P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN X DE DIFUNTOS
Omnes qui in monumentis sunt, audient vocem Filii Dei. Joan. V. v. 28.
Dense gracias a San Juan Crisóstomo, en cuyo juicio agudo y discreto el sepulcro se puede llamar una grande escuela, donde se adquiere la verdadera sabiduría, se aprende en qué se haya de emplear nuestro afecto, y se adoctrina el entendimiento a pensar y juzgar de las cosas según su mérito.
Y esta reflexión del Santo Doctor fue tal que, discurriendo de la costumbre que en su tiempo había de dar a los cadáveres sepultura fuera de los muros de la ciudad: sabed, decía, que esta costumbre no es sin grande enseñanza nuestra; el poner a la vista de los pasajeros, al entrar en la ciudad, los sepulcros, ¿qué otra cosa es, sino prevenirlos y armarlos contra la vana estimación y suntuosidades del mundo? Se muestran primero los muertos, y después los palacios, que les dieron suntuoso albergue, después los jardines que les sirvieron de amena recreación, y así mismo los tribunales en que pusieron sus majestuosas sillas; a fin de que al paso que se admiran las grandezas, que tanto estima el mundo, se vea primeramente su paradero y su fin; y los poderosos aprendan de las cenizas a no hacer caso de lo que poseen.
Ni de menor provecho nuestro quiere San Agustín que sea la costumbre de los sepulcros introducidos en las iglesias. Esto es, dice el Santo, para que al entrar y salir se renueve la memoria de la muerte; y la vista de la casa que nos espera, que es casa de tinieblas, de olvido y de horror, nos enseñe el no apreciar las cosas que no se llevan allá bajo.
Y si es así, encaminemos, oyentes, el pensamiento esta tarde a las tumbas, en que reposan nuestros difuntos, para aprender de ellos saludables consejos.
Más ¡ay!, al primer poner del pie y volver del ojo, ¡qué horror! aquí reparo, ¡qué tinieblas! ¡qué silencio! Esta es, pues, la casa, donde después de la muerte se alberga el hombre.
¿Y dónde están los bienes que se poseyeron con tanta abundancia? ¡Ah!, responden, nada hay de ellos.
¿Y dónde está el cuerpo alimentado con tanta delicadeza? Vedle reducido, responden, en un puñado de ceniza.
¿Y el alma, que le animaba, dónde está? ¡Ah dolor!, responden ellos, arde entre llamas atroces.
¿Cómo? ¿Por ventura nada hay ya de los bienes, siendo el cuerpo reducido a cenizas y el alma condenada a suplicios?
Así es, amados oyentes: esta es la saludable lección que los muertos nos dan esta tarde.
Permitid, pues, que os haga alguna reflexión sobre ella, y os proponga en claro cuánto nos representan estas palabras: el alma condenada a suplicio.
Por tanto, amadísimos oyentes, para impedir que vosotros entréis jamás en el número de los difuntos que penan extremadamente en el Purgatorio, pasaré a manifestaros qué es lo que se encierra en estas palabras: el alma puesta entre llamas.
Confío que para hacer la explicación fructuosa, aquel Señor crucificado unirá a las voces de los difuntos las suyas, y así, mientras nos entretenemos con el pensamiento dentro las tumbas, se verificará también de nosotros lo que leemos en el Evangelio: Omnes qui in monumentis sunt, audient vocem Filii Dei.
Vos, entre tanto, Augustísima Trinidad, Sol único y Trino de la Divinidad, iluminad con vuestros rayos nuestro entendimiento. Virgen excelsa, que recogisteis en vuestra alma todos los ardores del Espíritu santo, comunicadnos también alguno de ellos. Os invoco esta tarde por cada vez que subiré a este púlpito; para que inflaméis mi lengua, y a mí y a mis oyentes, el corazón; así ellos saquen de mis débiles palabras provecho para sus almas, y yo por otra parte no incurra en aquella desgracia, de la cual tanto temía el Predicador de las gentes: Cum aliis prædicaverim, ipse reprobus efficiar. Para merecer de Vos esta gracia, os saludo con el Ángel.
