
P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN XIII DE DIFUNTOS
Ecce non est auxilium mihi in me, et necessarii mei recesserunt a me: Fratres mei præterierunt me sicut torrens, qui raptim transit inconvallibus. Job VI. v. 13. 15.
Si así como los cristianos procuran una honrosa sepultura para los cuerpos de los difuntos, procurasen un reposo eterno para sus almas, sin duda, señores, no se vieran los oradores en la dura necesidad de declamar contra ellos, por dejarlas en un perpetuo abandono entre las llamas penosísimas del Purgatorio.
Confieso, en verdad, que la mayor parte de los fieles no tienen necesidad de exhortación a tributar este último oficio de dar honrosa sepultura a los difuntos, llamado de Tertuliano: Supremus mortalium honos; porque de ordinario se mueven a hacerlo, o por vanidad, o por amor propio, más que por un sentimiento de naturaleza y de religión.
Mas debe advertirse que la piedad de los cristianos debe particularmente extenderse a procurar a sus almas el eterno reposo con obras de piedad y de misericordia.
Pero, ¡oh Dios inmortal!, esta piedad se mira borrada de sus corazones de tal modo que dejan a las Almas en perpetuo olvido entre las llamas encendidas del Purgatorio; y al verse ellas así abandonadas de las personas que habían de ser sus amantes, o por la conjunción de sangre, o por el vínculo de beneficios, ¿podrán dejar de lamentarse con las palabras con que Job, al verse abandonado en su calamidad de su mujer, de sus hermanos, de sus próximos y de sus amigos, se lamentaba de la dureza de su corazón y de su ingratitud?
¡Ah!, si pudiesen ellas hacer oír sus voces desde el hondo de sus sepulcros donde reposan sus cuerpos, ¡cómo claman para confundir su ingratitud, y condenar su crueldad!: Ecce non est auxilium mibi in me, et necessarii mei recesserunt a me: Fratres mei præterierunt me sicut torrens, qui raptim transit in convalibus; es bien compasivo mi estado; yo no hallo en mi algún socorro; todos mis amigos me han abandonado, y mis propios hermanos han pasado en mi presencia como un torrente que con rapidez traspasa los valles, sin mirarme y sin socorrerme.
Entre las varias suertes de personas que olvidan y abandonan a los Difuntos, por cuya causa estos se lamentan de ellos con las palabras del pacientísimo Job, yo distingo una, y es puntualmente la de los hijos crueles, que viven en perpetuo olvido de sus padres difuntos, y por esto son merecedores de ser llamados reos de inhumanidad contra ellos.
Esta será la materia de mi sermón. Veréis pues, como los hijos que olvidan a sus padres difuntos son reos de inhumanidad. Única proposición. Voy a manifestarla, si me asiste la gracia, de esta necesito.
AVE MARÍA
Como el amor que debemos a nuestros padres es un pimpollo de la divina caridad, que es una virtud propia del tiempo venidero no menos que del tiempo presente, nos conviene amarlos, no solamente mientras que dura la vida, sino también después de la muerte; y hasta el sepulcro, procurando una honrosa sepultura a sus cuerpos y un reposo eterno a sus almas.
Este es el principal efecto, y la prueba más esencial que esperan de nuestro amor; y esta es la obligación indispensable que incumbe a los hijos, por cuya inobservancia, los que olvidan a sus padres, son reos de inhumanidad.
¡Ah!, si hubiese en este tan piadoso auditorio alguno de esos hijos tan inhumanos, lleno de celo gritaría entonces: hijos crueles, aquí os cito al tribunal de vuestra conciencia, para condenaros como reos de la más fea de todas las inhumanidades contra las almas de vuestros padres; estas pobres almas están abandonadas y reducidas a la más extrema necesidad en el Purgatorio; no obstante esto vosotros no os movéis a compasión de ellas, y sois inexorables a todos sus males.
Se contentarían ellas como el pobre Lázaro de las migajas que caen de vuestra mesa, y de los bocados de pan que dais a vuestros perros, en vez de alimentarse en la persona de los pobres: Et nemo illi dabat, y ninguno se lo daba.
Toleran el frío y el calor, mientras vosotros tenéis vestidos superfluos de verano e invierno; les bastaría una sola túnica para cubrirse en la persona de aquel pobre; Et nemo illi dabat, y este bárbaro hijo se la niega.
