
P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN XII DE DIFUNTOS
Ipse salvus erit, sic tamen quasi per ignem. Cor. III. V. 15.
¡Oh si por breves momentos pudiese salir de la obscura penosa cárcel del Purgatorio algún alma allá destinada de la divina justicia , y desde este púlpito se presentase a vosotros toda circuida de llamas! yo estoy cierto, que sin pronunciar palabra, con la sola vista, con el solo aspecto compasivo os peroraría, os persuadiría, os convencería; porque, si al oír Nehemías de algunos hebreos venidos de Jerusalén, el indecible dolor de sus hermanos dispersos en una parte y otra por el furor de los Babilonios, fue tan grande la impresión que hizo en él este miserable acaecimiento, que se entregó a una profunda tristeza, ayunó, ofreció oraciones por Israel, ¿cuánta más impresión causaría al ver a un alma penetrada por todos lados de atrocísimo fuego?
De aquel fuego, digo, del cual habló el Apóstol cuando dijo; él será salvo por medio del fuego: Ipse salvus erit quasi per ignem.
Sin duda se vería una universal conmoción en este tan piadoso auditorio, y todos irían sucesivamente a hacerse mediadores por ella al divino trono. Más porque no es permitido a alguna de estas Almas atormentadas dar al presente, a los ojos de quien vive, el triste espectáculo de sus penas; vedme aquí destinado a exponeros en su nombre los crueles y acerbísimos tormentos que allá sufren.
Para esto es preciso, señores, que supongáis que un particular atributo de Dios se sirve del fuego como de instrumento desapiadado para castigar a las almas.
La justicia de Dios escoge aquel fuego para que sea ejecutor de sus decretos en ellas, esta será la materia de mi discurso.
Las penas que causa a las Almas el fuego de que se vale la justicia de Dios para castigarlas, serán para nosotros útiles lecciones, si el Señor abre nuestro entendimiento y mueve nuestra voluntad a las luces y auxilios de su gracia, que le pedimos por intercesión de María Santísima, a quien vamos a decir con el Ángel:
AVE MARÍA
Si pertenece a la autoridad del Rey vengar con el hierro y con el fuego las transgresiones de los tratados de paz hechos con él; pertenece también, señores, a la de Dios vengar con muertes funestas y eternos suplicios las violaciones de la amistad y de los pactos, en que se ha convenido con Él.
Cuando los hombres castigan las injurias hechas a la Majestad real, las castigan como hombres, y por esto algunas veces con injusticia, con violencia y con precipitación; más cuando Dios mismo se venga y castiga las injurias hechas a su Suprema Majestad, las castiga como Dios, esto es santa, tranquila y eternamente.
Esto quería San Pablo que temiesen los fieles, cuando les decía, que era horrible cosa caer en las manos de Dios vivo.
¡Oh si las Almas, que ahora gimen en el Purgatorio, antes de salir de este mundo hubiesen sido animadas de este tan santo temor!, no hubieran caído, no, en las manos de la divina justicia, que eligió el elemento del fuego para instrumento de sus suplicios, y ejecutor de su sentencia.
Para que comprehendáis la actividad de ese fuego que atormenta a las pobres Almas, figuraos, señores, debajo de los pies una profundísima cárcel, la cual, de la proximidad que tiene con el infierno, sino saca cosa mala, siente por lo menos cuánto hay de penoso: el fuego, que quema alrededor de las Almas justas, es el mismo, que abrasa a las almas réprobas: Eodem igne, así lo dicen los Santos Gregorio y Agustín, torquentur damnati et purgantur electi: no hay otra diferencia entre uno y otro, sino que el uno es encendido por el soplo de la ira de Dios, y el otro por su amor; el uno abrasa la leña inútil y para ningún otro uso provechosa, sino para nutrir llamas; el otro va rodeando y cebándose en metales preciosos, para purificarlos de la escoria que los hace menos lucientes; por otra parte, los dos tienen la misma virtud, es igual la intención de todos, y a los dos escoge la divina justicia para que sean ejecutores de sus decretos.
En atención a esto, no os admiraréis que os diga que la virtud del fuego del Purgatorio es tan activa, tan poderosa, tan penetrante, que ni la lengua basta a explicarla, ni el entendimiento a comprehenderla. Sin embargo os diré algo de ella, fundado en las palabras de Isaías: lavará, dice, Dios las inmundicias de las hijas de Sion con el espíritu de juicio, y con el espíritu de ardor, o como dicen otros con el espíritu de incendio, con el espíritu de combustión.
¿Y qué prueba todo esto, sino que aquel fuego es para decirlo así, un combinado de todos los fuegos de este mundo? Bien sabéis, que casi de todas las cosas llegan los químicos a sacar con su arte una substancia, que es como un pequeño resumen de todo, mas es de naturaleza tan eficaz, puede tanto, penetra tanto, que por esto comúnmente le llaman espíritu. Esto supuesto, he considerado muchas veces, si un Ángel pudiese unir el fuego que el profeta Elías hizo bajar tantas veces del cielo, con el fuego que ardía en el horno de Babilonia; juntar el fuego que convirtió en cenizas las nefandas ciudades de Pentápolis, con el fuego, en que ardía Troya; mezclar el fuego que se pegó a Roma, con el fuego de todos los hornos; amontonar el fuego del Vesubio, con el fuego del Etna, y con los demás fuegos que ha habido, hay y habrá en el mundo; y quisiese sacar de ellos, para decirlo así, un espíritu de ardor, ¡oh qué ardor tan penetrante sería aquel!
