P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN VII DE DIFUNTOS
Usquequo Domine, sanctus et verax non judicas et non vindicas sanguinem nostrum de his qui habitant in terra? Apocalip. VI. v. 10.
No hay cosa más proporcionada en el mundo para debilitar y hacer desmayar el ánimo de un pobre desventurado que el no hallar en sí mismo algún reparo a sus miserias, ni fuera de sí algún consuelo en su aflicción; basta que espere recibir remedio de sus males con su propia industria, o encontrar algún amigo que se compadezca de sus desgracias, para no creerse en efecto infeliz; porque está escrito que un amigo fiel da vida e inmortalidad.
Mas cuando se ve destituido de toda ayuda humana, abandonado de todas las personas que más amaba, sea por los vínculos de naturaleza, o sea por los de algún enlace de amistad, y mientras que Dios mismo prosigue en castigarle o en probarle, puede él decir entonces con Job: el Señor me ha agravado de todas partes; estoy perdido; me ha quitado toda esperanza, como a un árbol arrancado.
En este estado de abandono se halló este inocente hombre sobre su muladar cuando, despojado de todos los bienes de fortuna, cubierto de llagas todo su cuerpo, lleno su espíritu de tristeza y abandonado de su mujer, de sus hermanos, de sus siervos y de todos sus antiguos amigos, se vio en términos de reprehender en unos y otros la dureza de corazón y su ingratitud con estas palabras: soy yo, ciertamente, merecedor de compasión en mis angustias; no hallo alguna ayuda en mí mismo, todos mis amigos me han abandonado, y mis propios hermanos, viéndome reducido a una extrema miseria, no se han movido a compasión.
Vosotros bien comprehendéis, señores míos, que las Almas del Purgatorio tienen derecho de hacer un semejante lamento y una amorosa queja a sus negligentes bienhechores.
Si pudiesen ellas hacer oír sus voces desde los sepulcros donde reposan sus cuerpos, o de en medio de las llamas donde arden, ¿qué no dirían para confundir su ingratitud y para condenar su crueldad?
Me parece oírlas gritar con voces, que suben hasta al Cielo: Usquequo Domine sanctus et verax non judicas sanguinem nostrum de his qui habitant in terra? ¿Hasta cuándo, oh Señor santo y veraz, diferís el hacer justicia y el vengar nuestra sangre de los que moran sobre la tierra?
Herederos ingratos con los bienhechores difuntos, que conculcáis los deberes de la gratitud, olvidándoos de quien os enriqueció con sus bienes, venid ya, venid a juicio, que yo aquí os cito a comparecer para condenaros como reos, haciéndoos ver que los herederos que ponen en olvido las almas de sus bienhechores difuntos son culpados de una enorme ingratitud.
Para probar dignamente esta proposición, imploremos los auxilios del Espíritu Santo, por la intercesión de María Santísima:
AVE MARÍA
Así como Jesucristo es modelo de los verdaderos hijos de Dios, lo es también de los herederos legítimos de los hombres mortales. En efecto ¿qué ejemplo tan grande de gratitud no nos dio este divino Heredero del Paraíso celestial en el curso de su mortal vida?
Él no hizo ni una acción, o virtuosa o milagrosa, que no fuese dirigida o a bendecir o a glorificar a Aquel que le había predestinado a su filiación divina y a su eterna herencia.
¿Y por qué pensáis que bajó al infierno después de su muerte, si no para sacar del Limbo las Almas de los Santos Padres, y del Purgatorio a las que estaban allí prisioneras, y para conducirlas consigo en triunfo al Cielo, como trofeos de su victoria y compañeras de las gracias y de la gloria, que habían de dar a Aquel que le había dado todas las naciones de la tierra por heredad?
Vos, Señor, le dice por un profeta, por medio de la sangre de vuestra alianza hicisteis salir los esclavos del profundo del lago que está sin agua.
Y si Jesucristo dio su Sangre y su vida para librar las Almas de los justos, detenidas cautivas en el Limbo y en el Purgatorio, ¿qué no deben hacer los herederos para aliviar a las de sus bienhechores?
Estas pobres Almas tal vez no se abrasan en el otro mundo por otra causa que por haber acrecentado con demasiado cuidado una rica heredad a los avaros y ambiciosos herederos; entre tanto, están sepultadas en su olvido.
¡Oh crueldad! ¡Oh barbaridad! ¡Oh tiranía! ¿Y no los juzgaréis por reos de fea ingratitud contra los bienhechores difuntos? Discurridlo seriamente, mientras yo los considero culpables de todas las especies de ingratitud de que un vil y brutal hombre sea capaz.
Me acuerdo, señores, haber leído, que un sabio español distingue tres géneros de ingratos: el primero es el que finge no haber recibido beneficios; el segundo es el que no cuida de retribuirlos; el tercero el que pone en olvido el beneficio y a su bienhechor.
Parece que este filósofo quiere decir, si yo no penetro mal su sentido, que tres suertes hay de ingratos entre los hombres, cuya ingratitud ha inficionado las tres potencias del alma, el entendimiento, la voluntad y la memoria.
El ingrato de entendimiento es el que con una ignorancia afectada disimula, y finge ni saber, ni conocer haber recibido un beneficio; el ingrato de voluntad es el que, con un indigno desconocimiento, no vuelve beneficio por beneficio, cuando se le presenta ocasión; el ingrato de memoria es el que, con maligno olvido, no se acuerda en el tiempo de la prosperidad de los beneficios que recibió en la adversa fortuna.
