PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN XI

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P. Fr. Francisco de Taradell.

Capuchino.

SERMÓN XI DE DIFUNTOS

Posuerunt me in lacu inferiori… et in umbra mortis; traditus sum, et non egrediebar. Psal. LXXXVII. v. 7. 10

 Si la libertad de indiferencia es necesaria para hacer las obras buenas capaces de agradar a Dios, y merecer alguna retribución, ¿quién no ve, señores, que ella es un privilegio, no para los muertos, sino para los vivos?

Bien es verdad, que hablando el Profeta de Jesucristo dice, que fue libre entre los muertos; mas no debe entenderse esta libertad del Hijo de Dios, como un principio del mérito después de su muerte; sino por el poder que tenía de salir de su sepulcro, y de volver de nuevo a la vida. En efecto Él murió cuando quiso, y resucitó también cuando quiso; aquello fue por su voluntad, y esto por su poder.

No se verifica así de los otros muertos; estos no tienen el poder de salir del sepulcro por su propia virtud, ni del Purgatorio por su propio mérito, y por esto pueden decir con David: Posuerunt me in lacu inferiori… et in umbra mortis: traditus sum, et non egrediebar: me pusieron en una prisión y en la sombra de la muerte, sin que pueda salir.

Ved aquí el estado de las almas del Purgatorio. Están como encadenadas en una obscura cárcel, sin que puedan salir de ella por estar privadas de la libertad.

Para que quedéis persuadidos de una verdad tan cierta e importante, y juntamente animados a hacer en vida prontamente lo que pueda hacer vuestra mano, y para no haberos de ver en el mísero estado en que se ven las Almas, pretendo esta tarde haceros ver, que las pobres Almas están reducidas a una impotencia extremada. Están ellas como prisioneras encadenadas, que ya no pueden obrar con propia fuerza.

Única proposición; pidamos luz al Espíritu Santo por intercesión de la Virgen.

AVE MARÍA

¡Oh cuán terrible y espantosa cosa acontece en la muerte de cada uno de los hombres, que es haber de comparecer delante del tribunal de un Juez que es la misma justicia y santidad!

En este espantoso tribunal, tanto los justos como los pecadores son acusados, examinados y sentenciados sobre el uso de los talentos naturales, y de los dones sobrenaturales, sobre el empleo del cuerpo y del espíritu, de las riquezas y de los honores, de la cooperación a la gracia de Jesucristo, y a cerca del uso de los Sacramentos de la Iglesia.

De modo que los que han sido infieles no sólo en las cosas grandes, sino también en las pequeñas son severísimamente castigados, y el soberano Juez dice a cada uno de ellos: Jam non poteris villicare: vosotros no podréis más tener la administración de mis bienes, ni el uso de mis gracias.

Sí, las almas de los condenados no la tendrán para librarse del infierno, y las de los justos no la tendrán para escaparse o salir después del Purgatorio, por estar ya privadas de libertad; aquellas serán víctimas inmoladas y quemadas por toda la eternidad, y estas serán prisioneras atormentadas en el fuego por un cierto tiempo, sin hallar en sí mismas recurso alguno de consuelo ni ayuda, sus cadenas serán tan duras y tan pesantes que, aunque tengan fuerzas para arrastrarlas, no las tendrán para quebrarlas.

Cuando considero a estas pobres Almas en este mísero estado, me las figuro como esclavas en una estrecha prisión, que gimen bajo el peso de las fuertes cadenas que no pueden quebrar por estar privadas de libertad.

Los pecados veniales, en los cuales cayeron, son las primeras cadenas que se trabajaron con ciertas aficiones terrenas, y poco conformes a la pureza del amor divino: Funes peccatorum circumplexi sunt me, yo me hallé circuido de las ataduras de mis pecados, sin haber olvidado vuestra ley.

La obligación a las penas temporales, de las cuales son deudoras a la divina justicia, es otra cadena de la cual están cargadas, y con la cual fueron puestas por sentencia del divino Juez en una cárcel obscura, de la cual no saldrán hasta que hayan satisfecho el último maravedí. ¡Oh cuan severa es la justicia de Dios que no disimula punto de sus derechos, mas quiere ser enteramente satisfecha!

