FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA
Esperamos a Aquel que «quita los pecados del mundo«.
La tierra estaba destinada al hombre elevado al orden sobrenatural de la gracia, más él no se contentó con su Dios, e invitó dos huéspedes terribles: el pecado y la muerte.
El hombre pecó.
¿Qué es el pecado original? La personificación de este afán: «Lejos de Dios«.
El hombre era de Dios. El Señor le tenía en sus pensamientos eternos; le creó; misericordiosamente le atrajo a Sí; le hizo hijo suyo y le educaba, le acompañaba y conversaba con él. Tales fueron las relaciones primitivas entre Dios y el hombre.
Mas el hombre quiso seguir otras aspiraciones; el orgullo le alucinó y el sensualismo le envenenó. Se alejó de Dios; y por los caminos de los ídolos, de las ilusiones, del engreimiento… se extravió en la oscuridad y dio comienzo a los tristes dramas del error; he ahí la tragedia del hombre.
¡Qué desgracia! ¡Qué pérdida!
En pos del pecado vino la muerte; morirás porque has pecado… El fratricida Caín enseñó a Adán en la persona de Abel qué es la muerte. ¡Qué poder más feo, frío, cruel, irresistible! Su camino es la corrupción.
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Contemplemos a la mujer victoriosa. «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer«.
La enemistad existe entre el espíritu de rebeldía y la Mujer victoriosa.
Aquél confiaba en su razón y en su fuerza; y así dijo: me basto, no serviré, no creeré, levantaré mi trono sobre las estrellas del cielo.
Su descendencia son los que dudan, niegan y se ven envueltos en tinieblas.
La Mujer es aquella que dijo: He aquí la esclava del Señor; la que creyó y fue exaltada.
Entre la entrega a Dios, que es la fe, y la negación hay oposición. ¡Cuidado, cuando pasemos por debajo del árbol del bien y del mal, y oigamos que una voz nos susurra: También tú sabrás; cuando el pensamiento y la pasión inciten la conciencia a delinquir; cuando oigamos en torno nuestro el fragor de las armas de los gladiadores; cuando nombres exaltados por la fama, nombres vanos, nos induzcan a la incredulidad o a la licencia!
Debemos oponernos a todo esto y colocarnos del lado de la Mujer.
La enemistad existe entre el espíritu de destrucción y la Mujer victoriosa.
Aquél enardece la sangre del hombre, atiza sus pasiones y le derriba en el fango.
Así también es su descendencia: el hombre sucio, voluptuoso, que vive de inmundicia y contamina sus pensamientos y sentimientos.
En cambio, la Virgen Santísima es la Mujer bella, pura, sublime. Nos hace videntes (bienaventurados los que tienen puro el corazón, porque ellos verán a Dios) y fuertes, se convierte en nuestra defensa y apoyo. Junto a Ella no se siente la tentación del desaliento, del tedio, porque Ella enseña el amor hermoso de la vida.
«Ella quebrantará tu cabeza y tú andarás acechando su calcañar«.
En la lucha entablada entre la luz y las tinieblas, entre la salvación y la maldición, la Virgen María no es solamente la Madre de Belén, sino también la «Mujer fuerte«. La razón que lucha encuentra en la Inmaculada su ideal, que por su propia belleza refuta el error, la mentira y la pseudolibertad del espíritu.
Nuestra Santa Madre la Iglesia ve en María a la Mujer apocalíptica, que lucha con el dragón bermejo, y aplasta también en nuestro interior con sus plantas inmaculadas la cabeza de Satanás.
Nuestra Señora del Apocalipsis (Quito-Ecuador)
Se acerca el que ha de restaurar el Reino de los Cielos.
De lejos lo anunció Dios. Después de la caída se inclinó hacia nosotros y nos tomó de la mano. Vivíamos entre ruinas, mas en una visión santa Dios nos mostró la celestial ciudad; nos impuso castigo; pero en este castigo estaba latente una bendición: la de poder reconciliarnos con Él.
Ante las puertas cerradas del Paraíso perdido estaba sentada Eva; ante las puertas, también cerradas todavía, del Reino de Dios en la tierra está de pie María.
Dos mujeres, dos reinos.
En tiempo de Adviento todo invita a clamar al Redentor: Rorate cæli desuper… ¡Dejad caer vuestro rocío, alturas celestiales!
Cristo no ha llegado todavía. Pero vendrá. Será el Hijo de la Mujer fuerte.
Dios Padre ya nos ha mostrado la Madre; vendrá también el Hijo…
La historia nos fue preparando a través de muchos y aciagos días, cuando, como dice el Profeta Oseas, «la maldición y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio, lo habían inundado todo, y una maldad alcanzaba a la otra; cuando se cubrió de luto la tierra, y desfallecieron todos sus moradores«.
