PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA DOMÍNICA 26ª (24ª) DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

 VIGESIMOCUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En los dos últimos Domingos hemos considerado las Parábolas de la cizaña y de la levadura; y terminé diciendo que ambas representan el misterio de la paulatina secularización y descristianización, y que son una ilustración de la actividad destructora de los falsos profetas y doctores en medio de la grey de Cristo.

Con las consideraciones realizadas, nos fuimos adentrando en el tema clásico del último Domingo del Año Litúrgico.

Resumiendo todo lo dicho, quiero plantear una cuestión que sirva como materia de reflexión, de meditación y de fundamento de las actitudes que debemos asumir.

Dicha cuestión es la siguiente: ¿cuál será el estado de esta tierra cuando Nuestro Señor Jesucristo venga por Segunda vez, en gloria y majestad?

El Apocalipsis nos habla de dos Bestias, una del mar y otra la tierra, una el Anticristo, la otra el Falso Profeta.

Me detendré solamente en la primera Bestia, el Anticristo. Dice el Apocalipsis:

Y se enfureció el dragón contra la mujer, y se fue a hacer guerra contra el resto del linaje de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús. Y se apostó sobre la arena del mar.

Y vi surgir del mar una Bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, y en sus cuernos diez diademas, y en sus cabezas títulos blasfemos. La Bestia que vi se parecía a un leopardo, con las patas como de oso, y las fauces como fauces de león: y el Dragón le dio su poder y su trono y gran poderío.

Le fue dada una boca que profería grandezas y blasfemias, y se le dio poder de actuar durante cuarenta y dos meses; y ella abrió su boca para blasfemar contra Dios: para blasfemar de su nombre y de su morada y de los que moran en el cielo. Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; se le concedió poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. Y la adorarán todos los habitantes de la tierra cuyo nombre no está inscrito, desde la creación del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado.

Esta primera bestia es, según sentencia común, el símbolo de las potencias que luchan contra el Reino de Dios, el Anticristo con sus secuaces.

La unión de elementos tan disímiles en la misma bestia significa que las tendencias más opuestas entre sí se unirán para combatir la obra del Redentor.

Ya sabemos que el misterio de la iniquidad obra desde el principio. Pero aquí se trata de la crisis final de este misterio, llevado a su colmo con el endiosamiento del hombre en forma abierta, desembozada y triunfante.

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La fiera de San Juan es un compuesto de las cuatro fieras de Daniel: “la recapitulación de la herejía”, la llama San Ireneo. San Juan las enumera en orden inverso, quizás porque la religión herética del Anticristo parte de la última para llegar a la primera, el paganismo.

Aunque es larga, vale la pena recordar esta cita del Profeta Daniel:

Yo estaba mirando durante mi visión nocturna, y vi cómo los cuatro vientos del cielo revolvían el Mar Grande. Y subieron del mar cuatro grandes bestias, diferentes una de otra.

La primera era como león, y tenía alas de águila. Mientras estaba todavía mirando, le fueron arrancadas las alas, y fue levantada de la tierra y puesta sobre sus pies como un hombre; y se le dio un corazón de hombre.

Y vi otra bestia, la segunda, semejante a un oso; que se alzaba a un lado; tenía tres costillas en su boca, entre sus dientes, y le dijeron así: “¡Levántate y come carne en abundancia!”

Después de esto seguí mirando, y vi otra, semejante a un leopardo, con cuatro alas de ave en sus espaldas. Tenía esta bestia cuatro cabezas; y le fue dado el dominio.

Después de esto continué mirando la visión nocturna y vi una cuarta bestia, espantosa y terrible y extraordinariamente fuerte, que tenía grandes dientes de hierro. Devoraba y desmenuzaba, y lo que sobraba lo hollaba con los pies. Era diferente de todas las bestias anteriores y tenía diez cuernos.

Estaba yo contemplando los cuernos, cuando divisé otro cuerno pequeño, que despuntaba entre ellos; y le fueron arrancados tres de los primeros cuernos. He aquí que había en este cuerno ojos como ojos de hombre y una boca que profería cosas horribles.

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Consideremos estas cuatro bestias, sin olvidar los cuatro reinos representados por la estatua de la otra famosa visión de Daniel. Para esta consideración me sirvo de un conocido nuestro…

Las cuatro bestias simbolizan los cuatro reinos, no en su aspecto material o físico, sino aspecto formal, en su relación con lo espiritual.

