P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN V DE DIFUNTOS
Si abluerit Dominus sordes filiarum Sion, in spiritu ardoris. Isai. IV. v. 4.
Las pobres Almas del Purgatorio, cuyos tormentos vengo esta tarde a explicaros, me ponen en la dura necesidad de haceros una horrible pintura del fuego del Purgatorio.
Pero ¿quién dará palabras a mi lengua para explicaros la actividad de aquellas llamas? ¡Oh!, ¡quién me diera pensamientos e ideas para formar un vivo retrato, o una imagen, en la cual pudieseis conocer la actividad y viveza de su ardor! ¿Pediré a Dios las llaves de aquel calabazo, para que podáis ver las llamas tan horribles de aquel fuego en que están padeciendo?
¡Ah!, ¡qué espectáculo tan horroroso sería, oyentes, lo que veríais, si yo pudiese abriros aquellas puertas! Veríais sin que pudierais contener vuestras lágrimas, sí, veríais en argollones de fuego su cuello, en esposas de fuego sus manos, en cepos de fuego sus pies, y cubiertas de pies a cabeza de aquel fuego, con cuyo espíritu de ardor lava Dios las heces de la culpa según aquello de Isaías: Si abluerit Dominus sordes filiarum Sion, in spiritu ardoris.
Este tan triste espectáculo vierais, si Dios me diese las llaves del Purgatorio; mas aunque no me sea concedida esta gracia, sin embargo haré cuanto me sea dable, para que forméis vosotros una justa idea de la voracidad de aquel fuego en que están abrasándose. Me veis aquí, pues, determinado a mostraros cuán terrible fuego sea aquel que atormenta a las santas Almas.
Fuego terrible porque es encendido a soplos de un Dios justiciero.
Única proposición. Voy a manifestarla, si el Cielo me asiste con su gracia, pidámosla a la Virgen santísima, Saludándola con el Ángel:
AVE MARÍA
Antes de hablaros de aquel fuego, que tanto se encruelece con todo lo imperfecto, me es preciso refutar el error de los que dijeron, que las brasas del Purgatorio son la puerta única para entrar en el Cielo, y ver al Criador.
Sea, dijeron ellos, sea santo David, séalo Pedro, séalo Pablo, séalo también la Madre de la inocencia, no importa, es preciso que con el fuego se marque su salvo conducto para poder llegar al Cielo.
Cohonestaban su error con la sentencia de Orígenes, el cual decía: es necesario que lleguemos todos a aquel fuego, aunque sea Pedro, y aunque sea Pablo. Y con aquello de San Ambrosio; con fuego, pues, serán purgados los hijos de Levi; con fuego Ezequiel, con fuego David (y en otro lugar: es necesario que todos pasemos por las llamas, sea Juan, sea Pedro, uno sólo, a saber la justicia de Dios Cristo Jesús no las pudo sentir y experimentar).
Más ¡ah! que ellos, como los áspides, chupan el veneno de las flores. ¿Será por ventura verdad que así como el águila a los rayos del sol examina sus hijos, así Dios, forzosamente, con el fuego haya de reconocer los suyos?
Pedro, que para tener el camino más fácil en su martirio, puso en lo alto de la cruz sus pies, ¿por ventura necesitó que pasase primero por el Purgatorio? Juan que del seno materno trajo la inocencia por los horrores del desierto a la casa de Herodes, y ofreció inocente la cabeza al fiero e injusto hierro, ¿ha primero de llorar en las llamas, como si no bastase el haber rendido por la verdad su gloriosa cabeza a los enojos de una Herodías?
Aun mas, Señores, cuando los lazos de la vida fueron sueltos más por la mano del amor que por la guadaña de la muerte a la gran Madre del Verbo eterno, ¿aguardó él por ventura antes de abrazarla y tenerla en su compañía en el Reino de la gloria, aguardó vuelvo a decir, que aquella bella alma se purificase primero en aquellos tormentos?
¡Oh mentiras necias sobre verdaderas exposiciones de sabios! La necesidad en los justos de ir a aquel fuego, apoyada por estos necios en la doctrina de Ambrosio, de Orígenes, de Ruperto, de Jerónimo y de otros, es del juicio, no de la pena purgativa, que tal se llama el divino juicio en Amós.
De esta ley, sí, no hay privilegio, que exima a alguno, todos nosotros es necesario que nos manifestemos al tribunal de Dios, dice el Apóstol: aunque para unos es juicio discussionis, de examen, y para otros, como para la Reina del mundo, es juicio approbationis, de aprobación.
Por otra parte ¿cómo puede nacer la pena, que es parto de la culpa, no teniéndola su Madre? ¿Cómo se puede ver la sombra de la pena, en donde no está el cuerpo del pecado?
