P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN VI DE DIFUNTOS.
Scio quod Redemptor meus vivit; reposita est hæc spes mea in sinu meo. Job. XIX. v. 25.27.
Aquel insigne héroe de la paciencia, Job, persuadido que todas sus desventuras le habían acontecido no tanto por la malicia del diablo, cuanto por una oculta disposición de la Providencia divina, dijo a sus amigos: Aunque el Señor, cuyos juicios adoro, me matase, no dejaría de esperar en Él; porque le considero como mi Salvador, y mi juez.
¿Cuál podía ser el fundamento de la esperanza de este hombre, que privado de su prosperidad, de su honor, de su salud, de sus riquezas, de sus hijos, no esperaba otra cosa que la muerte, como singular remedio de todos sus males?
Oíd cómo habla, y él mismo os dirá lo que esperaba: Scio quod Redemptor meus vivit: sé por la luz infalible de la fe que mi Redentor vive, que resucitaré de la tierra en el último día, y que le veré con mis ojos; esta es la esperanza que tengo, y que estará siempre en mi corazón: Reposita est hæc spes mea in sinu meo.
Paréceme, oyentes míos, que Job jamás fue figura tan expresiva de un Alma del Purgatorio como en esta presente ocasión; porque, si bien las santas Almas son más atormentadas en el fuego que Job sobre el muladar, sin embargo, ello es cierto, la esperanza de aquellas Almas es mayor que la de este varón de paciencia.
Job no esperaba acabar los males sino con su vida, ni ver a Dios antes de la resurrección general de los cuerpos, mas no pocas de las Almas del Purgatorio esperan que se acabarán sus penas y gozarán de la vista de Dios antes del juicio universal, que será en el fin del mundo.
Y aquí es preciso saber, oyentes, que la esperanza por una parte les ocasiona una extremada aflicción por razón de la dilación de su cumplimiento, y por otra las reviste, en cierta manera, de valor para sufrir con conformidad sus tormentos.
Esto es lo que pretendo haceros ver hoy, y pienso lograrle manifestándoos como la grandeza de la esperanza de las santas Almas del Purgatorio les da un no sé qué de valor en sus tormentos y aflicción.
Única proposición que paso a probar, pidiendo antes las luces del Espíritu Santo, por medio de la Virgen Purísima:
AVE MARÍA
Si es lícito hablar de la esperanza como del amor, se puede decir, francamente, que cuando el amor del bien, que se ama y se espera, es grande, no hay males tan graves y molestos que no se sufran con paciencia, ni dificultades tan arduas, que no se superen con valor, cuando se trata de su gozo y posesión.
En efecto, por la esperanza de los eternos bienes, los Santos más ilustres del Antiguo y Nuevo Testamento toleraron todas las desgracias de la vida, y las más fieras persecuciones de los tiranos, sin rendirse ni al temor de la muerte, ni a la violencia de los tormentos; y por la misma esperanza de la eterna bienaventuranza, las Almas santas padecen las penas del Purgatorio, de modo que la grandeza de la esperanza hace que las sufran con tal valor, que puedan decir en el exceso de sus dolores lo que el santo Job decía: aun cuando el Señor me matase no dejaría de esperar en Él.
A la verdad, señores, no hay cosa que dé a las santas Almas mayor consolación y esfuerzo en los tormentos, que el saber que han de ser algún día bienaventuradas, en el Cielo.
Consultad las Sagradas Escrituras, preguntad al Apóstol, en qué consiste la eterna felicidad de que gozan los santos en el Cielo, y qué esperan las Almas justas en el Purgatorio.
Él os responderá que esta felicidad es tan incomprensible, que ni ojo vio, ni oído oyó, ni corazón del hombre llegó a desear lo que Dios tiene aparejado para los que le aman.
Cosa admirable; este Apóstol había sido arrebatado hasta el tercer Cielo; sin embargo, cuando trata de describir la gloria de los bienaventurados, más habla negativa que afirmativamente con decir, no lo que ella es, sino lo que no es; y esto, oyentes, para darnos a entender que aquella gloria supera todo nuestro entendimiento y transciende todas nuestras ideas.
