P. Fr. Francisco de Taradell.
Capuchino.
SERMÓN II DE DIFUNTOS
Cur faciem tuam abscondis?: in amaritudinibus moratur oculus meus. Job. XIII.
Aquella dulce y amable esperanza de haberse de acabar nuestras humanas miserias, y de seguirse a ellas un sempiterno gozo, único refrigerio de los humanos cuidados, y alivio el más cabal de las prolongadas angustias; aquella que acostumbra aliviar de todo afán a nuestros espíritus, e introducir en ellos la clara serenidad, y desvanecer las turbadas imaginaciones; aquella que hizo dulces las parrillas a los Lorenzos, los leones a los Ignacios, las cruces a las Eulalias; que hizo suaves los desiertos a los Hilariones, las soledades a los Antonios, y las cuevas a los Benitos; ella misma, señores, es la que agrava más el duro destierro de las almas del Purgatorio.
Porque, si la esperanza conservada en el corazón por largos días, trae tanto más de tormento, cuanto el bien que se desea crece más en grandeza, nobleza y mejoría, fácil es a cualquiera inferir de la infinidad del eterno bien que las almas esperan, a cuán extremado tormento las lleva el deseo de alcanzarle, sin poder llegar a conseguirle, por causa tal vez de nuestra dureza.
En efecto, estar ellas seguras de su bienaventurada suerte, y no poder llegar a conseguirla; estar privadas de la vista de Dios, sin poder gozar de la belleza de su cara, es señores, el tormento más grande de cuantos se cuentan en el número de las penas acerbas que afligen a las almas del Purgatorio, el cual las hace exclamar con el pacientísimo Job con gemidos inconsolables; cur faciem tuam abscondis?: in amaritudinibus moratur oculus meus: ¿porqué, Señor, escondéis vuestra cara? mi ojo está lleno de amargura.
Dejad, pues, oyentes que yo esta tarde me emplee todo en mostraros a cuál término llegue la grandeza de este tormento, y que os diga, que la privación de la vista de Dios es la mayor pena que aflige a las santas Almas del Purgatorio.
Pero antes de empeñarnos en el asunto, imploremos el favor de aquella purísima Señora, que se gloría de ser Madre de las afligidas almas; y para obligarla a conseguir la asistencia del Altísimo, saludémosla con el Ángel cuando la llamó llena de gracia.
AVE MARÍA
Es muy difícil de entender, oyentes míos, cómo la privación de la vista de Dios atormenta a las almas más que el fuego y que todas las otras penas del Purgatorio; y sin embargo es sentencia irrefragable de San Agustín, que la ausencia de Cristo en cuanto a su visión, es más intolerable que todas las otras penas.
Estas cosas, dice el Santo, son manifiestas sólo al amante: son manifiestas a aquel que sabe que el afecto es intensísimo, cuando el sumo Bien es muy deseado del que le ama; a aquel que hubiere llegado al feliz término de gozarle, sino hubiese sido impedido por alguna culpa; a aquel que sabe por experiencia que, cuanto una cosa es más deseada, tanto su ausencia es más sensible y molesta; a aquel, por último, que empezó a gustar en algún modo de la dulzura de la sabiduría y verdad; sí, estos saben lo que yo digo, dice Agustín; estos saben cuán grande pena sea estar privados de la vista de Dios.
Yo no puedo daros una imagen de ella, sino con describiros el hecho de Absalón, hijo indignísimo de David. No pudiendo él sufrir el desenfrenado hecho de Amón contra la honestidad de Tamar su hermana, pensó borrar la mancha con la muerte del hermano opresor. Simula, pues, con la amistad, ofrécele el convite en el cual está escondida la traición, y en lo más delicioso del banquete, le enviste, le asalta, y le mata bárbaramente. ¡Oh qué nueva tan infausta es esta para su padre David! El enorme fratricidio exige sentencia de muerte, el amor paterno no sufre perder al hijo; y si bien le quiere castigado, pero no le quiere muerto; de aquí entre esta reñida oposición de justicia y de amor, el castigo se restringe solo a prohibirle con severo mandato el comparecer a su presencia: Faciem meam non videat. Más, ¿dónde está tu justicia, oh David? ¿Por un exceso tan enorme, un castigo tan leve? Pero ¿qué digo? ¿Es para Absalón castigo leve estar privado de ver la cara de su padre?
¡Ah! que tal prohibición le llenó de pena tan cruel y atroz, que le hizo desear antes que ella un veneno, o un lazo; por eso angustiado y lloroso iba clamando afanadamente por la vista de su padre, y así decía: o el palacio, o el sepulcro: Obsecro, ut videam faciem regis, quod si menor est iniquitatis meæ, interficiat me.
