PURGATORIO DE DIFUNTOS Y DESPERTADOR DE VIVOS – SERMÓN I

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P. Fr. Francisco de Taradell

Capuchino.

SERMÓN I DE DIFUNTOS

Venit hora, et nunc est, quando mortui audient vocem Filii Dei et, qui audierint, vivent. (Joann. V, 25)

¡Oh qué Madre tan buena es la Iglesia Católica! ¡Con cuánto afecto y ternura mira a sus queridos hijos! En cualquier paraje de la tierra que habiten, en cualquier profesión a que se empeñen, les proporciona en todo tiempo cuantos socorros espirituales pueden esperar de su bondad.

Cuando vienen al mundo, los purifica en las aguas del Bautismo; si contraen voluntariamente pecados actuales, se los perdona en el Sacramento de la Penitencia; si necesitan de alimento espiritual, les da la Carne de su augusto Esposo, y por bebida su Preciosísima Sangre; si están para salir de este mundo, esta buena Madre, que se ha encargado de su dirección durante la vida, les proporciona en el Santo Viático y en la Extrema Unción los medios para pasar felizmente del tiempo a la eternidad. Y, queriendo extender su cuidado aun más allá de su muerte, exhorta a sus hijos vivos a que rueguen por sus hermanos difuntos, en sus sacrificios y oraciones, para que queden libres del triste reato de las penas.

Bendita sea para siempre una tan buena Madre, que cuida de nosotros, cuya santa doctrina seguimos, y bajo cuya protección medramos con frutos de vida eterna. Cuando sus hijos nacen, no tienen fe, y Ella desde luego les da la suya; cuando salen del mundo no tienen voz, y esta piadosa Madre entonces habla por ellos; no pudiendo dejarse oír desde aquellos lugares subterráneos, donde están por algún tiempo aprisionados, esta Madre compadecida de sus males grita e implora por ellos el socorro.

No hay que dudarlo: estos fúnebres aparatos, estos tristes cantos, estas continuas oraciones, con las cuales pedimos a Dios que conceda a las almas del Purgatorio una luz y un descanso eterno, son las voces con que la Iglesia anima para enternecer nuestros corazones, e inspirarnos los movimientos de una compasión cristiana, que siendo útil para los difuntos, sea provechosa para nosotros.

Y en efecto se verificará esto, sino es ineficaz y estéril la compasión que tendréis de ellos; siendo tal, que por su medio penetre a sus oídos aquella voz divina, de la cual el Evangelio dice, que tiene fuerza de soltar sus ataduras, y conducirlos a la posesión de una vida inmortal.

Venit hora, et nunc est, quando mortui audient vocem Filii Dei, et qui audierint vivent. Esta voz, así tan poderosa, ¿quién no entenderá? es la voz de la Sangre de Cristo que, dando valor a nuestros sufragios, penetra lo más sublime del Cielo, y lo más profundo de la tierra; y dando más vivos clamores que la sangre de Abel, se hace oír de Dios, desarmando su notoria justicia, y se deja oír de los difuntos poniendo fin a sus acervos y terribles tormentos. Cuando esta eficacia se junte a nuestra compasión, estemos ciertos que, compadeciéndonos de su mísero estado, les conseguiremos su feliz suerte.

Pero para que a un mismo tiempo podamos sacar provecho para los difuntos y para nosotros, vengo a proponeros una seria reflexión, que será el importantísimo argumento de mi sermón: esta reflexión saludable, de que vengo a hablaros, la que puntualmente mira a Dios, que es el autor del Purgatorio, os hará ver que el Purgatorio, considerado respecto a Dios, nos ha de inspirar un grande temor de su justicia: única proposición.

Amabilísimo Redentor de las almas, Vos sabéis que para comparecer en esta sagrada eminencia predicador de vuestra divina palabra, invoqué en solitario retiro vuestras luces y dirección con confianza en vuestra piedad. Ahora os renuevo públicamente la misma súplica, y humildemente os ruego, que os dignéis iluminar mi entendimiento, habilitar mi lengua, e inflamar mi corazón; para que sepa y pueda predicar vuestra divina palabra en alivio de los difuntos y provecho de mis oyentes. Yo lo espero por la mediación de aquella purísima Virgen, la cual siendo vuestra Madre, no puede menos que atender a los pecadores, entre los cuales la saludo con el Ángel.