Ahora figuraos, que de esta suerte es el ardor del fuego del Purgatorio. ¿Me creéis? Os lo volveré a decir con Isaías: lavará Dios las inmundicias de las hijas de Sion con el espíritu de juicio, con el espíritu de ardor; o como leen otros, con el espíritu de incendio, con el espíritu de combustión.
Tan verdadero es, católicos que aquel ardor no es un ardor común, sino como un combinado de ardor, es un espíritu; y por esto también tan eficaz, tan poderoso, tan penetrante que una sola chispa de él quemará más que cuantos ríos encendidos vomitan de su seno los Mongibellos.
Yo os dejo ahora inferir, oyentes míos, el dolor, las angustias, los ayes de aquellas Almas penetradas por todas partes de un fuego de tan superior virtud: lloran, gimen, se derriten como la cera y como el hielo cuando el rayo del sol lo hiere.
Si no fuese injuriosa la comparación, tomada de los sacrificios gentílicos, quisiera cotejar las congojas de las Benditas Almas, con las de algunos niños, que refiere un Profeta, sacrificados por sus bárbaros padres al demonio.
Fundían estos un ídolo de bronce, encendían en su contorno un gran fuego, y le hacían arder hasta quedar caldeado el bronce, y después, ¡qué barbaridad!, echaban dentro los niños y niñas hasta consumirse y volverse cenizas.
Vosotros, señores, sentís conmoveros a ternura al imaginar los lamentos, las congojas y gemidos de aquellas inocentes víctimas, que se cocían en el seno del encendido metal; más guardad vuestra ternura para un espectáculo de mayor compasión: en otro más vivo fuego, que es el del Purgatorio se abrasan los cristianos difuntos
Otro sujeto más sensible es el que allí padece: allá eran atormentados los cuerpos, aquí es atormentada el alma, sujeto más delicado y capaz de mayor dolor sin comparación que el cuerpo; allá se acababa en pocos instantes su padecer, aquí se extiende a meses, a años, a lustros, a siglos; allá abrasaba aquellas víctimas un fuego encendido por la malicia de los hombres, aquí abrasa a las Almas un fuego que la divina sabiduría escogió para que sea ejecutor de sus decretos.
MORALIDAD
A vista de este espectáculo, ¿qué tales son vuestros sentimientos, oyentes míos? ¿Qué os parece? ¿Por ventura os parece, que es cosa de poca monta cometer una culpa, aunque leve, a la vista de aquel fuego, que allá os aguarda?
¿Será pues posible, que queráis ser sus compañeros en las culpas, estando ciertos que habéis de serlo dentro poco en los tormentos? ¡Oh ceguedad! ¡Oh frenesí!
El rey Antíoco, habiendo dado muerte con acerbos tormentos a seis hermanos Macabeos, vuelto al séptimo, que aún vivía: no quieras, le dijo, ser participante de sus suplicios con hacerte compañero de su obstinación; sus carnicerías inspiren a tu entendimiento más sanos consejos; si deseas vivir y no morir como ellos, complace a Antíoco, obedece al rey.
Yo puedo, oyentes míos, usar con más poderosos motivos de estas palabras: la mentira, la vanidad, las palabras ociosas, las risas demasiadas y las demás culpas leves precipitaron al fuego del Purgatorio a innumerables cristianos; vosotros los veis sufrir dolores intensísimos entre las llamas; su fin, pues, tan lastimoso, os haga temerosos y cautos; estando ciertos, que, si no reformáis la vida y costumbres, será también tormento para vosotros.
Aprendamos, dilectísimos, de sus suspiros y gemidos la cuenta, que debemos hacer de aquellas culpas que, sino quitan al alma la vida de la gracia, sino la apartan de su fin, sino la hacen enemiga de Dios, sin embargo, entibian el fervor de la caridad, desagradan al Señor y son castigadas en la otra vida con un fuego tan activo.
Pensemos de continuo en esto: el pecado está cometido; o se ha de hacer por él penitencia en esta vida o en la otra; o se ha de tener en esta vida dolor y arrepentimiento de haber pecado y vivir en una aspereza y mortificación exterior e interior, o padecer en la otra los ardores de aquel fuego devorador; adelante, ¿qué resolvéis oyentes? ¿Cuál de las dos partes elegís?
¡Oh amado Jesús! sería manifestar no tener juicio, ni tener fe, si no resolviésemos hacer penitencia en esta vida; muy justo es que sea satisfecha vuestra divina justicia; Vos os contentáis de no tomar la satisfacción en el fuego de la otra; es pues razón que nosotros mismos os la demos en esta vida.
Sí, mi Jesus, vednos aquí determinados a dárosla hasta la muerte. ¡Ah, que cualquier penitencia que hagamos es nada en comparación de aquel fuego que hemos merecido!
Dadnos por tanto, amado Jesús, un verdadero espíritu de penitencia; lo deseamos de todo corazón, y os lo pedimos por las llagas que adoramos en vuestra sacrosanta humanidad; de modo que satisfechos en esta vida los derechos de vuestra justicia, no nos reste que experimentar en la otra sino los efectos de vuestra misericordia; concedednos, piadoso Señor, el perdón de nuestras culpas, pues que con el corazón hecho pedazos por el dolor y con amargas lágrimas en los ojos decimos: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.
