PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN XV

El Santísimo Sacramento como esperanza de las ánimas del Purgatorio

P. Fr. Francisco de Taradell.

Capuchino.

SERMÓN XV DE DIFUNTOS

Quis mihi tribuat, ut sim sicut fui in diebus adolescentiæ meæ? Job. XXIX. v. 2-4.

¡Oh! ¿Y quién no temblará al ver el miserable estado de los Difuntos, que están detenidos en la obscura cárcel del Purgatorio? ¿Cuántos de ellos, después de haber gozado de una alta paz, y de una florida prosperidad temporal, se vieron sorprendidos de una muerte precipitada, sin haber tenido tiempo de servirse de sus bienes para providenciar por su salvación, y satisfacer por las deudas con que estaban obligados a la justicia de Dios?

Entonces, ¡ah!, después de aquel momento último, que decidió de su eternidad, pudieron decir con Job: yo en otro tiempo era muy rico y opulento en el mundo, mas ahora, sí, ahora veo mi cuerpo reducido a polvo en el sepulcro, y el alma encerrada en una cárcel, y destituido de medios para satisfacer por mí mismo a la divina justicia. ¡Oh quién hiciese que yo fuese como fui en los días de mi juventud: Quis mihi tribuat, ut sim juxta menses pristinos!

A la verdad, señores, las Almas así manifiestan los deseos de volver, si fuese la voluntad de Dios, a los días antiguos de su vida pasada, para lograr los medios de satisfacer a la divina justicia, para aprovecharse de las gracias que se les concederían, para obtener con una rigurosa penitencia la expiación de sus faltas pasadas, no sólo de las de comisión, sino también de las de omisión; y para hacer, finalmente, cuanto les fuese dable para evitarlas.

Entre las varias especies de pecados de omisión por las cuales son castigadas las Almas en el Purgatorio, es, señores, la omisión de las obras de misericordia; y el deseo de que vuelva el tiempo pasado para repararlas, es del todo inútil.

Vosotros bien advertís el asunto que vengo a proponeros esta tarde; puntualmente será este: las Almas arden en el Purgatorio por las omisiones leves de las obras de misericordia, deseando inútilmente para repararlas que vuelva el tiempo pasado. Única proposición. ¡Oh quiera Dios concederme su especial asistencia para manifestarla! pidámosla por intercesión de su Madre.

AVE MARÍA.

Y no sé, oyentes míos, si jamás habéis comprehendido este principio de moralidad cristiana, establecido por Jesucristo en su Evangelio: no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; haced bien no sólo a vuestros amigos sino también a vuestros enemigos; y la medida que haréis a los pobres por la caridad, será la que se dará a vosotros por recompensa.

Por no observarse esta ley sucederá, según la sentencia espantosa pronunciada por Santiago, que quien no habrá usado de misericordia, será juzgado sin misericordia; porque la misericordia ejercitada con los pobres es tan amada de Dios, que la prefiere hasta al sacrificio; ni se complace de la práctica exterior de la virtud, sino va junta con la fe interior, vivificada por la caridad, y operativa por ella misma.

¿Queréis, pues, vosotros conocer el secreto de desarmar su justicia? Haced favorable su misericordia haciendo obras de misericordia, y no tendréis que temer los rigores de sus juicios.

¡Qué lástima! La mayor parte de los cristianos, que están aún en este mundo, no están convencidos de esta verdad, porque su fe es lánguida, y su caridad está resfriada.

Pero las almas del Purgatorio, estas sí, que están convencidas por su propia experiencia, y siendo viva su fe, y perfecta su caridad, las anima el mismo deseo que a Job, y dicen suspirando con él: Quis mihi tribuat, ut sim juxta menses pristinos? ¿Quién me hará la gracia, que yo sea como fui otras veces?

Mas ¿qué haríais vosotras, santas Almas, si Dios os enviase al mundo, y os diese tiempo y medios de redimir las penas que padecéis por la satisfacción de vuestras faltas pasadas? ¿Qué tales serían las obras que haríais para satisfacer a su justicia? ¿Qué obras de misericordia practicaríais para haceros dignas de la misericordia prometida a los misericordiosos?

Ah, oyentes míos permitidme que yo sea hoy un intérprete de las Almas, para deciros, de su parte, que no hay bien temporal, no hay honor, no hay placer, no hay vida, que no fuesen prontas a sacrificar alegremente para recuperar el tiempo pasado, y reparar las omisiones que tuvieron, mientras estaban en el mundo.

Es cierto, señores, que para mortificar su carne no hay ayuno, no hay austeridad, no hay penitencia que no hiciesen; mas añado que, para evitar el caer en las manos de Dios castigador, practicarían cualesquier obra de misericordia, así espiritual como corporal, y sufrirían cualquier tormento, sin exceptuar los de los Mártires, para librarse de aquellas penas.

Hay, oyentes míos, hay dos órdenes diversos de almas en la otra vida. El uno, es de aquellas que son ya bienaventuradas en el Cielo, y el otro, el de aquellas que son ya perdidas eternamente en el infierno; siendo tales las unas y las otras por dos eternos e irrevocables decretos.

Las primeras gozan del galardón prometido a las buenas obras; las segundas padecen el suplicio merecido por sus pecados.

Mas hay otra tercera lista, y otra tercera clase de almas en el otro mundo, y en esta clase ponemos las Almas del Purgatorio: la fe de estas fue animada de la caridad, y acompañada de obras de misericordia mientras vivieron, y por esto tienen la esperanza de cantar algún día el cántico de David: Misericordiam et judicium cantabo tibi Domine.

