
P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN XVI DE DIFUNTOS
Heu mibi, quia incolatus meus prolongatus est. Psal. CIX. v. 5.
Cuando reflexiono, señores, sobre la dignidad y excelencia de las tres virtudes teologales, conozco con cuánta razón el Apóstol San Pablo dio la primacía a la caridad respecto a la fe y esperanza, o sea porque ella sola tiene el privilegio de entrar en el Cielo para ver allí lo que creyó por medio de la fe, y gozar de lo que deseó por medio de la esperanza; o sea, porque la fe y la esperanza no son sino virtudes del tiempo y de los viadores, y la caridad es también virtud de la Patria y de los comprensores; de modo que estas tres virtudes que son el fundamento de la religión cristiana, no se hallan unidas entre sí, sino en los justos de la Iglesia militante y de la Iglesia purgante.
Pero, ¡oh caridad! ¡oh fe! ¡oh esperanza!, vosotras no podéis librar a las Almas del Purgatorio de las penas de las cuales son deudoras a la divina justicia; antes, me atrevo a decir, que estáis tan lejos de librarlas de los tormentos, que más bien servís para que los sientan más vivamente.
Y a la verdad, ¿qué no padece un Alma que ama a Dios y se ve privada de este único objeto de su amor? ¿Qué no padece un alma, que no puede ver en la otra vida las grandezas que conoció en esta vida debajo de velo? Y, finalmente, ¿qué no padece un alma, que espera un eterno reposo, cuyo gozo le es diferido, y no llega tan presto como quiere al logro de sus deseos?
Yo no quiero, oyentes míos, haceros ver en este discurso las diversas impresiones de dolor causadas por el amor y por la fe en las almas del Purgatorio; me detendré, sí, en las impresiones producidas en ellas por la esperanza, la cual las hace exclamar con David: Heu mihi, quia incolatus meus prolongatus est; miserable de mí, ¿por qué es tan largo el tiempo de mi peregrinación?
Para que, pues, os pueda dar alguna idea de cuánto aumenta la angustia de las Almas la dilación de su esperanza, haré que veáis como las dilaciones que padece la esperanza de gozar de Dios, les ocasiona una extremada aflicción. Para desempeñar dignamente la idea, pidamos la gracia al Espíritu Santo por intercesión de la Virgen.
AVE MARÍA
Para bien comprehender lo que padecen las Almas del Purgatorio con la esperanza de verse libres de sus penas, y poder gozar de su bienaventuranza, considerad hermanos lo que sufrió el Apóstol en este mundo con el impaciente deseo de verse libre de las cadenas de su cuerpo mortal.
A pocos cristianos está oculto el ardiente deseo que tenía este Apóstol de las gentes de ser librado de las ataduras de su cuerpo y de estar junto con Jesucristo, Coarctor, decía él, desiderium habens dissolvi, et ese cum Christo.
Este deseo le inflamaba continuamente su corazón por dos grandes consideraciones: consideraba las continuas fatigas y las crueles persecuciones que había sufrido tanto de los judíos como de los gentiles en las funciones de su apostolado; consideraba la inestimable felicidad que esperaba gozar en el Cielo en compañía de Jesucristo; y cotejando su actual miseria, con su venidera felicidad, exclamaba ¡oh infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
Era a la verdad una gran humillación para este grande Apóstol sentir los estímulos de la concupiscencia, la rebelión de la carne en todo el curso de su vida; más él sabía que el arte de mudar en una bienaventuranza este mísero estado consistía en soportar voluntariamente con un espíritu de paciencia la interior lucha, en contrastar a la malignidad del apetito con todas sus fuerzas, en el saber gemir en su larga servidumbre bajo la ley, y en el invocar incesantemente con una humilde confianza la gracia de nuestro divino Libertador.
No obstante, como aquello a que el tanto aspiraba le era diferido por la divina Providencia, se le hacía congojosa la vida e insoportable la privación de la vista de Jesucristo.
Pero ¿cuánto más intolerable debe ser a las Almas del Purgatorio esta privación? Es verdad que se ven libres de los estímulos de la concupiscencia y que no son más esclavas de la ley del pecado, estando separadas de sus cuerpos mortales; mas tienen dos otras suertes de penas muy dolorosas: el ardor del fuego y la privación de Dios, y aunque tengan la esperanza cierta e infalible de ser libradas algún día de aquél, y de poseer a éste, sin embargo es cosa cierta que la tardanza en verla cumplida, es como un oculto verdugo que las atormenta desapiadadamente: Spes que difertur affligit animam.