Dios Padre contemplaba desde las alturas, miraba al hombre que se iba asemejando a la bestia, y dijo el Señor: pues bien, bajaré, «y te desposaré conmigo para siempre; y te desposaré conmigo mediante la justicia y el juicio, y mediante la misericordia y la clemencia”, como dice el mismo Profeta.
Desde entonces estuvimos esperando el momento en que llegara a nosotros, en que estuviera cerca de nosotros…
Llegó el Cielo, llegó Cristo que traía el cielo en sí mismo…, nos lo abrió con su Cruz para después de la muerte… y nos enseñó a fundar un cielo en nuestro propio interior.
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Con la Inmaculada Concepción se ha acercado el Reino de Dios.
La Virgen Santísima está en la penumbra del Adviento. Sobre el fondo de esta niebla, brilla su figura insigne; y nos indica cuál fue el hombre salido de las manos de Dios, y cuál es el hombre caído, abandonado a su propio querer.
Conforme al pensamiento de Dios el hombre habría andado en la luz divina, en la luz de la Revelación. Dios le encendió una luz; le enseñaba; se comunicaba con él y le iba educando según su Espíritu.
Que el hombre anduviese en la luz de Dios y gozase del espíritu divino: tal fue el primer pensamiento de Dios respecto del hombre.
Frente a este hombre está el otro, el orgulloso que sigue la voz del diablo: «Seréis como dioses…. se abrirán vuestros ojos«.
¿Verdad que se abrieron? Sí, pero para ver tinieblas, para ver las consecuencias del pecado. El ver es para nosotros tormento; es un fijar los ojos en la noche.
Según el plan primitivo del Señor el hombre tenía que reflejar la hermosura divina, la espiritualidad, la incorrupción; no debía verse dominado por las pasiones ni llevar impresa la negra marca de Caín.
En él había de triunfar el bien y así dominar a la fiera. El Señor quiso que el hombre fuese hijo suyo, hermoso con la hermosura de la disciplina y de la armonía moral…
Frente a este tipo de hombre está el otro, el que gime bajo el poder de las pasiones bestiales, el que quiso ser señor y se hizo esclavo en la propia casa.
Según el plan primero de Dios, el hombre había de estrecharse con Él y tenerle por Señor y Dios. Tenía que habitar con Él, sentirse en casa estando a su vera. Con amor debía respetar a sus hermanos y formar juntamente con ellos la familia de Dios sobre la tierra. Había de ser un hijo que confiase, que temiese a Dios, que le amase.
Mas el hombre quiso divinizarse a sí mismo. Se separó del Señor; y por los caminos del pecado y, con la fuerza de la naturaleza independiente, quiso levantar su trono.
Lo levantó y se sentaron en él cesares y faraones; el poder se trocó en yugo, y el hombre fue la bestia de carga uncida al mismo.
¿Dónde estás Adán? ¿Dónde estamos nosotros, parias, esclavos, pobres? ¿Nosotros, los que sufrimos? ¿Nosotros, los «dioses»? ¡Oh, sí! Nosotros, los pobres “dioses”… Estamos atados con cadenas, y el buitre del descontento infinito destroza, no ya nuestro hígado, sino nuestro corazón.
¡Ah, Señor mío! Yo quiero ser tal como Tú me concebiste, y no esa criatura deforme en que me trocaron el orgullo ciego, el sensualismo desenfrenado y el egoísmo bestial. Tengo sed de tu luz, ansío tu hermosura, quiero sentir tu fuerza. Y la siento en la disciplina y la abnegación, y gozo de ella por la pureza moral. Seré señor de mi instinto, de mi corrupción. Y Tú me vestirás de hermosura y me atraerás a Ti con amor, para que haya nuevamente sobre la tierra un hombre que realice tus amorosos pensamientos.
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La Virgen Inmaculada es la criatura perfecta en que la razón y el corazón forman la más completa armonía; es el tipo de ser humano renovado conforme al divino modelo que, incorrupto, ha podido desarrollar favorablemente todos sus rasgos.
Fue el mismo Dios quien la concibió en su pensamiento, quien la dibujó, quien la modeló… Es la hija del Rey, es la Virgen divinizada, la llena de Gracia…
A esta criatura perfecta, a la Virgen Santísima quiso Dios atraerla a Sí; Ella gozó de la complacencia divina porque era del Señor, y el Señor se dignó inclinarse a Ella. Se posó en Ella el Verbo de la fuerza, de la sabiduría y de la hermosura…
La misma Virgen Purísima se deleita con esta hermosura, se deleita con ella y se alegra de tenerla; siente su fuerza, y la riqueza de su alma se manifiesta en cánticos. Lo indica hermosamente el Introito de la Misa de la Inmaculada Concepción: «Gaudens gaudebo in Domino et exultabit anima mea» «Con sumo gusto me regocijaré en el Señor, y mi alma se llenará de gozo en mi Dios».