AVE MARÍA

De tantas maneras, y en tan diversos tiempos ha dado Dios pruebas espantosas de su justicia, que el entendimiento se llena todo de horror con la sola memoria de ello, como que aún dura, y aún resuena como trueno a nuestros oídos; y sin embargo cualquier castigo fulminado sobre la tierra puede parecer clemencia en comparación al rigor que ejecuta en el Purgatorio con las almas que allá detiene encarceladas. Acordaos para esto de las plagas horribles con que Dios hirió la obstinación de Egipto: de los incendios desoladores, con que convirtió en cenizas las infamias de Sodoma; de las aguas furiosas con que anegó las disoluciones de todo el mundo; y después entended, que tan rigurosos golpes descargados por la divina justiciera mano, aun no son una pincelada para formar una justa y cabal idea de la severidad con que Dios hace sentir en el Purgatorio el peso de su vengadora justicia; asegurándonos el Angélico Doctor que, por grave que sea alguna pena de esta vida, siempre es menor que la mínima del Purgatorio.

Para formar pues un concepto más proporcionado de este rigor, entro, oyentes, con el pensamiento en el abismo espantoso del infierno, y por más que allá la justicia divina campee, como en su propio centro, sin embargo me atrevo a decir, que da de sí en algún modo más terribles pruebas en el Purgatorio, que en el infierno.

Porque aunque los suplicios del inferno son más rigurosos por la duración, no obstante esto no sorprende tanto el considerar que Dios, por decirlo con las palabras de Job, despide allá en la fortaleza de su brazo el dardo de su furor sobre los condenados; porque finalmente estos no quisieron rendirse a los amorosos atractivos de su bondad, y son sus enemigos declarados, que desertaron del campo del Dios de Israel para seguir el partido del mundo, del demonio, y de la carne.

Mas las almas del Purgatorio son sus esposas, tiernamente amadas; son sus herederas, y coherederas de Cristo, que practicaron muchas obras de piedad y de perfección, y si asomó en ellas alguna cizaña de acción menos buena en medio del buen trigo, toda esta no bastó a destruir la cosecha.

Y no obstante, ¿lo creeréis?, Dios las trata como a pecadoras, las aflige, las encarcela, las castiga con pena de fuego y con la privación de su beatífica vista.

¡Oh! Esto sí, que basta para hacernos concebir, cuán tremendo sea el rigor de la justicia de Dios, y para que tengamos un extremado temor de ella.

Mas ¿qué pecados son aquellos, por los cuales así castiga el Señor con mano tan severa a almas de sí tan amadas?

No son, oíd dilectísimos, y después negadme, si podéis, que sean terribles los juicios de Dios sobre toda humana criatura, no son grandes maldades, no aficiones vehementes y pecaminosas, no el orgullo, que exige adoraciones, no la avaricia cuya hambre no basta para saciar alguna opulencia, no la maledicencia que desacredita al próximo, no la embriaguez que priva del uso de la razón.

Son unas faltas ligeras, que se pagan con tanto rigor en aquella penosísima cárcel.

Parta pues, parta de esta vida un alma rica de méritos, parta aun con el lirio de la pureza virginal, y con el atavío de milagros obrados por ella, si se presenta al divino Juez con una sola de estas culpas, es preciso, lo exige la inalterable equidad de Dios, que limpie con fuego la mancha contraída.

Y en efecto, ¿a quién no causa horror leer los anales de la Iglesia? ¿Cuántas personas de santidad consumada han tenido que padecer por largo tiempo, por pequeñas faltas, prisión tan dolorosa? La padeció un San Severino sólo porque no rezó el Oficio Divino en las horas señaladas por la Iglesia; la padeció una Santa Vitalina, sólo porque lavó su cabeza en el día de viernes, dedicado a la Pasión del Señor; la padeció una piadosa hermana de San Pedro Damiano sólo porque de paso dio oído a una canción poco honesta; la padecieron San Pascasio, San Pelegrin, San Valerio, y otros muchos personajes de virtud eximia, alguno de los cuales respondió a quien se maravillaba de que estuviese en el Purgatorio: ¡Oh!, si supieses cuán diverso es el juicio de Dios del de los hombres!

¡Oh grande, eterno Dios! exclamaré con David. ¿dónde están vuestras antiguas misericordias, dónde las antiguas promesas hechas por vuestro Profeta, que de la manera que un padre tiene misericordia de los hijos arrepentidos, así Vos la tenéis de los que os temen; pues os es manifiesta nuestra fragilidad, y os acordáis que somos polvo y ceniza, heno seco, y flor del campo?

Por una mentira oficiosa, por una palabra ociosa, esto es proferida sin justa necesidad y utilidad; en fin, por una culpa leve, descargar las manos sobre las almas del Purgatorio, y dejar allá alguna de ellas por largo curso de años…

Ahora yo vuelvo, señores, a mi argumento: si las almas, aun las que son de piedad más sublime, son condenadas por faltas leves a un penosísimo Purgatorio, ¿cómo es que nosotros no tememos la justicia soberana que las condena? Decidme ¿cómo es?

