En Los Pedroches (Córdoba, España)
Devoción secular a las Ánimas Benditas
Existe una larguísima tradición en todos nuestros pueblos de devoción a las Ánimas Benditas del Purgatorio. Desde el siglo XVI, aparece instituida en todas sus parroquias la Cofradía de Ánimas, y podemos ver que en todos tiene una notable riqueza, debido a las donaciones en vida y post mortem de los vecinos.
Todos ellos sabían y apreciaban en su justa medida el valor de los sufragios por el eterno descanso, y de ahí que beneficiaran a esta cofradía que se dedicaba a ello.
Esta costumbre ha calado tan hondamente en nuestros pueblos que, hasta tiempos muy cercanos a nosotros, en las Misas Dominicales de Pozoblanco, los monaguillos salían con un cepo haciendo la colecta y el pregón que hacían era: «Una limosna para los difuntos».
En Dos Torres, desde fechas inmemoriales, todos los días 24 de diciembre, es tradicional ir en grupos, casa por casa, después de ponerse el sol, haciendo petición para las ánimas, con la intención de que todo lo recolectado pueda ser empleado en sufragios por las Benditas Almas del Purgatorio. Cada grupo lleva una bolsa para el dinero en metálico y una canasta grande para recoger las limosnas en especie que por promesas donan los vecinos, que después se subastan en el local sito en la plaza, llamado «cuartelejo de las ánimas». Una vez terminadas las pujas, se suma todo y entrega al cura párroco, para que lo administre en estipendios en favor de las ánimas.
Al llegar a cada puerta, se dice: «Ánimas benditas. ¿Se canta o se reza?» Y los inquilinos eligen. Normalmente piden que se cante, pero si en la casa ha habido una muerte reciente y guardan aún el luto prescrito, entonces solicitarán que recen un Padrenuestro y Requiem.
La letra de los cantos es la siguiente:
Esta noche celebra la Iglesia
del Verbo Divino la natividad,
y también lo celebran las almas
que salen de pena para descansar.
Venid y escuchad.
Apliquemos todos el oído
y oigamos los gritos
que las almas dan.
Supliquemos con humildes rezos
y escuche los ruegos la Divinidad,
que las almas de nuestros hermanos
alcancen el gozo de la eternidad.
Pedid e implorad,
por si alguno se encuentra penando
salga del tormento
en la Navidad.
Celebremos gozosas las fiestas
tengamos presente esta gran verdad
que el Mesías nacido en Belén
logró redimirnos de nuestra maldad.
Y en su navidad
por la gracia del Verbo Divino
las almas que penan
gozan libertad.
Estas letras se cantan con ritmo de campanilleros, por lo que se acompañan con instrumentos musicales: guitarras, panderetas y sobre todo campanillas.
Los sufragios fijos eran: dos Misas en todos los días de precepto, la una a la hora prima y la otra a la hora de once. Aniversario de todos los lunes y dos pares de honras mayores al año.
En Pozoblanco, desde final del siglo XVI (1579), se tomaban cuentas a la llamada «limosna de las ánimas del purgatorio». Se pedía para celebrar Misas por ellas y tenía su mayordomo. En ese año, entre las limosnas recibidas, hay un toro. Los descargos eran precisamente las Misas que se habían celebrado durante el año en favor de las Almas del Purgatorio.
El mayordomo de la Cofradía de Ánimas traía, el tercer domingo de cuaresma, quince religiosos para ayudar a confesar al vecindario. Se hacían honras que dicha cofradía tenía establecido y se exponía el Santísimo. Ese día confesaba la mayor parte de gente del vecindario.
La Cofradía de la Vera Cruz, de Pozoblanco, entre los sufragios que debían ofrecer por los hermanos «cada uno rece la vigilia quince veces el Paternóster con el Avemaría por los difuntos».
En Villanueva de Córdoba, la Cofradía de Ánimas tenía las siguientes fiestas: domingos de cuaresma, pascua de Resurrección, Espíritu Santo, san Miguel y Navidad. Además, todos los lunes se cantaban los responsos y salían en procesión al cementerio con velas encendidas.