Me regocijo, salta de júbilo mi corazón, porque me veo, y veo que soy su escogida, adornada con incomparable y magnífico traje nupcial… tanquam sponsa ornata… Por esto estalla en gratitud mi corazón: exaltabo te Domine, quoniam suscepisti me nec delectasti inimicos meos super me. Te glorificaré, Señor, por haberte declarado protector mío, no permitiendo que mis enemigos se gozaran a costa mía.
Se disipó la embriaguez del triunfo y de la maligna alegría del enemigo; no suelta ya la carcajada; en vez de hacer botín, huye despavorido después de sufrir vergonzosa derrota.
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María Santísima es la incomparablemente limpia, la Purísima. Después de la humanidad santísima de Jesucristo, Ella es la única Inmaculada; sin huella de corrupción.
Todas las otras almas están profanadas; no non vergeles, sino rocas quemadas por el sol; no son fuentes, sino pantanos; no son estrellas, sino antros oscuros.
Las hubo que tuvieron una misión elevada, como Inés, Rosa de Lima, Catalina de Sena, pero aun así no dejan de ser también ellas hijas del pecado…
¿Y quién sabe a qué extremos habría llegado una Rosa de Lima, si siguiendo las heredadas inclinaciones de su corazón se hubiese mezclado con las hijas del Perú y hubiese ido sorbiendo la copa de los goces mundanos? E Inés y Cecilia, ¿no se habrían adornado con las coronas de la Roma licenciosa, de seguir ellas las inclinaciones de la carne?
¡Cuántas hubo que se arrancaron por su propia mano la corona de la virtud que las adornaba…!
¡Cuántas la perdieron de las que un día eran santas y buenas como Ángeles y después se vieron encenagadas!
En cambio, la Virgen Santísima es Inmaculada, es decir, desde la concepción tiene el sello del amor de Dios.
No es solamente obra del amor de Dios, sino que en Ella se manifiesta al par el brillo, la gloria de la Majestad divina.
Esta Majestad augusta exigía que, a lo menos, su trono no se viese contaminado por la duda, y que en su sede real no se sentase el usurpador…
Se la reservó Dios como recuerdo de la antigua creación…, como si un rey desterrado se reservase de su reino antiguo una sola isla llena de flores.
Y Dios partió de esta sede real para dominar y reinar. La Inmaculada Concepción es la fortaleza inexpugnable del poderío de Dios.
Las almas caídas han de levantarse mediante Ella, han de asimilarse la pureza que la gracia comunica y de que está llena la Virgen Santísima…
Solamente la gracia expresa la dignidad y la majestad de Dios; las almas que se ven privadas de gracia son presa de la corrupción, de la muerte.
Por esto la Inmaculada Concepción es una señal grande…; la señal del poder y del dominio de Dios.
Dios levanta al que quiere; y el que se ve levantado por Dios se sostiene no por sí mismo, sino en Dios.
Necesitamos la gracia, y no podemos conseguirla por nuestras propias fuerzas; no podemos lograrla por cuenta propia, solamente Dios puede concedérnosla.
Ya en la Concepción Inmaculada vibra todo el Magnificat, este himno del poder de Dios y de la humildad humana. Magnificat anima mea Dominus, quia respexit humilitatem ancillæ suæ…
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Gloria de Dios es el alma de la Virgen Santísima.
Gloria de Dios es la creación; y en el mundo sobrenatural lo es, después de Jesús, el alma inmaculada de la Virgen Santísima.
Se la ha apropiado, la ha reservado para Sí; y puede decir de Ella: no cedo mi gloria a nadie.
Dios es espíritu; vida rica, luminosa, fuerte y profunda; océano de la espiritualidad y de la perfección; y por serlo creó un alma espiritual riquísima, para que esa alma consonase con la divinidad.
Quiso que fuera suya, que le comprendiera y le amara con amor ardoroso.
De ahí que la creara como hermosura incontaminada, sin pecado ni mancilla. Es su tesoro y su paloma. No hay ni habrá hermosura comparable a la de María. Esta hermosura es la espiritualidad.
Desde un punto de vista negativo, está lejos de Ella todo lo que empobrece y atrofia el alma; es lo que queremos expresar al decir «sin pecado concebida«.
Sin embargo, esto no es más que sombra luminosa de la realidad riquísima; es tan sólo el borde del abismo. En sentido positivo, el ser concebida sin pecado indica el contenido de la vida y del alma; el espíritu sano, resplandeciente, florido, que se refleja en su rostro, fulgura en sus ojos, se manifiesta en su figura…
¡Oh, Virgen Santísima!, lapis electus, pretiosus, piedra escogida, preciosa…, el Dios encarnado escogió su hermosura para que le sirviera de marco.
