
MEDITACIÓN PRIMERA
Considera como la Prudentísima Virgen, habiendo oído las palabras del Ángel con la mayor devoción, se puso de rodillas, elevadas y juntas las manos, los ojos fijos en el Cielo, con la más profunda humildad, dio su consentimiento, tan deseado no tan solamente de los hombres y del Ángel, sino del mismo Espíritu Santo, su Esposo, el cual le diría al corazón aquello de los Cantares: suene tu voz en mis oídos querida mía, porque es dulce para mí; y Él mismo le inspiró las palabras que había de decir, ejercitando excelentísimas virtudes, con las cuales acabó de disponerse para ser digna Madre Dios.
Estas fueron aquellas de tanto consuelo y admiración; dijo, pues, la Sacratísima Virgen a la embajada del Ángel: Veis aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
¡Mirad que obediencia tan pronta! ¡Qué deseos tan devotos! ¡Qué fe tan firme! ¡Qué consentimiento tan humilde!
No soy de mi potestad, sino Esclava del Señor, dice; con su grande fe da crédito al Ángel, y así le responde hágase en mi según me lo has comunicado; con su humildad se llama Esclava del Señor en medio de tantas grandezas que se le ofrecían, y por consiguiente, juzgándose indigna de ser Madre de Dios, se pone cuanto está de su parte en el último lugar, que es en el de las Esclavas; y con su grande obediencia y resignación se deja en las manos de Dios, y se ofrece a cumplir prontamente lo que le ordena por medio del Ángel.
¡Oh Virgen obedientísima, humildísima y sapientísima, con qué hermosura habéis unido cosas tan distantes! Habéis creído ser Madre de Dios, y os llamáis Esclava; os tenéis por Esclava y os ofrecéis a ser Madre de Dios; fe de tanta bajeza, y fe de tanta grandeza; humildad tan profunda, con magnanimidad tan alta. ¡Oh alteza de la sabiduría de Dios! ¡Oh milagros de su Omnipotencia! Vuestras Señor son estas maravillas.
Dado por la Virgen el consentimiento; en el mismo instante el Espíritu Santo formó de su Sangre Purísima en su Sagrado vientre el cuerpo de un Niño perfectísimo, y creó un Alma racional excelentísima, y la juntó con aquel cuerpo, y en el mismo instante este cuerpo y alma unidos entre sí, lo unió a la Persona del Verbo eterno, quedando Dios hecho hombre, y el hombre Dios; Dios desposado con la humana naturaleza en aquel Tálamo virginal, y la Virgen levantada a la dignidad de Madre de Dios.
Es verdad que las tres Personas de la Santísima Trinidad concurrieron a este adorable Misterio, el Padre con su poder, el Hijo con su sabiduría, y el Espíritu Santo con su amor, pero por ser obra de tan grande amor, se le atribuye al Espíritu Santo.
Advierte en esta maravillosa Encarnación, que así como en la Divinidad hay tres Personas y una Esencia, así en Jesucristo hay tres esencias y una Persona; esto es, la Divinidad o Deidad, que es la segunda Persona de la Santísima Trinidad; el Alma y la carne.
La Persona es eterna, el alma es nueva, porque fue criada en este momento, y la carne antigua, porque es propagada desde Adán.
Cristo, según a Divinidad es engendrado por el Padre eternamente, y es el Verbo eterno, segunda Persona de la Santísima Trinidad, tan eterno como el Padre, y el Espíritu Santo; según el alma, es creado, según el cuerpo es hecho.
Con este fiat, se originó mucha gloria a Dios, gozo a los Ángeles, y esperanza a los hombres; a este fiat, se ejecutó este admirable misterio.
Pero comparemos el fiat de María, con el fiat de Dios cuando creó el mundo, para que conozcamos cuánto estamos obligados a esta Señora, y cuántas gracias le debemos dar, por la mucha parte que tuvo en nuestra redención.
Con un fiat hizo Dios al hombre, con un fiat de María se hizo Dios hombre.
Con un fiat sacó Dios la luz de entre las tinieblas; con un fiat de María la luz increada se ocultó entre las sombras de la humanidad.
Con un fiat creó Dios el firmamento colocándole sobre todo lo sublunar; con un fiat de María, el firmamento supremo se abatió, y el Señor del firmamento se vistió de la debilidad de nuestra naturaleza.
Con un fiat sacó Dios a luz pública y a la vista del mundo aquellos dos grandes luminares Sol y Luna, con un fiat de María se unieron entre sí aquellos dos mayores luminares del Sol de la divina naturaleza y la Luna de la humana.
En fin, con un fiat, hizo Dios al mundo; y con otro fiat de María le redimió, trayendo a los hombres por la gracia de una mujer la salud, que habían perdido por la desgracia de otra.
¡Oh Virgen Santísima sea para bien, pues por ese fiat los hombres nos vemos elevados a tan alta dignidad, y colmados con tantas gracias, y emparentados con el mismo Dios!