Hasta mediados de este siglo, ha existido la costumbre de hacer póstulas en casa de las autoridades y personas pudientes, precedidos de violines, bandurrias, guitarras y cantando los célebres pregones:
Con pregones atentos piadosos
estimamos la gran devoción
por las ansias tormentos y fatigas
que están padeciendo por amor de Dios.
ESTROFA:
Si te quemas una mano no digas
¡Dios que me quemo!
¿Qué será de aquellas almas
que están en el fuego ardiendo?
Con pregones…
ESTROFA:
San Jerónimo bendito
vinieras para explicar
lo que padecen las almas
que en el purgatorio están.
Y la despedida de estos pregones decía:
A las ánimas benditas
no se les cierra la puerta
en diciendo que perdonen
se van ellas tan contentas.
Preparación cristiana para la muerte
Siempre ha sido costumbre y un deseo ferviente, tanto por parte de quien muere como de sus deudos, que la muerte acontezca en la propia casa, y así poder «rematar a los seres queridos». Era un tono de orgullo familiar poder acompañar a sus mayores hasta el mismo momento que les llegaba la muerte, y esto lo consideraban un deber de justicia y filiación, de tal manera que, si alguien moría fuera, era mal visto ante la sociedad.
Cuando en una casa llegaban los avisos de la muerte, alguna persona de la familia o vecina cercana se encargaba de avisar a la parroquia, para que vinieran a darle los últimos Sacramentos o, como solía decirse, el Santo Óleo, y en el lenguaje popular, santolio.
El sacerdote se desplazaba hasta la casa del agonizante y lo confesaba, y entonces el sacerdote le daba la absolución, después de incitarlo a contrición.
En la parroquia existía un campanillo que señalaba a toda la vecindad que se iba a administrar su divina Majestad y, acompañados de los cofrades del Santísimo Sacramento, con faroles encendidos, se formaba una procesión, que la encabezaba un monaguillo tocando una campanilla. Todos los transeúntes detenían su paso y se hincaban de rodillas. El sacerdote iba cubierto con el «paño de hombros» envolviendo el portaviáticos.
Previamente se habían trasladado a la casa del enfermo personas de la cofradía del Santísimo Sacramento, o de la Adoración Nocturna, o de las Conferencias de San Vicente de Paúl, para preparar en ella un altar.
Se preparaba una mesita que se cubría de un manto blanco. Sobre ella se colocaban dos velas en sus candelabros, un crucifijo, un vasito o pequeño recipiente con agua y un purificador con que el sacerdote purificarse sus dedos después de dar la Sagrada Comunión, algunas flores, bien naturales o artificiales.
A continuación de hacer protestación de fe cristiana, por la que el agonizante decía y confesaba no haber negado ni al Padre ni al Hijo ni al Espíritu Santo, y haber creído siempre lo que la Santa madre Iglesia confiesa, le daba la Sagrada Comunión como Viático para la vida eterna, y en seguida se le administraba la Extremaunción. Así se llamaba porque era lo último que se recibía.
Hemos recogido de una persona de Pozoblanco la oración de la agonía que se rezaba, cuando un familiar o vecino estaba en el momento de expirar. También existían personas que la rezaban siempre que oían las campanas de la iglesia de Jesús Nazareno tocar agonía:
No sé la cuenta que con Dios pasa. Sólo sé que en el cielo han de entrar puras las almas. El purgatorio, Dios mío, tomara de buena gana, sólo por purgar en él los méritos que me faltan.
Dame, pues, el purgatorio, para que, purificada, vaya mi alma a gozar a la celestial morada.
Yo también creo y confieso: en la hostia consagrada hay un Dios sacramentado en humanidad, cuerpo y alma. Dos mil vidas que tuviera por vos las sacrificara.
Ya, Señor, no puedo más porque mi vida se acaba. Ya conozco que en el pulso se manifiesta la pausa y conozco que en la ropa desconoce la posada.