Paréceme que la división hecha por este filósofo no tiene la debida exactitud, porque yo hallo en la Escritura una cuarta especie más odiosa y detestable que todas las otras especies, y es la de los ingratos de corazón, es a saber la de aquellos que con un corazón lleno de malicia y corrupción vuelven mal por bien, y abandonan a su amigo y a su bienhechor en su extrema necesidad: Ingratus sensu derelinquet liberantem se. (Eccl., 29:22: El pecador, con corazón ingrato abandona a su libertador). Ahora, los herederos de ordinario, son reos de todas estas especies de ingratitud.
Examinemos, si os parece, su conducta, y se verá por la experiencia que la ingratitud ha depravado todas las potencias de su alma. Ella ha esparcido tinieblas en sus entendimientos, malicia en sus voluntades, olvido en sus memorias, y finalmente corrupción en sus corazones.
Son ingratos de entendimiento porque no estiman, como es debido, los beneficios que recibieron; ingratos de voluntad porque no recompensan por ellos a sus bienhechores; ingratos de memoria porque no se acuerdan ni del beneficio, ni del bienhechor; ingratos de corazón (de sentimiento, como los llama el Espíritu Santo: Ingrati sensu) porque contra las leyes de la naturaleza, de la conciencia y del honor abandonan a aquellos por los cuales fueron sacados fuera del lodo, colmados de bienes y levantados a grande fortuna.
Por esto los pobres testadores, engañados de su esperanza, privados de los frutos de sus buenas intenciones, olvidados y dejados de sus herederos, pueden lamentarse de su ingratitud con las palabras del Eclesiástico: Me vuelven, ¡ah! sí, me vuelven estos ingratos mal por todos los beneficios que recibieron de mí, y han reducido mi alma a la esterilidad.
Yo no sé, hermanos míos, cuáles sean ahora vuestros sentimientos; pero os aseguro que los de la Iglesia son terribles y espantosos. Esta buena Madre, no ha arrojado jamás más fulminantes anatemas que contra los injustos retenedores de los bienes, que de los fieles difuntos fueron dejados a la Iglesia y a los pobres; porque como los herederos ingratos defraudan las últimas y santas voluntades de los testadores.
Los Concilios no tienen dificultad en llamarlos con el nombre de ladrones, de injustos, de engañadores, de homicidas, de sacrílegos, de paganos, y como a tales los excomulgan, y los separan del cuerpo de la Iglesia.
Lo que me hace temer, con mucho fundamento, es que nosotros no hayamos ya llegado a aquellos últimos días y a aquellos tiempos escabrosos predichos de San Pablo: tiempos infelices; cuando se verán comparecer en el mundo hombres amantes de sí mismos, avaros, soberbios, desobedientes a sus padres, ingratos, impíos, sin palabra, calumniadores, destemplados, inhumanos, y sin afecto a los hombres de bien.
¿Qué os parece, oyentes míos? ¿No son estos todos los caracteres que hacen el retrato puntual de los ingratos herederos que se olvidan de las almas de sus bienhechores?
MORALIDAD
Ojalá fuesen pocos los cristianos que entrasen en el número de estos herederos ingratos. Pero, ¡oh Dios inmortal!, ¿no son innumerables los cristianos ingratos a sus bienhechores difuntos? ¿Por ventura la mayor parte de los hombres no los ponen en olvido? ¿Por ventura no perece con el sonido de las campanas la memoria de los muertos?
Viven estos, dice aquí Cayetano, viven en los papeles de los testamentos, viven en las inscripciones esculpidas sobre los sepulcros, viven también sobre las lenguas de los descendientes, que pocas veces pronuncian sus nombres. Pero, ¡ah! sin embargo de estas tres vidas, son muertos en los corazones de los vivos, los cuales, aunque de ordinario meten el pie sobre sus tumbas, no piensan en procurarles el reposo eterno. Solo piensan, ¡oh lástima!, en holgarse y darse buen tiempo, después de haber borrado toda recordación de quien es muerto.
No permita el Cielo que vosotros, oyentes míos, os halléis en el número de estos ingratos, que son en horror delante de Dios, delante de los Ángeles, y delante de los hombres.
Creedme, pues, y haced lo que paso a deciros: procurad expiar todas vuestras ingratitudes; compensad la dilación culpable de vuestra gratitud hacia los difuntos, con un mayor número de ayunos, de oraciones, de limosnas, y de otras obras pías; haced celebrar las Misas y cantar los aniversarios que os encargaron los difuntos en su muerte; y cumplid los píos legados que instituyeron.
Mas como no se puede hacer esto sin la ayuda de la divina gracia, pedid al Señor que os la conceda. ¡Ah amabilísimo Redentor nuestro! A vuestras soberanas plantas postrados os pedimos humildemente vuestra divina gracia para cumplir nuestros deberes con los difuntos; no queremos perseverar en ser ingratos, ni olvidarnos de nuestros bienhechores; antes, para borrar estos negros borrones, queremos usar con ellos de toda especie de obras de misericordia; y por esto concedednos, Padre amabilísimo, vuestra ayuda.
Os la pedimos por la llaga santísima, que adoramos en vuestro divino costado; y si nuestras culpas impidieren el obtenerla, con el mayor sentimiento de nuestras almas, y con el corazón hecho pedazos por el dolor, decimos: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro Reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.

