Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Nochebuena

Sermones-Ceriani

MISA DE MEDIANOCHE

Contemplemos a la Virgen Inmaculada esperando al Niño…

La Virgen Santísima, en su bendito estado de expectación, es el secreto de la más íntima profundidad…

Lleva en sí el misterio; sabe que Dios mora en Ella; pero todavía no ha visto al Señor…

La rodean solamente sus signos y sus Ángeles; no puede ver al Señor, no puede sino creer en Él.

¡Oh mundo misterioso y santo!

También Dios tiene sus caminos especiales; debemos buscarlos…, descubrirlos…, aceptarlos…

Dos peregrinos llegan a Belén; la necesidad, el edicto del César Augusto los obliga, y ellos obedecen.

No había lugar para ellos en el mesón… La gruta es el lugar misterioso y santo de la más profunda contemplación.

Ni Santo Tomás ni San Agustín tienen teología parecida a la de la Virgen Santísima en la santa Noche de Navidad. Muy cerca estaba de Dios, en la íntima cercanía de Madre y en la contemplación profundísima que corresponde al estado de virginidad.

Ella contempla, mira, ve… y se derrite en éxtasis…

Es el momento más adecuado para saludarla con las letanías lauretanas: ¡Sede de la sabiduría, Vaso digno de veneración…!

La Virgen Santísima tuvo su Nochebuena. Su alma estaba transfigurada por el encanto de los sentimientos virginales y maternos.

Ella veía Belén…, la gruta…, el pesebre…, pero los veía con los ojos del profeta…, con los ojos del santo…, con los ojos de la Madre de Dios…

Y no le dieron albergue, porque Belén estaba lleno de extraños, de advenedizos, de murmuración, de estrépito y de ceguera. Ella no pudo tener lugar allí…

María se va a la gruta, se interna en el silencio… ¡Ah!, aquí hay silencio, aquí la soledad celebra fiesta, aquí habla en voz alta el corazón, aquí se percibe el paso de Dios. ¡Cuán dulce es esto para María!

La gruta…, y en ella, la Virgen, «Arca Dei«, el arca del Señor; aquí está el Arca de la Alianza, aquí están las alas de querubines… ¡pronto veréis la gloria de Dios!

La Virgen Santísima, como Madre de Dios próxima a dar a luz, se prepara para recibir y saludar al Señor; le espera y le llama. Sabe que vendrá…

Ve la paja esparcida por la gruta, y su alma se ofrece a manera de muelle alfombra al Dios que va a entrar…

¡Oh, Virgen santa, sublime, gloriosa!

Fuera resuena el «Gloria in excelsis«; mas éste no es más que débil eco, vibración apagada del himno de la adoración que brota en el alma de la Virgen; de su alma prorrumpió el cántico de la madre más dichosa, cántico que Dios suscitó como saludo para la entrada de su Hijo en el mundo.

Contemplemos aquel mundo, aquel trozo de cielo, que la Virgen Santísima llevaba en su alma la primera Nochebuena.

Es profundo, es hermoso, es cálido y dulce. La Virgen se interna en los pensamientos divinos y goza del amor infinito del Señor. Su alma se levanta por encima del mundo que la rodea; y el heroísmo del Hijo se contagia a la Madre…

La Virgen Santísima nos ofrece a su Hijo. La gruta, el establo, el pesebre, la paja, el desamparo, la pobreza forman el marco de este don divino.

Y sucedió que, hallándose allí, le llegó la hora del parto. Y dio a luz a su hijo primogénito.

¿Qué es lo que ofrece la Virgen Santísima al Señor? El calor de su Corazón, sus blandos brazos, sus dulces besos; le adora, le ama.

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Y le envolvió en pañales y le recostó en un pesebre.

Allí todo es rudo, duro e ingrato para el cuerpo y los sentidos; doquiera que mire, se siente escalofrío; cualquier cosa que se toque, punza.

La paja parece un montón de espinas, el pesebre lleno de clavos sin remachar, que punzan; es un pesebre que no ha visto la garlopa; la madera está sin pulir.

El aire es húmedo; la gruta ni siquiera tiene puerta. El arte y la naturaleza se han mostrado avaros; no se ha aprovechado el pelo de los camellos, ni la lana de las ovejas, ni el plumón de las ocas; no hay más que unos pobres pañales tejidos de hilo de cáñamo.

Aquí todo está desnudo: la pared de rocas, el pesebre de madera tosca…, el Niño. Sentimos escalofrío; nuestros sentidos se espantan…

Mas no huyamos. Meditemos un poco el programa de este Párvulo…

Este Niño tiene una misión especial respecto del alma: le ama, la mira con predilección, vino a salvarla. De ahí que siempre se dirija al alma, que no vea en el hombre más que el alma, que no hable sino al alma.

