DOMÍNICA PRIMERA DE ADVIENTO
Hoy comienza el Adviento.
El Adviento es el tiempo del anhelo en el mundo espiritual; nos recuerda aquellos cuatro mil años en que embargaba a los espíritus un gran anhelo: ¡Ven, oh Señor Jesús!
Tal era la idea que orientaba las almas.
De modo que la Santa Iglesia nos coloca, un año tras otro, en este santo tiempo de preparación, en medio de este santo anhelar.
Quiere que las almas vivan, una y otra vez, los acontecimientos de la gran esperanza.
Por eso debemos prepararnos lo mejor que podamos para recibir a Nuestro Señor Jesucristo.
El Adviento es, entonces, preparación.
Podemos señalar brevemente lo característico del Adviento diciendo: Viene el Señor.
De ahí sacamos las consecuencias inmediatas: luego debemos anhelarlo, luego debemos prepararnos para recibirlo.
Viene el Señor, principalmente en la fiesta de las gracias, en Navidad, y nos otorga mercedes; el gran don de Dios, el mismo Dios viene a nosotros en forma de Niño amable, atrayente.
Es natural que nos preparemos para recibir gracias; si queremos alcanzarlas abundantes en Navidad, hemos de prepararnos ya, ahora, en Adviento.
Si deseamos que Nuestro Señor Jesucristo nos conceda una Navidad colmada de gracias, debemos prepararnos. Debemos reconcentrarnos, volver sobre nosotros mismos, avivar la vida espiritual, intensificar nuestro esfuerzo.
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Mas el Adviento no significa tan sólo preparación para Navidad, sino también una preparación que dura toda la vida, porque el Advenimiento propiamente dicho del Señor no se celebra para nosotros en Navidad, sino en la Parusía: Viene el Señor.
Toda la Escritura inculca constantemente esta preparación: semejante es el Reino de los cielos al grupo de criados que aguardan a su amo cuando vuelve de las bodas, a fin de abrirle prontamente, luego que llegue y llame a la puerta.
Toda la vida, según la Sagrada Escritura, es una gran vigilia; cuando llega el Señor y toca a nuestra puerta, hemos de abrirle.
Al proponer Nuestro Señor Jesucristo el magnífico símil de las diez vírgenes, quiere inculcarnos que cada alma debe estar esperando con su lámpara llena de aceite.
Si llevamos aparejadas, llenas de aceite, nuestras lámparas, podemos salir al encuentro de Cristo.
Hay que asimilar estos pensamientos principalmente en Adviento. Debemos ser almas prudentes, debemos llenar de aceite nuestras lámparas; no seamos como las vírgenes necias que, si bien están esperando, velando, con todo, no tienen aceite y se hallan en medio de la oscuridad.
El Adviento es oscuridad; sin embargo, es una oscuridad en que ha de brillar la luz del fervor.
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El Adviento no es solamente espera y preparación, sino también principio.
Es un rasgo mucho más delicado. Toda la vida ha de ser, en cierto sentido, un principio.
¿Por qué? Porque en el principiante encontramos dos características psicológicas que pueden ser muy provechosas.
Al empezar algo, por una parte nos entusiasmamos; por otra, estamos convencidos de no haber hecho nada aún.
Al principio de nuestro peregrinar, vemos el camino, y al mismo tiempo sabemos que todavía no hemos dado un paso.
Es muy propicio el ambiente del principio, sobre todo en la vida espiritual, en la cual hemos de ser siempre principiantes, siempre hemos de querer, y querer de tal manera como si todavía nada hubiésemos hecho.
¿Cuál es el rasgo característico del alma fervorosa? Olvidar las cosas de atrás, y atender y mirar únicamente a las de delante, es decir, ser siempre un principiante.
Si soy principiante, soy fervoroso; porque quien empieza, regularmente siente entusiasmo.
De ahí que en el Apocalipsis se nos inculque que nuestro amor ha de ser como el primer amor; no un amor amargado, desgarrado por muchos desengaños; no, esto no lo quiere el Señor; quiere el primer amor: caritas prima.
