REMANENTE
El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros,
su divina presencia trajo al mundo la luz
y millones de almas entreabrieron los ojos
–el amor a los cielos se volvió multitud–.
Transcurrieron los siglos. Prosperaron las sombras
ante el tibio abandono de aquella sacra fe
que terminó diezmada por insidiosas obras
de espíritus hostiles a la Verdad y al bien.
Los altares cayeron bajo el peso del odio,
los sagrarios se hicieron mausoleos del pan
y el mundo, seducido por cenizas y escombros,
renunciando a la altura, cohabitó con el mal.
Muy pocos conservaron la tradición, –espina
de los propagadores del odio y del error–,
tan sólo los que aún llevan su lámpara encendida,
custodios del tesoro de la Revelación.