Si algunos defensores en mi dolor me acompañan ya me pueden encomendar a indulgencia plenaria.
Adiós, padre; adiós, madre; adiós, mundo, que si en algo pareciera, pronto me veréis en nada.
Día de la muerte
Apenas expiraba la persona, ya debidamente preparada para salir de esta vida al encuentro con el Señor, rápidamente un familiar o persona de la vecindad comenzaba todo un proceso que tenía su inicio en la parroquia, para señalar una hora del entierro, pero sobre todo para que, mediante el lenguaje de las campanas, se diese cuenta a los vecinos del fallecimiento.
Nos situamos siglos atrás, cuando las personas no tenían más medios de comunicación que prácticamente las campanas, que siempre han tenido, sobre todo en la cultura rural, una gran preponderancia.
La avisadora
En todos los pueblos de la comarca, existía una persona encargada de hacer estos menesteres, siempre que acontecía la muerte. Son momentos en que la familia del difunto está nerviosa y para ayudarles a desenvolverse estaban estas mujeres.
Avisaba de las defunciones ocurridas, primero a la iglesia del hospital de Jesús Nazareno, para que hiciesen la señal de la agonía, e inmediatamente a la parroquia, para concretar la hora del entierro.
Se trasladaba a casa del médico, para conseguir el certificado de defunción y, con él, se dirigía al juzgado para notificar la defunción oficialmente, y por último, al ayuntamiento, para pedir sepultura, y allí llegaba todos los días el enterrador para recibir el parte de cada día.
Esta persona era la encargada de avisar por los domicilios particulares de cuantos fallecimientos ocurrían en la localidad, así como los días, horas y lugar en que se celebraba el entierro y posteriormente la Misa de los nueve días, del mes y del año. Para hacer este cometido, la familia doliente entregaba una lista con los nombres y domicilios de sus familiares y amistades.
Avisaba a la casa comercial que vendía los ataúdes, para encargar el féretro que la familia le señalaba.
Para hacer todos estos requisitos, la familia doliente le entregaba una cantidad a cuenta y luego, una vez finalizados todos los servicios, se hacían cuentas mediante los oportunos justificantes presentados. El sueldo o ganancias de la avisadora no estaba estipulado ni tenía tarifa señalada, sino que se dejaba a criterio de la familia.
Las familias con mayor desahogo económico, además de transmitir mediante la avisadora el día, parroquia, hora de las Misas, dejaba una recordatoria que en Los Pedroches suele ser una estampa de Cristo o Dolorosa, donde iba impreso un verso o versículo bíblico, datos del difunto y nombre de sus dolientes, y anuncio de las misas.
Así se ha venido desarrollando durante muchos años, hasta que modernamente apareció la emisora de radio municipal, que hizo inútil este servicio, pues mediante las ondas era más fácil, más rápido y más universal el aviso de los fallecimientos, y las funerarias aparecidas prestaron los servicios que antes hacía la avisadora.
Tocar la agonía y llamada
En cualquier pueblo de la comarca, las campanas de las respectivas parroquias señalan con sus dobles que ha acaecido una muerte en la localidad. Apenas se oyen sus lastimeros sonidos, corre la voz de uno en otro preguntando quién ha sido. A veces, si se tenía noticia de la inminencia de la muerte de algún ciudadano, el sonido confirma los temores.
En Pozoblanco son las campanas de la iglesia del hospital de Jesús Nazareno las que se usan para dar a los ciudadanos este tipo de noticia. Si son dos las campanas que se usan, o sea si se doblan, quiere decir que la persona que acaba de fallecer era hermano de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Otro tipo de toque de campanas es la «llamada», que se toca durante cinco días consecutivos, para que los fieles de la localidad encomienden al Señor el alma del difunto. Este toque era exclusivo de los hermanos de Jesús Nazareno, y lo hacían en recompensa a los donativos que éstos daban al hospital para el sostenimiento y amparo de los desvalidos y enfermos.