Por ese fiat, comenzáis a ser Madre del Creador, Dios humanado; y pues comenzáis también a ser Madre nuestra, repartid con nosotros de la luz que os han dado, del gozo, y gracias que habéis recibido, para que conozcamos, amemos, y sirvamos al que habéis concebido.
MEDITACIÓN SEGUNDA
Considera como Jesucristo, vino también al mundo como Sacerdote.
Al oficio de Sacerdote pertenece ofrecer a Dios oraciones, dones, y sacrificios por el pueblo; y ofrecer a Dios las mismas oraciones que el pueblo le hace para aplacar sus enojos por nuestras ingratitudes, y hacerlo favorable, y darle satisfacción por el pueblo; y también le pertenece comunicar al mismo pueblo las cosas de Dios; enseñarle su palabra, declararle su voluntad, y misterios, manifestarle su Ley, darle sus Sacramentos, y otros dones, y oficios Divinos, como instrumento escogido de Dios para ello.
Esto que pertenece al oficio de Sacerdote, y de Pontífice, lo cumplió nuestro Señor Jesucristo perfectísimamente: como verdadero y sumo Sacerdote ofreció al Eterno Padre oración por todos los hombres; no tan solamente oró contemplando la Divinidad, y todas las perfecciones Divinas con la Sabiduría que tenia de Bienaventurado y con la sabiduría, y ciencia infusa de que estaba llena aquella sacratísima Alma, sino también oró en cuanto hombre, pidiendo al Padre Eterno mercedes y dones para todos los hombres; y algunos para su sagrada humanidad, como lo afirma San Pablo diciendo “En los días de su carne (esto es en el tiempo que vivió en esta vida en carne mortal) ofreció ruegos y oraciones muy humildes con las cuales, en cuanto hombre, pedía el remedio del mundo, y la gloria de su cuerpo, y exaltación de su nombre”.
Jesucristo nuestro Sumo y Eterno Sacerdote también ofreció sacrificio.
Aunque sacrificio, usando del vocablo en toda su latitud, es toda obra Santa por la semejanza que tiene con el propio sacrificio, y por lo que participa de él; y toda obra interior con que el corazón humano se levanta a Dios y se ofrece, y dedica a Dios, le alaba, y da gracias por los beneficios recibidos de bondad y misericordia; y en este sentido todos los Justos se dicen Sacerdotes espirituales.
Pero lo que propiamente se llama sacrificio por ordenación Divina en la Sagrada Escritura es una acción y obra exterior con la cual ofrecemos a Dios alguna cosa Sagrada, principalmente en reconocimiento de que es primer principio, Autor y Criador de todas las cosas, y que tiene supremo dominio en todas, y que es el último fin a que todas se han de ordenar, y a quien todas ha de servir y se han de sujetar, y con la misma acción el mismo que ofrece el sacrificio se reconoce y se profesa por hechura y criatura de Dios, y se sujeta y ofrece a él.
Se ordena también el sacrificio para aplacar a Dios por los pecados cometidos por el hombre contra su Creador y Bienhechor, alcanzar perdón de ellos y satisfacer por ellos; para darle gracias por los beneficios recibidos de su mano, e impetrar nuevos dones y favores de su infinita bondad; haciendo alguna mudanza en la materia del sacrificio.
Y así Jesucristo Nuestro Señor fue verdadero Sacerdote y sacrificio; porque padeciendo y muriendo se ofreció al Eterno Padre, para los fines dichos, en el Ara de la Santísima Cruz; y como tal verdadero Sacerdote comunicó a los hombres las cosas de su Padre; les ha enseñado su palabra; les ha declarado su voluntad y Misterios; les ha manifestado su Ley; les ha dado Sacramentos y otros dones, y gracias, para su salvación, como se refiere en los Santos Evangelios, cumpliendo perfectamente todos los oficios de Sumo Sacerdote, y todos los fines para que su Padre lo envió al mundo.
PROPÓSITOS
Oh mi dulcísimo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que por mis pecados y los de todo el mundo, te has ofrecido en verdadero sacrificio en el Ara de la Santísima Cruz; y has venido para enseñarnos el camino del Cielo y apartar nuestro corazón de los bienes engañosos de la tierra, así lo habéis enseñado a vuestros amados discípulos, y en ellos a todos los hombres; cuando habéis dicho que renunciasen a todos los bienes que tuviesen, si querían seguir sus pisadas.
Y en esto nos dais a entender que no solamente debemos nosotros hacer el sacrificio de renunciar a los bienes del mundo, dejar los parientes y amigos por serviros; sino también que debemos hacer en honra vuestra un sacrificio de nosotros mismos; renunciando a nuestro propio querer, a nuestra voluntad y a todo lo que ella pudiera apetecer.
Así lo deseamos, Sumo Sacerdote y nuestro Divino Maestro, y asistidos con vuestra gracia queremos morir, para no morir, como decía San Agustín: esto es, que viviendo en el mundo estemos tan despegados de él como si estuviéramos muertos, para vivir eternamente en la gloria.