Sí, señores míos, estas Santas Almas alabarán eternamente a Dios en el Cielo: alabarán primeramente su misericordia, que las llenó de gracias sobre la tierra, y por haberlas sostenido en los ejercicios de piedad cristiana en medio de las tentaciones; y alabarán así mismo su justicia, en cuanto habrá castigado en el Purgatorio sus errores con la bondad de un Padre que no castiga a sus hijos, sino para hacerlos más santos y más perfectos.

Es verdad que estas Almas justas cumplieron la Ley y los Profetas, obedeciendo al precepto esencial de la caridad; más porque no le obedecieron con toda perfección, porque se descuidaron, o bien omitieron y olvidaron practicar algunas obras de misericordia, mientras vivieron, medios proporcionados para conducirlas felizmente a su último fin; por esto son castigadas tan rigurosamente en el Purgatorio, y esto es lo que las mueve a exclamar inútilmente con Job ¿quién me hará la gracia que yo sea como fui otras veces, para reparar las omisiones de las obras de misericordia con obras de misericordia ya espiritual ya corporal?

MORALIDAD

De las Almas vuelvo el discurso a vosotros oyentes para exhortaros a hacer esta seria reflexión: si las Santas Almas son castigadas tan rigorosamente por la omisión leve de las obras de misericordia: luego lo serán mucho más los pecadores por la omisión grave de ellas.

¡Ay de ellos! Estos no han usado de misericordia, pues serán juzgados sin misericordia y tendrán lugar, dice san Juan, en el estanque ardiente de fuego y de azufre, que es la segunda muerte.

De aquí es, que el soberano Juez de vivos y muertos, no dará a los réprobos otra razón de su condenación, que la omisión de las obras de piedad: tuve sed, y no me disteis de beber; tuve necesidad de acogida, y no me acogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; estuve enfermo y en la prisión, y no me visitasteis: apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno.

¿Y se puede dar más justa sentencia? Todo es común entre la Cabeza y los miembros, entre Cristo y los pobres; nosotros ocultemos cuanto nos agradare nuestra crueldad y dureza de corazón respecto de los miserables, mas este nuestro corazón, en el último juicio, comparecerá el que fue respecto a las obras de misericordia: y Jesucristo en aquel día de su furor, haciendo su causa de la causa de los pobres, vengará sus intereses como propios, y reprehenderá a los crueles avaros, porque no le dieron a Él mismo las asistencias que negaron a los mínimos de sus miembros.

¡Ay de las almas que dejaren de ejecutar estas obras de misericordia en su vida!, porque ellas serán atormentadas por toda la eternidad sin compasión y sin misericordia; más bienaventuradas aquellas que, movidas del espíritu de caridad, habrán sido misericordiosas con los pobres, porque serán tratadas y juzgadas con misericordia. Jesucristo en el día del juicio dirá a los que hubieren sido misericordiosos: venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está aparejado desde el principio del mundo; porque vosotros me habéis socorrido en todas mis necesidades en la persona de los pobres, en la pobreza, en la enfermedad, en la prisión, en la tribulación.

Inferid de aquí, amados oyentes míos, lo que os acontecerá infaliblemente: seréis vosotros tratados de Cristo, como hubiere sido tratado el próximo de vosotros; si no hubiereis dado muestras de amor, tampoco recibiréis muestras de amor; si no hubiereis querido ser misericordiosos con el próximo, tampoco Cristo será misericordioso con vosotros.

Amados oyentes míos, pensemos a tiempo: se falta muy mucho en la caridad; ¡ay de nosotros, si en aquel día de general revista nos faltase la caridad! ¡Ay de nosotros! examinemos pues, mis dilectísimos, como se practica por nosotros esta virtud, y acordémonos, que debemos anivelar nuestro amor para con el próximo, al amor de Jesucristo para con nosotros: Hoc est præceptum meum. Notad bien: no dice solamente consejo de modo que esté en vuestra voluntad ejecutarlo, dice precepto, del cual cumplimiento corre obligación.

Jesús nos amó con un amor sincerísimo, con un amor ardentísimo, con un amor por extremo operativo, sin que excluya a alguno de este amor suyo. Él dio por amor nuestro, entre agonías, la vida, y la dio por todos, la dio por sus mismos perseguidores, la dio por los mismos que le crucificaron , la dio por mí, la dio por vosotros; este es el amor, que nos mostró Cristo, este el modelo a quien hemos de conformarnos: miremos a Cristo, miremos a nosotros : una ojeada al modelo, una ojeada a la copia: confrontemos amor con amor, ¿y habrá semejanza entre el vuestro y el de Cristo? ¿Somos nosotros conformes a nuestro modelo?

¡Oh amado Jesús, yo no sé cómo los demás se asemejan a Vos; más yo en esta comparación me horrorizo de mí mismo, y me confundo, cuán diverso es mi amor para con el próximo, del que vos mostráis tenerme a mí! ¡Vos en el amor vuestro hacia mi sois operativo y tan ardiente; yo en el amor para con el próximo tan omiso y tan frio!; y sin embargo si yo no me conformo al modelo que vos me dais, veo que traspaso uno de vuestros rigurosos preceptos. ¡Oh Jesús amabilísimo! ¡Ya que os habéis dignado de haceros mi ejemplar en la caridad, dadme gracia, que en todo me conforme a vos! Os lo ruego por aquella llaga santísima que adoro en vuestro sacrosanto costado para que compareciendo en el día último delante de Vos, mi Juez, con un amor semejante al vuestro, halle en el amor vuestro y en el mío una prenda segura de la eterna felicidad. Y porque veo las muchas veces que os ofendí por la falta de caridad con los pobres, arrepentido de ello con un corazón verdaderamente contrito, os pido piedad, perdón y misericordia, diciendo: Señor mío Jesucristo etc.

Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión Santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.