Ahora pues, si a este ingratísimo hijo pareció la ausencia de su padre, hombre mortal como otro, más dolorosa que la misma muerte; ¿qué tal extremo de dolores, de angustias y de amarguras deben experimentar las afligidas almas, habiendo de ser cebo de todo el fuego de un Purgatorio, privadas de la vista de Dios, bien eterno e infinito? ¿Qué tal tormento, repito, deben sufrir aquellas almas, las cuales siendo criadas por Dios a su imagen y semejanza, se sienten llevar por propio instinto, y a impulso de la gracia, a gozarle eternamente en el Paraíso, como su último fin?
A la verdad, esta es una dolorosísima pena, y un tormento penetrantísimo. Mas conocen que sólo Dios es capaz de apagar sus encendidos deseos de ser bienaventuradas; por esto son llevadas a él con toda actividad y fuerza; ni vuela una saeta con tanta violencia al blanco, como ellas se esfuerzan para ver a Dios; pero detenidas del peso de sus pecados, y paradas por una fuerza sobrenatural e invisible, se sienten impedidas de gozar de los castos y amorosos abrazos de su padre y esposo.
¡Ah! ¡Qué tal amargura debe ser la suya en sentirse inclinadas por propio instinto, y a impulsos de la gracia al Cielo, y verse necesitadas a yacer en el Purgatorio, privadas de la vista de Dios! Se esfuerzan a aproximarse a la vista de aquel Dios, que es la verdadera, suma y única esperanza, y por quien sólo es bueno todo lo que hay de bueno en el Cielo y en la tierra. ¡Oh tormento dolorosísimo, ser ellas llevadas del natural instinto a Dios, y haber de ser privadas de su vista!
Explique quien pueda este martirio cruel, pues yo no tengo facundia para ello, ni hallo expresiones con qué decirlo. La agitación y el ímpetu, con que sube hacia lo alto el fuego, es tosca figura para nosotros. La velocidad, y el vuelo con que la saeta sale del arco, es tarda, para simbolizar la fuerza de aquellos ímpetus amorosos, con que vuelan las almas en alas de suspiros hacia su eterno Bien; y con todo observamos lo que acontece al veloz dardo, cuando en medio de su curso es detenido por la oposición de alguna piedra. ¿Por ventura no se despedaza? ¿Y quebrado en muchas partes, no se divide en este y en aquel lugar? No obstante, esta propiedad puede aprovechar para hacer entender en algún modo el ardor de los vehementes deseos con que las almas vuelan hacia Dios, y juntamente la pena atroz que padecen al verse detenidas por fuerza superior.
Vuelan sí, vuelan hacia Dios a manera de dardo los deseos de las almas afligidas: y atendiendo cada una de ellas al feliz momento de su bienaventurado reposo, dice y repite una y mil veces: ¡Ah! ¿Quién pondrá término a mis abrasados deseos? ¿Quién concluirá el último de mis amargos días? ¿Quién dará fin a mi largo destierro? ¿Quién me introducirá a mi amada patria? ¿Quién finalmente me concederá ver a mi Dios? Y no hallando estos suspiros el vado libre para penetrar hasta donde querrían por causa de una fuerza que las impide el poder hallar acogida en Dios, a semejanza de lo que acontece al dardo rechazado.
¡Ah! los vivos deseos se dividen despedazados, y blandéanse acá y acullá, acosados en cualquier parte en que se representa la imagen o recordación de Dios. Aquel conocerse criaturas dependientes del supremo Motor, quién así como es su principio, es también su fin, esto las divide, las parte, y las lleva de un término a otro a buscar a Dios.
Aquel saber que son hijas de Dios por adopción, miradas con parcialidad y amor, las hace volver a buscar en todas partes a su Padre. El saber que están preelegidas para el Reino, destinadas para el trono, aseguradas de haber de gozar de una gloria perpetua, hace que acosadas suspiren en mil partes por su glorificador.
Cuántos momentos corren veloces de su largo penar, cuántos pensamientos sucesivos entran a ocupar sus entendimientos, todos, ¡ah! sí, todos les acuerdan y representan a Dios.
Imaginad, pues, señores, cuánta será la pena dolorosísima que vendrá a las afligidas almas con la memoria siempre indeleble de aquel sumo Bien de que están privadas. Reflexionándola con atención el angélico Doctor, la llamó la mayor de cuantas se pueden hallar en el Purgatorio.
MORALIDAD
De las almas vuelvo el discurso a vosotros los que bebéis como agua la iniquidad, y dormís en el profundo letargo de la culpa, para exhortaros a que consideréis, que así como ellas vierten amargas lágrimas en el Purgatorio por causa de la privación de la vista de Dios, así vosotros, si acabáis vuestros días en la culpa mortal, las derramaréis en el infierno por causa de la misma privación; pero con esta notable diferencia: las lágrimas de las santas almas se han de acabar en algún día; mas las vuestras, ¡ah! las vuestras han de durar por toda la eternidad; por toda la eternidad tendréis siempre fijo en el entendimiento el pensamiento de haber perdido a vuestro Dios, y como la privación del beatífico fin, tanto como en el primer instante, será violentísima por todos los siglos; igualmente que en el primer instante de vuestra condenación saldrán de vuestros ojos dolorosísimas lágrimas.