Si los Santos son piedras pulidas por el hierro de la penitencia; ¿por qué han de estar nuevamente sujetos al martillo de la ira? ¿Quién vuelve a encender los incendios apagados con el llanto de la compunción? ¿Un santo, un Elías necesita de otro carro para levantarse en alto, que el del amor de Dios? Un fuego enseñado y disciplinado de la justicia: Rationabilis flammœ disciplina, ¿será movido del avaro interés, como los avaros ministros del mundo, que viendo que el alma no conoce cosa que le pueda pertenecer, le impida con sus ardores el viaje a la bienaventuranza?
Hasta aquí he ido apartado del camino, para vindicar la libertad de los Santos, a quienes una falsa ley de ignorantes había sujetado con pregón universal a las penas executivas del Purgatorio.
Mas, ¡ah!, ¡cuán pocos son los que renovados solamente con las llamas del amor vuelan sin pasar por los incendios a cantar cánticos en el Paraíso!
Muchas sí, muchas son las almas que salen de la prisión de sus cuerpos manchadas con el borrón de la culpa venial; a estas, para purificarse, es preciso sufrir el ardor de las llamas; y que el Señor les vaya quitando la escoria con el espíritu de ardor, según aquello de Isaías; lavará Dios las inmundicias de las hijas de Sion con el espíritu de ardor.
Pero, ¡oh Dios inmortal!, ¿quién hay que pueda explicar la actividad, la fuerza y el ardor de este fuego? ¿Quién hay que baste a manifestar cómo acomete vivísimamente a aquellas Almas? ¡Cómo las penetra; y cuán atroces agonías les causa!
El fuego que las abrasa no es solamente fuego, sino un alambicado de ardor y un espíritu de fuego tan activo y tan penetrante que, una sola centella, abrasa más que cuantos ríos vomita el Etna de su seno; de modo que un Santo Padre no dudó en afirmar que si alguna de aquellas santas Almas fuese transportada de allá bajo a arder en algún encendido horno de este mundo, le pareciera haber trocado el tormento en refrigerio, y se echaría en él con tanto anhelo, como acostumbra el que en los ardores del verano se arroja a nado en un baño para templar los calores de la estación.
Para persuadiros de ello, basta que consideréis, que él es un fuego encendido por la divina justicia. No es esto, Señores, imaginación; es una verdad pronunciada por los profetas.
El profeta Malaquías, habiendo bajado con el espíritu en aquella tenebrosa cárcel, yo vi, yo vi, dice, al grande y sumo Dios atizar con su mano aquel fuego; le vi redoblar la fuerza, el vigor; y no pararse, hasta que fuese purgada el alma de toda hez, limpiada de toda mancha.
¿Observasteis jamás a un primoroso artífice, que quiere dar la última perfección a una estatua de plata o de oro? Se pone a contemplarla con la vista fija e inmoble; de aquí volviéndose ya a una parte, ya a otra, vuelto a ella le dice: estas manos no están aún acabadas, estos pies no están aún bien endurecidos, esta cabeza no es bastantemente majestuosa; y entre tanto continúa en aplicar sobre ella los instrumentos de su arte. De semejante manera Dios hacedor eterno y artífice infinito fue visto del profeta. Le vio asido sobre el trono volver uno de sus ojos amorosos, y juntamente severos, a aquellas almas atormentadas, y le oyó decir: aquellos labios no están aún limpios de motes deleznables, aquellos ojos no están aún aseados bastantemente de las ojeadas curiosas, aquel corazón no está aún del todo purificado de los afectos desordenados. Y hablando así, le vio redoblar las llamas y aumentar los ardores.
Y esto nos quiso significar el profeta Malaquías cuando dijo que no podrá algún hombre pensar en el día de la venida del Señor, porque será como un fuego que derrite los metales; y se servirá de él para purgar los hijos de Levi, y para hacerlos tan puros como el oro y la plata probados en el crisol.
¡Ah!, ¡cuán amarga y dolorosa experiencia tienen de esta verdad las Almas atormentadas en el Purgatorio! Si nosotros pudiésemos oír los gritos, los lamentos, los suspiros, que ellas envían al Cielo; ciertamente que ni una de ellas habría que no la oyésemos exclamar con Job: me probó como el oro que pasa por el fuego. Bien es verdad que este inocente hombre no habla aquí sino del fuego metafórico de la tribulación, de la cual estaba oprimido; mas las Almas justas del Purgatorio se lamentan del fuego real y verdadero del cual son atormentadas.