Están ellas en medio de las penas, mientras vosotros os gozáis en los placeres; están ellas en miseria, mientras vosotros estáis en abundancia; están ellas colocadas sobre ardientes llamas, mientras vosotros reposáis dulcemente sobre plumas; gimen ellas en una dura servidumbre, mientras vosotros gozáis de una entera libertad; están ellas encerradas en horrible cárcel, mientras vosotros os alojáis en magníficos y suntuosos palacios; están ellas desamparadas de todos, mientras vosotros sois de todos cortejados; si os acontece la menor desgracia, todos vuestros parientes os consuelan, y se compadecen de vosotros; ellas en fin no son de alguno consoladas, ni compadecidas en el exceso de sus tormentos: Audierunt, dicen estas almas abandonadas, quia ingemisco ego, et non est qui consoletur me.
¡Mis hijos sienten el murmullo de mis gemidos, y ni uno de ellos me consuela, o viene en mi ayuda; mis suspiros se redoblan a toda hora, y mi corazón es oprimido por el dolor; yo me derrito en llantos, y mis ojos vierten ríos de lágrimas; porque el que me había de asistir con procurarme la vida bienaventurada que espero, se ha apartado de mí; mis hijos se han perdido en la abundancia de las riquezas heredadas, y con esto el enemigo se ha hecho más fuerte, porque la codicia enemiga de la caridad ha prevalecido en sus corazones al amor que debían a sus padres; ellos han despreciado lo más precioso y raro que tenían, para hallar con qué mantener su vida delicada y deliciosa, y así cuando no falta cosa a sus excesos y destemplanza, falta todo a nosotros en la mayor necesidad.
Contra estos inhumanos hijos grita el Profeta Amós, cuando dice: Bibentes vinum in phialis, et optimo unguento delibuti, et nihil patiebantur super contritione Joseph: estos inhumanos hijos que beben el vino a tasas llenas, y que se perfumen con olores preciosos, no se han enternecido a vista de la aflicción de Josef, esto es de las penas de sus padres, que están en el Purgatorio.
Dios ha dado, señores, a todos los animales, dice Lactancio Firmiano, armas naturales, como dientes, uñas y otras cosas semejantes para defenderse de sus enemigos; pero al hombre le ha dado un corazón tierno, un sentimiento natural de misericordia y de compasión, para defenderse, y socorrerse recíprocamente en sus públicas y privadas necesidades.
Sin embargo, ¡oh Dios inmortal!, entre los cristianos hay hombres despojados de tales sentimientos de humanidad, que han tomado un corazón de tigre, o de bárbaro, por cuya razón son insensibles a las calamidades de los desgraciados.
¡Ah hijos sin religión! ¡Hombres sin humanidad! ¿Es posible que la naturaleza haya errado en vuestra concepción, y que en vez de formaros corazones de carne, os haya comunicado un corazón de bronce y de piedra?
Sino queréis dar oído a los sentimientos de religión, dadle siquiera a los sentimientos de humanidad; sino queréis imitar a la misericordia de vuestro Padre celestial que hace nacer el sol sobre las tierras de las bárbaras naciones, no menos que sobre los pueblos fieles, a lo menos imitad la piedad de aquel Filósofo pagano, quien habiendo dado limosna a un malvado, que se le había pedido, respondió sabiamente a quien le había reprehendido: De humanitati. Yo le di la limosna, es verdad, no porque él es malo, sino porque él es hombre; así, si vosotros no queréis hacer limosna a los Fieles Difuntos, porque son cristianos, hacedla a lo menos porque son hombres, y porque son vuestros padres: dad a la naturaleza, lo que negáis a la gracia.
Pero ¡qué enorme crueldad sería la vuestra, sino quisierais usar esta misericordia con ellos, y los abandonaseis a la discreción de la divina justicia, que los atormenta en el purgatorio! ¿No merecierais con razón el nombre de parricidas, según el célebre dicho de San Agustín: Si non pavisti, occidisti: vosotros habéis muerto a aquellos que no habéis alimentado?
Es verdad, no les quitaríais la vida natural, porque sus almas son inmortales, mas ¿quién no ve, que los privaríais de la vida de la gloria, de la cual deberán gozar en el Cielo?