MORALIDAD
Mas paso ya de las Almas a dirigir mi discurso hacia vosotros a fin de exhortaros a esperar la posesión de los bienes eternos, como la esperan las Santas Almas, sólo con esta diferencia: ellas la esperan sin temor de condenarse, más vosotros la habéis de esperar con temor de perderos eternamente; la esperanza de salvaros ha de ir junta con el temor de condenaros.
Y por ventura, si son grandes los motivos de esperar, ¿no son también grandes los motivos de temer? Y sino, decidme, ¿qué significa aquel reino lleno de contentos, que Dios nos promete, si observamos su divina ley, y aquella cárcel llena de tormentos con que nos amenaza, si no la observamos? ¿Qué significan aquellas alabanzas, que leemos tan frecuentes ya para el que animoso confía, ya para el que temeroso se humilla?
¿No es esto decirnos que, si miramos allá arriba, hemos de esperar, y si miramos allá abajo, hemos de temer?
Y si queremos dar una ojeada a los sucesos que nos acuerdan las Sagradas Letras, ¿qué esperanza no nos inspira el ver que un ladrón se salva a la derecha de Cristo? Pero, ¿qué temor no causa el ver que se pierde otro a su izquierda? ¿Qué esperanza un Manacés, antes gran pecador y después gran penitente? Pero, ¿qué temor un Salomón, antes gran siervo del verdadero Dios y después esclavo de los ídolos? ¿Qué esperanza un Pablo, antes perseguidor implacable de los fieles, y después secuaz celosísimo de su maestro? ¿Qué temor Judas un discípulo, y después traidor a Cristo?
Pero ninguna cosa muestra más la indispensable necesidad en que estamos de haber siempre de esperar y de temer, como aquel hombre Dios, que adoramos crucificado: porque, si reflexionamos por una parte sobre la sangre de precio infinito que derramó por nuestro rescate en tal abundancia, que todas sus venas quedaron exhaustas; que la satisfacción dada por Cristo a favor nuestro a la divina justicia es tan abundante que excede infinitamente a toda deuda contraída; ¡qué dulce esperanza hemos de concebir! pero, si reflexionamos por otra, que la divina justicia no se dio jamás a conocer tan terrible, como en la pasión de Jesucristo; que el eterno Padre, Ad ostensionem justitiæ suæ, no perdonó a su mismo Unigénito, que no tenía sino la sombra de pecado, ¡qué temor hemos de concebir!
Y si me preguntáis: ¿cuál debe ser mayor, la esperanza o el temor? Os responderé que algunos han de temer más que esperar.
Las almas determinadas a caminar constantes por el camino de la virtud, que no se regulan sino con las máximas del Evangelio, de servir a Dios, de agradar a Dios, de glorificar a Dios, tengan grande esperanza, mas no deben vivir sin temor.
No así se debe discurrir de aquel que, apacentándose no de otra cosa que de vanidad, de fausto, de orgullo, vive todo a genio del mundo, atento a establecerse en el mundo, a divertirse en el mundo; de aquel que, muerto a la gracia y sepultado en los vicios, o nunca piensa en resucitar, o resucitado no persevera en su nueva vida; de aquel, el cual no sabiendo qué sea mortificar los sentidos, refrenar las pasiones, vive todo según el amor propio.
Almas tan apartadas de los dictámenes y ejemplos de Cristo, teman y teman mucho, porque supuesta su vida tan desconforme a la ley de Dios, hay más motivo de temer que de esperar.
Pero, de cualquier manera que sea, o que se haya más de esperar, o que se haya más de temer, es siempre verdadero que no se ha de apartar lo uno de lo otro.
Hagamos, pues, oyentes míos, que haya en nuestro corazón una junta tan necesaria: temamos y esperemos; temamos, pero de manera que nunca muera la esperanza; esperemos, pero de modo que nunca muera el temor.
¡Oh Jesús mío! haced Vos que estos afectos sean siempre mis compañeros indivisibles en el camino de esta vida; que yo tema y tema siempre; que yo espere y espere siempre. Si pienso en mi triste y miserable conducta, tengo motivos de temer; más, si pienso en Vos tan misericordioso y tan bueno, también tengo motivos de esperar; concededme, pues, por vuestra infinita misericordia, que pensando en Vos nunca se me quite el temor que debo tener pensando en mí; que con el pensar en mí, nunca se me quite la esperanza que debo tener pensando en Vos; para que caminando siempre entre esperanza y temor llegue felizmente a aquel término, en que la posesión eterna de Vos no da lugar ni al temor ni a la esperanza.
Y porque sé que mis culpas pueden impedir el logro de estas gracias, os pido con un corazón verdaderamente arrepentido perdón, piedad y misericordia, diciendo: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro Reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.
