
MEDITACIÓN PRIMERA
Considera alma mía los ardentísimos deseos que tenían del Soberano Parto de la Sacratísima Virgen María: en primer lugar el Divino Niño, luego la Santísima Virgen y el Señor San José en quien son representados los fieles que tenían fe de este Misterio y a su imitación desean disponerse para dignamente recibirle.
Lo primero se ha de considerar el ardentísimo deseo que tenía Jesucristo Nuestro Señor de perfeccionar el negocio de nuestra Redención, y por consiguiente de nacer en el mundo para irle formando conforme a la voluntad de su Padre; porque desde el vientre de la Madre tenía estos ardientes deseos; por lo cual debo darle infinitas gracias y corresponderle con otros entrañables de servirle muy de veras.
Y sin embargo de este deseo, no quiso nacer antes de los nueve meses; lo primero por conformarse con todos los niños y padecer aquella cárcel enteramente, porque en lo que era padecer no quiso usar consigo de dispensación; lo otro porque tomó todo este tiempo como de un recogimiento para entrar en este mundo, gastándole en profunda oración y contemplación; así como se recogió cuarenta días en el desierto antes de manifestarse al mundo para la predicación; dándonos a entender con esto el recogimiento que hemos de tener dedicando algún tiempo a oración retirada, y vacar solo a Dios y especialmente para celebrar con devoción la festividad de su Santo Nacimiento.
Lo segundo considera los encendidos deseos que tenía la Santísima Virgen de ver nacido a su Santísimo Hijo y llegase ya la dichosa hora de su parto; lo primero por conocer de vista a aquel Niño hermosísimo, que no tan solamente era Hijo suyo, sino también de Dios, para recrearse y gozar de su hermosura. Lo segundo, para adorarle con la más profunda humildad como a Dios Omnipotente y Redentor del Mundo, servirle y regalarle, y hacer con Él los oficios de la Madre más tierna y agradecida a la misericordia que había hecho de escogerla para ello; y así con gran ternura diría aquello de los Cantares: Quien me diere Hijo mío, que te viese yo fuera de este encerramiento que tienes, para besarte, regalarte y servirte como mereces. Lo tercero para que el mundo gozase del bien que Ella tenía, porque aunque le amaba mucho no le quería para sí sola, sino para todos, pues había Encarnado para beneficio de todos; y como la esperanza que se dilata aflige el corazón dice el Espíritu Santo, cada día se le haría un año, aunque por otra parte estaría muy contenta de tenerlo dentro de sí, conformándose en todo con su Santísima voluntad.
Con estas consideraciones es necesario morir nuestros corazones y despertar en nosotros ardientes deseos de que este Hijo de Dios nazca en nuestras almas espiritualmente para que de todos sea adorado, servido y amado; repitiendo para esto algunos versos de los salmos y de los Profetas de que usa la Iglesia en este Santo tiempo, como es decirle; despierta Señor tu potencia, y ven para que me hagas salvo, ojalá rompieses esos Cielos y vinieses para que en tu presencia se deshiciesen todos mis vicios. ¡Oh Cielos! enviad de lo alto este Divino roció. ¡Oh nubes! lloved para mí al justo, y tu tierra, ábrete y brota para mí el Salvador. Muestra, Señor, tu misericordia, y dame graciosamente tu salud.
Y los buenos propósitos que se hubieren concebido por inspiración del Espíritu Santo, se han de poner por obra inmediatamente en el tiempo, lugar y coyuntura que Dios quiere, para que todos conozcan por nuestras buenas obras que el Espíritu del Señor habita en nuestros corazones, porque el buen propósito, que el Espíritu Santo inspira de mudar y mejorar de vida y obrar siempre bien, sino se pone por obra atormenta la conciencia con remordimiento, y suele ser ocasión de graves caídas, permitiéndolas Dios en castigo de haber ahogado el Espíritu y buen propósito que procedió de su inspiración; y por eso dice el Espíritu Santo que los deseos matan al perezoso; esto es, deseos concebidos en virtud de Dios, y no cumplidos por pereza propia, o por malicia.
Lo tercero, el Glorioso y Castísimo Esposo de María Santísima, el Señor San José, juntaba sus deseos con su querida Esposa.
¡Que coloquios no tendrían entre sí! Dirían, ¿Quien podrá levantar los ojos en su presencia, si tiemblan los más encumbrados Serafines delante de él? Y juntos dirigían al Señor los deseos de los Patriarcas que estaban encerrados en el Limbo; aguardando con impaciencia este día dichoso y de libertad; como también los deseos de los que vivían en esta vida mortal.
Y la Virgen Santísima tenía la esperanza certísima de que su Virginidad no había de padecer detrimento alguno en el parto, creyendo firmemente, que como fue Virgen en el concebir al Hijo de Dios sin obra de varón, así lo seria en el parir en su entereza Virginal; porque la experiencia de lo pasado la certificaba de lo futuro, acordándose que ambas cosas estaban profetizadas por Isaías diciendo: mirad, que una Virgen concebirá y parirá un Hijo, cuyo nombre será Emanuel, que quiere decir Dios con nosotros. Revolvería estas palabras dentro de sí, las hablaría con su Esposo, y con grande admiración alabarían al Señor por tan singulares beneficios como había derramado sobre ellos.
¡Oh Santísimos Esposos!, alcanzadnos del Señor que quitemos de nosotros los estorbos de su venida, y con gran diligencia nos preparemos para ella. Amen.