¡Ah! ¡Y cuáles serían los sentimientos de vuestros padres tratados de vosotros con tanta inhumanidad! Me parece ya oírlos exclamar desde lo profundo de su cárcel, y hacer a sus hijos aquella reprensión que hizo Dios a los hebreos por un Profeta. Oíd cielos, tú tierra pon la oreja a mis lamentos; yo alimenté hijos, y los levanté, y después de esto ellos me despreciaron.
Sí, oyentes míos, esto dicen las almas de vuestros padres: claman al Cielo y a la tierra en testimonio de vuestra ingratitud, os reprehenden que habiéndoos criado con mucha fatiga, sudado y trabajado para acumularos bienes y riquezas, vosotros las empleáis en lujo, en vanidad y destemplanza, en vez de gastar una parte de ellas en socorrerlas en su extrema necesidad.
¿No es esto un desprecio que grita venganza contra vosotros? Mas no creáis que quede sin castigo vuestra crueldad; ved aquí la amenaza que hace Dios por medio de un Profeta: porque vosotros habéis perseguido y aborrecido vuestra propia sangre, seréis igualmente aborrecidos y perseguidos de vuestros parientes: Cum sanguinem oderis, sanguis persequetur te.
No hay más fiero odio, ni más implacable persecución, que la de olvidar las personas a las cuales se debe el honor, la vida y las riquezas que se poseen; y en este olvido y en este odio caerán también después de su muerte los ingratos hijos; porque el orden de la justicia de Dios es este; castigar el desprecio con el desprecio, y el olvido con el olvido: vosotros habéis despreciado y olvidado las almas de vuestros padres, mientras estuvisteis en esta vida; pues vuestros hijos os despreciarán y os pondrán en olvido después de la muerte.
Y Dios ejercita esta justicia particularmente en el sepulcro, o en el Purgatorio, que yo puedo llamar con David, la tierra de olvido: In terra oblivionis.
MORALIDAD
Siendo esto así, padres y madres, no hagáis confianza de vuestros hijos, dejadles el pensamiento de vuestro funeral, mas no los constituyáis árbitros del reposo de vuestras almas, haced en vida todas las obras que queríais haber hecho, cuando estaréis para comparecer delante del divino Juez. Imitad aquel Emperador, el cual después de haber renunciado el imperio se encerró en un monasterio, y un poco antes de morir mandó hacer la ceremonia de sus funerales no con grande pompa, sino con muchas oraciones y misas para satisfacer a la divina justicia antes de su muerte, y alcanzar por su alma el eterno reposo.
No quiero decir que eximáis a vuestros hijos absolutamente de la obligación impuesta por la naturaleza y religión, sino que no debéis fiar de tal manera de su buena voluntad que no penséis primero en vosotros antes que en ellos, y posponer vuestra eterna salud a sus temporales intereses.
El viaje de la eternidad, que habéis de hacer, es largo y peligroso, por esto necesitáis de un buen viático y de grandes provisiones para hacerle felizmente; vais en un país desconocido, estáis vecinos a comparecer delante de un Juez inflexible, vuestras solas obras os podrán servir de recomendación, no os apoyéis solamente en las que están ordenadas en vuestro testamento; porque ¿quién os asegura que los hijos serán fieles en ejecutar vuestras santas intenciones?
Vuestros hijos, me diréis, tienen bondad y piedad; yo lo creo; os aman, no os lo niego; mas esto es verdadero mientras vivís, mientras os tienen delante de los ojos, mientras les sois de alguna utilidad, y tenéis señorío en vuestros bienes; porque luego que habréis desaparecido de los ojos del mundo, y seréis puestos en el sepulcro, ya el amor de vuestros hijos se apagará en sus corazones, como un fuego que no halla más aliento en que cebarse, y vivirán en continuo olvido de vosotros, siendo reos de inhumanidad, mereciendo que por haberos despreciado y olvidado, sus hijos los desprecien y pongan en olvido después de la muerte.
¡Y Vos, oh buen Jesús, no permitáis, que estas almas contraigan feamente la mancha de inhumanidad contra sus padres, de modo que viviendo en un profundo olvido de ellos, merezcan ser olvidadas después de su muerte de sus hijos, y castigadas severamente por vuestra divina justicia. Comunicadles, soberano Señor, gracia para ser agradecidas a sus padres difuntos, y procurarles la libertad por medio de caritativos sufragios. Esto os pedimos por las llagas que adoramos en vuestra santísima humanidad; más si nuestras culpas pusiesen estorbo al logro de tan importante gracia, arrepentidos de ellas con el mayor dolor decimos: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.