En el misterio de las bestias se destacan señales referentes a lo religioso, en relación a la divinidad. Es decir, se representan esos reinos con espíritu y vida de bestias salvajes y feroces, porque esta relación a la divinidad no se endereza a darle el culto y el honor que le es debido; sino a quitarle este culto, y a privarle de aquel honor.

Estas cuatro bestias significan cuatro religiones, grandes y falsas, que se habían de establecer en los diversos reinos de la tierra figurados en la estatua.

El Profeta de Dios las representa aquí con la mayor propiedad posible, las tres bestias conocidas de todos, y conocidas por las más salvajes, las más feroces y más dignas de horror y de temor.

La cuarta debajo de la semejanza de otra bestia del todo nueva, inaudita en los siglos anteriores, diferentísima de todas las otras, y que une en sí sola la ferocidad de todas las demás.

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La primera como leona, y tenía alas de águila; mientras yo la miraba, le fueron arrancadas las alas, y se alzó de tierra, y se tuvo sobre sus pies como un hombre, y se le dio corazón de hombre.

Esta primera bestia, o esta leona con alas de águila, parece un símbolo propio y natural de la primera y más antigua de todas las falsas religiones: la idolatría.

Se representa aquí esta falsa religión como capaz no sólo de correr con ligereza, sino de volar con rapidez y velocidad; expresiones todas muy propias para denotar, ya la rapidez con que voló la idolatría, y se extendió por toda la tierra; ya también los estragos horribles que hizo en poco tiempo en todos sus habitantes, sujetándolos a su duro, tiránico y cruel imperio.

No quedó en esto sólo la visión. Vemos lo que sucedió en el mundo al comenzar la época feliz de la vocación de las gentes.

Lo primero que sucedió a la idolatría con la predicación de los apóstoles fue que le fueron arrancadas las alas a viva fuerza, para que ya no volase más en adelante. Estas dos alas son símbolos propios de aquellos dos principios o raíces de todos los males que produjo la idolatría, y la hicieron extenderse por toda la tierra: la ignorancia y la fábula.

La ignorancia del verdadero Dios, de quien las gentes brutales y corrompidas se habían alejado tanto, y la fábula que había sustituido tantos dioses falsos y ridículos, de quienes se contaban tantos prodigios.

Los hombres apostólicos dieron noticias al mundo del verdadero Dios; descubrieron la falsedad y la ridiculez de todos aquellos dioses absurdos; y con esto sólo la bestia quedó ya incapaz de volar, y empezó a caer en tan gran desprecio que avergonzada se fue retirando hacia los ángulos más remotos y escondidos de la tierra.

Una parte bien considerable del linaje humano fue levantada de la tierra. Con este socorro, puesta en pie como un hombre racional, se le dio al punto corazón de hombre, quitándole con esto la sustancia, y aun los accidentes de bestia.

A esta primera bestia no le quitaron la vida, sino solamente las alas, y con ellas la libertad de volar. Aunque perdió una gran parte de sí misma y la mayor parte de sus dominios, quedó viva, y lo estará sin duda hasta que se le quite enteramente la potestad; lo cual no sucederá sino después de la muerte de la cuarta bestia.

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Y vi a otra bestia semejante a un oso, que se paró a un lado, y tenía en su boca tres órdenes de dientes, y le decían así: Levántate, come carnes en abundancia.

Todas estas circunstancias tan individuales llevan nuestra atención hacia otra religión grande y disforme, que se levantó de la tierra cuando ya la primera estaba sin alas: el Mahometismo.

De esta falsa religión se verifica la semejanza con el oso, que es la bestia más disforme y horrorosa a la vista. Lo segundo, la circunstancia particular de ponerse hacia una parte de la tierra; porque es cierto que esta bestia no ha dominado jamás sobre toda la tierra como la leona, sino solamente en aquella parte donde se estableció desde su juventud, esto es, hacia el mediodía del Asia, y a la parte septentrional del África.

Se verifican propiamente en el Mahometismo aquellos tres modos de comer, o las tres especies de armas de que ha usado esta religión brutal para mirar por su conservación.

El primer orden, o la primera arma fue la ficción, necesaria a los principios para hacer presa y devorar una tropa de ladrones, vagabundos, ignorantes y groseros.

Mas como era imposible que la ficción durase mucho tiempo sin descubrirse, ni todos habían de ser tan rudos que creyesen siempre cosas tan increíbles, le eran necesarios a la bestia, para poder vivir, otros dos órdenes mas u otras dos maneras de comer. Estas son la espada y la licencia.