Nuestro Señor Jesucristo ama la caridad primera; parece que no se complace en el amor de la viudez, sino que se goza en el amor virginal.
Jesús no quiere un amor resignado, sino el amor primero, rebosante de entusiasmo.
El principiante necesita unción, necesita la fragancia del amor santo. Si amamos a Nuestro Señor Jesucristo de veras, con ardor juvenil, filial, si nuestra alma se unge con la fragancia y el bálsamo del amor primero, entonces sí, progresaremos.
Los sentimientos del Adviento son muy propicios para reavivar el primer amor de nuestra alma; por esto nos preparamos y empezamos siempre.
No basta prepararnos, sino que también hemos de principiar; nos reconcentramos, queremos lanzarnos, purificarnos.
Así Nuestro Señor Jesucristo no tendrá que reprocharnos: Acordaos de la esposa de Lot; como si dijera: vosotros salís del mal, salís de Sodoma, pero luego os detenéis, y volvéis la mirada hacia atrás.
Así no tendrá que decirnos Nuestro Señor Jesucristo: nadie que pone la mano en el arado y luego vuelve la mirada atrás, es digno del Reino de los cielos; es decir, no es digno de él quien se contenta con el trabajo hecho y se deleita con los surcos ya abiertos.
¿De qué sirven los surcos, si no se echa en ellos simiente? ¿Quién será, pues, digno del Señor? Únicamente quien pueda afirmar en verdad con el mismo San Pablo: olvido las cosas de atrás, y atiendo y miro sólo a las de delante.
El Adviento ha de enardecer nuestros anhelos, el amor del Señor y el anhelo santo de la perfección han de abrir y dilatar nuestra alma.
Si el Adviento suscita en nosotros tales sentimientos, también la Navidad será para nosotros una fiesta colmada de gracias.
Y aquel otro Adviento, el verdadero Advenimiento del Señor, tampoco nos encontrará sin preparación.
Más importante que el día de Navidad, que el día de Pascua, es el día en que nuestra alma comparecerá ante el Cristo glorificado.
Es un día grande, y si es glorioso —¡y ha de serlo!— entonces celebraremos en él un triunfo inmenso.
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Estamos, pues, en Adviento, en el Gran Adviento del fin de los tiempos, que prepara la Parusía, la Segunda Venida de Nuestro Señor.
Es muy importante comprender el presente y sus grandes intereses.
Los signos de los tiempos son enviados para que aticen en medio de nosotros el espíritu; ellos indican el camino, son los mejores mensajeros.
¡Qué profundo mal es el no comprender nuestra época ni los grandes intereses por los cuales tendríamos que trabajar!
Alabamos el pasado…, suspiramos por el futuro, pero enfocamos mal el presente. Es éste un proceder erróneo y peligroso.
Jesús está hondamente conmovido; han llegado sus últimos días, y abarca con una mirada todo el conjunto de los pensamientos misericordiosos de Dios.
El mal ya ha llegado a una verdadera rebelión contra Dios. ¡Cuántos trabajan contra el Señor!
El deseo de su corazón se traduce en quejas y admoniciones; todo lo ha hecho por las almas, por su pueblo. Mucho de su trabajo se malgastó; pero, con todo, prosiguió su obra. Tenía en vista a Dios, le sirvió a Él; no le importó el éxito.
“¡Jerusalén! ¡Jerusalén! Que matas a los profetas… cuántas veces quise… y tú no lo has querido” Tú eres responsable; tus hijos me abandonaron; así lo quisieron ellos; su patria será destruida, ellos lo quisieron; su templo será transformado en ruinas, ellos lo quisieron.
La mala voluntad es la gran desgracia del hombre. Sobre las ruinas y los abismos se oye la palabra dolorosa: Tú no lo quisiste, tú no quisiste lo que yo quería.
Dios quiere, quiere con una voluntad dulce, de cuyas profundidades brotan el amor de la madre y el instinto de la gallina. Convenzámonos de que debemos querer.