Sin embargo, todos estos bienes juntos son menester para llenar la capacidad infinita de las Almas bienaventuradas y para sostener la esperanza de las que están detenidas en el Purgatorio.
Es verdad que los males que ellas padecen son grandes; pero, ¡oh cuán más grandes son las recompensas que esperan! Si el Evangelio nos representa la bienaventuranza eterna como una paga que se da a los obreros que han trabajado fielmente en la viña, las Almas del Purgatorio dicen con Job: como un esclavo suspira la sombra de la muerte para reposar, y como un mercenario espera el fin de su obra para recibir la paga; así nosotras suspiramos el reposo eterno, que nos está prometido en el Cielo, y esperamos el premio de nuestras pasadas tribulaciones, no de las que hemos recibido después de la muerte, sino de las que hemos tolerado con un espíritu de penitencia durante el curso de nuestra vida mortal.
Y como saben por la luz de la fe que los dolores sufridos son pasajeros y que la felicidad que esperan será eterna, gimen, es verdad; pero en una manera humilde, paciente y tranquila; por esto dicen francamente con el mismo Job: el Señor me atormenta y me aflige en un modo terrible; más aun cuando Él me matase, yo no dejaría de esperar en Él. ¡Oh, grande esperanza de un alma predestinada y digna de la bondad infinita de Dios!
MORALIDAD
¡Oh, qué ejemplo tan bello es este para aprender la manera con que debemos regularnos en la esperanza de lograr los bienes eternos!
Oyentes, la grandeza de la esperanza nos ha de animar a sufrir con valor las penas y tribulaciones de este mundo, a llevar alguna cruz proporcionada al propio estado, a vencer las dificultades que se ofrezcan en la observancia del decálogo y en el ejercicio de las virtudes; no hemos de confiar subir al Cielo por una senda de rozas y azucenas, sino por un camino sembrado de espinas y de eriales.
¡Ay de aquel que confía conquistar el Paraíso sin fatiga, y sin llevar sobre sus hombros la cruz para seguir a Jesucristo! Este tal no es apto para el Cielo, ni puede esperar conseguirle sin temeridad.
Nosotros tenemos un bello símbolo de esto en Ezequiel. Llamó Dios a un Ángel antes de la mortandad famosa de Jerusalén: vete, le dijo, por toda Jerusalén, y señala la frente de cuantos lloran y gimen sobre los públicos escándalos de la ciudad con el Tau, que es una letra griega a modo de cruz: Signa Thau super frontes virorum gementium dolentium. Después mandó a los ministros de su justicia que matasen y destruyesen a todos los otros, hombres, mujeres, viejos, niños, nobles, plebeyos: Percutite, nec misereamini, perdonando sólo a los que llevan sobre la frente el Tau: Omnem autem super quem videritis Thau, ne occidatis. Ved, oyentes, según comenta Orígenes, ved como sólo se guardan vivos los atribulados y afligidos, señalados con el Tau, es a saber, con la cruz de los trabajos; y como es condenado a muerte todo el resto de los que están regocijados y alegres.
De la misma manera, me parece, que harán los Ángeles en el día del juicio, cuando harán la separación de los precitos y predestinados: verán aquel buen viejo señalado con el Tau, esto es, con la cruz de la enfermedad bien tolerada por amor de Dios, de las largas oraciones tenidas de día y de noche, de las injurias correspondidas con beneficios; ¡oh con cuánto cuidado dirán los unos a los otros: Ne occidatis, guardad a este para el Paraíso!
Verán, después, aquel padre de familias, que por no desacomodarse un poco, echó las riendas sobre el cuello del hijo díscolo; que no cuidó que sus criados viviesen en la exacta observancia de la divina ley; y que no hizo participantes de los bienes superfluos a los pobres de Jesucristo, pues: Occidite, dirán; a los abismos, a los abismos, sin piedad, sin piedad, Nec misereamini.
Verán aquel buen joven señalado con el Tau, es a saber, con la cruz de las visitas de las iglesias, de la lectura de los libros santos, con la cruz de los cilicios ocultos, de la inalterable modestia: cuidado, dirán otra vez: Ne occidatis; al Paraíso, al Paraíso.
