COMBATE
En el sacrosanto nombre
de la fe de nuestros padres,
¡desenvainad la justicia
que para mañana es tarde!
Afrontad el mal presente
–que es el odio intolerable
hacia Dios–, con santo celo
y la cruz por estandarte;
combatid cada blasfemia
y cada insidia que trate
de desviar vuestras almas
hacia tenebrosos valles.
La aborrecible herejía
y la obediencia execrable
deben ser desarraigadas:
¡es vil honrar al infame!
Luchad contra la impostura
de la fe y las falsedades
de los sepulcros blanqueados
que menosprecian la Sangre
de Cristo y confraternizan
con cultos abominables.
¡Frente a las víboras debe
brillar el filo del sable!
Si un espurio cristianismo
hoy ensucia los trigales
¡es mejor no tener templos
que profanar los altares!
Salid de en medio de quienes
presumen de tolerantes
con el pecado y no tienen
con Jesús ninguna parte.
Levantad vuestras cabezas
y confrontad el pujante
ejército de las sombras,
y sus arcanos baluartes.
No nos quedemos cruzados
de brazos ante el ataque
de la perfidia que aflora
desde las profundidades
buscando volver a Cristo
un fugitivo en las calles
mientras las turbas reclaman
volver a crucificarle.
¿De qué nos sirve la vela
cuando el pabilo no arde
y la sal cuando se deja
pisotear por el infame?
Los hijos de las tinieblas
–despóticos y brutales–
buscan sentarse en el trono
de Dios, como semejantes;
no hay paz en sus corazones
sino intereses mortales.
Luchamos en atrios donde
la infamia se ha vuelto alarde
y el sacrilegio se tiene
por virtud, donde la carne
sirve al mundo, ama al demonio
y ahora lo tiene por padre.
Velad, que la luz se extingue.
Las almas y las ciudades
sucumben bajo el acoso
de pecados capitales.
¡Adelantaos a las piedras!
¡Gritad, antes que ellas hablen,
que el Señor es Rey de Reyes
y es por Él nuestro combate!
¡Ya es hora que despertemos.
del sueño! Morir en balde
no es la misión del cristiano
¡y Dios repudia al cobarde!