Sin embargo su tribulación tiene esto de común, que en entrambos es pasajera, y por esto se comparan al oro que pasa por el fuego. Mas sus dolores no dejan de ser más acerbos y profundos que los de Job, aunque no sean ni más ni menos transitorios que los suyos; porque es cierto que una duración en las llamas, por breve que sea, no quita el rigor, ni aparta la violencia.
MORALIDAD
Más, ¿para quién ha de servir ¡oh Dios eterno! este fuego tan atroz, tan vivo, y tan penetrante? Es sin duda, oyentes, para las almas que salen de este mundo manchadas con el borrón de culpas veniales, y de las mortales ya perdonadas en cuanto a la culpa, pero no en cuanto a toda la pena.
Aquí quisiera yo despertar en vosotros el temor de otro fuego; porque como el fuego del Purgatorio sea el mismo que el del infierno, según aquello de los Santos Gregorio y Agustín: Eodem igne torquentur damnati purgantur electi; ¿pensaréis, oyentes, que aquel eterno fuego sólo es para los idólatras, que con ultraje de la razón no reconocen a su Criador? ¿Que sólo es para los herejes, que con obstinados errores se oponen a la doctrina sagrada de Jesucristo?
¡Ah, mis amadísimos! No hay que dudarlo. A los idólatras, a los herejes, y aun a los católicos, que no viven como tales, les espera un fuego que bien que substancialmente es el mismo que el del Purgatorio, es por antonomasia un fuego devorador, unos ardores sempiternos, iguales en la duración al mismo Dios: Ibi ceciderunt qui opperantur iniquitatem.
Sensuales, él es para vosotros, lenguas maldicientes, él es para vosotros; para vosotros, espíritus soberbios; para vosotros, hombres de corazón maligno; para vosotras almas obstinadas; Ibi ceciderunt.
Si yo no correspondo a los deberes de religioso, es para mí, y si vosotros no cumplís las partes de un buen cristiano, es para vosotros; Ibi, ibi ceciderunt.
Y si es así ¿cómo puede ser que haya quien se atreva a pecar? Si todo pecado enclavase a quien le comete, en un lecho, si le llenase de pies a cabeza de llagas, si le redujese a las últimas agonías, ¿quién habría tan privado de razón, y tan enemigo de sí mismo, que se resolviese a darle en su alma una momentánea acogida? Sin embargo él condena a quien le comete a mucho más, y a mucho peor, porque es un fuego de inexplicable ardor. ¿Y es posible que se cometa con facilidad? ¿Que su peso se lleve con júbilo? ¿Y no es esto una ceguera, y una locura la mayor?
Ni me digáis, que este fuego es sólo para quien no se arrepiente del pecado. Porque, ¿creeréis vosotros que es muy fácil a quien peca el arrepentirse? Sería esto un engaño, una ilusión. ¡Oh cuantos por su desventura lo experimentan en el infierno, los cuales cuando pecaron; se figuraron fácil el arrepentimiento!
Por otra parte, ¿no es verdadero que quien peca, está certísimo de merecer este fuego? ¡Ah, amados oyentes!, no nos lisonjeemos en un punto de tanto peligro. Jesús habla claro, y comparándose Él a la vid y a nosotros a los sarmientos, nos intima o estar unidos a Él, o esperar el ser echados al fuego.
¿Lo entendéis, fieles míos amadísimos?, dice aquí San Agustín: ¿lo entendéis? Una de dos: o debe el sarmiento estar unido a la vid, o debe arder en el fuego: Unum de duobus palmiti congruet, aut vitis, aut ignis; o vivir con Cristo, o abrasarse en el infierno; o virtud en esta vida, o fuego en la otra: Unum de duobus; aquí no hay medio.
¿Hay alguno, amados oyentes, a quien poco le importe arder en los abismos? Viva pues desunido de Cristo, revuélvase alegre en el lecho de sus culpas.
Yo no, no quiero, mi Jesús, vivir desunido de Vos. ¡Ah! que va a acabar muy mal el sarmiento separado de su vid. Sería pues grande mi locura, si eligiese un fuego tan atroz antes que vivir para Vos y con Vos. No, mi Jesús, no suceda jamás, que yo me separe de Vos con ofenderos; antes quiero unirme siempre más a Vos, con un amor más ardiente, y con serviros más fiel.
Esforzad, amado Jesús, por las llagas santísimas que adoro en vuestros pies, esforzad, os suplico, con vuestra gracia mi resolución, y concededme que viva de tal manera unido con Vos, que nunca me separe de Vos. Y porque sé que mis culpas, me han apartado muchas veces de Vos con un corazón verdaderamente contrito os pido perdón, piedad y misericordia diciendo: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro Reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.

