DÍA 17 DE DICIEMBRE: Y SEGUNDO DE LAS MISAS DE LA EXPECTACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

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MEDITACIÓN PRIMERA

Considera las gracias y excelencias de Dios Encarnado, que es Cristo Nuestro Señor, las cuales fueron inmensas, porque como dijo de Él San Juan Bautista su Precursor, no le dio Dios el espíritu con medida, porque el Padre ama al Hijo y puso todas las cosas en sus manos, que fue decir: a los demás Santos se les da el espíritu con medida, y entre ellos se dividen las gracias del Espíritu Santo, como dice San Pablo, dando unas a unos y otras a otros; pero a Jesucristo Nuestro Señor le dio su Padre el espíritu sin medida, porque se las dio todas juntas; no solamente para sí, sino con potestad de repartirlas entre otros, dando a cada uno su medida, porque el Padre le ama con singularísimo amor como a Hijo Unigénito suyo.

Y así le comunicó tanta plenitud de sabiduría, cuanta convenía para Gloria del Hijo; por lo cual dijo de Él su Evangelista San Juan: vimos su Gloria, como Gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Además de esto, habiendo el Verbo eterno comunicado a esta Alma Benditísima lo sumo que tenía, que era su mismo ser personal; a su honra pertenecía comunicarla también la inmensidad de gracias y dones que convenía a quien tenía tan noble ser.

Estas gracias podemos reducirlas a siete, como cabezas y fuentes de otras.

La primera fue pureza inmensa, de modo que ni pecó, ni pudo pecar, porque era Cordero de Dios inocentísimo, Celestial y no terreno, que vino a quitar los pecados del mundo.

La segunda es la gracia de Santidad, la cual excedió incomparablemente a la de todos los hombres y Ángeles juntos; y a esta medida tenía su caridad, humildad y obediencia, con las demás virtudes; de modo que por excelencia se llama Santo de los Santos en quien el Espíritu Santo descansó, llenándole de sus siete Dones con inmensa plenitud.

La tercera fue la gracia consumada, que es la Bienaventuranza, y Visión Beatífica; porque desde aquel primer instante vio su Alma la Divina Esencia con mayor claridad que todos los Bienaventurados juntos; y a esta proporción amó a Dios y se gozó con inmenso gozo.

La cuarta gracia abraza los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios, no divididos, sino todos como dice San Pablo para que conociese todas las cosas creadas, pasadas, presentes y por venir, sin que ninguna se le oculte, como quien había de ser Juez para premiar las obras buenas y castigar las malas.

La quinta es la potestad de hacer milagros sin taza con solo su querer.

La sexta, la potestad de excelencia de perdonar pecados, convertir los corazones, ordenar Sacramentos y sacrificios, y en repartir gracias y dones a los hombres.

La séptima, la gracia de Cabeza, así de la Iglesia Militante, como de la Triunfante, de hombres y de Ángeles; siendo superior a todos y fuente de todas las bendiciones Celestiales y Dones que proceden del Padre de las lumbres, para bien de su Iglesia.

En aquel primer instante esta Alma Santísima de Nuestro Señor Jesucristo ejercitó heroicos actos de virtudes para con Dios, porque como vio claramente la Divina Esencia, y por otra parte vio los innumerables beneficios que había recibido, al punto brotó con grande ímpetu cuatro excelentes afectos; a saber, un amor encendidísimo a Dios; un agradecimiento grandísimo; una humildad profundísima; y ofrecimiento prontísimo de obedecer en todo cuanto quisiese; deseando se ofreciese ocasión de mostrar todo esto por la obra.

En aquel mismo instante Cristo Nuestro Señor ejercitó actos excelentísimos de virtud para con los próximos; porque viendo la separación que había entre Dios y los hombres, por los pecados y la dominación del demonio sobre ellos, el amantísimo Corazón de Jesucristo se llenó de mayor dolor, pero a un mismo tiempo de mayor consuelo; sabiendo que Él era Mediador entre partes tan separadas y que la voluntad de su Padre era que fuese Redentor y remediador de los hombres.

Y a este fin en aquel instante el Padre Eterno le descubrió todos los trabajos que había de padecer desde que encarnó hasta que espiró en la Cruz diciéndole: Hijo mío, mi voluntad es que, para redimir a los hombres y para darles ejemplo de todas las virtudes, nazcas en un pobre portal, seas circuncidado y perseguido de Herodes y de los Judíos, y que seas preso, azotado, coronado de espinas y muerto en una Cruz con grandes dolores y desprecios; por tanto, pues me amas, acepta estos trabajos por mi amor y por el bien de tus hermanos.

A esta voluntad del Padre, que Jesucristo llama mandamiento, respondió al punto ofreciéndose a padecer aquello con prontísima voluntad. Ecce venio ut faciam voluntatem tuam, vengo, Padre mío, a hacer tu voluntad.

Dichoso el Cristiano que renueva en su corazón con el fervor posible los ardientes deseos de aquellos Santos Patriarcas diciendo con la Iglesia: Oh Sabiduría Eterna que saliste de la boca del Altísimo y dispones todas las cosas con fuerza y con dulzura, ven a enseñarnos la prudencia de las almas.