Mortaja del difunto
Mortaja es la vestidura que se coloca al difunto. Lo más frecuente es que vaya vestido con un traje previamente hecho cuando se está en plenitud de facultades.
Hacer la mortaja es una costumbre que consiste en que hay personas que, estando en plenas facultades y aún muy lejanas del día de su muerte, preparan todas las cosas necesarias para su mortaja, expresando así la manera y modo como desean ir vestidas en el día de su óbito. Se suele tener guardada en el ropero, en una caja de cartón donde se introducía unas bolitas de alcanfor para evitar que la polilla haga estragos.
Allí guardan el traje con que piensan ir a la tierra de donde salieron, un trozo de tul blanco para cubrirle el rostro, una pastilla de jabón para lavar el cuerpo, un bote de colonia para perfumarlo y hasta unos paquetes de café para el tiempo del velatorio.
El color escogido es siempre negro, tanto para hombres como para mujeres.
Todo esto hace mayor referencia a las mujeres que a los hombres, y además suelen mantenerlo en secreto y solamente cuando ven acercarse su última hora avisan a sus seres queridos y les señalan el lugar donde tienen su mortaja. Esto suelen hacerlo aquellas personas que no tienen hijas sino sólo varones, con el fin de no darles mucho trabajo en estos momentos a sus nueras y evitarles gastos especiales por este motivo.
Varias son las maneras más frecuentes de ir vestidas en el día de su sepultura, sobre todo las mujeres:
«Como el Señor» consiste en ir envuelta en una sábana blanca como sudario y la cara tapada con un largo tul hasta los pies. Otras, en lugar de tul, llevan una tela blanca. Este es el simbolismo más universal de la pobreza y el desasimiento y de humildad.
«Virgen del Carmen». Una túnica de paño pardo y el santo escapulario en el pecho. No podemos olvidar que la Virgen del Carmen está muy ligada por devoción a las almas del purgatorio, y en todos los pueblos de Los Pedroches puede verse en sus parroquias algún altar dedicado a las almas del purgatorio entre llamas y apareciendo ante ellas la imagen de la Virgen del Carmen.
En cuanto a los hombres, la mortaja más corriente es ir de traje normal, que también suele tenerse preparado en el ropero de la casa. Muchas veces es el mismo de la boda, o el último que estrenó el difunto con ocasión de alguna fiesta familiar o de la misma feria anual.
Pero también los varones tienen predilección por algunos hábitos concretos de santos. Así, por ejemplo, el hábito de san Francisco por la gran devoción que durante muchos años dejaron en nuestros pueblos los franciscanos.
Hemos visto que ponen un crucifijo entre sus manos, tanto a varones como a mujeres.
En tiempos pasados, y sobre todo a un tipo de personas significativas social y religiosamente, se les colocaba a los pies la bula que sacaba para disfrutar de los privilegios referidos a la abstinencia cuaresmal.
Velatorio del difunto
Las campanas se han encargado de transmitir al vecindario la noticia del fallecimiento de un vecino, que acaba de entregar su alma al Señor, pero las campanas no han pronunciado su nombre. ¿Quién ha muerto? Ésa es la pregunta que corre de casa en casa, en el mercado matutino entre las mujeres, en la taberna donde están los hombres.
Comienza un desfile hacia la casa del difunto, familiares, vecinos y amigos para testimoniar a la familia doliente su hondo pesar por tal acontecimiento. Todos sufren con la familia y así lo expresan.
A los varones se les estrecha la mano, mientras se les dice estas u otras parecidas palabras: «Te acompaño en tu sentimiento», «Lo siento mucho», «Salud para hacer bien por su alma».
Las mujeres suelen besar a los familiares femeninos del difunto, a la par que expresan las mismas palabras de condolencia: «El Señor lo tenga en su santa gloria», «En paz descanse».
Si el difunto ha padecido una larga y penosa enfermedad hasta la hora de su muerte, suele oírse: «Ya descansó el pobrecito», «Dios ha hecho bien con llevárselo», «Ya dejó de sufrir, que Dios lo tenga en su santa gloria».
