PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN IV

051129c_020

P. Fr. Francisco de Taradell.

Capuchino. 

SERMÓN IV DE DIFUNTOS

Peccatum meum, contra me est semper: Psal. L, v. 4.

Hay quien considere, señores, que no hubo saeta que hiriese el corazón del rico avaro más profundamente como aquellas palabras que le dijo Abrahán: acuérdate, hijo, que recibiste bienes en tus días. ¡Ah!, diría el triste epulón, ¡y cómo es verdad que recibí muchos bienes en mi vida, y no sólo bienes de naturaleza, sino de gracia! Pude usar de ellos para evitar mi caída en este lugar de suplicios; pude con mis riquezas merecer el Cielo, cediéndolas al remedio de la miseria ajena; me hice sordo a tantas inspiraciones, y a tantas aldabadas como dio el Señor a mi corazón: recepi bona in vita mea: a mi rabia y a mi despecho veo claramente que recibí muchos bienes, y abusé de ellos; ojalá se me borrasen de la memoria aquellas oportunidades que tuve de salvarme; más cruel es este conocimiento que todos los otros tormentos que me afligen.

A esta proporción atormenta también a las Almas del Purgatorio la claridad y perspicacia con que miran aquellas culpas que fueron causa de la severidad con que son atormentadas en su cárcel espantosísima. A la luz que despiden aquellas antorchas encendidas en el horno terrible del Purgatorio, ven penetrado de amargura su corazón los descuidos pasados en el servicio de Dios. Conocen de una parte la amabilidad infinita de Dios, de otra la lentitud en su servicio mientras vivieron; ven unidos todos los tormentos que sufren; se presentan a su imaginación con la mayor viveza las delicias de los Bienaventurados en la gloria; y entienden el criminal desprecio que hicieron en el mundo de los ejercicios de mortificación y piedad con que pudieron en todo o en parte haber satisfecho por el reato de los pecados; cada memoria les es un tirano; cada recuerdo les es una lanza, pero lanza envenenada que las traspasa de parte a parte, y les causa un tormento, el más doloroso y extremado.

Afortunadas serían si, como David, pudiesen dar una voz tan grande que se dejase oír de los del mundo, si ellas pudiesen ser oídas cuando claman: Peccatum meum contra me est semper: mi pecado está siempre contra mí, serían ciertamente remediadas.

Al paso que no habría quien no se moviese a la huida del pecado, para no haber de experimentar semejantes o peores castigos, tampoco habría pecho tan cruel que se negase a procurarles el alivio, si estuviera informado de las extremas urgencias que padecen.

Mas ya que las tristes no pueden presentarse a vuestros ojos, vengo yo encargado de daros los informes de su triste estado. Paso pues, desde luego a explicaros lo que, a la luz del Purgatorio, ven las pobres Almas: que es la malicia de aquellos pecados que tanto se multiplicaron en este mundo, que las mueven a exclamar con David ¡Ah! mi pecado está siempre contra mí.

¡Oh espantable vista! Y con esto, ved aquí significado, señores, el tormento grande que yo tengo que ponderaros esta tarde: honradme con vuestra atención, y veréis puntualmente cuán dolorosa sea para las Almas la vista de sus pecados.

Mas para proceder con acierto recurramos a la Protectora de las Almas del Purgatorio, la Virgen Purísima, saludándola con el Ángel:

AVE MARÍA

Es, Señores, índole maligno del pecado ocultarse más de lo que puede a los ojos del que le comete; o con mudar, lo diré así, la fisonomía, compareciendo todo otro del que es en sí; o con el disminuir la estatura, dándose a creer pequeño cuando es grande; o con el huirse de la memoria, contento de un escondrijo bien hondo en medio del corazón.

