Concilio Vaticano II y su desolación abominable
“Por tanto, cuando viereis la abominacion desoladora,
que fue dicha por el profeta Daniel, que estará
en el lugar santo (el que lee, entienda)”… (Mateo 24:15)
Es la abominación desoladora
sembrada donde menos se debiera:
en templos despojados de su gloria
que hoy tienen por altares burdas mesas.
Es la profanación de una liturgia
que, –maliciosamente adulterada–,
clama venganza al cielo por la oculta
y masónica hiel de sus entrañas.
Es una involución a lo pagano
de “fieles” con la nave a la deriva
que acogen complacientes los aplausos
del mundo cuando triunfa la herejía.
Es un odio frontal e incontenible
a la cruz, por taimados enemigos
de Dios que catequizan que ser libres
es claudicar ante lo relativo.
Es un repudio a Cristo que subyace
bajo un catolicismo hecho parodia,
un culto planetario que comparten
apóstatas e hijos de las sombras.
Es una seducción planificada
en logias donde se ha deconstruido
–en base a la razón–, la fe cristiana
castrándole lo sacro y lo divino.
Es servilismo mal justificado
por el respeto hacia una jerarquía
que, –llena de martillos–, hunde clavos
en Dios mientras le incrusta aún más espinas.
Es una falsa luz que alumbra el orbe,
cuya fuente procede del abismo,
un vil culto del hombre para el hombre
que busca redención fuera de Cristo.
Es un catolicismo espurio que abre
ventanas al error, de par en par
y sus pastores ya no tienen llaves
para la puertas de la eternidad.
Es, en fin, una iglesia falsa, impura,
–el ”non serviam” del ser bajo anatema–,
que depone sus alas a la oscura
sombra de Lucifer, como una ofrenda.