La oscuridad envuelve el alma del hombre cuando se arrodilla en Belén, deseoso de ver y saber. La oscuridad rodea el pesebre y al hombre. Una doble noche; la noche del cielo y la de la gruta.

También Dios tiene por manto la oscuridad. Dios es invisible; respecto de nosotros está envuelto en la oscuridad de la noche. Dios es misterioso, como la noche, e incomprensible…

¿Cómo puede ser nuestra luz? La teología tiene zonas asombrosas y oscuras, y si alguien clava su mirada en sus problemas siente vértigo y desasosiego. No tenemos más que una salvación: recurrir al Corazón de Jesús, huyendo del soplo de la duda.

Este soplo marchita y hiela; marchita el amor y lo trueca en triste deber; hiela el entusiasmo y pone en su lugar una resignación estoica; hiela el esfuerzo y lo cambia por una indolencia de esclavos.

En tal ambiente todo perece: la naturaleza, la razón, y el alma…

Vayamos a la gruta de Belén; acudamos al Pesebre del Niño Dios; pongámonos a su lado… Él disipará las dudas.

Su mirada es luz que hace olvidar las preocupaciones y las dudas; su sonrisa es aliento. Y este Niño divino es todo para nosotros: encanto, aliento, luz. Vino para que nosotros confiáramos en Él.

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La noche de Navidad nos presenta a la Virgen Santísima en la más hermosa manifestación de su alma.

¿Pudo darnos Dios cosa más excelsa que su propio Hijo? ¿Pudo acercarse más a la humanidad que naciendo el mismo Dios en medio de nosotros? ¿Y pudo un alma recibirle con más dulce intimidad que su Santísima Madre al estrecharle contra su pecho?

¿Verdad que no? Pues bien, delante de esta Virgen nos coloca la sagrada liturgia…

No hay alma que haya pasado en vela una noche como ésta de la Virgen Santísima. El Señor quiere estar a solas con Ella; por esto la conduce a la gruta, la aleja de Belén, de la ciudad, la coloca en medio de la soledad; acalla todo…

La Virgen Santísima se inclina sobre el Párvulo, envuelve el pesebre en la sombra de su amor y de su dicha; su alma y su rostro irradian hermosura divina, que debe servir de descanso a la primera mirada del Niño divino; su pecho se hincha con la dulce leche que ha de ser el primer alimento de Dios, y en sus labios se derrama la sonrisa que ha de ser el primer gozo del Niño Jesús.

¡Noche santa, santísima; noche silenciosa, misteriosa; noche santa de la Virgen Purísima y del Niño Dios!

Ella adora. La noche santa es noche de oración para la Virgen Santísima. En largas horas de oración María adora a Jesús de un modo más perfecto que los mismos Ángeles.

Por su alma pura, exquisita y fiel pasan los pensamientos de Dios; los sueños de los Profetas, lo que había de noble anhelo en los deseos de los hombres, la teología más hermosa y profunda.

Con adoración extática tiene abrazado a su Dios; puede hacerlo porque, después de Cristo, nadie ha podido acercarse tanto a Dios.

Dios la llena de admiración, de homenaje, de alabanza, de amor, de gozo…

Ella puede acercarse a la gloria infinita e increada del Señor. Ve sus perfecciones: su omnipotencia, su eternidad, su infinidad, su fuerza creadora, su dignidad, su hermosura…

Pero también puede acercarse a su humanidad santísima: su Cuerpo, su Alma, su vida, vislumbra ya su Pasión…

Con mirada penetrante sigue suavemente todos sus pasos, besa todas sus huellas, siente el oleaje que en la historia va a suscitar el Hombre-Dios, para que, al fin, se estrellen todas las ondas contra el escabel de su tribunal, y este mismo estrellarse sirva de himno a su gloria.

¡Noche santa, noche santísima!

Este fue el saludo adecuado y digno de Dios, esta la sinfonía, el regocijo triunfal que se lanzó a los cielos. El Gloria in excelsis no fue más que un eco.

¿Podía la tierra recibir mejor a Dios que con los sentimientos de la Madre de Dios? ¿Podría recibirle con más ardor, con más suavidad y dulzura?

¿Y podía el Señor venir de un modo más embelesador que naciendo de una Virgen, abrazando a su Madre?

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También nosotros podemos adorar al Señor, al Niño; contemplar su grandeza y pequeñez…; y nuestro deseo, nuestro consuelo, nuestro gozo es rendirle homenaje…

Baja Dios del altísimo Cielo a la tierra… A la tierra pecaminosa, maldita….

Jesús baja a la tierra, y ésta siente su pisada…; siente esta pisada también el infierno, y se estremece al paso del Hombre-Dios que triunfa; respira con alivio la creación…

Viene el Salvador, el Santificador; viene nuestro gran Libertador; Dios nos lo envía, al Pacificador, que nos promete el bien y nos lo trae…

¡Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!