MEDITACIÓN SEGUNDA

Considera como Nuestro Señor Jesucristo viniendo al mundo fue, no tan solamente Sacerdote, sino también Sacrificio.

La cosa que se ofrece en sacrificio es la materia de él, y que también se suele llamar sacrificio, sea de consagrar para aplacar a Dios por los pecados cometidos, y para darle gracias por los beneficios que hemos recibidos de su misericordiosa mano.

En la cosa que se ofrece ha de haber alguna mudanza, como es matándola o dividiéndola o consumiéndola, como se hacía en la antigua ley con los animales, que los mataban y degollaban, partían, y los quemaban con fuego o los comían. Y si no se mata la cosa que se ofrece por no ser cosa viva, siempre se ha de hacer alguna mudanza; semejante a muerte como dividiéndola en partes o quemándola con fuego como hacían con el incienso que lo encendían, y con el pan que lo cocían.

Así hace esta mudanza en las cosas que se ofrecían; lo uno, para significar y reconocer que las habían recibido de Dios para usar de ellas. Y por cuanto para usar el hombre de las tales cosas y aprovecharse de ellas, o las mataban, o las cocían, o asaban con fuego, por eso hacían en ellas esta alteración cuando las ofrecían en sacrificio, y también para significar más perfectamente que todas las cosas son de Dios, y que todas se han de emplear y consumir en servicio suyo.

Además de esto, para que una oblación fuese verdaderamente sacrificio, era necesario que fuese instituido por Dios como lo eran los de la ley escrita, y que hubiese Sacerdotes como los había entonces para ofrecerlos.

Jesucristo Nuestro Señor muriendo por nosotros en la Cruz, fue sacrificio y, ofreciéndose al Eterno Padre para glorificarlo y honrarlo, fue Sacerdote.

Así lo afirma el Apóstol San Pablo cuando dijo a los moradores de Éfeso: “Amad a vuestros prójimos, haciendo todas vuestras obras en caridad como Cristo nos amó, y por amor se ofreció voluntariamente a sí mismo a la muerte por nosotros, por nuestra salud y remedio, y se ofreció en oblación y sacrificio de suavísimo olor, aceptísimo y gratísimo a su Eterno Padre”.

Este sacrificio es el fin y la perfección de todos los sacrificios antiguos; a este se ordenaban todos, y este es el que daba virtud y valor a todos, por este eran aceptos y agradables a Dios todos los que lo eran.

Los sacrificios de la ley antigua no podían aplacar a Dios que estaba enojado con los hombres, ni podían quitar los pecados, ni santificar las almas, ni hacer justos ni dar la salud espiritual. Todo esto estaba reservado para este dignísimo sacrificio, y para este Sumo Sacerdote Jesucristo Nuestro Señor.

Él fue el que infinitamente agradó a Dios Padre, el que del todo lo aplacó y le quitó la ira y enojo que tenía contra el hombre. Él fue, el que borró todos los pecados del mundo, y el que santificó las almas y el que les mereció todos los dones y gracias espirituales; el que destruyo y deshizo el imperio del demonio, el que abrió las puertas del Cielo para que todos los que quisiesen entrasen en él por virtud de este sacrificio; y para obrar con virtud y eficacia infinita estos efectos, fue instituido por Dios este sacrificio y ordenado este Sumo Sacerdote.

PROPÓSITOS

¡Oh mi Señor Jesucristo!, que viniste al mundo para sacrificarte por los pecados de los hombres y para que nosotros, imitando vuestros soberanos ejemplos, te ofrezcamos el sacrificio de nuestras potencias y sentidos, renunciando las vanidades del siglo y viviendo en perpetua mortificación, siguiendo vuestros soberanos ejemplos.

Alma mía, San Lorenzo Justiniano dice que Jesucristo despreció el mundo; ninguna de las obras de sus estancias quiso poseer; no campos, no viñas, ni olivares, ni posesiones, ni heredades, ni oro, ni piedras preciosas, ni quiso tener habitación para vivir; y por eso dijo el mismo Señor, que las raposillas en el campo tenían sus cuevas donde habitar, y las aves nidos en que vivir, y que el Hijo del hombre no tenía ni aun donde reclinar la cabeza.

Como peregrino y forastero vivió en el mundo (dice el mismo Santo); con muy tenue comida se alimentaba; una pobre y despreciada capa le cubría, y muerto fue sepultado en Sepulcro ajeno; de donde se viene a conocer que Jesucristo vivía en el mundo con mucho desprecio de él, y como si fuera de él viviese; para que imitándoles nosotros vivamos también en el mundo, aborreciendo y despreciando sus bienes, comodidades y consuelos; levantando nuestro corazón al Cielo y viviendo en la tierra como sino viviésemos.

Y esta es nuestra felicidad verdadera; pues solamente es feliz, y dichoso verdadero (dice el mismo Santo) el que ayudado de la gracia del Señor desprecia al mundo seco y estéril; aunque con aspecto florido y engañosamente agradable se presenta; feliz, vuelvo a repetir, aquel que tiene horror a sus cariños, y huye de sus amistades como de peste, y persevera en este generoso propósito hasta la muerte en él.