P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN VIII DE DIFUNTOS
Memoria memor ero, et tabescet in me anima mea. Thren. III. v. 20
Cuando leo, señores, en las Sagradas Letras el respeto que recibían de todas las vastas provincias del reino las cartas del rey Asuero, sólo porque estaban señaladas con el sello de su anillo, me lleno todo de confusión.
Impusiesen ellas agravios insufribles a las ciudades sujetas, mandasen que en lugar de agua en los ríos corriesen avenidas de sangre inocente, que por todas partes se levantasen montañas de cadáveres de toda edad, de todo sexo, ninguno con sólo mirar el sello y reconociendo la señal regia, sí, ninguno osaba oponerse, ni contradecir; no obstante, que todos detestasen en su corazón la bárbara crueldad de la comisión.
A tal reflexión exclamo yo ahora aturdido, ¿es posible que la pobre Alma, sellada con la adorable impresión de la divina imagen, no tenga la feliz suerte que tenían los despachos de Asuero?
Estos, porque estaban sellados con el anillo del rey, eran mirados, aunque con pesar, con veneración y respeto; y el Alma, por más que represente la imagen del Rey de los reyes y Señor de los señores, ¿no deja de tener obscurecido el nativo esplendor y yacer del todo abatida?
A esta vil e indigna condición redujeron sus almas los difuntos, que penan en el Purgatorio por su obrar menos conforme a la ley de Dios: se avergonzaron de contaminar con indigno y vil parentesco la pureza de su sangre, y no se avergonzaron de ensuciar la pureza del alma, enlazándose con el mundo, con el demonio, con la carne.
Tan gran cuidado tuvieron de guardar incontaminada la nobleza, que habían heredado; y con todo, ¡ah!, casi ninguno tuvieron por guardar la que venía de Dios por origen celestial.
Ellos no conocieron en su vida cuánto pesa el enorme atrevimiento de obscurecer el alma con el borrón de la culpa, pero a la luz que despiden aquellas ascuas encendidas en el horno terrible del Purgatorio, lo miran ya como es en sí; y arrancando de sus corazones suspiros capaces de mover a ternura a los peñascos, claman con las palabras de Jeremías: Memoria menor ero, tabescet in me anima mea. ¡Ah!, me acuerdo con sumo dolor de aquellos delitos, que lavé con el agua santa de la compunción, y que oscurecieron la belleza de mi alma, por la cual ésta se consume de tristeza.
¡Oh memoria funesta! ¡Oh doloroso conocimiento! Permitidme, señores, que pase a ponderaros por breve rato la grandeza de este afán de su ánimo; y espero que, al paso que os moveréis a compasión para con las doloridas Almas, aprenderéis de la grandeza de su pena a huir de la culpa por la cual está impuesta: más antes saludemos a María Santísima con la oración del Ángel:
AVE MARÍA
Para proceder con claridad en el presente argumento, se me ofrece una admirable doctrina de Tertuliano. Pensó este que el alma del hombre contaminada por el pecado original, en el acto de su creación es sorprendida de obscuras tinieblas, que cubren y esconden su primera natural luz, la cual llega a poseer después como cosa que viene de Dios, y que como tal no puede faltarle.
De aquí es que, por más que la infeliz procure fijar su vista en aquella luz, todavía no lo puede lograr, lo que le es causa de grande pena, porque advierte que le están impedidos sus bellos rayos hasta tanto que salga la fe que, con su luz triunfante entresacando y disipando las densas tinieblas, descubre y manifieste la bella luz que antes le estaba escondida.
Sin embargo, aunque le sea descubierta por la fe su luz natural, y también la sobrenatural y divina que la fe lleva consigo, esto no acontece de manera que no quede alguna obscuridad ocasionada de los sentidos y de la rebelión de las pasiones, que todas juntamente restringen el alma y la reducen (usando el énfasis de San Agustín) in diminutionis effigiem.
Una vez, empero, que el alma libre de estos embarazos empieza a respirar aire de libertad, cuando por la violencia de la muerte es sacada fuera de la carne, por aquel rayo de divinidad que resplandece sobre la frente de su libertad, y con la luz natural y sobrenatural, ve perfectamente las manchas con las cuales obscureció antes libremente aquella luz, y ve cuánta razón hay de congojarse y dolerse.
Esta doctrina es muy verdadera, entendida en orden a las tristísimas Almas del Purgatorio, a las cuales es un grande argumento de infelicidad el conocerse a sí mismas, y el ver las causas de amargura y de dolor que las cercan.
¡Ah! ¡Pudiese yo, señores, obtener así para vosotros, como para mí un solo rayo de luminosa fe, que esclarece el entendimiento de aquellas almas! ¡Cómo veríamos, no ya con indiferencia, cuánto las atormenta el conocimiento que tienen de sí mismas! Pues vuelve en su entendimiento con giro nunca interrumpido lo que hicieron contra sí.
¡Qué vergüenza y dolor debe oprimir a aquellas almas al descubrir que mancharon una obra tan bella de las manos de Dios! Aquella luz las hace ver lo que fueron, y en verlo se quejan porque no son más ellas mismas.
Ven (me serviré de una imagen de San Agustín), ven haber ellas echado con acto villano entre el polvo y la hediondez la imagen que Dios imprimió; y miran este acto con aquel horror con que un hombre de honor mira una acción indigna de su nacimiento y de su profesión.
Saben que el hombre justo debe ceñir sus deseos a toda cosa buena, y que los frutos que ha de producir han de ser obras de eterna vida; pero, ¡ay!, no todos sus deseos, ni todas sus acciones tuvieron este honor, y no fructificaron tan dignamente; esto ven, esto saben; y conocen que su culpa hizo ineficaces sus deseos.