Cuando San Pablo al despedirse de los de Éfeso les dijo que no le verían más, todos aquellos sus discípulos prorrumpieron en un amarguísimo llanto; por quitárseles y desvanecérseles toda esperanza de verle.
¿Qué tal, pues, será vuestro llanto, oh pecadores, al oír que os dice Dios, no veréis jamás mi cara, y os lo dice con una voz de indignación, y en cada momento de la eternidad interminable?
¿Y podréis no llorar, o no llorar siempre? ¡Ah! que basta oír, como el real Profeta habla en cada uno de vosotros: al oír cada momento que se me acuerda la privación, la distancia, la pérdida de mi Dios, no puedo dejar de apacentarme día y noche del llanto. Y a la vista de la eterna privación de Dios, que por vuestras culpas y pecados merecéis, ¿podréis, pecadores, dejar de afligiros? ¿Podréis dejar de llorar? Más no solo habéis de llorar con sumo dolor la pérdida de Dios, sino que la habéis de reparar con suma solicitud.
Porque, ¿por ventura hay algún bien, que perdido merezca mas ser buscado de vosotros que Dios? Si de todos los tesoros Él es el más precioso, si de todas las delicias Él es la más suave, si de todos los amigos Él es el más fiel, si de todos los padres, Él es el más tierno, si Él es el Dios de la alteza, el Dios de la majestad, el Dios de la grandeza, el Dios de toda perfección, ¿cómo puede ser, que ni por un momento sufráis su pérdida? ¿Y qué no la reparéis con toda ansia?
De aquel Micas, adorador loco de las fingidas deidades, leemos en el libro de los Jueces, que habiéndole hurtado los ídolos, que él mismo había hecho, corrió veloz tras los ladrones, y llegado a ellos, con la voz primero que con los pasos, diciéndole ellos ¿por qué gritaba tanto? ¿Por qué tanto se afanaba? ¿Cómo? Respondió: me habéis quitado mis dioses, el mejor tesoro de mi casa, y decís por qué corro, por qué grito, por qué me afano?
Oyentes: si un idólatra no perdona fatigas, ni sudores, ni pasos para recobrar los dioses perdidos, dioses falsos, dioses mentirosos, ¿podréis vosotros sufrir la pérdida de vuestro Dios? ¿De aquel Dios en cuyas manos están vuestras suertes? ¿Sin el cual no hay fuerza, no hay virtud, no hay vida? ¿Ni mostraréis deseos de obtener su posesión?
¿Y querréis mas vivir en vuestra muerte, que ir luego en busca de vuestra verdadera vida? ¿No es esto un vituperio de la fe, de la cual os preciáis ser profesores? ¿Teméis acaso que os será muy difícil recobrarle? ¿O que Dios os pide mucho para ser hallado? ¿Pensáis que exige un triduo de suspiros y llantos, como leemos en el Evangelio de Joseph y de María para hallar a Jesús?
No os pide tanto: un dolor sincero de vuestro corazón es bastante para hallarle luego. Él vendrá, si le buscáis: y si a Él volvéis, Él sin duda volverá: un corazón rebelde le ha alejado, un corazón humillado le recobra; con tan poco repararéis una tan grande pérdida.
¡Ojalá tuviese yo esta tarde presente también a todos los demás miserables que han perdido a su Dios, y no saben aún buscarle¡ Ánimo, les diría, ánimo, mis amados, Dios está pronto a dejarse hallar de vosotros, no espera de vosotros otra cosa, sino que le digáis: Señor, yo vuelvo; volved también vos. Dad con vuestra presencia vida a esta alma y no quiero más, porque no puedo ya vivir sin Vos.
¡Oh Amabilísimo Redentor, por las llagas que adoro en vuestro sacrosanto Cuerpo, volved a morar en mi alma que, arrepentida, con el mayor dolor os pide que volváis a ella; nos duele sumamente de haberos perdido, y prometemos para lo venidero nunca más perderos, porque estamos determinados de hacer cuanto podamos a fin de empeñaros que estéis siempre con nosotros!
Y ya que nuestras culpas son la causa de haberos perdido, os pedimos por vuestra misericordia el perdón de ellas, diciéndoos con el corazón hecho pedazos por el dolor: Señor mío Jesucristo etc.
Apiadaos, Redentor amabilísimo, de nosotros, y de las almas del Purgatorio. Por la intercesión y méritos de vuestra inmaculada Madre, y por los de vuestra Pasión santísima, os suplicamos les concedáis la feliz entrada a vuestro Reino, que tan ardientemente desean. Os ofrecemos estas públicas oraciones, y todas nuestras obras, en satisfacción de los reatos de culpas, que les retardan su entrada a los Cielos, para que más presto vayan a alabaros allá por todos los siglos.