Añadid a esto que la caridad, llamada de S. Pablo: Vinculum perfectionis, es una tercera cadena, que las ata tan fuertemente que no pueden obrar con libertad: ellas no pueden ya ni avanzar, ni ir atrás en la perfección; no pueden ni adelantar en la gracia, ni acercarse de suyo a la gloria; ya no tienen la libertad de indiferencia para obrar o no obrar, para amar a Dios o no amarle, sino que están en una feliz necesidad de producir los grandes actos de fe, de esperanza, de amor, de gratitud, y de resignación a la voluntad de Dios.

En fin digamos que la divina justicia forma para estas pobres Almas, otra cuarta cadena que las tiene en una especie de violencia, que constriñe y ata su libertad. No que esta violencia o constreñimiento sea passo renitente, como dicen las escuelas, a saber, con oposición de su voluntad, no; sí que sólo con la repugnancia natural del apetito sensitivo en sufrir violentos dolores, que bastarían a destruirlas, si no fuesen de una naturaleza incorruptible e inmortal como la angélica. ¡Oh violencia! ¡Oh terrible violencia cuán penosa eres para las pobres Almas!

 

MORALIDAD

Hasta aquí me he esforzado, señores, en daros una idea de un Alma del Purgatorio reducida al más mísero estado de esclavitud, sin poder salir de la prisión por estar privada de libertad. Pero ¿de qué servirá todo esto sino sacáis saludable provecho de esta doctrina para vuestras almas?

El provecho que habéis de sacar, vedle desde luego contenido en las palabras del Sabio: Quodcumque facere potest manus tua instanter operare, quia nec opus, nec ratio, nec sapientia, nec scientia erunt apud inferos quo tu properas; haced prontamente todo lo que pueda hacer vuestra mano, porque no habrá ni obra, ni razón, ni sabiduría, ni ciencia cuando estaréis en el sepulcro, a donde vais con grandes pasos, es a saber, en el Purgatorio, o en el infierno.

El Espíritu Santo quiere significarnos con esto que si hubiese en nosotros fe viva y operante, ella no nos permitiría ser perezosos, antes nos conduciría como por la mano a hacer todo el bien que pudiésemos sin dilación, y a prevenir con buenas obras los males de los cuales somos amenazados en el otro.

El verdadero cristiano ocupa su tiempo con una economía religiosa; porque piensa cuán preciosos son todos los momentos, con los cuales se compra la eternidad.

Por lo que es necesario obrar en el tiempo de la vida, y no diferir el hacer penitencia al aproximarse a la muerte. Puesto que aun los mismos justos experimentarán mucha fatiga en tener en aquella última hora el espíritu aplicado a Dios, estando como estarán agravados de la flaqueza del cuerpo, de la violencia del mal, del alboroto de las pasiones y de la incertidumbre de lo por venir.

¡Oh! ya no habrá lugar, ni medio de hacer penitencia en el Purgatorio, y aún mucho menos en el infierno: Quia nec opus, nec ratio, nec sapientia, nec scientia erunt apud inferos.

No, señores míos, no habrá entonces más tiempo de hacer obras buenas y meritorias, nec opus; no habrá más tiempo de hacer buen uso de la razón para reformar los defectos de la vida pasada, nec ratio; no habrá más tiempo de adquirir la verdadera sabiduría, de la cual el temor de Dios es el principio, nec sapientia; finalmente, no habrá más tiempo de aprender la ciencia de la salvación, nec scientia.

Es necesario, pues, mientras dura el tiempo de la vida presente, hacer un buen cúmulo de obras meritorias, recoger un buen capital de razón, de ciencia y de sabiduría, para no caer después de la muerte en la incapacidad de hacer alguna acción que sea digna de ganarnos la gloria celestial, o de preservarnos de las penas del Purgatorio, por faltar el tiempo necesario para ello, como en efecto ha faltado a muchos; los cuales, porque se lo prometían tan de balde, después se perdieron miserablemente.