Y sin embargo, aun he dicho poco. No sólo se pagan con llamas del Purgatorio ligerísimas culpas, sino también culpas aun ya perdonadas, ya lloradas, ya borradas.

Vosotros, oyentes míos, ya sabéis que siempre cuando se peca, sea grave, sea leve el pecado, se contraen dos reatos, uno de culpa, otro de pena.

Ahora suponed que al divino tribunal se presenta un alma totalmente absuelta de todo reato de culpa, ¿volará por ventura así limpia a la posesión feliz del sumo bien?

No, mis amadísimos. Si ella no ha satisfecho por todo el reato de pena; si con penalidades libremente toleradas no ha dado a la divina justicia satisfacción condigna; o bien a falta de la debida penal satisfacción, satisfaciendo con un dolor intensísimo de sus pecados, o con la aplicación de los méritos de Jesucristo en la debida recepción de los Sacramentos, o con el logro feliz del tesoro de las Indulgencias, es preciso, que pague en aquella cárcel penosísima toda su deuda de tal modo, que si no recibe de los vivos socorro alguno, no se le quitará un ápice de la pena debida a su reato, non exies inde, oye que le intima el divino inexorable Juez, donec reddas novissimum quadrantem

¿Puede idearse oyentes, rigor más terrible? No hay culpas, supuesto que se ha recibido el perdón de todas; y sin embargo por aquella sombra que quedó del pecado, por aquella huella que aún se ve; por aquella negra impresión que dejó allá, se ha de penar, y penar mucho, y penar por tiempo tal vez larguísimo.

¡Oh justicia divina cuan terrible eres!, pero cuán poco eres conocida…

¡Ah amadísimos!, no aguardemos nosotros a conocerla, cuando estaremos necesitados a experimentarla…

MORALIDAD

Conozcámosla ya desde ahora, pues que Dios ya desde ahora nos hace saber cuán terrible será en el castigar, amenazándonos que hará un riguroso examen de nuestro corazón, y que visitará como con candelas en las manos lo más oculto de nuestro espíritu: Scrutabor Jerusalem in lucernis: y que llamará a su riguroso juicio las mismas buenas obras: Cum accepero tempus, ego justicias judicabo.

Y ¿por qué fin, oyentes, nos hace Dios conocer el rigor con que juzga, sino para que también conozcamos el rigor con que castiga? Bien lo entendió el Santo Job, quien con la reflexión de la severa justicia temía de todo pensamiento, de toda palabra, de todo afecto, de toda obra: y persuadido que ningún negro borrón de culpa se hubiera huido de los ojos, y de la mano vengadora del divino Juez: Verebar, decía temblando, omnia opera mea; sciens quod non parceres delinquenti.

Entendámoslo también nosotros, y temamos, como es debido, a aquel Dios que cuanto es recto, tanto es terrible en sus juicios. Temamos; y demos a conocer nuestro temor con una vida más atenta sobre nuestro exterior e interior: con una vida que tenga horror a toda culpa aun ligerísima. Temamos, y hagamos todo lo posible por no haber de experimentar la divina justicia en la otra vida, huyendo al presente con toda diligencia de los pecados, y procurando satisfacer solícitos por las culpas pasadas.

Sí, amados oyentes: de cuanto os he propuesto en este día, tomad motivo de ser exactos en cumplir vuestras obligaciones, y muy solícitos en satisfacer por vuestras deudas al Señor; y procurad a concebir aquellos fervorosos sentimientos, y santas resoluciones practicadas de un noble joven, referido del cardenal Belarmino.

Habiendo este considerado cuán severamente es castigado de Dios en el Purgatorio todo pequeño defecto, comenzó a ejercitarse con grande fervor en austeridades y penitencias, a fin de satisfacer a la divina justicia cuanto más pudiese en esta vida, para que le quedase menos que pagar en la otra.

Hacía para este fin largas oraciones, se enflaquecía con rigurosos ayunos; y privándose de todo divertimiento y regalo, andaba muy de ordinario a visitar las Iglesias, para enriquecerse con el tesoro de santas indulgencias.

Los parientes y amigos empezaron a decirle, que esto era demasiado, y que reflexionase sobre su débil complexión. Mas ¿sabéis lo que respondía a quien procuraba disuadirle?: para la utilidad de mí mismo, respondía, quiero continuar este tenor de vida; porque me serían muy penosas las penas del Purgatorio, y padecería mucho allá mi delicadeza. Para provecho, pues, de esta, quiero satisfacer en vida por mis delitos.

