P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN IX DE DIFUNTOS
Faciat vobiscum Dominus misericordiam, sicut fecistis cum mortuis. Ruth. I. v. 8.
Queriendo un senador romano empeñar a un rey bárbaro a confederarse con sus armas, para darle a conocer con pocas palabras los muchos provechos que se le seguirían, sepas, rey, le dijo, sepas que es tan propio de los romanos premiar los beneficios que reciben, que nunca se han dejado vencer de la beneficencia de alguno.
Lo mismo puedo decir a vosotros, amadísimos oyentes: la gratitud es tan propia de las Almas del Purgatorio, que nunca se han dejado, ni dejarán, exceder del amor y beneficencia de sus devotos.
¿Quién, pues, atendiendo a la generosa gratitud de las Almas para con sus devotos, y a la heroica caridad de estos para con ellas, quién, digo, no exclamará ¡Oh Almas santas! ¡Cuán agradecidas sois a vuestros devotos! ¡Oh afortunados devotos! ¡Cuán favorecidos sois de las Almas!? ¡Ah!, use el Señor con vosotros de misericordia, así como la usasteis con los difuntos; Faciat vobiscum Dominus misericordiam, sicut fecistis cum mortuis.
Para que pues pueda yo exponeros la gratitud y beneficencia de las santas Almas para con sus devotos, y animaros a ser del número de estos, os hablaré de los provechos sin número que nos vienen de los sufragios que se hacen por los difuntos.
Mas porque no es posible restringir entre estrechos confines un vastísimo campo; entre todos los provechos escojo uno, que dará el argumento al único punto de mi oración, y es: los sufragios son a las Almas unos estímulos para colmar de beneficios a sus devotos en esta vida.
Voy a manifestarlo con tal que la Virgen, que es la que dispensa las gracias de su Hijo, me sea favorable y no me niegue la intercesión que le pido con las palabras del Ángel.
AVE MARÍA
Aquel afecto de gratitud y de correspondencia, que tanto puede hasta en el corazón de las fieras, y que tanto mueve entre nosotros los ánimos a reconocer cualquier beneficio, por mínimo que sea; este, señores, mueve a las Almas a promover en toda ocasión la utilidad y provecho de quien las socorre.
¡Oh, cuán a menudo al solo acordarse de la necesidad, o del peligro de alguno de sus bienhechores, se sienten ellas movidas a socorrerles con tanto amor, que todos los hierros y cerraduras de la prisión no bastan a detenerlas para que, aunque sea arrastrando cadenas, no salgan y aparezcan!
De aquí, supuesto el poder que Dios alguna vez les da, salen fuera en persona, visten cuerpos, se muestran visiblemente a sus amados, y emprenden por ellos cosas dignas de admiración.
Y a la verdad, por poco que se registren los fastos de la Iglesia, ¿quién hay que a cualquier paso no las encuentre en acto, ahora de piedad para sostener sus vidas, ahora de defensa para guardar sus personas; ya guerreras con las armas en las manos para su seguridad, ya pacíficas con el pie en movimiento para su servicio; allá en los caminos para salvarlos de los riesgos, allá en las aguas para sacarlos de los naufragios, allá en las selvas para defenderlos de las fieras?
Pedid, pues oyentes, algún extraño favor, cual más os agrade, que de todos hay memorables pruebas y claros ejemplos.
Porque, ¿qué deseáis?
¿Curas prodigiosas? Fue ya en Colonia aquel llamado Guillermo a quien curaron casi en un momento, no sólo a él y a los hijos, más también a su mujer.
¿Pretendéis socorros? Hubo en Sevilla aquel famoso Sandoval, a quien trajeron prontamente dinero, cuando joven estudiante, que era lo que más necesitaba.
¿Pretendéis consuelos o descansos? Permanece todavía en la fama la venerable madre Francisca del Sacramento, carmelita descalza, a quien fueron con visitas muy piadosas a recrearla cuando enferma, a consolarla cuando afligida.
Mas ¿quién de vosotros no ha leído en San Gregorio, o en San Pedro Damiano los grandes prodigios obrados a favor de los vivientes por Severino y Pascasio, aun detenidos en el Purgatorio?
Pero ¿qué digo leído? Cuántos de vosotros, en mil casos repentinos, ¿os sentís admirablemente socorridos con una pronta ayuda, admirando el beneficio sin advertir la mano?
Pues si tienen este corazón en la cárcel ¿qué tal será el que tendrán en libertad? Si tanto pueden los ruegos de las prisioneras, ¿qué serán las suplicas de las reinas? ¿Qué no podrán para vosotros, no ya llorosas en las cadenas, sino alegres sobre el trono; no ya rogando de lejos, sino intercediendo de cerca, no explicándose por señas, sino hablando boca a boca con el Señor?