Verán, después, aquellos jóvenes soberbios, que no estudiaron otro que romances, cartas, versos obscenos, amores lascivos, pues: Occidite, dirán, occidite; a los abismos, a los abismos sin piedad, nec misereamini.
Verán, finalmente a los religiosos pacientes, a las vírgenes mortificadas, a las viudas honestas señaladas con el Tau, es decir, con la cruz proporcionada a su propio estado: Non occidamus, dirán, subid al Cielo.
Al contrario, verán la muchedumbre de adúlteros, de incestuosos, de soberbios, que pasaron sus días en alegrías, en amores, en juegos, en venganzas, en puntillos de honra: Percutite, gritaran, percutite; a los abismos, a los abismos, nec misereamini.
Sí, oyentes, ninguno de estos ha de entrar en el Cielo: Adulteri, rapaces moles non intrabunt in regnum cœlorum, como dice el Apóstol.
Espíritus delicados, yo bien veo que este mi decir no os agrada; y sin embargo, dadme licencia para que os intime esta tarde no un consejo, sino un precepto. Es preciso, oyentes, que os persuadáis de una vez, que lo que no es espíritu de mortificación nunca ha sido, ni jamás será, espíritu de Jesucristo, y que por consiguiente tampoco será digno del Reino de los Cielos.
Este es nuestro empleo, dice San Agustín, este es nuestro deber, mortificar la delicadeza de la carne con la austeridad del espíritu. ¿Y hasta ahora, pregunto, qué se ha hecho? ¿Cuál ha sido la práctica de tan necesaria mortificación? ¿Qué término o raya habéis puesto a vuestros quereres? ¿Qué ley a vuestros afectos? ¿Qué regla a vuestros sentidos?
¡Ah amados oyentes! Decidlo vosotros, que yo me remito a vuestro juicio. ¿Os parece que sea la mortificación, que Dios os manda, desahogar los caprichos? ¿Tomar todos los divertimientos, que puede gozar la edad? ¿Ir de todos modos en busca de los bienes que pueden hacer rica vuestra fortuna?
Mirad, por vuestra vida, cuántos gastos superfluos se hacen, mirad la excesiva libertad con que se trata, la delicadeza con que se acaricia el cuerpo la juventud desahogada y ociosa; mirad, en fin, las asambleas compuestas de unos que murmuran, de otros que cortejan, de otros que juegan; y después decidme, si reina en el cristianismo el espíritu de mortificación.
Y sin embargo; ¿quién hay entre ellos, que después de una vida tan delicada no espere una muerte santa? ¡Oh engañados, clama San Bernardo, oh engañados! no se muere santamente, si a la muerte natural y verdadera no precede la muerte mística, que es la penitencia y mortificación.
Cuando la necesidad no nos obligase a ella, debiéramos abrazarla, porque Jesús la abrazó, y la abrazó ya desde su nacimiento, en su vida y en su muerte.
¿Cuánto más, pues, debemos abrazarla, obligándonos Cristo con el precepto, y declarando a quien no lo cumple indigno de sí, indigno de su gracia, indigno de su gloria?: Qui non accipit crucem suam, et sequitur me, non est me dignus.
¿Y queremos nosotros, mis amadísimos, por el amor demasiado a nosotros mismos, perder el amor de Jesucristo?
¡Ah! no, Jesús amado, no queremos desmerecer vuestro amor; mucho nos complace que nos reconozcáis por vuestros; y si no podemos ser vuestros sin la práctica de la mortificación, vednos determinados a abrazarla.
Es verdad que el amor propio se resiente al nombre de mortificación; mas resiéntase cuanto quiera: Vos lo mandáis así, así pues se ha de hacer. Esforzad con vuestra gracia nuestra flaqueza para que, ejercitando la mortificación que nos mandáis en esta vida, hallemos en la muerte la verdadera vida, que nos habéis prometido. Y para que las culpas no impidan el que sean oídas nuestras súplicas, postrados a vuestras divinas plantas, con el corazón hecho pedazos por el dolor, decimos: Señor mío Jesucristo. etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro Reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.