La primera, para hacer creer por fuerza lo que por persuasión parece imposible, para responder a todo argumento con la espada, y para que esta espada quedase en los siglos venideros como una señal de credibilidad clara, patente e irresistible.

Pero como a una espada se puede muy bien oponer otra espada igual o mejor, le era necesario al Mahometismo otro orden más u otra manera más de comer, sin lo cual en pocos años hubiera muerto de hambre, y se hubiera desvanecido infaliblemente. Le era necesaria para poder vivir la licencia sin límite en todo lo que toca al sentido.

Con este orden, mucho mejor que con la espada, se hacía creíble, respetable y amable todo el símbolo de esta monstruosa religión, no quedaba ya dificultad en creer cuanto se quisiese, el entendimiento quedaba cautivo, y cautiva la voluntad.

Así armada la bestia con estos tres modos de comer, se le dijeron aquellas palabras irónicas: Levántate, bestia feroz, come y hártate de muchas carnes.

Esta segunda bestia, esta falsa y monstruosa religión, perseverará en este mismo estado en que la vemos desde hace tantos siglos, hasta que, juntamente con la primera y la tercera, se le quite toda la potestad; lo cual sólo podrá suceder, según las escrituras, cuando venga el Señor en gloria y majestad.

Para este tiempo feliz espera toda la tierra, y espera todo el mísero linaje de Adán el remedio de todos sus males.

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Después de esto estaba mirando, y he aquí como un leopardo, y tenía sobre sí cuatro alas como de ave, y tenía cuatro cabezas la bestia, y le fue dado el poder.

Esta tercera bestia es el cristianismo falso, del cristianismo sólo en la piel, en la superficie, en la apariencia, en el nombre.

Este cristianismo falso, lo primero, es muy vario en la superficie, como lo es el leopardo, se ve en él una gran variedad y diversidad de colores, los cuales no dejan de formar alguna perspectiva agradable a los ojos superficiales.

Lo segundo, ha volado el falso cristianismo hacia los cuatro vientos cardinales, y ha extendido su dominación en todas las cuatro partes de la tierra; para esto son, y a esto aluden las cuatro alas como de ave que se ven sobre la bestia.

Lo tercero, se ven en el falso cristianismo cuatro cabezas, que es cosa bien singular y bien monstruosa.

Cuatro cabezas en una misma bestia quieren decir que, aunque aquella parece una sola bestia, en realidad son cuatro bestias muy diversas, unidas todas en un cuerpo, cubiertas por una misma piel y como un seguro debajo del nombre sagrado y venerable de cristianismo.

Cuatro bestias muy diversas se han unido entre sí, casi sin entenderlo, para despedazar y devorar, cada una por su lado, el verdadero cristianismo, y convertirlo todo (si esto fuese posible) en la sustancia de ellas.

La primera de todas es la que llamamos con propiedad herejía, en que debemos comprender todas cuantas herejías particulares se han visto y oído en el mundo, desde la fundación del cristianismo. Todas ellas son partes de esta bestia, y pertenecen a esta cabeza.

La segunda, es el cisma. Todo este cristianismo, sin cabeza, es el que forma la segunda cabeza de la bestia.

La tercera cabeza del falso cristianismo es la hipocresía. Le doy aquí este nombre equívoco, aunque no impropio, porque no me parece conveniente darle su propio nombre.

Se trata de aquella que tiene anunciada el Apóstol para los últimos tiempos, con estas palabras: Mas el espíritu manifiestamente dice, que en los postrimeros tiempos apostatarán algunos de la fe, dando oídos a espíritus de error, y a doctrinas de demonios, que con hipocresía hablarán mentira.

De esta vuelve a hablar en otra parte, diciendo: Mas has de saber esto, que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos… habrá hombres… teniendo apariencia de piedad; pero negando la virtud de ella.

En suma, no hace a mi propósito el decir quiénes son, o quiénes serán estos hombres cubiertos con la piel de cristianos, y aun escondidos en el seno de la verdadera Iglesia, para despedazar este seno más a su salvo, me basta mostrar esta tercera cabeza, y pedir atención a los inteligentes.

Nos queda ahora que mostrar la cuarta y última cabeza de esta bestia, del falso cristianismo.