Pero, finalmente, el maligno, y ocúltese cuanto sepa, cuanto pueda, nunca será verdad que en el Purgatorio se esconda de los resplandores de aquella luz, de la cual habló el Apóstol escribiendo a los de Corinto. Luz que, penetrando con sus rayos al alma, y a sus potencias, hará que aparezca en su natural semblante toda ojeada, todo pensamiento, toda acción. De aquí, el alma constreñida a abrir los ojos, cerrados hasta aquel tiempo, verá salir de uno a uno, como monstruos de sus cuevas, sus pecados en un semblante: ¡oh cuán diferente del que habían entrado!; y atónita y pasmada: ¡ay, dirá, qué vista ahora es esta! ¡Qué culpas! ¡Qué sucias culpas veo yo ahora!

Y hablando así, quisiera volver los ojos a otros objetos, mas no puede; porque por donde quiera se vuelva, se le presentan por todas partes pecados, que a manera de un grande ejército la circuyen al rededor.

Así, oyentes, a medida que la luz fatal penetrará las tinieblas, verá el alma afligida aquel mal, que no vio en vida, o fingió no ver: odios y detracciones, que ultrajaron la caridad; libertades y llanezas, que ofendieron la modestia; engaños y hurtos, que agraviaron la justicia; todos los verá delante los ojos, y no podrá no verlos.

Por más que en cuanto a la culpa le hayan sido perdonados, mira, le dirá su rea conciencia, mira infeliz aquellos pecados que no conociste; porque con afectada ignorancia no quisiste conocerlos; aquellos otros que no parecen tuyos, son tuyos, porque ocasionados de ti, de tus desahogos, de tus connivencias, de tus ejemplos, de tus discursos; mira cuál aspecto tienen ahora aquellas ojeadas, que tu creíste mera curiosidad, y fueron complacencias; aquellas visitas, que tu creíste obligaciones de conveniencia, y fueron desahogos de tus pasiones; aquel juego, que tu creíste divertimiento, y era vicio; ¡oh vista, dolorosa vista, espantosísima vista para las santas Almas!

Fue más que bárbara, venganza, que un gentil hombre del Piamonte hizo de su mujer infiel, sorprendida en el delito con su amigo: hizo degollar al adultero y le hizo colgar por el cuello en una viga de la habitación misma del delito; hizo encerrar en ésta, mudando puertas y ventanas, a la mujer infiel con la provisión sola de un vaso de agua y de una cesta de pan seco, condenada a acabar sus días con aquella horrorosa compañía.

¿Quién podrá discurrir los llantos y lamentos de la infeliz? Todo el día con aquel horroroso objeto delante de los ojos, que le descubría aquella poca luz que entraba en la cámara por una pequeña y alta rendija, dejada abierta para este fin; toda la noche con la imaginación del mismo en el entendimiento; estaba siempre en continuo pasmo, siempre en una continua tristeza. Si cerraba los ojos por no verle, si divertía el entendimiento por no pensar en él, el hedor pestilencial que exhalaba el cadáver ya corrupto, le volvía a poner en el pensamiento todo lo que aborrecía.

De donde, toda llena de espanto y de agonía, ¡ay objeto, clamaba, tanto más aborrecido, cuanto fuiste de mí más amado! ¡Ay vista, que me aterras! ¡Ay tristeza, que me oprimes el corazón!, porque mucho peor que toda muerte es un tan cruel suplicio.

Con tales tormentos, interrumpidos de amargos sollozos, toda bañada en lágrimas desahogaba la miserable su dolor, y llena de espanto y de tristeza, gritaba con altos clamores, corría aquí y allá por la melancólica habitación, daba la cabeza en las paredes, se arrancaba los cabellos y, finalmente, al cabo de muchos días, así la infeliz acabó, no sé si debo decir de vivir, o de morir.

¿Qué os parece, dilectísimos, de un suplicio tan cruel y de un morir tan penoso? ¿La sola relación e imaginación del miserable estado de la infeliz os contrista y os espanta? ¿Y no os espanta el estado tan miserable de las Almas?