De este modo se suceden las visitas durante todo el tiempo que está el cuerpo presente en la casa. De manera especial acompañan los familiares durante las horas de la noche en que se vela al difunto. Nadie se acuesta porque sería visto como una desconsideración hacia la persona difunta.
Este tiempo nocturno solía ocuparse en el rezo continuo del santo rosario, viacrucis y estación mayor a Jesús sacramentado. Últimamente, en tiempos más secularizados, poco a poco ha ido cediendo esta religiosa costumbre a otra más profana y normal de tener charla y comidilla sobre acontecimientos de la vida.
Los vecinos de la casa mortuoria llevan y aportan sus propias sillas ante la aglomeración de personas que llegan para dar el pésame y acompañar en el dolor a los dolientes.
Como es difícil tener en una casa normal capacidad para dar cabida a tantas personas, existe la costumbre de que los varones se reúnan con la familia masculina del difunto en una casa y las mujeres con las congéneres en otra, una cercana de la otra. En una casa y otra se coloca un lugar de preferencia que es el que ocupan los familiares dolientes y hacia donde se dirigen todos los que van llegando para mostrar su pésame y hacerse ver. Estas personas a quienes se da muestras de condolencia son las que constituyen el «duelo» y guardan un orden establecido: viudo o viuda, padres, hijos, hermanos, etc. Las personas que constituyen el duelo deben ir debidamente uniformadas con indumentaria de riguroso luto o al menos con traje oscuro.
Comida del día del entierro
Como queda dicho, los familiares más allegados no se separan prácticamente del lugar apropiado para recibir las muestras de dolor, y esto hace que ese día, mientras está de cuerpo presente, no tengan tiempo de preparar la comida. De ahí que haya surgido la costumbre inmemorial de que los más allegados a los familiares sean los encargados de hacer este menester.
Generalmente la costumbre ha establecido que esto corresponda a la madrina de la persona más afectada. La comida la prepara en su casa y luego la lleva a donde está el duelo para servirla. Otras veces puede hacerse en la misma casa del difunto y donde se encuentra el velatorio, pero siempre a cargo tanto económico como de trabajo de la madrina.
La culinaria de estos casos consiste fundamentalmente en un caldo con yemas de huevo y, a ciertas horas del día o de la noche, proporciones de café como estimulante para poder sobrellevar y mantener despiertos y en pie durante el tiempo que dure el duelo. Por las mañanas y formando parte del desayuno suele ser chocolate con picatostes o churros o unas magdalenas o bizcochos.
Levantamiento del cadáver
A la hora convenida por el párroco, éste se presenta en la casa del difunto, revestido con capa pluvial negra. Acompañado de la cruz parroquial y los monaguillos con ciriales, asperge con agua bendita el féretro que ya han sacado a la puerta de la casa. Reza un responso y hace el levantamiento del cadáver y comienza su conducción, primero hasta la parroquia y luego su traslado al cementerio.
Detrás del ataúd va el duelo, que se forma de mayor a menor parentesco y ocupa la mayor o menos cercanía del féretro. Ellos serán los que reciban las muestras de condolencia.
En aquellos tiempos comenzaba en la parroquia el canto de laudes o vísperas, antes del levantamiento del cadáver, y luego, cuando era traído a la puerta de la iglesia se rezaba allí un responso. El camino de ida y venida se hacía cantando el Miserere, alternando el sacristán y el preste.
Enterramiento del cadáver
Se escogía la tierra, el suelo, en un cuadro de tierra donde se excavaba la sepultura. Para señalarla en el suelo, se levantaba una pared de unos diez centímetros de altura y se le colocaba una lápida de mármol blanco o piedra de granito y de pizarra, una cruz de madera o de hierro.
Sobre la lápida se grababa los datos fundamentales de la biografía, para conocer a la persona allí enterrada: Nombre y apellidos, fecha de nacimiento y fallecimiento, alguna frase expresando el pesar de los suyos y una invitación a la oración: RIP (requiescat in pace, que significa «descanse en paz»), o DEP.