No obstante de ser esta la más antigua y como madre de las tres primeras, que a sus tiempos las ha ido pariendo; no obstante de ser la más perjudicial y la más cruel, aunque de un semblante halagüeño, es al mismo tiempo la menos conocida, y por eso es la menos temida de todas.

Es bestia muy casera y muy sociable, llena por otra parte de gracias, de dulzuras y de atractivos. Con ellos ha encantado en todos tiempos la mayor parte de los hijos de Adán, y con ellos mismos ha hecho también, y hará todavía en adelante grandes presas, y daños sin número, en lo que pasa por verdadero cristianismo.

No se puede dar el nombre de verdadero cristianismo a todo aquello donde apenas se divisa otra cosa que aquellas tres de que habla San Juan: concupiscencia de carne, y concupiscencia de ojos, y soberbia de vida.

Si quieren que a todo esto le demos el nombre de verdadero cristianismo, sólo porque todo esto sucede dentro de la verdadera Iglesia de Cristo, sólo porque los que tales cosas hacen, creen al mismo tiempo los principales misterios del cristianismo; yo no me atrevo a darle este nombre. Es pues este un cristianismo evidentemente falso.

Es verdad que ahora está mezclado con el verdadero, y tan mezclado, que lo molesta, lo oprime, y casi no lo deja crecer, ni más ni menos como lo hace la cizaña con el grano; lo corrompe, como la levadura a la harina.

El nombre más apropiado, el que más se acomode a esta cuarta cabeza del falso cristianismo es el de libertinaje.

Esta tercera bestia, el falso cristianismo, con sus cuatro cabezas, perseverará viva y haciendo cada día más daño, hasta que venga el Señor a remediarlo todo.

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Si las tres primeras bestias simbolizan tres falsas religiones, esto es, idolatría, mahometismo, y falso cristianismo, ¿qué religión falsa nos queda todavía que ver, figurada por la cuarta bestia?

A esta pregunta yo no puedo responder en particular, porque no sé con ideas claras e individuales lo que será esta bestia en aquellos tiempos, para los cuales está anunciada.

Esta bestia terrible parece hija legítima de las dos últimas que forman el leopardo (hipocresía y libertinaje), y a ellas dicen que debe su ser y su crianza, y no falta quien diga, que también debe no poco a la primera (herejía). Mas ella descubre un natural tan impío, tan feroz, tan inhumano (aunque llena por otra parte de humanidad), que aun estando todavía en su primera infancia, ya no respeta ni conoce a los que la engendraron.

Por otra parte, los diez cuernos que ha de tener en su cabeza, y con que ha de hacer temblar a todo el mundo, no los tiene aún; a lo menos, no los tiene como propios suyos, de modo que pueda usarlos libremente y a su satisfacción.

Con todo eso, aún en este estado de infancia, ya se lleva las atenciones de todos, ya se hace temer, a lo menos de los que son capaces de temor, ya se hace admirar, y casi adorar de toda suerte de gentes, ya se ven estas correr a tributarle sus obsequios y ofrecerle sus servicios.

Principalmente observaréis, que de todas aquellas cuatro cabezas que componen el leopardo, salen cada día desertores a centenares, con lo cual el cachorro va creciendo, y se va fortificando más presto de lo que se piensa.

¿Qué pensamos que hará cuando se rebele, cuando se declare, cuando se deje ver en público, llena de coraje, vigor y fortaleza, y bien armada, ya de dientes grandes de hierro, ya también de diez cuernos terribles, que pueda manejar a su satisfacción?

Y ¿qué hará cuando le nazca el undécimo cuerno, cuando este cuerno se arraigue, crezca y fortifique, cuando la bestia pueda usar de él a su voluntad, y manejar sin embarazo aquella arma, la más terrible que se ha visto?

Verdaderamente que se hace no sólo creíble, sino visible, por lo que ya vemos, todo cuanto se dice de esta bestia misma (aunque unida ya con las otras) desde el capítulo trece del Apocalipsis hasta el diez y nueve, y todo cuanto está anunciado a este mismo propósito en tantas otras partes de la Escritura santa, en los Profetas, en los Salmos, en las Epístolas de San Pedro y San Pablo, y en el Evangelio mismo.

Acaso me preguntaréis, ¿cuál es el nombre propio de esta cuarta bestia, o de esta monstruosa religión?

Yo me maravillo que ignoréis una cosa tan pública en el mundo… Años ha que se leen por todas partes públicos carteles, por los cuales se convida a todo el linaje humano a la dulce, humana, suave y cómoda religión natural.