Estos son, cristianos oyentes, los sentimientos que debéis concebir. Esto es lo que cada uno de vosotros debe decir, teniendo un verdadero amor y compasión de vuestra débil naturaleza, y natural delicadeza. Ejercitaos cuanto podáis en obras de piedad, en oraciones, en ayunos, en ejercicios de mortificación, a fin de satisfacer en esta vida por vuestras deudas a la divina justicia, y tener menos que pagar en la otra, para huir cuanto os sea posible las penas acerbísimas, que os están aparejadas en el Purgatorio.

Con razón, pues, la Santa Iglesia nos representa las almas entre llamas, para que cuando procuramos con nuestros sufragios la libertad de ellas, o a lo menos su alivio, concibamos un temor santo de la justicia de Dios, que así las castiga, y procuremos providenciar por nuestra necesidad, buscando medios para eximirnos de padecer entre las llamas encendidas de la justa indignación de Dios.

De aquí podemos decir, que solícita la Iglesia de nuestro bien, con celebrar la solemne conmemoración de los difuntos, dice a cada uno de nosotros: Apposui tibi ignem, et aquam, ad quod volueris porrige manum tuam. Yo te propongo, amado fiel de una parte, la fácil penitencia con que puedes satisfacer en esta vida por tus pecados; que es como agua en comparación de aquel fuego del Purgatorio. Y de la otra, el fuego que te aguarda. Adelante pues, escoge lo que más te agrade; aquí no hay medio, o agua o fuego, es a saber, o llorar y padecer por los pecados cometidos, o ir a padecer en la otra un fuego, que no es desemejante al del infierno.

¿Habrá, pues, alguno entre nosotros que quiera padecer antes un fuego tan terrible en el otro mundo, que padecer e incomodarse algún poco en este? ¿Habrá alguno que por no temer en esta vida la divina justicia, quiera experimentar en la otra sus rigores entre llamas?

¡Ah, amados oyentes! ¿Cuál de las dos cosas os acomoda más? ¿Temer la justicia divina, o experimentarla? ¿Temerla en la vida, o experimentarla después de la muerte? ¿Temerla por no haber de experimentarla, o experimentarla por no haberla temido?

Pensadlo bien, que yo para mí ya lo he pensado.

¡Oh amabilísimo Redentor de las almas! A vuestros sacrosantos pies protesto, que no dejaré de temer jamás vuestra divina justicia. Cuando reflexiono que almas tan amadas de Vos, por ligerísimas culpas, y aun por las solas sombras de la culpa, son con rigor sumo castigadas por Vos, mi corazón se llena todo de un temor justísimo. Y considerando de una parte mis culpas y de otra vuestra terrible justicia, ¿qué será de mí, voy diciendo lleno de espanto, qué será de mí?

Y pues, ya que el único medio de evadir los rigores de vuestra justicia tan severa, es el temerla, os protesto, Jesús amabilísimo, que ya la temo, y siempre la temeré: y a imitación del Santo David, que aterrado a la reflexión de vuestros divinos juicios, os suplicó que mantuvieseis fijo en su corazón un temor tan saludable, os suplico también yo por las llagas que adoro en vuestros pies santísimos: que hagáis, sí, que mi espíritu viva siempre traspasado de un temor tan santo: Confige timore tuo, os lo pido con todo mi corazón, carnes meas, a judiciis enim tuis timui.

Finalmente os suplico, Jesús dulcísimo, que me favorezcáis con vuestra gracia, para que dé a conocer este temor con una vida atenta al cumplimiento de mis obligaciones, con una vida exenta y libre de toda culpa, siendo solícito en satisfacer por las culpas pasadas, para librarme de las penas del Purgatorio.

Y para empezar ya desde ahora a satisfacer por ellas, digo arrepentido con todo mi corazón: Señor mío Jesucristo…

Apiadaos, Señor, de las santas Almas del Purgatorio. Por los méritos de vuestra purísima Madre, y de vuestra Pasión santísima, os rogamos que las libréis de las atroces penas que están padeciendo, y que abráis la celeste Jerusalén, para que puedan entrar a gozar de vuestra dulce presencia. Mirad, Señor, que no en balde os quisisteis hacer dueño de las llaves de aquella gloria; pues que con tanto amor os abrazasteis con la Cruz, haced, Señor, que sea cumplida la satisfacción de ver aprovechada vuestra Sangre.

Sí, Dios mío, así os lo pedimos, y así lo confiamos; así también lo esperan vuestras mismas esposas, para magnificar vuestras misericordias, y vivir eternamente en el Cielo, en donde descansen todas en paz. Amen.