
P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN XIV DE DIFUNTOS
Mirabiliter me crucias. Job. X. v. 16.
Si el amor es la virtud dominante en el corazón de los justos, ¿quién no ve poderse distinguir tres suertes de amores, que adornan a los tres estados de la Iglesia, triunfante, militante y purgante?
Ved en los justos de la Iglesia triunfante un amor que puede llamarse de gozo, puesto que los Bienaventurados están en el pacífico gozo del soberano bien, sin alguna mezcla de inquietud, de aflicción, ni temor de perderle.
Si de la Iglesia triunfante bajo a la militante, hallo que el amor de los justos, es un amor activo y juntamente sufrido: él obra con libertad, y sufre con mérito; obra cosas grandes, porque no puede estar ocioso, y sufre grandes males porque no está perfectamente depurado.
Finalmente, si de la Iglesia militante desciendo con el espíritu a la Iglesia purgante, hallo que el amor de las Almas Justas, que allá están detenidas prisioneras, es un amor puramente de sufrimiento: Dios las ama, y este mismo amor las atormenta; y ellas recíprocamente le aman, y este mismo amor las aflige.
En efecto, el amor de Dios para con las Almas, y el amor de éstas para con Dios es el primer ministro de su justicia, que le decía Job en su aflicción: Mirabiliter me crucias.
Ved aquí, en efecto, una especie de maravilloso suplicio sufrido de las Santas Almas: aman a Dios sin poseerle; lo que vosotros veréis en el único punto de mi discurso, saludando primero a la Virgen santísima, y diciéndole:
AVE MARÍA
Cuando digo que las Almas Justas están en extremo afligidas porque aman a Dios sin poseerle, no penséis, señores, que quiera decir, que no le posean verdaderamente.
¡No!, señores; esté lejos de vosotros el que viéndose ellas en estado de gracia no posean verdaderamente a Dios; y que no estén íntimamente unidas con Él con el vínculo indisoluble de la caridad.
Sólo dejan de poseerle con una posesión de paz y de delicia, que constituye la bienaventuranza perfecta de los Santos.
Porque la naturaleza de su amor es forzoso que corresponda a la naturaleza de su conocimiento; y no viendo ellas claramente a Dios, por estar privadas de la luz de la gloria, por esto no le aman deliciosamente, por faltarles el gozo del corazón, que viene del conocimiento intuitivo, y del amor que recrea tanto al que le goza.
Juzgad ahora de la calidad de las penas que padecen las Almas del Purgatorio por este motivo; saben que una voz venida del cielo dijo a San Juan: bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, pues reposarán de sus fatigas; y conociendo ser ellas de este número, porque la muerte las separó de sus cuerpos cuando estaban en gracia, y en el amor de Dios; y viendo, por otra parte, que no pueden ahora gozar de este bienaventurado reposo, que les está prometido; y considerando que han de padecer mayores fatigas y dolores que cuantos hubieran padecido en esta vida; ved aquí que se hallan sumergidas en un profundo abismo de aflicciones.
El amor que tienen a Dios es un oculto fuego que las devora más portentosamente que el fuego exterior de que son atormentadas, como un santo Pontífice dijo de San Lorenzo: Segnior fuit ignis, qui foris ussit, quam qui intus accendit; y este amor entre tanto aumenta sus penas, no las ablanda, porque se ven privadas de los suaves abrazos del que debe enjugar sus lágrimas y apagar su sed, embriagándolas a lo divino con el torrente de sus eternas delicias.
¡Oh cuán terrible es la sed de gozar de Dios, que sufren las Almas Justas en el Purgatorio!
Yo no puedo compararla mejor, que a la sed sufrida de Cristo sobre la cruz, que dio motivo a su queja, cuando en los excesos de sus dolores gritó: Sitio, tengo sed; a la manera que el eterno Padre permitió que le fuese presentado el vinagre, no para que le sirviese de confortativo, sino para más atormentarle.
Así la divina justicia hace beber a las Almas del Purgatorio una bebida de hiel y de ajenjos, en vez de confortarlas con aquel torrente de inefables consolaciones, con que embriaga divinamente las Almas Bienaventuradas en el Cielo.
¿Cómo, ¡oh mi Dios!? ¿Son éstas las dulzuras que reserváis para las pobres Almas afligidas, que tanto os aman?
No os piden que les enviéis ni a Lázaro, ni a un Ángel para templar con una gota de agua la ardiente sed que las devora; pues saben que todas las aguas de los ríos no podrían matar su fuego, ni aliviar sus deseos sedientes.
A Vos sólo se vuelven, y por Vos sólo claman con un Profeta: así como un ciervo desea las aguas de una fuente, así mi alma suspira y os desea a Vos, oh mi Dios; no tengo sed de otro que de Vos, y no deseo otro que poseeros; ¿cuándo vendrá, pues, el momento feliz, en el cual compareceré en la presencia de mi Señor?
MORALIDAD
¡Oh! ¡Pluguiese a Dios, que estos abrasados deseos de ver a Dios, que tienen las Santas Almas se comunicasen a los cristianos de nuestros tiempos!
¡Oh, si a vista de las ardientes ansias que ellas tienen de gozar de la eterna felicidad, se llenasen de confusión los que buscan su felicidad en las criaturas!
Y, sin embargo, es preciso que quien desee la felicidad, la busque en Dios.
En hora buena tengan atractivo los caducos bienes de esta tierra, sean grandiosos, sean útiles, sean agradables; el hombre, oyentes, no está criado para ellos; su fin es Dios sólo, y a Dios sólo debe dirigir los deseos, si quiere tener día feliz.