La voluntad vacilante, remisa, despreocupada, mezquina, es mala voluntad; buena voluntad es la voluntad firme, dispuesta, decidida.
Esta es la voluntad que nosotros debemos cultivar.
Los Apóstoles miran hacia el lejano porvenir y quieren ver la transfiguración de la miseria y del perecer; el Anticristo, el incendio del mundo, la renovación del mundo, la Jerusalén celestial… son los acontecimientos que a ellos les interesan.
Debemos considerar las proporciones de los pensamientos divinos respecto del desarrollo del mundo, proporciones que exceden a nuestra imaginación…
El mundo y su vida tienen un estilo divino, y nosotros debemos adorar humildemente al Señor, adorar el plan divino respecto de la creación. Hay una cosa que sabemos bien, y es ésta: que llegará el último día, el Día del Señor, en que Él nos permitirá echar una ojeada a sus planes, y a la sublime realización de los mismos…
Llegará el día de la gran Teofanía, en que se pondrá de manifiesto quién tenía razón y por qué sucedieron las cosas, así como sucedieron y no de distinta manera.
Entonces seremos “videntes”; mientras tanto seamos “creyentes”, creyentes que se regocijan, que barruntan el gran desenlace del mundo y el triunfo de Dios.
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Las catástrofes cósmicas del fin del mundo son presentadas con colorido poético. Así como Moisés describió la historia de la creación, así describe la literatura apocalíptica el fin del mundo, y lo describe con vehemencia, con viva imaginación, con alma ardorosa, con lenguaje rico de signos.
Jesús no quiso indicar el tiempo y el modo precisos del fin del mundo; pero nos dio signos y señales. Nos basta saber esto para soportar todas las catástrofes con la fe de un alma pura.
¡Fe y pureza moral! “Estad, pues, alerta, velad y orad…, no sea que viniendo de repente os encuentre dormidos”
¡El Advenimiento glorioso del humilde Hijo del hombre! Bajará de nuevo Aquel que se despidió de nosotros en el Monte de los Olivos; Aquel a quien esperamos y deseamos. He ahí su glorioso Adviento.
Ángeles llevan su estandarte y su fulgurante Cruz; unas nubes, que brillan con la pompa llameante de todos los colores del sol, forman su carroza triunfal; las trompetas de los Ángeles pregonan por el mundo en trance de purificarse la voluntad de Dios que quiere crear de nuevo.
Hincados de rodillas contemplemos esta marcha triunfal de nuestro Rey, de nuestro Juez…
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«Mediante vuestra paciencia salvaréis vuestras almas.»
Es preciso tener paciencia en lo que refiere a nuestra vida interior.
Nos movemos entre contrastes y los llevamos en nosotros mismos; estos contrastes son el mundo espiritual y el mundo material; somos el punto de choque del tiempo y de la eternidad, de lo finito y lo infinito.
Estos extremos sólo podrán armonizarse mediante una fe humilde.
Somos almas desasosegadas; nuestras pasiones, nuestras malas inclinaciones y principalmente nuestros pecados nos preocupan; vamos andando por el desierto de las ilusiones, entre las ruinas humeantes de las virtudes.
De ahí que necesitamos la paciencia de la disciplina, de la abnegación, de la penitencia…; paciencia que finalmente nos brindará la paz, reposo en el Señor.
Con la paciencia de una vida virtuosa dominaremos la situación y nos llenará una alegría santa. Al sentir la gracia y la cercanía de Dios, nos regocijamos. Es cosa que muchas veces nos hace falta.
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“Reparad en la higuera… ”
El árbol, a pesar de los vientos, de las noches tempestuosas, de las escarchas, se despierta de su letargo invernal; también nosotros, a pesar de todas las vicisitudes, hemos de creer que los pensamientos de Dios y su voluntad santísima se cumplen, y esta fe y esta esperanza no han de abandonarnos nunca.
Nuestra alma ha de ser como el árbol que, henchido de savia, se despereza; la fuerza primaveral le despierta; la fuerza del alma es la esperanza.