Si a esta religión natural le queréis dar el nombre de deísmo, o de anticristianismo, me parece que lo podréis hacer sin escrúpulo alguno, porque todos estos tres nombres significan una misma cosa.

No obstante, se llama religión, lo primero, porque no se niega en ella la existencia de un dios, aunque un dios ciertamente hecho con la mano que no adoraron sus padres; un dios insensible a todo lo que pasa sobre la tierra, un dios sin providencia, sin justicia, sin santidad, un dios, en fin, con todas las cualidades necesarias para la comodidad de la nueva religión.

Lo segundo, se llama religión, porque no se impide, antes se aconseja que se dé a dios alguna especie de culto interno; aunque sus adoradores dicen que su dios no les ha puesto otra ley, ni otro dogma de fe, que su propia razón.

Con todo eso, parece que tienen un dogma especial y una ley fundamental a que todos deben asentir y obedecer efectivamente. Este dogma, y esta ley, es todo cuanto significa la palabra anticristianismo con toda su extensión.

Es decir; se profesa en esta religión, terrible y admirable, no sólo el abandono total, sino el desprecio, la burla, el odio y la guerra viva a la verdadera religión, al verdadero cristianismo, y a todo lo que hay en él de venerable, de santo, de divino.

El falso cristianismo con sus cuatro cabezas (mucho menos el mahometismo, y la idolatría), no le dan gran cuidado a esta bestia feroz. Sabe muy bien que le bastan sus dientes de hierro, aunque todavía pequeños, para desmenuzarlos, y convertirlos en su propia sustancia. Ya vemos que lo hace en gran parte, y debemos pensar que hará infinito más, cuando los dientes hayan llegado a su perfección.

Mas el cristianismo verdadero es demasiadamente duro; no hay bronce, ni mármol, ni diamante que se le pueda comparar. Son poca cosa los dientes de hierro para poder vencer su dureza. Para este, pues, no hay otra arma que pueda hacer algún efecto, ni más fácil de manejar que los pies.

Por tanto, ya ha empezado la joven bestia a servirse de ellos desde la cueva; ya ha empezado a conculcar con grande empeño el verdadero cristianismo, a burlarlo, a ridiculizarlo, sin perdonar a la persona sacrosanta, infinitamente respetable y adorable y amable de Jesucristo.

Así lo vemos ya con nuestros ojos en nuestro mismo siglo, de donde inferimos legítimamente, según las Escrituras, lo que será esta bestia, cuando llegue a su perfecta edad, y cuando los dientes y cuernos estén bien crecidos y arraigados, y todos a su libre disposición.

El mismo Jesucristo, hablando de estos tiempos, dice, que será menester abreviarlos, y que se abreviarán en efecto por amor de los escogidos.

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No nos queda ahora más que observar el fin de las bestias, en especial de la cuarta, y todo lo que después de esto debe suceder, es decir, lo que vio el Profeta en los tiempos de la mayor prepotencia de la cuarta bestia; en los tiempos en que ya se verá en público, armada con todas sus armas, en que hará en el mundo impunemente los mayores estragos, en que perseguirá furiosamente a los santos, o al verdadero cristianismo, y podrá más que ellos.

Dice así:

Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos; y se sentó el Anciano de días cuyo vestido era blanco como la nieve, y el cabello de su cabeza como lana blanca. Su trono era de llamas de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego corría saliendo de delante de él; millares de millares le servían, y miríadas de miríadas se levantaban ante su presencia. Se sentó el tribunal y fueron abiertos los libros.

Miraba yo entonces a causa del ruido de las grandes palabras que hablaba el cuerno; y mientras estaba mirando fue muerta la bestia y su cuerpo destruido y entregado a las llamas del fuego.

A las otras bestias también les fue quitado su dominio, pero les fue prolongada la vida hasta un tiempo y un momento.

Seguía yo mirando en la visión nocturna, y he aquí que vino sobre las nubes del cielo uno parecido a un Hijo de hombre, el cual llegó al Anciano de días, y le presentaron delante de Él. Y le fue dado el señorío, la gloria y el reino, y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron. Su señorío es un señorío eterno que jamás acabará, y su reino nunca será destruido.

