LORENA VAZQUEZ- ¡ÁNIMO!

Hoy pensaba en el abatimiento, en ese cansancio que muchas veces va ganando nuestras almas.

¿Será, quizás, los problemas diarios, las angustias de esta vida, las ausencias, que nos van paralizando el alma, o la van agotando…, como cuando un envase esta perforado y poco a poco pierde su contenido, hasta quedar vacío…?

Quizás el amor propio, la soberbia del corazón, la falta de intimidad con Nuestro Señor en la oración, la flaqueza de caer en el pecado reiterado, ¿hace que nos gane el cansancio?

¿Quizás somos como los campos en donde el sembrador esparce las semillas y, cuando estas quieren brotar, son ahogadas por las espinas?

Al mirar la vida que va transcurriendo, voy sintiendo cada vez más ese cansancio, que tiene más que nada que ver con lo espiritual de forma más intensa, no tanto con lo físico…

Y pienso, ¿cuál será el alerta y regenerador para despertar y recargar el alma?

Sólo una respuesta aparece fácilmente en mi pobre mente…: ¡Dios!

¿Quién más que Él puede llenar mi alma cansada, quién más que el Señor para curar mis heridas, perdonar mis caídas, apaciguar mis pasiones, calmar mis caprichos?

¿En quién sino en Él ver la fatiga física en el Calvario, la traición de los amigos, la humillación, el abandono…, y, sin embargo, con cuánto amor…; amor de sólo un Dios para seguir buscando las almas heridas?

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Sí, me digo, con mi Señor, ¿qué me ha de faltar? ¿Qué he de temer? ¿Qué más quiero buscar?

Entonces, ahí encuentro el verdadero sentido del no dejarme caer, de no dejarme vencer, de no apartar la mirada de la meta por la que hoy estoy, por la que hoy continuo.

En Él debo poner mi esperanza, mis anhelos, entregarle mi fatiga, mis dolores, mis penas…, en una palabra mi corazón y mi vida.

Finalmente, encontraré las fuerzas en las armas que Él me ha dado: su Santísimo Cuerpo que es alimento fortísimo, sus gracias y esos instantes donde estamos Él y yo solos, en donde yo le digo, aunque Él ya lo sabe, todo lo que necesito, todo lo que me hace falta, todo lo agradecida que estoy por lo que me da, por las oportunidades diarias para salvar mi alma, que es más de lo que yo merezco.

Ahí, en el desaliento, donde el enemigo quiere perderme en su oscuridad, es donde debo aferrarme al manto amoroso de mi Madre, Madre que Él dejó para mí.

Por esto y mucho más, me digo… ¡Ánimo alma mía!

¡Ánimo!, no por mí, sino por Él.

¡Ánimo!, para seguir adelante, para correr en este camino áspero, pero dulce a la vez de saber que en mi Señor he de descansar.

¡Ánimo!, para luchar por su causa, por su Reino.

¡Ánimo!, para seguir llevando la verdad a tantos que viven en las redes de la mentira y del engaño.

¡Ánimo!, porque este granito de arena puede convertirse en una montaña.

¡Ánimo!, porque tengo un Capitán que me guía, que me fortalece, que me acompaña, que lucha a mi lado, a pesar de que su soldado es débil, pequeño…, pero a su lado se fortalece…

¡Ánimo!, porque el cansancio no debe nublar mis ojos, no debe confundir mis pasos… Más bien tengo quien enjugue mis lágrimas y me permite de esta manera ver con nitidez, dónde debo llegar…

Así que, aquí sigo.

Si me caigo, Te pido que me levantes y sacudas mis pies cansados…

Si me nublo, que me aclares…

Si me canso, me sostengas…

Si te traiciono, me perdones…

Si me duermo, me despiertes…

Porque sólo en Ti, mi amado Rey, mi Señor, en Ti sólo encontraré el socorro a mi fatigado corazón.

SANTA TERESITA