En efecto, pasaron ya muchos millares de años desde que la vasta máquina de esta tierra salió de la mano del Criador, y es sin número el número de los hombres que la han poblado, unos prudentísimos por el entendimiento, otros doctísimos por el saber, otros esforzadísimos por su valor, otros afortunadísimos en sus empresas, y todos deseosos sumamente de la felicidad.
Pero, ¿hallaréis en todas las historias que uno haya hallado la felicidad suspirada fuera de Dios? Preguntad a los monarcas, que fueron los más poderosos; a los conquistadores, que fueron los más gloriosos; a los sabios, que fueron los más celebres; ninguno de éstos os podrá decir haber experimentado, fuera de Dios, un cumplido y cabal contentamiento.
Leeréis que un Salomón tuvo tesoros y delicias como ningún otro; y estimación y saber más que ningún otro; más leeréis que, al fin, confesó que todo era vanidad, todo aflicción de espíritu.
Leeréis que un Alejandro llevó tan adelante sus conquistas que enmudeció toda la tierra por el temor, por el obsequio, por el estupor; mas leeréis también que le sacó las lágrimas de los ojos el no haber sino un mundo que sujetar.
Leeréis que Augusto llegó a decir que de cuanto puede dar el mundo de grande, de delicioso, de espléndido, todo lo poseía con tal modo que no había más que desear; mas leeréis también que echaba de ver que, en tanta abundancia de bienes, le faltaba alguna cosa, y no sabía cuál fuese.
¡Infeliz! Bien lo hubiera sabido si, entre las tinieblas del gentilismo, no hubiese ignorado aquel último fin a que la providencia nos ha destinado.
Mas, ¿para qué revolver los anales, para qué recurrir a los pasados siglos? ¿No experimentamos nosotros que busca en vano quien busca contento en esta tierra? Sí, nosotros lo experimentamos, nosotros lo vemos todos los días: aspira aquel a un puesto, y mueve toda piedra para lograrle; le logra, ¿por esto es feliz? No; apenas se ha hecho la primera conquista, que ya piensa hacer la segunda; el patrimonio es pingue, no basta; el corazón no está satisfecho.
¿Y de dónde, amados oyentes, esta inquietud? ¿De dónde, sino de no ser nuestro fin los honores, las grandezas, los placeres? No estamos en el mundo para brillar entre los concursos, para ensoberbecernos entre las riquezas, y para gozarlas entre los divertimientos; no están en el mundo para ésto; y de aquí es que nuestro corazón no encuentra reposo en ninguno de estos bienes, porque no encuentra su centro en alguno de ellos.
Nuestro centro es Dios; y si no se busca y no se posee Dios, no hay que esperar, ni paz, ni sosiego, ni quietud: Fecisti nos Domine ad te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te. Así habló enseñado de la experiencia San Agustín.
¿Qué debo, pues, decir de vosotros, mal acostumbrados cristianos, a quienes veo correr tan solícitos tras de los bienes temporales? Vosotros buscáis la felicidad, más la buscáis inútilmente; vosotros la buscáis entre los honores; vosotros la buscáis entre las riquezas; vosotros la buscáis entre los divertimientos. ¿Por ventura los honores, las riquezas, los divertimientos son el fin a que os destina el mismo Dios?
¡No!, no, oyentes míos. Buscad, pues, la felicidad no en otro que en el mismo Dios.
¡Sí!, en Él hallaréis contento, en Él paz, en Él reposo, porque en Él hallaréis aquel fin, para el cual tenéis todo el ser.
Son hechos para vosotros los bienes que tenéis; más vosotros no sois hechos para estos bienes: deben ellos servir a vosotros; vosotros no debéis servir a ellos.
Ellos son los medios, mas no son el fin, y en tanto solamente debéis amarlos, y cuidar de ellos, en cuanto pueden conduciros a vuestro fin.
Mirad a David: tenía riquezas, tenía delicias, tenía corte, tenía reino, más porque sabía que todo esto no le podía hacer feliz, allá enderezaba la mira, allá dirigía los deseos, donde conocía estaba la fuente de todos los bienes, y más deseoso de Dios del que lo está el ciervo de las aguas: Quemadmodum, decía, desiderat cervus ad fontem aquarum, ita desiderat anima mea ad te, Deus.
¡Oh, si lo entendiésemos también, amados oyentes! No se viera el gran desorden de buscar la felicidad donde no está, de buscarla fuera de nuestro último fin.
A Dios se dirigirían nuestros deseos más ansiosos, y desterrando del corazón todo afecto a estos bienes caducos: a Vos sólo, diría cada uno, a Vos sólo yo quiero, ¡oh Dios de mi corazón! Vos sois mi fin, soy creado para Vos; busque quien quiera otros bienes, yo no quiero otro bien que a Vos.
¡Oh, mi buen Jesús! ¿Cuándo será que se impriman en mi alma sentimientos tan justos, que a Vos sólo aspire mi corazón, y que todos mis deseos se dirijan a Vos? Siendo yo creado únicamente para Vos, ¿cuándo me persuadiré que, si quiero felicidad, no debo buscarla en otro, que en Vos?
¡Ah!, por aquellas llagas santísimas, que adoro en vuestros pies, haced que yo conozca bien el fin altísimo para el cual soy creado: Notum fac mihi Domine finem meum.
Así, apartado mi corazón de todo otro bien, busque en Vos sólo, y espere de Vos sólo mi felicidad por todos los siglos eternos.
Y porque sé que los pecados, con que tanto os he ofendido, me pueden privar de su gozo, postrado a vuestras soberanas plantas, contrito de corazón os pido perdón, piedad y misericordia, diciendo: Señor mío Jesucristo. etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.