Discurrid, oyentes, con la mayor atención, y representaos por un poco de tiempo alguna de aquellas almas desoladas, la cual ardiendo no menos en el fuego, que en el deseo de ver a Dios, en el mayor incremento de su pena oye de improviso que los Ángeles le dicen, ven santa Alma, ven esposa de mi Dios, que ya está acabada tu pena; y si bien debías sufrir aún un mes, un año de fuego; mas entiende que por remate de la deuda te han valido las Misas de tal, te han servido las limosnas de la tal.
A tan dulce anuncio, ¿qué diría aquella Alma? ¡Oh! Benedicti vos a Domino, qui fecistis misericordiam servo suo. Imaginad ¡con qué aire de alegría saldría de aquellas llamas! ¡Cómo se le imprimirían profundamente en la memoria los amados nombres de sus piadosos libertadores!
Pero llegada ya al Cielo, no pudiendo olvidar tantas finezas, después de los primeros oficios con los grandes de aquella corte, ¿cuáles serían los segundos, sino de fervorosas súplicas a favor de quien la libró?
Yo me figuro que, así como Esther puesta delante del trono de Asuero intercedió ante este por Mardoqueo, que había tanto sudado por su ensalzamiento, y deseaba librarle de la muerte; así ellas, puestas delante del trono del divino Rey, intercederán ante Él por sus devotos para que los libre de la muerte eterna.
Vosotros tenéis la súplica que hacen a Dios, en el real profeta: Entre en vuestra presencia, Señor, el gemido de vuestros esclavos; y dad a nuestros vecinos siete veces más; a nuestros vecinos que están en el mundo, derramad en su seno con usura el oro y plata, que distribuyeron para nuestra redención; y por el reino eterno que nos aceleraron, llenadlos de muchas bendiciones.
¡Oh feliz, exclama aquí un sabio escritor, oh feliz, él que con sufragios consuela los gemidos de los esclavos! pues que éstos, habiendo entrado en el Paraíso, oran por sus bienhechores, sin que Dios niegue lo que le piden.
De aquí con mucha razón San Agustín dice: ¿Deseas, hombre, que Dios tenga misericordia de ti?; ten tu misericordia de tu próximo; tanto recibirás en la otra vida, cuanto harás en la presente; haz oración por los difuntos, pues todo lo que se hace por ellos, vuelve a utilidad nuestra.
Y San Ambrosio añade: Todo lo que se da por los difuntos por título de piedad, redunda en nuestro mérito, y después de la muerte lo hallaremos duplicado, según la súplica de ellas: Dad, Señor, a nuestros vecinos siete veces más en su seno.
MORALIDAD
¡Oh almas afortunadas! ¡Fuese yo tan feliz, que con mis pobres sufragios mereciese sacar alguna de vosotras de los tormentos! ¡Cómo me juzgaría ya favorecido de ella en vida!
Mas, si no puedo tanto, esforcémonos, a lo menos, cristianos de hacer hoy las últimas pruebas de caridad. ¡Oh a cuántas en este tiempo en que os hablo, a cuántas, digo, de aquellas Almas se les ha avivado la esperanza de su libertad! ¡Cuántas han fijado sus ojos en vosotros, y están esperando algún alivio de vosotros! Me parece como si las oyese, que os están diciendo: oíd, hijos; son suspiros de vuestra madre, son voces de vuestro padre aquellas que gritan desde el fuego. Oíd padres, parece que sea vuestro hijo aquel que pide piedad. Escuchad, escuchad, cristianos; escuchad vosotros la consorte, vosotros la hermana, vosotros la cuñada, vosotros el tío, vosotros el nieto: vuestra sangre es la que os ruega, sí, vuestra sangre; ahora es tiempo de haceros caritativos, si sois amigo. Ved los Ángeles prontos, ved las puertas del Purgatorio, ved las llaves: abrid, oh cristianos, abrid vosotros con los ruegos, con las limosnas, con los sufragios; bendita sea hoy la mano piadosa que saca a un alma de aquel fuego; ¡oh de qué mal no la libra, y qué bien no le hace! ¡Qué beneficio, y qué provecho para ella!
¡Oh amado Jesús! dadnos deseo ardentísimo de librar de aquellas penas a las benditas Almas. Iluminad nuestro entendimiento para que conozcamos cuán provechoso sea para Ellas y para nosotros el socorrerlas. Esforzad nuestra voluntad para que no desdeñemos medio alguno para el logro de su libertad, y merecernos su protección. Os lo rogamos por las llagas, que adoramos en vuestra santísima humanidad. Y para que nuestras culpas no impidan la consecución de estas gracias, arrepentidos de ellas, con el corazón verdaderamente contrito, decimos: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro Reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.