No tienen ellas un verdugo muerto, que las atormente con la sola vista del propio infortunio; mas ven y experimentan verdugos innumerables, monstruosísimos y cruelísimos, que nunca cesan de atormentarlas, cuales son sus propios pecados.

Aquella infeliz podía cerrar los ojos, apartar la cara del objeto aborrecido, y podía hacer materia de mérito su pena, con sufrirla en satisfacción de su pecado; mas las Almas del Purgatorio, ¡oh Dios! no hay remedio, no hay lenitivo que pueda quitar, o suavizar sus penas. No pudiendo ellas ni cerrar el ojo, ni divertir la vista de lo mismo que las atormenta, quedan siempre con una continua tristeza y tormento, que las aflige.

¡Oh estado infelicísimo! ¡Oh miseria dolorosísima! ¡Oh vista tremendísima la de las pobres Almas!

Más aun, con mayor energía, hace el Real profeta el retrato de la vista tan espantosa en que se ve el alma en sus tormentos encerrada y oprimida: me circuyeron, así hace hablar a un Alma en el Purgatorio, los dolores de muerte, y los torrentes de iniquidad me conturbaron.

La semejanza, oyentes, no puede ser más expresiva. Cualquier sabe de cuánto horror sea un torrente, que de improviso viene crecido, de las aguas que llegan copiosas de todas partes. Vosotros le veréis resbalar tan furioso y tan hinchado, que aterra puentes, rompe vallados, sube márgenes, arranca selvas, destruye sembrados, y llena a todos de temores, de espantos, de estragos.

Así puntualmente los pecados, que ahora se consideran muy superficialmente de confesión en confesión, vistos entonces todos con una ojeada a manera de torrente impetuoso llenan al alma de terror, aunque según la expresión del Salmista, no es uno solo el torrente, sino muchos. Formarán su torrente la edad juvenil, la edad viril y la decrépita; torrentes de ojeadas libres descargan de los ojos; torrentes de malvados pensamientos descargan del entendimiento; torrentes de discursos malignos y escandalosos descargan de la lengua; y descargan de las manos torrentes de obras indignas.

Entonces sí que el alma circuida de tan horrorosa pena, estará necesitada a decir con el impío mencionado en la Escritura: Nunc reminiscor malorum quæ feci: ahora veo, ahora conozco, ahora experimento el horroroso peso de mis culpas.

Y sin embargo, oyentes, lo hasta aquí dicho, es lo menos que se puede decir. Vista sin duda espantosa es ver el número y muchedumbre de pecados; pero es más terrible sin comparación ver su malignidad.

Se pueden aplicar a aquellas atormentadas Almas las palabras, que dice San Bernardo de un pecador que está muriéndose: todas sus maldades se presentan a su entendimiento; ve la muchedumbre de los pecados; ve la fealdad, ve la multitud, ve la ingratitud.

La malicia del pecado, ¡ah! que por ordinario, amados oyentes, al presente no se conoce porque el amor propio nos venda los ojos, las tinieblas de las pasiones embarazan el alma, el humo de este mundo nos ofusca el entendimiento; más en el Purgatorio se rasga el velo, las tinieblas se disipan, el humo se desvanece, y el alma a un rayo de vivísima luz descubre la deformidad, descubre la malicia, descubre el feo señal de ingratitud, que consigo llevan aquellas culpas, de las cuales hacía caso tan pequeño, que apenas sabía dolerse.

Ve lo que quiere decir un Dios de majestad infinita desobedecido, un Dios de beneficencia infinita ofendido, un Dios de bondad infinita fríamente amado: lo ve, sí, lo ve, y a una tal vista, tan sincera como terrible, ¿quién puede explicar cuál sea el espanto de un alma?

 

MORALIDAD

¡Oh qué otro concepto, amados oyentes, se forma en el Purgatorio de aquellas culpas, que con tanta facilidad se cometen en el mundo! ¡Y cuán diferentes son los sentimientos de un cristiano cuando peca, de los de un cristiano cuando pena!