Los que públicamente no eran católicos o habían encontrado la muerte en el suicidio se enterraban en una parte que había en el cementerio que no era lugar sagrado y que era llamado cementerio civil.
Invitar a las Misas
Era común a todas las familias celebrar una Misa a los siete días, otra al mes y otra al año de la muerte.
Frecuentemente, además del común, se hacía un novenario que consistía en mandar que se celebraran durante los nueve días siguientes una Misa por su alma. Asistían los familiares portando tablas de cera. Hoy se encienden los lampadarios.
Durante estos mismos nueve días, a una hora convenida, también se reunían en la casa del difunto y se rezaba el Santo Rosario.
Creemos que la Misa de los treinta días está tomada de la Biblia, cuando allí se habla de los treinta días de luto de Moisés en el libro Deuteronomio.
La liturgia tenía una Misa propia para cada una de estas conmemoraciones. Cuando se terminaba cada una de estas Misas, se daba el pésame a la familia y se le decía: «El Señor quiera que se le haya hecho corto», expresando el deseo de que haya salido del Purgatorio por los sufragios elevados por su alma.
La rezadora
Con respecto a los sufragios elevados al Señor por el eterno descanso del difunto, tenemos que hacer referencia a otro personaje muy introducido en los pueblos de la comarca de Los Pedroches. Aludimos a la «rezadora», que como su nombre indica es la persona que reza de una manera oficiosa, con motivo de todo lo relacionado con la defunción de una persona.
En muchas ocasiones hace este oficio la misma persona que antes aludíamos como «avisadora», en otros casos son personas distintas con funciones diferentes.
La rezadora se desplaza a casa del difunto y al toque de ánimas, siempre empieza, durante los nueve días seguidos a la defunción, el rezo del Santo Rosario. Se rezaban los quince misterios de que se compone, los siete dolores y gozos de San José y las Cinco Llagas del Señor, finalizando con un Padrenuestro por el padre o madre del difunto o familiar que últimamente haya fallecido.
La rezadora, para no ser menos, siempre iba vestida de luto riguroso. En los días del mes o aniversario, la rezadora antes de la Misa del alba, hacía las cruces, o sea, dirigía el Viacrucis a lo largo de la parroquia, de estación en estación, acompañándose de todos los invitados. Después rezaba el Santo Rosario, los Siete Dolores y Gozos de san José, la Corona de San Francisco, que consiste en siete misterios del Santo Rosario.
Estas personas no cobraban cantidad estipulada, sino que lo dejaban a la voluntad de la familia, y más que dinero o posición social lo que les acarreaba este oficio era un gran conocimiento y respeto en toda la localidad y la categoría de personas de buena reputación.
Los lutos
Existía una clara divisoria de la importancia y calidad de los lutos. La sociedad tenía nítidamente dividido el luto en «luto entero» y «medio luto». Los padres, hijos, hermanos y esposos se guardaban luto entero; y a los abuelos y tíos se les guardaba medio luto.
Esta nomenclatura correspondía tanto al tiempo como al color de las vestiduras. El luto entero duraba al menos un año, mientras el medio luto era tan sólo seis meses. El luto entero podía llevarse durante un año, pero el riguroso sería durante el medio año inicial y el segundo semestre ya podía aliviarse a medio luto.
El luto entero consistía en las mujeres en cubrirse con manto, que le llegaba hasta el suelo, además de cubrir la cabeza. Y medio luto consistía en llevar medio manto, que llegaba hasta las caderas. También se llamaba medio luto a la vestidura que alternaba lo blanco y lo negro y por tanto pasados los seis meses primeros, ya se veían aliviadas del color tétrico de lo negro en exclusividad.
Los hombres ponían un galón negro en la manga de la chaqueta, además de la corbata negra. Últimamente abunda más el botón forrado de tela negra y colocado en el ojal de la solapa de la chaqueta. Es más discreto y es una manera convencional de señalar el luto.