¡Oh si pudiésemos, amadísimos, acercarnos por pocos momentos a aquella cárcel en la cual suspiran eternamente los condenados! ¡A cuántos viéramos, que lloran con llanto inconsolable la locura de haber puesto su confianza en el tiempo venidero!

Miserable, digamos ahora nosotros a más de uno de ellos, como antes dijo Cristo a la loca Jerusalén, miserable, ¿a cuántos males te ha condenado una mal fundada esperanza?; te abrasas entre llamas devoradoras, y te abrasarás por siempre, sólo porque no quisiste conocer tu tiempo: Eo quod non cognoveris tempus visitationis tuæ.

¡Cuánto mejor te sería ahora haber conocido que tu tiempo no era el venidero que te prometías en adelante, sino el presente del cual abusaste por tu malicia!

Más lo que podemos decir a ellos, y aunque pudiésemos, sería inútil el decírselo; digámoslo a nosotros mismos, a los cuales puede ser provechoso el decirlo.

¿Tenemos obligación, o no de darnos a Dios, y de servirle? ¿No es este el fin por el cual Dios nos ha dado el ser, esta vida, este tiempo, que tenemos? ¿Y por qué, pues, vamos difiriendo de un día al otro, de un mes al otro, de un año al otro su cumplimiento?

¡Ah! pensemos, hermanos míos, y discurramos ahora con San Agustín: sí es necesario apartar el afecto de las criaturas, y volvernos enteramente a Dios, y si se habrá de hacer una vez, si se desea la salvación, ¿por qué no ahora? Si aliquando, cur non modo?

¿No tenemos ahora obligación de hacerlo?; ¿no tenemos ahora nosotros toda comodidad? ¿Por qué, pues, no decimos: lejos de mí afectos del mundo, empeños del mundo, solicitudes vanas del mundo, lejos de mí; y dad, que ahora es tiempo, dad lugar a los pensamientos del alma, de la eternidad, de la salvación?

¡Ah! entendamos de una vez lo que con tanta claridad nos dice el Apóstol: el tiempo que Dios quiere de nosotros, el tiempo que nosotros debemos a Dios, el tiempo en el cual nos corre la obligación indispensable de darnos a Él, es el presente: Ecce nunc tempus acceptabile, ecce nunc dies salutis.

Ahora, y no más tarde, quiere Dios que se abandone aquel juego tan funesto para vosotros; ahora, y no más tarde, quiere Dios que se deje aquella asamblea en la que la libertad pasa a costumbre reprehensible.

Y nosotros, amados oyentes, si tenemos en el corazón un justo deseo de hacer una ofrenda entera de nosotros a Dios, ved el día, ved la hora, ved el momento, en el cual Dios la espera.

¿Y habrá entre nosotros quien busque aun dilaciones?

No, mi Jesús: en cuanto a mí no quiero diferir más el darme a Vos. ¡Ah, que con gran daño mío he diferido y he diferido mucho! Tiempo ha que tenía obligación de vivir todo para vos, y no lo he hecho por mi vituperable negligencia. Merecía que no me dieseis más tiempo, ya que me he servido tan mal del que me habéis dado. ¿Y qué sería ahora de mí, si me hubieseis sorprendido con la muerte en las dilaciones tan largas? Os doy gracias, mi buen Jesus, de la paciencia infinita, que habéis usado conmigo; y para no abusar más de ella, me ofrezco determinado desde, este momento, a serviros y a amaros hasta la muerte. Aceptad, Jesús mío, esta ofrenda, tarda sí, pero sincera y de corazón, y por aquellas llagas que adoro en vuestros pies santísimos, dadme gracia para que no la retracte jamás. Y porque sé que os será del todo agradable, si viene de un corazón contrito, postrado a vuestras divinas plantas os pido perdón, piedad y misericordia, diciendo: Señor mío Jesucristo etc.

Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.