Para conocer el dolor ocasionado de un conocimiento tan vivo, imaginaos, señores, a un caballero que conoce su grado, o su noble condición; quien no obstante por inadvertencia culpable, o por ímpetu de indignación no reprimido, o por cualquier otro pretexto, prorrumpe en un acto indigno de su carácter; por lo que se ve por último en la triste necesidad de haber incurrido en la pena de una vergonzosa muerte.
¡Oh! Esté lejos de vuestro entendimiento el pensar que la vergonzosa confusión que le comparece en el rostro sea producida del aprieto en que está; mas presto es un efecto triste del conocimiento que tiene de haber errado y ofuscado la belleza de su persona: y más le aflige el conocimiento de su descuido que la presencia de mil suplicios.
Así, las Almas sienten a la verdad los ardores de las llamas que las circundan, más no tanto como los lazos de aquel conocimiento, que las fuerza siempre a fijar su consideración en las pasadas acciones con que obscurecieron su nativa belleza.
¡Oh quién dará a mis ojos una fuente de lágrimas para llorar con el Profeta una caída tan grande! Ordenó Dios al profeta Ezequiel que hiciese un gran llanto sobre el rey de Tiro, en el cual eran figurados ya el primer hombre, ya el primer ángel.
Y no es de extrañar, señores; porque como antes era una imagen de la belleza divina, lleno de sabiduría, y adornado de hermosura, había ya perdido prerrogativas tan bellas, con abandonarse a la iniquidad y al pecado.
¿Y no tengo yo motivo de derramar igualmente un copioso rio de lágrimas sobre aquellas Almas del Purgatorio, que alguna vez pecando borraron en sí feamente la imagen de la Trinidad sacrosanta?
¡Ah! Sí, llora alma mía aquella su desventura y desastre; y llorad, lo diré con San Ambrosio, llorad conmigo a vuestro modo montes y collados; llorad fuentes y ríos; llorad también fieras de los desiertos y de las selvas.
MORALIDAD
¡Oh qué lección tan instructiva es esta, dilectísimos, para todos nosotros! ¿Qué debemos hacer nosotros, que somos no sólo los depositarios, no sólo los custodios, sino los poseedores de la imagen de Dios? Nosotros, que damos en nuestro corazón el albergue a alma tan bella. Nosotros, que sabemos que su mayor aprecio ha de ser el nuestro. ¿No es justo que, entre las cosas que amamos, sea el alma más amada, y que nuestros afectos sean los más tiernos, que la miren como a su principio?
Y, sin embargo , no sólo no se ama un alma tan bella; sino que se hace estrago desapiadado de ella: se desfiguran las facciones, que la hacen por extremo agraciada; y su imagen, que es la del mismo Dios, queda fea y denegrida por el pecado.
¡Ah, en cuantas desventuradas almas podría renovar Jeremías sus trenos, y al verlas todas otras de sí mismas, decir llorando de cada una: Egressus est a filia Sion omnis decor ejus! Alma, antes tan bella ¡oh cuan diferente te veo de ti! Aquella imagen de sí mismo, que te imprimió al criarte el divino Hacedor ¡oh como la miro desmedrada y desfigurada! Eras antes las complacencias de un Dios, tanto tenías de belleza; y ahora, ¡ah!, ahora has venido a ser objeto de horror, tanto es lo que tienes de fealdad.
Así hablaría el afligido profeta, y con razón, pues que al decir del Crisóstomo un alma infecta de la culpa, se hace tan abominable, que no hay inmundicia que se le parezca.
¡Ah!, dilectísimos, no sea jamás verdadero que ocasionemos deformidad tan oprobiosa a un alma que tenemos tan bella. No, no ofusquemos con el pecado sus divinas facciones: no le quitemos esta belleza, que con hacerla tan semejante a Dios, la hace a un mismo tiempo tan amada.
Y a fin de que no se le haga tan grande agravio, amémosla cuanto ella merece. Amemos después del original a la copia, después de Dios a nuestra alma.
Tenga pues sus atractivos el honor, los suyos el placer, los suyos los bienes, los suyos los amigos, pero más que a estos, y primero que a estos, se ame el alma; porque el alma lo merece más que estos, y primero que estos.
¡Oh alma! ¡Bella alma, si fueses bien conocida, no serías tan poco amada!
¡Ah Jesús amado! comunicadnos un rayo de vuestra luz, que nos ilumine y haga conocer la excesiva belleza de nuestra alma, así como la hacéis conocer a los difuntos en el Purgatorio. Haced que entendamos lo que quiere decir un alma que trae toda su belleza infinita de Vos. ¡Oh mi buen Jesús!
¿Y puede no amarse un alma así tan bella? ¿Puede no amarse? Y, sin embargo, así confieso que no la amé muchas veces, antes destruí con el pecado su belleza y el objeto que era de vuestras complacencias, lo hice blanco de vuestras abominaciones.
Por tan enorme maldad merezco que después de mi muerte me atormente el claro conocimiento de esta abominable vileza.
¡Oh mi Redentor! Yo me echo confuso a vuestros pies, y adorando las sacratísimas llagas, os suplico me perdonéis las atrevidas descortesías que hice con Vos en vuestra imagen; amaré en lo venidero a esta alma como ella merece, y la guardaré de manera; que así como la recibí bellísima de Vos, mi Criador, así os la vuelva bellísima algún día. Y ahora, conociendo lo mucho que os he ofendido con esto, penetrado de un vivo dolor, con lágrimas en los ojos y con el corazón hecho pedazos por el arrepentimiento digo: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra Inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.