Las mujeres se vestían de luto riguroso, negro absoluto. Hasta tiempos muy recientes han usado los mantos largos, siendo el pueblo de Añora el último en dejarlos. Parecían auténticas dolorosas, pues el manto también les cubría la cabeza.
El mundo infantil femenino señalaba su pesar y su luto colocando en sus cabecitas los lacitos que sujetaban sus trenzas de color negro.
La casa del difunto quedaba marcada durante larga temporada por la austeridad, de tal manera que ni siquiera se barría la puerta ni se blanqueaban sus paredes con motivo de las fiestas, ni se colocaban flores en la fachada.
Durante esta temporada de luto no recibía la novia a su novio en la puerta, sino que iba a casa de una familiar y allí celebraba su entrevista.
Los cumplidos
Durante los días que siguen al entierro, la casa de las personas dolientes se verá muy visitada. Llegan las amistades que ya estuvieron presentes en el velatorio y en el sepelio, pero ahora llegan para «cumplir».
Consiste en entregar a los familiares del difunto: docenas de huevos, libras de chocolate, dulces comprados en la confitería, latas de conserva. Si es tiempo de matanza, serán unos chorizos o morcillas. A veces, incluso prendas de vestir, sobre todo de las que se usan cuando hay que guardar luto.
Esta costumbre puede tener una primera lectura que podría ser proporcionar una ayuda en una economía débil, en momentos de desembolsos grandes. Sin embargo, Mauss dice que las sociedades primitivas usaban el intercambio como donaciones recíprocas. Estas donaciones recíprocas ocupan un lugar muy importante en dichas sociedades, y no sólo tienen el carácter económico, sino que es mucho más, y tiene una significación social y religiosa, mágica y económica, utilitaria y sentimental, jurídica y moral.
Como suele decirse entre las gentes sencillas: «Una lo hace poco a poco y luego lo recibe todo junto». En esos momentos difíciles, consiste en una gran ayuda económica, como quien ha tenido una alcancía y ha ido poco a poco ingresando sus ahorros.
Piedad filial
No podemos prescindir de nuestra cultura religiosa, y entonces una parte cada día más relativa de la herencia recibida va encaminada por ese deber que marca el cuarto mandamiento de la ley de Dios, que es la piedad filial. Tal como dice el libro de los Macabeos: «Es bueno rezar por los fieles difuntos».
El dogma de la fe cristiana de la comunión de los santos, por el que sabemos que entre los que han llegado al final de su camino y gozan eternamente de Dios, los que han terminado su peregrinación pero aún están purgando, y los que aún somos caminantes existe una red de comunicación mutua, que podríamos comparar a los vasos comunicantes. De ahí arranca que nosotros podamos ofrecer sufragios por los que están en el purgatorio, igual que los santos intervienen en nuestro favor.
Por eso, la piedad filial nos lleva a ofrecer sufragios por nuestros difuntos, además de los propios del día de la sepultura y de los que posteriormente hemos hablado que están establecidos como norma habitual.
Existen santuarios, advocaciones, devociones personales a los que quizá en su testamento haya dejado alguna manda o promesa, que les corresponde cumplir a los herederos con la pulcritud y exactitud con que se manifiesta. Una de las costumbres más usuales entre personas devotas era mandar celebrar unas misas gregorianas, que consisten en celebrar seguidas y sin interrupción treinta misas por su alma en honor a san Gregorio.
También suele añadirse el rezo de un Padrenuestro por cada difunto de la familia en la bendición de la mesa, antes de comer, y siempre habrá un modo de hablar refiriéndose o aludiendo a los difuntos; por ejemplo: «Dios lo tenga en su santa gloria».
Distintas muertes
Al margen de lo biológico, existen al menos tres clases de muerte que la gente siempre ha distinguido.
La general de la que hemos venido escribiendo hasta el momento.
Otra sería la muerte de un infante, cuyo entierro se llama un «didán», usando la onomatopeya del sonido de las campanas que tocan en esa ocasión.