Dichoso, pues, el Cristiano que en este tiempo renueva en su corazón con el fervor posible los ardientes deseos de aquellos Santos Patriarcas diciendo con la Iglesia. ¡Oh Emmanuel, Rey nuestro, y Legislador, deseo, y esperanza de los pueblos, ven a obrar la salud, que esperamos de ti, que eres nuestro Dios, y nuestro único refugio! Llénese de gozo nuestro Corazón; mirad que viene el deseado de todas las gentes, y será llena de gloria la casa del Señor.
MEDITACIÓN SEGUNDA
Considera que también vino Jesucristo, para ser luz del mundo. Después que entró el pecado por Adán, y lo heredamos de él con la naturaleza corrompida; entraron también con él las tinieblas interiores y espirituales en las almas; porque los pecados son tinieblas de ignorancia y error, y entrando en el alma la privan del conocimiento de la verdad y de lo bueno; y aumentan también las tinieblas; por eso dijo el Sabio, el camino de los malos está oscurecido con tinieblas y cayendo no ven ni saben dónde caen; y David dijo de los pecadores: no supieron ni entendieron; andan en tinieblas, porque no conocieron bien a Dios ni quisieron hacer buenas obras como debían haberlas hecho.
Estas tinieblas de errores y de pecados crecieron tanto en el mundo, que tenían cubierta toda la redondez de la tierra, y casi todos los hijos de Adán estaban envueltos en ellas tan obscurecidos que no veían la verdad que habían de creer y abrazar y la mentira y falsedad que habían de huir.
Este estado miserable lo pinta Isaías diciendo en persona de los pecadores: andábamos en tinieblas, y como ciegos íbamos a tiento.
Estando el linaje humano en este abismo profundo de obscuridad, de errores y pecados, prometió Dios por los Profetas enviaría al mundo la luz espiritual clarísima y hermosísima, que con inmenso resplandor deshiciese todas estas tinieblas de errores y vicios y alumbrase las almas y las llenase de luz de resplandor de verdades y virtudes.
Esta luz que también se llama Sol de Justicia, porque es fuente de Gracia y Santidad y engendra Varones Santos y justos, es Jesucristo Nuestro Señor que vino al mundo enviado del Eterno Padre para deshacer los errores y vicios, que son las tinieblas que había en él, como dice San Juan: era luz verdadera, luz perfectísima, que de si tiene virtud para alumbrar y que alumbra a todo hombre que nace en este mundo.
Por lo que está de su parte a ninguno se niega y a todos comunica y la culpa está de parte de los hombres que no se aprovechan de ella; y como para conocer, y estimar bien la hermosura, alegría, y provecho de la luz del Sol, ayuda mucho haber experimentado el horror y tristeza que causan las tinieblas; así podrá conocer bien la necesidad que tenía el mundo de esta luz espiritual de Jesucristo, y el provecho y fruto que hizo en él, y la alegría y consuelo que causó en el linaje humano; es muy provechoso, dice San Gregorio, reflexionar sobre las tinieblas de errores y vicios en que estaban sumergidos los hombres; ellos habían abandonado a su Dios y Señor, y el culto lo daban a las criaturas, a las piedras, a los leños, a los animales y hasta los vicios, representados y enseñados por los hombres.
Vino Jesucristo y nos enseñó con su resplandeciente luz a adorar el verdadero Dios, el aborrecimiento del vicio y el amor a la virtud.
PROPÓSITOS
¡Oh mi Señor Jesucristo!, luz refulgentísima que has venido al mundo para iluminar a todos los hombres y echen de si las tinieblas del pecado y amen la claridad de las virtudes; no permitáis, Señor, que yo me aparte de vuestros resplandores, que es la Santísima Doctrina que nos habéis venido a enseñar.
Yo abomino de todo mi corazón las horrorosas tinieblas que cubren a los amadores del mundo; dicen estos ciegos dignos de la mayor compasión que por ser la vida del hombre muy breve, es preciso darse priesa para gozar de los bienes y deleites de la tierra. ¡Que error! ¡Que ceguedad!
Del mismo principio que se vale el justo, que está iluminado con la luz de Jesucristo, para aborrecer el mundo y sus falsos deleites, para abrazar lo bueno, reformar sus costumbres y desengaño de su miseria; se vale también el mundano para la maldad, la relajación de sus costumbres y para permanecer en el engaño de su ceguedad.
De la brevedad de la vida infiere el pecador, que se han de gozar a rienda suelta los deleites del mundo; cuando el varón espiritual colige de esta brevedad y corta duración el desprecio de todos ellos mirándolos como engaños, según aquello del Apóstol San Pablo: Breve es el tiempo, luego no nos queda otro recurso que es aprovecharnos de él para nuestra salvación; y así los que tienen mujeres vivan como si no las tuvieran; los que están tristes los que están alegres y los que están contentos como si no estuvieran, y los que usan de este mundo como si no usasen, porque pasa la figura de este mundo.
Y en esto nos da a entender San Pablo, que los Cristianos considerando la brevedad de la vida presente y la eternidad de la otra, usen de todas las cosas de este mundo con la moderación con que debe usar de ellas un Cristiano; esto es, sin pasión y sin apego; teniendo un corazón tan desprendido de las cosas de este mundo como si nada poseyesen; porque todo lo que hay en él, no es más que una falsa, y pasajera imagen del bien, es una pura sombra, una apariencia que engaña a sus amadores, y para despreciarlo todo tengamos siempre presente la Doctrina del Padre San Jerónimo en que dice: fácilmente lo desprecia todo el que cada día considera que aquel en que se halla será el ultimo de su vida y primero de su muerte.