AVE MARÍA
No puedo dejar de alabar, oyentes, vuestra piadosa solicitud, la cual para aliviar a los difuntos de sus penas, dirige en este día a visitas de iglesia vuestros pasos, mueve a fervorosas oraciones vuestras lenguas, alarga a copiosas limosnas vuestras manos.
En efecto, ¿qué objeto más digno de compasión cristiana puede haber, que el suspirar de aquellas Almas que se apacientan entre llamas abrasadoras, entre dolores y angustias?
Ellas son, oyentes, Almas santas, pero Almas que están aprisionadas, y esperan por vuestra mediación la libertad. Almas destinadas a la gloria, pero Almas desterradas que esperan por vuestros sufragios la anticipada posesión de su bienaventurada patria.
Almas hijas amadas del Altísimo, pero Almas que apartadas del seno paterno; piden que aplaquéis para ellas la justicia de un Dios todo irritado.
Almas que, habiendo sido en otro tiempo compañeras de vuestra piedad en esta misma iglesia, piden ahora, por medio vuestro, el alivio que tanto desean.
Sí, sí, socorredlas, pues que la caridad así lo quiere, y aun en orden a muchos lo exige también la justicia; apagad con vuestras oraciones el fuego que tanto las atormenta; satisfaced con salmos, con Rosarios, con sufragios, con indulgencias sus deudas; abridles las suspiradas puertas del Cielo, pues que Dios ha puesto las llaves en las manos de vuestra piedad.
Mas juntamente querría, amados oyentes, que mientras piadosos les alargáis la mano, volvieseis el pensamiento a vosotros mismos, y dijeseis: ved a dónde se va a parar después de la muerte; no sólo se reduce en ceniza el cuerpo, sino también el alma agoniza entre penas; y, lo que es más lamentable, agoniza por ocasión de los mismos bienes, de los cuales no tiene ahora cosa, y por aquel mismo cuerpo que queda reducido a cenizas.
Sí, dilectísimos. Gime aquel padre por el demasiado anhelo a los bienes, por haber sido más solícito cuando vivió de proveer de riquezas la familia que de virtudes. Arde aquella madre por el afecto, que siempre tuvo a la vanidad, y que inspiró con su ejemplo a la hija.
Aquí purga la delicadeza con la cual acarició su cuerpo; aquí la ambición, con la cual se fue tras los honores; aquí el exceso de los divertimientos, entre los cuales perdió el tiempo; y así, desaparecidos los bienes, destruido el cuerpo, desvanecidos los placeres, sólo queda esto: que el alma suspira entre penas, porque amó todo aquello con exceso.
Pero, ¿qué penas amados oyentes? Yo no tengo ni corazón, ni tiempo para explicarlas. Diré solo con el Venerable Beda, que no tiene esta tierra suplicio que pueda venir a comparación; con el Ángel de las escuelas, que la mínima entre las penas del Purgatorio es más dolorosa que la máxima entre las penas de este mundo; con el Obispo de Jerusalén, San Cirilo, ser menos penoso padecer cuanto tiene de bárbaro la más cruel tiranía que la demora de un solo día en el Purgatorio.
Tan atroz es el fuego que purga en las almas de vuestros difuntos todo afecto menos regulado.
MORALIDAD
Discurrid conmigo así, amados oyentes: ¿si no es una locura aficionarse demasiadamente a los bienes, de los cuales ha de venir día en que no ha de quedar cosa alguna; si no es una locura procurar toda delicadeza para el cuerpo, que ha de pudrirse en una fétida sepultura; si no es una locura tener una vida menos arreglada a la ley de Dios, al cumplimiento de las obligaciones, y a la práctica de las virtudes, exponiéndose a ser condenado a llamas tan voraces?
¿Y no habría esto de infundirnos un saludable temor de caer en ellas? ¿No os acordáis de la admirable instrucción que nos dio Job desde su muladar, hablando de Lucifer bajo el nombre de Leviatán, con estas misteriosas palabras: Cum sublatus fuerit, timebunt angeli, et territi purgabuntur: cuando se habrá levantado, los ángeles temerán, y se purgarán en su temor?