Cuando Esaú, tentado de la gula, vendió al hermano el mayorazgo, mostró no recibir algún enfado de su loca venta; más a la verdad, cuando halló que Jacob en efecto había reportado del padre la suerte de primogénito, dio en aullidos, en bramidos.

Esta me parece verdadera figura de un cristiano considerado en el acto de pecar, y después en el momento de padecer en el Purgatorio. Cuando peca, porque la pasión, que quiere su desahogo le ciega, no hace caso de su pecado; cuando está en el Purgatorio, porque entonces abre los ojos, y conoce la malicia de sus pecados, da en gritos y lamentos.

Y sin embargo el pecador no quiere entender una verdad tan indubitable; y sin reflexión sobre este horroroso aspecto, que en el Purgatorio darán de sí sus pecados, antes que tenerles horror, hace un continuo argumento de jactancia de ellos

¡Ah desventurado pecador! Vendrá un día, vendrá, en el cual disipada la nube de las pasiones, verás la malicia de aquellas culpas, que ahora temes tan poco, y estarás fuera de ti por el horror.

A este estado, oyentes míos, ha de reducirse después de su muerte un cristiano por faltas, aunque leves.

Y el pecado, ¿todavía se ama, y se vive en él? ¿Se ríe, se duerme en el regazo de los pecados? ¿Y el día no parece sabroso, si no se guisa con el pecado?

¡Oh ceguedad! ¡Oh locura! ¿Y por qué no tengo yo esta tarde presente alguno de aquellos, que nada solícitos de enmendar su desarreglada vida, viven en paz con sus desórdenes? Miserable, le diría ¿es posible, qué quieras llevar en el alma hasta la otra vida tus culpas? ¿Cómo podrás tolerar entonces su horrorosa vista? ¿Cómo sufrir sus terribles picaduras? No creas, que hayan de parecerte entonces aquel poco mal, que ahora tal vez te parecen: serán en efecto grandísimo, serán tu tormento, serán tu martirio.

¡Ah mi amado! Mientras Jesús te convida, mientras Jesús te espera, échate arrepentido entre sus brazos, y con un sincero dolor da muerte a tus culpas, antes que las culpas te den muerte a ti.

Así le hablaría; mas porque no hay aquí alguno de estos, pensemos nosotros, mis amados, en librarnos de vistas tan horrorosas, y el modo de librarnos es este: lavar siempre con nuevo llanto nuestros antiguos pecados.

Considerad, mis amados, que se ha de hacer penitencia en esta vida, o se han de ver pecados en la otra: la vista de la penitencia nos hará felices, la vista de los pecados nos hará infelicísimos.

Luego, si tenemos sentimiento, lloremos, dilectísimos, y detestemos los desórdenes de nuestro corazón, y empecemos a vivir de modo que después de la muerte veamos los hermosos frutos de la penitencia, y no veamos lo horroroso de nuestros pecados.

Pero como no bastan nuestras lágrimas para borrarlos del todo, suplidlo Vos, oh Jesús mi amado, con vuestra Sangre. Sí, mi Jesús: pues no tengo yo fuerzas bastantes para limpiar las manchas que he contraído pecando, procuraré cuanto pueda borrarlas; las detesto, las lloro; mas no basta esto. Vuestra Sangre es necesaria, y esa vuestra Sangre yo pido; yo estoy contento de una gota sola, que os dignéis verter sobre esta alma.

¡Oh Jesús amado, que no queréis la muerte del pecador! por aquellas llagas que adoro en vuestra humanidad santísima, oíd, os suplico, mis peticiones, para que limpiada mi alma en el saludable baño de vuestra Sangre, y de mis lágrimas, no haya de sufrir en el otro mundo la espantosa vista de mis pecados. Y para merecer de Vos esta gracia, arrepentido de corazón digo con el mayor sentimiento: Señor mío Jesucristo etc.

Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las Almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro Reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.