Entonces yo, Daniel, me turbé en espíritu interiormente, y las visiones de mi cabeza me llenaron de espanto. Me acerqué, pues, a uno de los asistentes y le pedí el verdadero sentido de todo esto. Él me habló y me explicó el significado de aquellas cosas diciendo:

“Estas grandes bestias, que son cuatro, son cuatro reyes que se levantarán en la tierra. Mas los santos del Altísimo recibirán el reino, y poseerán el reino hasta la eternidad y por los siglos de los siglos”.

Quise entonces saber la verdad acerca de la cuarta bestia, que era tan diferente de todas las demás y extraordinariamente terrible, que tenía dientes de hierro y uñas de bronce, que devoraba y desmenuzaba y hollaba con sus pies lo que sobraba; y acerca de los diez cuernos que estaban en su cabeza, y también acerca de aquel otro que le había salido y delante del cual habían caído los tres; ese cuerno que tenía ojos, y una boca que profería cosas espantosas, y parecía más grande que los otros.

Pues estaba yo viendo cómo este cuerno hacía guerra contra los santos, y prevalecía sobre ellos, hasta que vino el Anciano de días y el juicio fue dado a los santos del Altísimo y llegó el tiempo en que los santos tomaron posesión del reino.

Y dijo aquél así: “La cuarta bestia es un cuarto reino que habrá en la tierra. Este será diferente de todos los reinos, devorará toda la tierra, la hollará, y la desmenuzará. Los diez cuernos significan que de este reino surgirán diez reyes; y tras ellos se levantará otro que será diferente de los anteriores, y derribará a tres reyes. Proferirá palabras contra el Altísimo, oprimirá a los santos del Altísimo y pretenderá mudar los tiempos y la Ley; y ellos serán entregados en su mano hasta un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo.

Pero se sentará el tribunal, y entonces se le quitará su dominio, a fin de destruirlo y aniquilarlo para siempre. Y el reino y el imperio y la magnificencia de los reinos que hay debajo de todo el cielo, será dado al pueblo de los santos del Altísimo; su reino será un reino eterno; y todas las potestades le servirán y le obedecerán”.

Aquí terminaron sus palabras. Yo, Daniel, quedé muy conturbado por mis pensamientos y mudé de color; pero guardé estas cosas en mi corazón.

Lo que vio fue que se pusieron sillas o tronos como para jueces, que iban luego a conocer aquella causa, y poner el remedio más pronto y oportuno a tantos males.

Este mismo consejo o tribunal, con las mismas circunstancias y con otras todavía más individuales, lo veréis formarse para los mismos fines en el capítulo cuarto del Apocalipsis.

Sentado, pues, Dios mismo, y con Él otros jueces, y habiéndose declarado toda la causa, se dio inmediatamente la sentencia final, cuya ejecución se le mostró también al Profeta.

La sentencia fue esta: que la cuarta bestia y todo lo que en ella se comprende, muriese con muerte violenta, sin remedio ni apelación; que su cuerpo (no ciertamente físico, sino moral, compuesto de innumerables individuos) se disolviese del todo, pereciese todo, y fuese todo entregado a las llamas, para ser quemado.

Que a las otras tres bestias, cuyos individuos no se habían agregado a la cuarta, y hecho un cuerpo con ella, se les quitase solamente la potestad, que hasta entonces habían tenido, mas no la vida, concediéndoles algún espacio de vida.

Dada esta sentencia irrevocable, y antes de su ejecución, dice el mismo Profeta, que vio venir en las nubes del cielo una persona admirable, que parecía Hijo de Hombre, el cual entrando en aquella venerable asamblea, se avanzó hasta el mismo trono de Dios, ante cuya presencia fue presentado, que allí recibió solemnemente de mano de Dios mismo la potestad, el honor, y el reino; y que en consecuencia de esta investidura, le servirán en adelante todos los pueblos, tribus y lenguas, como a su único y legítimo soberano.

Y que el reino, y la potestad, y la grandeza del reino, que está debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los reyes le servirán y obedecerán.

Todo esto leemos expreso y claro en esta profecía, y en otros lugares de la divina Escritura.

Es necesario, pues, guardar todas estas cosas en nuestro corazón.

Es necesario mirar con más atención los capítulos XIX y XX del Apocalipsis, donde se dice esto mismo con mayor claridad.

Es necesario reflexionar un poco más sobre el misterio grande de la piedra que se desgajará sin intervención de mano humana, que debe destruir y aniquilar toda la estatua, y cubrir luego toda la tierra.

 

Nota: para quien no haya descubierto al exégeta citado, hago saber que se trata del Padre Lacunza.