San Gregorio por estas palabras entiende lo que en el principio de los siglos aconteció. Cuando el primer ángel rebelde y orgulloso cayó del estado de la gracia y se precipitó al abismo, los otros Ángeles, que no le siguieron en su extremada temeridad, concibieron tan santo temor, que los tiene siempre firmes en el humilde respeto que deben siempre a Dios, y en la pureza de corazón que los hace eternamente felices.
Ahora, si los Santos Ángeles temieron de este modo a vista de los ángeles malos destinados al fuego eterno por sus pecados, ¿cuánto debieran temer los cristianos a vista de las Almas condenadas al fuego del Purgatorio por sus defectos?
En efecto ¿cómo podrían dejar de temer, y como podría ser que este temor no los indujese a purificarse de sus pecados en este mundo, sin dejar derecho a Dios de castigarlos en el otro, si reflexionasen con la luz de la fe sobre los horribles tormentos que las Almas padecen en el Purgatorio?
¡Ah, hermanos míos! Si Job, en sus lamentos, nos dice que suspira antes de comer, y que sus voces se asemejan al bramido y murmullo, que inunda: si Job puesto en el feliz estado de su prosperidad, sentado sobre el trono, en medio de sus riquezas y de sus hijos, previendo las desgracias que le podían acontecer, temió el espantable revés de la fortuna ¿cuán oportuna cosa sería, que los que hacen profesión de creer las verdades propuestas por la Iglesia, y enseñadas por el santo Evangelio, tuviesen tan cristiana prudencia, que precaviesen y temiesen, no ya las tribulaciones de esta vida presente, sino los tormentos del infierno y del Purgatorio; refrenasen sus pasiones, y se librasen de caer en aquel horno encendido, llamado por Tertuliano, tesoro de la ira de Dios, en el cual su justicia encerró un fuego que purifica a los justos, y atormenta sin piedad y sin fin a los impíos?
Y, sin embargo, ¡oh Dios inmortal! ¡Cuántos cristianos hay, que desprecian el rigor de estas penas, y no hacen caso del ardor de este fuego!
¿Y de dónde viene tal enorme desprecio, que en el tiempo de San Agustín ya escandalizaba a la Iglesia?
No de otro, que de la soberbia presunción, por la cual los impíos viven en pecado mortal, por más que sepan que hayan de ser castigados con las llamas eternas; y los imperfectos en veniales, por más que crean que hayan de ser atormentados con el terrible fuego del Purgatorio.
Temamos, pues, hermanos míos, este fuego; porque aunque sea transitorio en la duración, no es diferente en su rigor y sustancia del infierno.
Acordémonos, os repetiré, de lo que decía Job, es a saber: que viendo los Ángeles buenos a los malos sepultados en las eternas llamas temieron tan extremadamente, que se unieron más estrechamente con Dios; y aprendamos a temer de semejante manera, y a unirnos íntimamente con el Señor, viendo arder las Almas santas en el fuego del Purgatorio.
¡Ah, mi Jesús! haced Vos que concibamos un saludable temor, viendo a las Almas justas arder en las llamas del Purgatorio; que procuremos unirnos estrechamente con Vos; que evitemos la caída a toda culpa venial, que es el terrible precipicio para aquel fuego.
Por las llagas amorosas que adoramos en vuestra santísima humanidad, hacednos sentir los efectos de vuestra misericordia, ya a favor de los difuntos aceptando los sufragios que os ofrecemos por ellos; ya a favor de los vivos, inspirándonos un santo temor de caer en aquellas llamas, huyendo de toda culpa, aunque ligera.
Sí, mi Jesús, librad, os suplicamos, librad a aquellas Almas, que son esposas de vuestro corazón y precio de vuestra Sangre, de las atroces penas que están padeciendo; e iluminad nuestro entendimiento para que, adoctrinados en su penar, limpiemos con el llanto nuestra alma, para no tener de limpiarla con este fuego.
Y para merecer de Vos esta gracia, postrados a vuestras divinas plantas, con el corazón verdaderamente contrito os pedimos perdón, piedad y misericordia, diciendo: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.