Y la de las doncellas o jóvenes que mueren a una edad breve y además solteras.
Los niños que mueren llevan un ataúd blanco y abundantes flores y rosas. Es expresión de lo que nos dice la fe cristiana, que cuando muere un niño bautizado y sin capacidad de haber podido cometer un pecado, por no haber llegado al uso de razón, es presumible que su alma esté limpia de toda clase de pecado y, por tanto, el ceremonial lo reviste de este colorido festivo, con la seguridad moral de que ha llegado a la gloria de Dios. Los niños y niñas que portan el ataúd también van adornados de flores y ataviados con galanura. La Misa que se celebra es la misa de ángelis, y se quita todo aquello que simboliza negrura, y todo es alegría y paz.
Las doncellas, o sea, las jóvenes que mueren a una edad temprana y han vivido vírgenes, también tienen un rito distinto. Shakespeare dice: «Se le concede un rocío de flores y su corona virginal y el ser conducida a su última morada con servicio fúnebre y doblar de campanas».
Para el sacerdote católico difunto, también hay un rito muy rico en simbolismos, revestido de sus vestes sagradas, como persona consagrada de manera especial por un sacramento que le asumió de entre los hombres para llevar a los hombres a Dios.
Realidad actual
1. Secularización de las costumbres
Hay una corriente de secularización muy penetrante en la sociedad que ha hecho que muchos de estos aspectos que hemos estado viviendo durante muchos siglos, en un transcurso breve comparativamente hablando, se han venido abajo.
Los símbolos religiosos poco a poco se han ocultado y todos los ritos de ayudar a bien morir cristianamente han quedado reducidos al ámbito personal.
Coincidiendo con esta secularización, y quizá como causa de ella, vino el éxodo rural hacia la urbe, y lo que admitía una sociedad rural con la calma propia no era así en la urbana, donde lo que priva es la trepidación, la urgencia, la falta de tiempo para todo lo mucho que hay que hacer.
La preparación a bien morir del cristiano pasó de tener un ámbito social, porque se avisaba a todos mediante el campanillo parroquial, se hacía procesión por las calles, tocaba en esa procesión la campana el monaguillo que iba abriéndola, se hacía acompañar por número grande de personas a quienes la iglesia gratificaba con indulgencias. Todo esto desapareció y el sacerdote se desplaza él solo a la casa del agonizante y allí le administra los Santos Sacramentos, sin más testigos que la familia del enfermo.
2. Pocos mueren en sus casas
La mayoría muere en los mastodónticos hospitales de la seguridad social.
Esto ha hecho que los últimos Sacramentos sean administrados, más que por los respectivos párrocos, por los capellanes de hospitales y residencias sanitarias.
No ha cambiado solamente lo que hace referencia a lo espiritual o religioso, sino también esto ha transmutado totalmente las costumbres que, durante siglos, veníamos realizando en torno a la muerte de los seres queridos.
El conocimiento del fallecimiento de las personas viene dado de distinta manera, las exigencias sanitarias tienen leyes que inexorablemente hay que cumplir y rompen las maneras de antes.
Las instalaciones de estos centros tienen sus grandes preparativos de frigoríficos donde se introducen los cadáveres, hasta el momento de sacarlos para el entierro.
3. Instalaciones de tanatorio
Son complejos funerarios donde ofrecen al cliente hasta su sala para el velatorio, con su correspondiente frigorífico, capilla, cafetería, oficinas.
Allí pueden encontrar una exposición de floristería, lápidas y ataúdes de todos tipos y precios, así como las salas de tanatoplaxia y autopsias.
En una palabra, se trata de crear un lugar específico, no confesional, diferente del lugar donde ocurre la muerte, para crear un espacio social, acompañando al muerto hasta el momento de su enterramiento.
Esto lo habíamos visto en el cine, pero ha ya llegado hasta nosotros y nos ha roto, como cualquier novedad, una riqueza de tradiciones que hemos dejar aquí reflejadas.




