camino llegaron los devotos peregrinos a la ciudad de Belén, ya puesto el sol. Empezó San José a ir de casa en casa buscando albergue; pero ni en posadas, ni en mesones, ni en las casas de los conocidos, ni de los más cercanos de su familia, hallaron posada; antes bien fueron de todos con desgracia y desprecios despedidos.

Llegaron a la casa del registro o padrón público, en donde se escribieron, y pagaron el fisco y tributo real, con que salieron de este cuidado. Volvió el Santo José a hacer diligencia por otras posadas, y de todas con gran desprecio fueron despedidos, admirándose los Ángeles de la insensible dureza de los hombres, y juntamente de la modestia, paciencia, resignación y humildad de su Reina y Señora.

Considera como determinaron (ya de noche) salirse fuera de la ciudad, albergarse en una cueva o gruta, que solía ser albergue de ganado: la hallaron desocupada, porque era el palacio Real que el Eterno Padre tenía destinado para el nacimiento de su Unigénito.

¡Oh cuán alegre estaría la Reina de los Ángeles con la práctica de tan extremada pobreza! ¡Oh mundo engañador, que así desprecias a los buenos y albergas a los malos! ¡Oh pobreza tan amada en los ojos de Dios cuanto despreciada de los hombres!

Dio a luz la Señora a su Hijo primogénito, le envolvió en los pañales, y reclinó en el pesebre.

Considera como María y José entraron al prevenido hospicio de la cueva, despedidos de los hospicios y piedad natural de los hombres; se hincaron entrambos de rodillas, y dieron gracias al Altísimo por aquel beneficio, que no ignoraban era dispuesto por los ocultos juicios de la eterna sabiduría.

Limpiaron la cueva lo mejor que pudieron, ayudándoles sin duda los santos Ángeles: luego previnieron alguna camilla con la ropa que traían, en un pesebre, para depositar en él al Rey de los Cielos.

Y María Santísima, puesta en elevación altísima de todas sus potencias y sentidos, al llegar la hora de la media noche dio al mundo al Unigénito del Padre y suyo.

Recibiéndole en sus manos los más supremos Serafines y poniéndole en los brazos de su Madre Virgen, le adoró con toda la corte celestial, y envuelto en pobres pañales le reclinó en el pesebre.

¡Oh alteza incomprensible de los juicios de Dios! ¿Dios, y en un establo de bestias?

¡Quién no se asombra! ¡Y quién dejará de quedar cautivo de su amor!

Llega a adorarle y darle tiernos ósculos, regando sus pies con lágrimas, y aliviándole del frio con encendidos actos de su divino amor.