Los vientos braman en torno nuestro, nos cercan tentaciones, nos contristan las escarchas, los fracasos…; pero la esperanza puesta en Dios nos ayuda, nos conforta y nos llena de dicha.
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Las diez vírgenes representan la vida floreciente, hermosa. ¡Cuánta esperanza, qué buen humor en las doncellas que acompañan a la desposada!; su espíritu rebosa de alegría, alegría de bodas; celebran las fiestas de la vida.
En la vida nos encontrarnos como en medio de la noche; es necesario que llegue la luz de Cristo.
En la noche del santo Advenimiento nos sirve de lámpara la luz de la fe; ésta arde y nos orienta.
¡En qué tinieblas interiores viven los que no son iluminados por esa lámpara! ¡Y qué tinieblas exteriores se añadirán a ellas cuando Dios aparte de ellos su rostro!
“Mas llegada la medianoche, se oyó una voz que gritaba: Mirad que viene el esposo, salidle al encuentro.”
Acto sublime, misericordioso, divino el de venir el Señor…
Con justo título espera Él almas vigilantes, doncellas de honor, un cortejo de bodas que presuroso acuda a su encuentro llevando lámparas encendidas.
Cuando el Señor viene con amor y para salvarnos, debemos ir a su encuentro con el corazón palpitante, con los ojos brillantes, con el alma inundada de luz y de amor.
El que así corre a su encuentro tiene verdadero espíritu cristiano; el que no lo hace, no ha comprendido a su Señor, no ha aprovechado su gracia, no ha derramado sobre su vida la luz del espíritu creyente y amoroso.
“Al punto se levantaron todas aquellas vírgenes, y aderezaron sus lámparas. Entonces las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite.”
¡Dadnos de vuestro aceite! Dadnos de vuestra luz; haya luz, serenidad, alegría, regocijo también en nosotras, es lo que dicen las almas incrédulas, desconfiadas, remisas, mundanas.
No podemos daros —contestan las vírgenes prudentes—, acudid al puesto de venta y comprad para vosotras.
No tendrá luz quien no se preocupare de su aceite; no tendrá fe quien no orare; no tendrá amor quien no se arrepintiere de sus pecados; no tendrá el consuelo y la paz de Cristo quien no hiciere sacrificios.
Debemos proveernos de aceite…
“Las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Al cabo vinieron también las otras vírgenes diciendo: Señor, Señor, ábrenos.”
Tocan a la puerta, mas la puerta no se abre.
Llegan con retraso las almas cuyos ojos se abrieron tarde, cuyo corazón se estremeció tarde. Llegan con el anhelo turbio y olvidado de la inmortalidad, con los instintos de su corazón sofocados, mal conocidos, envueltos en los harapos de la vida superficial y pecaminosa.
Están ahí ante las puertas eternas. Y tocan. Llegan como náufragos, asidos a unas planchas flotantes de féretros. Están agotadas. Perdieron los tesoros de la gracia y del tiempo en los abismos sin fondo. Llegan a las orillas de la vida eterna; y son como pordioseras, no almas desposadas.
¡Qué triste y mísera vida, qué triste fin! Jesús dice: no os conozco. No descubro en vosotras la sangre divina, el tipo de cristianas, el grandioso estilo de la misión y esperanza eterna… ¡Alejaos!
¡Sentencia espantosa pronunciada sobre una vida sin objetivo, sobre una vida que ha errado su blanco!
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Y entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en una nube con gran poder y majestad.
Prestemos atención a las dos palabras: poder y majestad.
El poder se referirá a los que serán condenados; la majestad, a los que serán salvados.
Roguemos, pues, al Señor Jesucristo, para que cuando venga con gran poder y majestad en el día del último examen, para dar a cada uno según sus obras, no ejerza su poder con nosotros junto con los que serán condenados, sino que, con su majestad, nos haga bienaventurados junto con sus Santos en el reino de los cielos.
Dígnese concedérnoslo Aquel, que es el Dios bendito y glorioso por los siglos eternos.
Y toda alma bienaventurada responda: ¡Amén! ¡Aleluya!