Su estado de gracia es distinto del nuestro. Su gracia es la gracia del alma no caída. Su mundo espiritual es como un río cristalino, profundo, lleno por completo de luz. En su frente no se ve ni por asomo la marca de la bestia; la hermosura pudorosa del alma la inunda; su mismo rubor es como el encanto, la gracia de la flor…

¡Qué sublime día el de la Inmaculada Concepción! ¡Qué fiesta más dulce y llena de entusiasmo! Lo que vislumbraron los místicos, lo que pregonaron los profetas respecto del bien triunfante, de la hermosura inmaculada y victoriosa, se ha realizado. Es la fiesta del optimismo y de la belleza. Por encima del mal y de la corrupción, llega la Mujer. ¡La mujer llena de gracia, la Inmaculada!
El mundo ofrece un cuadro sombrío a causa de la miseria y del dolor, del pecado y la muerte; y debido a ello se inclinan cansadas todas las cabezas y se consumen todos los corazones; cae en ruinas el mundo de la gracia, y entre las ruinas va arrastrándose la serpiente, aquella serpiente antigua; y habita la raza de víboras…
Mas, por fin aparece una visión bella y lozana, se asoma el rostro de una joven…
La primera visión alentadora, la primera confesión de fe, el primer retablo en el mundo caído es la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente. Por tanto, el símbolo de la religión y de la esperanza primitivas, es la Inmaculada…
La esperanza profética iba ensoñándola, la cantaba, trazaba su imagen… y aun prosigue el canto: vita, dulcedo et spes nostra…
Nosotros necesitábamos a Dios. Solamente Él podía poner fin a nuestra miseria; solamente en Él podían descansar nuestros deseos y nuestras esperanzas eternas; únicamente su brazo podía rescatarnos del pecado y de la muerte.
¡Cosa extraña!… Buscando a Dios encontramos a una Mujer…
La Revelación presenta con esta imagen la tan anhelada fuerza, el dulce bien, la gracia alentadora.
La que aplasta la cabeza de la serpiente, tiene corazón de Madre; la que quebranta el poder del infierno, es Reina.
Dios es siempre bueno, siempre es salvador, siempre es victorioso. Mas para que sea más profunda y completa su victoria, reviste su fuerza de dulce maternidad, de sublime hermosura virginal; y es esto lo que embelesa.
¡Este es el arte del Salvador!
Y nosotros encontramos nuestro definitivo descanso a los pies de la Virgen Santísima, junto al ideal de la virginidad, de la hermosura interior, del amor encendido…
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Esta prerrogativa de la Virgen Santísima nos mueve con singular eficacia a venerar con filial piedad a la Señora.
La Virgen Santísima, Madre de los hombres, sufrió los dolores de esta maternidad al pie de la Cruz, pero su misión empieza en la Inmaculada Concepción.
En este misterio brilla como nueva Eva, como Madre de la Vida. Aunque no corre por nuestras venas su propia sangre, nuestro es su espíritu.
No lo recibimos completamente formado, sino que hemos de conseguirlo poco a poco, purificando nuestros sentimientos.
La sublimidad de la Virgen Inmaculada nos hace conscientes de nuestra miseria mancillada…, pero la singular prerrogativa de María nos ayuda también a apreciar la gracia. Por la gracia fue Ella grande.
Luchemos contra el pecado, valoremos la gracia. Si así lo hacemos, celebraremos esta Fiesta de modo tal que alcanzaremos que la Inmaculada nos cobije en su seno maternal.
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NOTA:
Radio Cristiandad ofrece la Santa Misa de esta Fiesta en desagravio del grave error doctrinal de Monseñor Williamson, aún no reparado.
Recordemos que el Obispo comienza su Comentario Eleison 373, del 6 de septiembre de 2014, con este sorprendente párrafo:
Uno de los dogmas católicos más importantes es el del pecado original, por el cual todos los seres humanos (excepto Nuestro Señor y Su Madre) tienen una naturaleza seriamente herida desde el nacimiento por nuestra misteriosa solidaridad con Adán, el padre de toda la humanidad, cuando él cayó con Eva en el primero de todos los pecados humanos en el Jardín del Edén.
Lo correcto es decir que por el pecado original todos los seres humanos (excepto Nuestro Señor y Su Madre) tienen una naturaleza seriamente herida desde la concepción.
Hasta el día de hoy, el Prelado persiste en el error.
Por su parte, los blogs amigos del Obispo también siguen por semejantes senderos a los de antaño: ayer encubrían a Monseñor Fellay, hoy encubren a Monseñor Williamson.

