25 DE DICIEMBRE: DÍA DE LA NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

nacimiento

Por la señal etc.

Cristo ha nacido para nosotros, venid adorémosle.

Contar como estando María Santísima en aquella humildísima posada, o cueva algunos días se cumplieron los nueve meses de su preñez, conociendo por inspiración Divina que era la hora llegada, y tan deseada de su felicísimo parto, recogiéndose en un rincón del portal, puesta en altísima contemplación dio a luz a su Hijo Unigénito sin dolor alguno; antes con grandísimos júbilos de alegría, y sin perder su Virginidad, permaneciendo mas resplandeciente que el Sol.

Algunos Doctores dicen que al tiempo que el Niño Benditísimo salió del Vientre de su madre le recibieron los Ángeles porque no cayese en tierra, y adorándolo con suma reverencia lo pusieron en los brazos de su Santísima Madre.

No se puede explicar el gozo que sintió la Purísima Virgen con la primera vista de este purísimo tesoro, considerándole como a su Dios le adora con humildad profundísima y como a su Hijo le abraza con ternura, y besa amorosísimamente envolviéndole en pobres pañales y mantillas que tenía preparadas, y le puso a los pechos llenos de leche celestial, y poco después en un pesebre porque no había otro lugar desocupado a donde reclinarle; ni aun este estaba del todo porque comían en él un buey y un jumento, los cuales viendo la hermosura del Niño se postraron en tierra, y le reconocieron por dueño y Señor, y le calentaban con su aliento.

Tuvo allí por cabecera una piedra. Allí adoró al Santísimo Niño el Santo José con afectos devotísimos, y amorosos agradeciéndole la merced que le hizo en tomarle por su ayo y fiel guarda y ofreciéndose a servirlo toda la vida con mucho gusto.

Al punto que esto pasaba en la tierra vino un Ángel del Cielo (que se dice fue San Gabriel) por orden del Eterno Padre para manifestar el nacimiento de su Hijo a los Pastores que estaban en la comarca como una milla de Belén, velando y guardando su ganado, vestido de un cuerpo resplandeciente, y rodeándoles de una luz celestial les dijo: Mirad que os traigo una nueva de grande gozo para todo el pueblo porque ha nacido para vosotros el Salvador en la ciudad de David; esto tendréis por señal, que hallareis al infante envuelto en pañales, y puesto en un pesebre.

Estando el Ángel diciendo esto a los Pastores, de repente apareció allí una muchedumbre del Ejército Celestial, bendiciendo y alabando a Dios: diciendo Gloria sea a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. Habiéndose vuelto los Ángeles: los pastores exhortabas unos a otros diciendo vamos a Belén, y veamos lo que se nos ha dicho, y así con gran priesa comenzaron a caminar hasta el portal, y habiendo llegado, hallaron a la Virgen María, y a José y al Niño puesto en el pesebre, y viéndolo conocieron lo que se les había revelado, y le adoraron arrodillados por tierra con sumo gozo como a universal Pastor; y luego se volvieron a sus ganados contando a todos las maravillas que habían visto; pero María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón.”

¡Oh alma mía! Si los Hebreos se admiraban tan prodigiosamente levantando sus ojos y manos al Cielo cuando les llovió aquel prodigioso manjar de tan diversos sabores para el socorro de sus necesidades corporales; con cuánta mayor razón nos debemos nosotros admirar, y dar gracias al Señor, diciendo que un Dios de tanta grandeza que no cabe en los Cielos ni en la tierra se haya humillado tanto; y para llenar de beneficios a los hombres.

Oh Jesús de mi vida, dulce imán de nuestros corazones que te has dignado nacer de una Virgen tan humilde; Tú que eres el ejemplar Soberano de la humildad en tu nacimiento, que has querido nacer en lecho tan humilde, y que fueses envuelto en humildes pañales y ser reclinado en humilde pesebre; concédenos clementísimo Señor por tu Natividad inexplicable, que nazca en nosotros la Santidad de nueva vida, y que siendo humillados con el hábito y los paños de la Religión, y puestos entre los estrechos límites de la santidad, y deseos de la perfección cristiana reclinados como en un pesebre estrecho podamos llegar a la altura de la verdadera humildad.

Señor que te has dignado participar por una unión tan admirable de nuestra humanidad y mortalidad concédenos la gracia de que seamos participantes de tu divinidad y eternidad en la gloria. Amen.

 

MEDITACIÓN SEGUNDA

Considera que Jesucristo es también Juez. Aunque es verdad que el oficio que Jesucristo tiene de Juez corresponde la indignación y enojo contra los pecadores, y castigarlos, también le pertenece el hacer favores a los buenos, y usar de su misericordia con ellos en el juicio de sus culpas, y darles premios por sus buenas obras.

Fue un beneficio muy grande, de la misericordia de Dios darnos por Juez de nuestra causa a Nuestro Señor Jesucristo en cuanto Hombre y en cuanto Hermano y Salvador nuestro, y este nuestro Hermano Juez clementísimo cuanto está de su parte no quiere condenará nadie, sino que quiere a todos salvarnos.

Así lo dice por San Juan, que no vino a juzgar al mundo sino a salvarlo; pero a nosotros nos toca aprovecharnos de la misericordia del Señor, haciendo con tiempo juicio de nosotros mismos confesando nuestros pecados con verdadero dolor, enmendando nuestras vidas para que en la hora de la muerte y en el fin del mundo, que nos hemos de presentar delante de este gran Juez, no halle pecados que condenar ni que castigar en nosotros.

Porque dice el Apóstol San Juan si confesamos nuestros pecados con verdadero arrepentimiento, Justo es Dios en cumplir sus promesas, y así nos perdonará por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo Nuestro Salvador; pero la misericordia no es para que el hombre tome de ella ocasión para ofender a su Dios, sino para que sea agradecido, no desespere y enmiende su vida cuidando de caminar de virtud en virtud hasta la muerte.